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La claridad cercana en el trasfondo de la penumbra

 

Entrevista pública realizada por Enrique Butti en San José del Rincón da en El Litoral de Santa Fe el viernes 15 de enero de 1988. En la edición del diario tampoco se incluían las preguntas

 

VIDA

Mi padre hablaba perfectamente el idioma guarani, y me transmitió el gusto por la esencia de esa lengua. “El laconismo de los griegos”. Mi padre era riguroso en el decir. Era jardinero por vocación y farmacéutico por oficio. Yo lo veía sobre la balanza de precisión, midiendo ínfimas porciones, pesando el mercurio..

Y después mi madre, tejedora, maga de la cocina, preparando ese volcán de harina que enseguida se transformaba en una masa.

Mi madre vino a los 15 años de Italia: me transmitió sus noticias de los malones. La palabra paisano se pronunciaba en casa con un tono muy especial. Mi inquietud social nace de esas experiencias.

Mi padre y mi abuelo italiano eran buenos lectores de la literatura del siglo XIX, sobre todo francesa: Victor Hugo, Émile Zola, Romain Rolland. Esos fueron mis primeros libros. Lei poca poesía: sólo aquella tradicional que se estudiaba en la escuela. Me divertía Quevedo. Me divertía escribir cartas.

No me interesó calzar mi alma en un molde.

En mi poesía está, más allá de la aparente ingenuidad, lo patético. Y se expresa sobre todo a través de un temor en medio del cual crecí: el miedo a la creciente, a la inundación y a la sudestada. La farmacia de mi padre, en el puerto antiguo de Colastiné, fue invadida dos veces por las aguas.

Dialogué con el misterio, en un juego que no ha terminado todavía. Siempre. Esa es mi única verdad, una verdad que no puedo cambiar.

 

PINTORES

Gudino Kramer, en el 55, en Escritores y plásticos del Litoral, atribuyó la concisión de mi poesía a mi carácter retraído, De hecho, yo crecí alrededor de personas silenciosas.

Yo sufría de soledad, porque encontraba que en mi poesía no me parecía a nadie.

Mi poesía tomó mucho de pintores. Francisco Puccinelli me transmitió la impronta de la transparencia. Me venía a buscar para salir a pintar. “Ves qué fácil es?”. me decía.

Cuando estaba nublado Puccinelli decía que era un día ideal para pintar flores. Había que quedarse dentro de la casa e iluminar el día de alguna manera. Así, yo escapo de lo patético y busco la paz.

Me rodeo de un entorno inocente, de magia.

De los intelectuales, ¿qué puede esperarse sino prejuicios?

De Matías Molina aprendí las veladuras del misterio. Esas lagunas, esas figuras en medio del juncal…

De Enrique Estrada Bello aprendí la lección de humildad de la naturaleza y de sus colores sin violencia.

Después está Gambartes, que nos demuestra que el mito vive en el Litoral, un mito que no es pintoresquismo añadido.

Yo recibí tanto, a manos llenas: no creo haber dado nada. Pero quiero devolver, devolverlo en la forma más pura.

Un día de mi adolescencia vi una exposición, frente al teatro Municipal. Había un cuadro azul, con una línea horizontal alumbrada por una luna que no estaba en el plano. “Bueno, la búsqueda de precisión que hay en mi poesía viene de ese cuadro suyo, le dije a Supisiche un día.

 

POESÍA Recién me interesé en el haiku después de haberlo encontrado por mi cuenta. Yo también, como los haikus, buscaba una resonancia de lo inasible y de lo tácito.

Al leer una antología de poesía primitiva, compilada por Ernesto Cardenal, también me encontré. Ahí estoy, me dije Lázaro Flury me habló un día del chamamé. De por que suele no tener métricas precisas.

 

Porque copia los recodos, el silencio del río. Asi entendí también mi poesía: “Está de seibo la sombra del timbó”

Yo no me propongo escribir un poema. Viene. Es como una nota musical que insiste. Espero, como se espera que florezca una planta. Otras veces, quienes me reclaman son las voces familiares.

Yo considero que escribo un solo libro. Cada nuevo libro es un enhebrarse en el mismo hilo.

Yo busco mi humilde verdad. Sigo a Walt Whitman, cuando hablan a los poetas del porvenir les aconseja pensar si lo que uno va a decir no está ya dicho. No por un afán de originalidad, sino de genuinidad.

La cultura no es una suma de lecturas, sino una esencia, un aprehender.

Alberto Lagunas se refirió a mi poesía llamándola “marginal: Dos islas en Rosario: Hugo Padeletti y yo.

Todo lo que hice fue con convencimiento y fervor. Siempre me sentí libre al escribir.

La imagen viene y la escribo; no intento atraparla.

“Advierto que el que se aproxima se distancia” (Lao Tsé)

Cuando yo me releo y veo lo nuevo y descubro lo apartado, entonces me alegro. Pero no es que me crea importante. La palabra es sagrada; creo en la sacridad de la palabra. Me gustaría ser un día anónima, patrimonio del pueblo.

Hay que extraer la palabra del silencio, con cuidado. Sólo tomo del silencio las palabras necesarias. El silencio es el padre de la música. El misterio es el hijo de la transparencia

Hay que extraer la palabra con amoroso cuidado, para que no se quiebre en retórica, para que sea en poema, es decir, en infinito.

Reconozco la buena poesía en lo honesto y en la escritura que cumple estos tres requisitos dosis de transparencia, de misterio y de precisión.

Huidobro decía: “No nombréis la rosa: hacedla florecer en el poema”.

Huyo de la comparación, del como: una cosa es igual sólo a sí misma, no puede ser parecida a.

Ungaretti: “Busco mi lugar inocente” Cuando yo encuentro ese lugar inocente en un poema, digo aquí está.

Por eso amo a Emily Dickinson, un ser culto, aislado, que dio su esencia. Como aquel poeta chino del siglo VII que escribió: “El loco con grandes gestos se perdió en la noche. / Parecía un segador de estrellas”

Algunos dicen que en mi poesía hay metafísica. Yo no me lo propongo. Pero noto que tiene cierta religiosidad.

Hay largos periodos de silencio en mi quehacer poético. En un tiempo me dediqué a la artesanía de la laca, durante nueve años, trabajando con los mismos motivos: el río, el junco, los pájaros.

He hablado poco, he escuchado mucho. Joan Miró decía: “No hay que tomar apuntes. Hay que salir con una corona de ojos. Y con una de oídos, agregaría yo. Escucho, si. Este lugar es un gran reservorio del decir.

Hoy escuché al pescador. Terminó diciendo: “Y por eso yo creo en todo. En todo. En lo mío y en lo que puede suceder. Nunca se sabe’:

Me ciño tanto que quizás algún día me quede callada

Últimamente quizás haya en mí una cierta urgencia. Tal vez sea como la urgencia del río por desembocar. Siento que estoy por terminar ese libro único del que hablaba

Quizás sea el trance más dichoso y más difícil: elegir lo que quisiera que quede y lo que quisiera llevarme. Quizá tenga que ver también el hecho de que soy la última Vallejos de mi generación.

Estoy llorando. Y eso, ¿cómo se escribe?


Beatriz Vallejos (en El collar de arena, UNL)

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“Tenía yo unos seis años (todavía no iba a la escuela) y estaba sentado en el cordón de la vereda de mi casa, en mi pueblo natal, después de la lluvia, con los pies en el agua barrosa que corría por la cuneta. De pronto, un pedacito de papel blanco, rasgado o recortado, que contrastaba con el agua oscura, atrapó mi atención, y me deslumbró la belleza del contraste y de la forma. Por supuesto, yo no sabía nada de contrastes, de formas ni de belleza, pero perdí conciencia de mi cuerpo y floté, más allá del espacio y del tiempo, en un éxtasis de contemplación y de gozo, hasta que el papel desapareció de mi vista. Nunca olvidé esa experiencia aunque no tuvo frutos inmediatos. Sin embargo, todavía hoy, después de casi una vida, debo reconocer que lo que busco inconscientemente cuando dibujo, pinto o hago collage, es la repetición de aquella experiencia”.

Hugo Padeletti, en “Poesía y plástica en mi experiencia”

Hugo

Virrey del Pino y Amenábar, 4 de julio de 2000

 

Vendido

leo desde el café

de hacer tiempo los martes

y en el balcón, el cartel

señala el drama microcósmico

de la viuda que riega amorosamente

las macetas.

 

De no ser por el cartel

yo no sabría que las macetas no caben

en el cuchitril donde se mudará

ni que se despide de sus cosas con estoicismo

pues ha empezado el camino de la reducción

(los anillos, los recuerdos, los trajes del marido

la casa, el violín de su padre, la TV por cable)

hasta que un día quede resumida

en el talco de sus huesos

 

no sabría yo que apenas conoce al nuevo dueño

sólo del trámite ante escribano público

pero le deja las plantas

como le gusta a ella tenerlas,

como un mensaje al futuro.

T

Entonces sé qué va a ocurrir

como sé que la viuda que riega las plantas es viuda

 

(por qué no sé estas cosas cuando estoy en otra parte)

 

las plantas no serán del gusto del nuevo propietario

las azaleas, los geranios,

la compañía de segunda mano que implican esas flores

(y si hay compañía es por contraprestación de soledad)

o tal vez otra cosa de viejas que él no sabrá comprender.

 

Ahora pasan debajo del balcón

dos chicas fumando

una señora se detiene a mirar los zapatos

que ha de arreglar el remendón de la planta baja

 

(los zapatos también se irán renovando

como el que se sienta a esta mesa

observatorio del café)

 

pasa una chica con un perro

y el perro va y orina el umbral del remendón

para ampliar la concepción de su universo

como un emperador chino habrá ido ampliando

lo tangible de su imperio

agregando marcas en el mapa

 

el afilador en bicicleta

el sacerdote, la monja, el rabino

todos los oficios y todas las convicciones

todas las indecisiones

pasan debajo del balcón de la viuda

 

hasta las otras viudas pasan

 

todo lo veo desde el café de enfrente

con la clarividencia que inspiran los cafés.

 

Una mujer prueba sombreros

en la boutique de la esquina

su coquetería me distrae

de la coquetería que la viuda

ponía en las flores del balcón

 

vuelvo a mirar hacia allí

y la persiana cae, respetuosamente

saludando a un cortejo fúnebre

que la viuda sólo a mí

me deja ver.

 

Silvia López, en Cartografías

Lucjan estaba trabajando en una serie de mapas cuyo tamaño, al plegarlos, se ajustaba al de la guantera de un coche. Pintaba cada detalle con cuidado, como si estuviese iluminando un manuscrito medieval. Todo oficio, le había explicado a Jean, tiene su propio mapa de la ciudad: los exterminadores de ratas y cucarachas, los cazadores de mapaches, los trabajadores del mantenimiento de aguas y de alcantarillado y del pavimento. Está el mapa de las madres, en el que se señalizan las tiendas de mascotas y los lavabos públicos y los lugares donde se pueden recoger piñas, con marcas indicando la anchura de las aceras y la hondura de los baches para el paso de carritos, triciclos y coches de juguete. Los tejedores también tienen su propio mapa, en el que vienen indicados todos los vendedores de lana de la ciudad. Lucjan preparó un mapa de raíces de árboles excepcionales, de corrientes de aire y de escorrentías. Hizo un mapa del café (que contenía una sola ubicación), un mapa del azúcar, un mapa del chocolate, un mapa de árboles ginkgo, un mapa de sauces llorones, un mapa de puentes, de fuentes públicas de agua potable, de bolardos de más de cinco pies de diámetro. Un mapa de reparación de calzado. Un mapa de emparrados de vid, un mapa de espacios para volar cometas (sin cables en altura), un mapa para trineos (colinas que no terminaran en carreteras o verjas). Luego estaban los mapas personales. El mapa del remordimiento. El mapa de la vergüenza. El mapa de las discusiones. Los mapas de la decepción (amarga o leve). El mapa de los muertos; los cementerios construidos en pendientes verticales. Y el mapa en el que estaba trabajando cuando conoció a Jean —tal vez el más hermoso de todos—, un mapa de cosas invisibles, un mapa de pensamientos, indicando dónde la gente había sentido una idea, un temor, una esperanza secreta; algunos eran conocidos, otros privados. Una intersección donde una novela fue imaginada por primera vez, un parque donde se soñó un hijo. La playa donde un arquitecto visualizó la silueta de sus edificios contra el cielo. El banco en el que un pintor tuvo una premonición de su propia muerte. «¿Cómo se pinta lo que no está aquí?», preguntó Jean. «Uno pinta el lugar exactamente como uno lo ve —dijo Lucjan—. Y, después, lo vuelve a pintar».

 

Anne Michaels (en La cripta de invierno)

Los girasoles

Vení conmigo

al campo de girasoles

sus caras son discos radiantes,

sus columnas secas crujen

como mástiles de barcos,

sus hojas verdes

tan fuertes y tantas

llenan el día entero con las pegajosas

dulzuras del sol.

Vení conmigo

a visitar los girasoles,

son tímidos

pero quieren hacerse amigos;

tienen historias maravillosas

de cuando eran jóvenes

de la importancia del clima

de los cuervos errantes.

No tengas miedo

de hacerles preguntas.

Sus caras luminosas

que siguen al sol,

escucharán y todas

esas hileras de semillas

-una vida nueva en cada una-

esperan una cercanía más profunda;

cada una de ellas, aunque permanezca

entre una multitud, espera

en su soledad como un universo

separado. El largo trabajo

de transformar sus vidas

en una celebración

no es fácil. Vení

y hablemos con esas caras modestas,

el ropaje simple de las hojas,

las toscas raíces en la tierra,

tan erguidas, ardiendo.

 

 

 

The Sunflowers

Come with me
into the field of sunflowers.
Their faces are burnished disks,
their dry spines

creak like ship masts,
their green leaves,
so heavy and many,
fill all day with the sticky

sugars of the sun.
Come with me
to visit the sunflowers,
they are shy

but want to be friends;
they have wonderful stories
of when they were young –
the important weather,

the wandering crows.
Don’t be afraid
to ask them questions!
Their bright faces,

which follow the sun,
will listen, and all
those rows of seeds –
each one a new life!

hope for a deeper acquaintance;
each of them, though it stands
in a crowd of many,
like a separate universe,

is lonely, the long work
of turning their lives
into a celebration
is not easy. Come

and let us talk with those modest faces,
the simple garments of leaves,
the coarse roots in the earth
so uprightly burning.

Mary Oliver traducida por Alicia Genovese.