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Mirar

Una historia de verano

Cuando el colibrí
hunde su pico
en la trompeta de la parra
en el embudo

de las flores
y su lengua
se hunde
palpitante

me enciendo
otra vez, me sorprendo:
pequeñas cosas, a nuestro alcance
existen en el mundo

que no están hechas
de oro
ni de poder —
que nadie posee

ni puede comprar
ni con una montaña de dinero —
que simplemente
flotan sobre el mundo

o vagan por el campo
o en los jardines
o en lo alto de las parras
y aquí estoy

perdiendo el tiempo
como quien dice, mirando
hasta que la mirada se vuelve sentimiento
y entonces, siento que soy yo misma

un pequeño pájaro
terriblemente hambriento
con su piquito explorando y sumergiéndose
y un corazón latiendo urgente

casi a punto de romperse —
soy el hambre y el alivio
y también las hojas y las flores
y, como ellas, estoy llena de goce, y me sacudo.

 

 

Mary Oliver (Maple Heights, Ohio, 1935), El pájaro rojo. Traducción: Natalia Leiderman y Patricio Foglia. Prólogo: María Teresa Andruetto. Ediciones Caleta Olivia. Buenos Aires. 2017.

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LA MINIATURA ES EL ESPEJO de la infancia. Se diría que los niños son miniaturas. Viven en la esfera diminuta y pintoresca de los juguetes. El esquema del paisaje mínimo consiste en reducción de líneas. Los juguetes son una simulación liliputiense de la vida. Los niños los llevan a acciones magnas. Lo pequeño implica vastedad. La metafísica de la miniatura es una síntesis, y ésta puede mantener virtualmente fuerzas grandes. En el mundo de los juguetes el niño es un gigante que devastaría naciones con su aliento. Un día encierra todo el tiempo para la efímera. La síntesis es la línea y el punto, el infinito y la idea. Reducidos al número, el tiempo y el espacio de la miniatura, contemplaríamos el arquetipo de ella. Síntesis absoluta. En el rumbo del infinito pequeño se perciben puntos avanzados que nos acercan a la belleza. El paisaje mínimo despierta con su finura la imaginación y crea el símbolo. Recuerdo que en mi infancia, cuando la tarde no me permitía correr por la alameda encendida, jugaba en una baranda con mis carritos de hojalata pintados de rojo, amarillo y azul, llenos de paseantes de madera. La vía tenía un palmo de anchura y varias curvas. Yo rodaba mis juguetes con la ilusión de que la baranda larga y clara iba a la ciudad distante donde jugaban niñas y niños, y olvidaba mi paseo real, pues mi camino me parecía encantado. También recuerdo la mañana de la hacienda. El estanque cubierto de madreselva y jazmines donde flotaba mis canoas minúsculas de hojas secas. Se deslizaban por la acequia entre pequeños golfos de limpia arena. El viaje era largo, llegaba a las heredades vecinas en travesía bella entre las maravillas de los musgos y de las ovas verdes. De convertirme por arte mágico en un Colón atómico, hubiera descubierto Américas de fantasmagoría. Yo seguía con la imaginación este velero luciente que llevaba correspondencia secreta a las beldades infantiles y luminosas de las haciendas ensoñadas. Los bizantinos del X siglo, los góticos del XIII , y primeramente los benedictinos, miraban sus dibujos primorosos en misales y libros de horas, en arreos, orlas y fíbulas. En las miniaturas de los ciervos, jabalíes y lebreles, el paisaje guarda la melancolía de los años y la elegancia de las cacerías medievales. Todavía contemplamos en su pátina de ensueño sus batidores y halconeros, sus venados y ficédulas, sus gárgolas y sus damas blancas. Las obras antañeras, además de su sinceridad primitiva, conservan la virtud de insinuar evocaciones gratas. ¿Cuántas miradas se habrán detenido en ellas? ¿En cuántos lugares hermosos, aldeas y castillos se habrán deleitado con sus bellezas nobles, que en armerías y bargueños contemplarían dulcemente, en las largas horas medievales? La mayoría de esos ornamentos y viñetas son anónimos. Posteriormente Linbourg de Chantilly y Fouquet pintaron sus caseríos de fondo y Memling sus torreones distantes abandonados. Son incontables las obras de este género dispersas en galerías y vitrales y en las sillerías de los coros donde muestran sus paisajes de ébano. En los tiempos modernos casi todos los pintores han hecho miniaturas en cuadros y apuntes. Grabadores célebres como Doré y Neuville han cultivado el paisaje con original factura, en su arte histórico. Me figuro que un águila antañona mostraría a Doré los árboles frondosos como gigantes de los siglos. Los antepasados dibujaban con lentitud y perfilaban con limpidez. Se complacían en una letra como en una catedral gótica. Los contemporáneos trazan sus sentires en rasgos leves. La síntesis desmaterializa el dibujo, lo torna en álgebra de emoción, signo de belleza. Grandes dibujantes japoneses dedicaron largos años a vivificar la línea y transparentar, en gracia, las almas finas de sus pájaros y flores. Todo arte es simbólico cada avance adquiere nuevos símbolos y cada modernidad nueva luz. El suprarrealista busca un paisaje prodigio, hasta que lo siente silbar en la sombra o rezar en el silencio. En las umbrías de los campos viven flores santas que realizan pinturas milagrosas. Vi en el espejo de manantial diminuto, un jazmín de Arabia inclinado sobre una campanilla celeste. Era una viñeta de claridad. Otra vez miré un lirio color de plata que se mecía en la espuma como la niña del alba. Era una mística pintura, un espejismo del cielo. También suelen descubrirse miniaturas campesinas expresionistas. Una ranita de esmeralda con ojos glaucos, zambullida en la alberca, semejaba el corazón de las aguas verdes. No distante, sobre el tapete, de musgo se destacaba un coralillo como una cinta de terciopelo roja, como candela tonante, venía del misterio campestre, de la vida, de la sangre y del veneno. Hay, paisajes raramente bellos y gentiles; se les descubre escondidos, obscuros y venenosos. En ellos duermen los bambús finos y las flores pálidas. Tienen una elegancia mortal estos parajes atrayentes, parece que guardaran una tumba. Fotografiados en una gema serían un triste recuerdo. Hay miniaturas que semejan féeries en el corazón del bosque. El medioevo inventó las hadas expresivas, lindas, pero imaginadas. Existen en las tinieblas frondales, fuerzas ocultas y entes graves, que laboran entre plantas delgadas en las pequeñas cámaras verdes de los sotos perdidos. Son los arcanos principios de vida, gestaciones ignotas. Sólo aceptamos lo visible del bosque. Pronto los aviones mostrarán sus zonas y quedará el paisaje mínimo en lo imperceptible. El aviador instantáneo volará continentes; pero la vida de un hombre conocerá apenas el mundo breve. Los bizantinos, los románticos, los benedictinos, esbozaban prolijamente, eran lentos artífices. Los modernistas son sintéticos; un pensamiento en una línea. El artista de vanguardia es un viajero que simplifica su emoción y aporta, únicamente, los sentimientos más vivos de su carrera mortal, le falta tiempo para los secundarios. Basta haber sentido un instante en la vida, agudizada la belleza pura, y exteriorizarla ingenuamente, para que la obra de arte perdure; basta que por el instinto social ofrezcamos nuestros íntimos sentires para que miremos terminada nuestra misión estética. Los vanguardistas prefieren extremar la síntesis. Desde Cezanne hasta Rousseau y Picasso, se han debatido en una evolución sincera. El mágico Chagall transmuta los planos. Citroën forja miniaturas de fotografías yuxtapuestas. Su urbe mundial impresiona con su apariencia de grandor y actividad sorprendentes. Vermeer, citado por Franz Roh, ha pintado La encajara, cuadrito de un palmo que finge la vastedad de cien metros. Appia produce en líneas parcas, la soledad profunda. Otros artistas no diseñan el objeto sino sus emanaciones, así la obra cumple su fin sin medio inútil. Queremos sentir, no divagar. Pero un aspecto de arte no debe ser la crítica de lo opuesto. Un paisaje de grandes dimensiones es preferible y es también una miniatura ante la Naturaleza. No debernos defender a ultranza una tendencia de arte. La miniatura como dimensión es relativa, contiene lo grande y es una intensidad artística acorde con la celeridad moderna. Es la niña de las fases infinitas. La Naturaleza se viste de árboles gigantescos y enanos. El pigmeo llega a un codo. Una niña de dos pulgadas sería un primor, un dije, una joya color de rosa. Nos encantaría con su alma fina y nos contaría secretos del mundo atómico. Tal vez exista en gruta incognoscible o en nocturnas miniaturas iluminadas por luciolas alucinantes. La música daría nuevas sugestiones a los paisajes mínimos. Milhaud en sus operitas relámpago tal vez procure síntesis semejante. Una frase sincopada, dos acordes, darían un jardín de ensueño. La naturaleza musical elige sus miniadores entre las aves, que en un trío pintan un paisaje. Lejos de ceguedad o parti-pris amamos esta tendencia artística. Un paisaje filosófico que surge de lo infinitamente pequeño y cuyo postulado está contenido en una línea. En la región de la belleza, la miniatura del paisaje se sintetiza en un color melodioso o en un perfil soñado. Llega al corazón cuando vemos pasar adorables las viñetas de la vida, fúlgidos instantes. La acuarela delicada de los recuerdos.

 

José María Eguren, en Motivos

 

No te detengas alma sobre el borde De esta armonía
que ya no es sólo de aguas, de islas y de orillas.
¿De qué música?

¿Temes alma que sólo la mirada
haga temblar los hilos tan delgados
que la sostienen sobre el tiempo
ahora, en este minuto, en que la luz
de la prima tarde
ha olvidado sus alas
en el amor del momento
o en el amor de sus propias dormidas criaturas:
las aguas, las orillas, las islas, las barrancas de humo lueñe?
¿O es que temes, alma, su silencio,
o acaso tu silencio?
Serénate, alma mía, y entra como la luz
olvidada, hasta cuándo?
en este canto tenue, tenuísimo, perfecto.

Los temas de peso

Después de varios años dedicados a la minucia,
al enfermante relevamiento de los detalles,
decidí abocarme a los temas de peso:
el amor, la política, la trascendencia, la gloria.
Finalmente convencido de que el mundo
era más amplio que mi departamento
compré una pila de tarjetas magnéticas
y salí a recorrer la ciudad en colectivo
atento al paisaje y al rumor sordo
en el que se convertía la parla simultánea
de mis contemporáneos. La bruma gris
que se levanta en los barrios de la quema
y la otra, prístina, que emerge rosa del agua
del río león, envolvían mis paseos en un aura
de ensueño y todo se aparecía corrido
de su justa dimensión.

 

Martín Prieto, en revista Hablar de poesía

Usar la propia mano como almohada.
El cielo lo hace con sus nubes,
la tierra con sus terrones
y el árbol que cae
con su propio follaje.
Sólo así puede escucharse
la canción sin distancia,
la canción que no entra en el oído
porque está en el oído,
la única canción que no se repite.
Todo hombre necesita
una canción intraducible.

Mariposas en la ciudad

El semáforo en rojo, los cartoneros con sus montañas pardas, los vendedores de la calle mezclan medias, jugos, celulares. Un muchacho duerme en algún umbral. La niña malabarista pone en órbita clavas de colores.

Sidonia se detiene entre la gente que va y viene. Lleva muchas flores bordadas en el vestido violeta. Una flor amarilla parece un girasol sobre su pecho. Vaya a saber qué manos, qué ojos, la bordaron en un pueblo de Méjico.

Sidonia mira al muchacho dormido y se pregunta qué dolores tendrá. De pronto aparece la mariposa color melón. Vuela, despistada, con borrachera de mariposa en la ciudad. Se posa sobre una flor amarilla que crece en un campo violeta.

Sidonia pone los brazos en círculo, para protegerla. Todo se detiene y silencia vaya a saber por cuánto tiempo. La mariposa liba, abre y cierra las alas.

Pasa una eternidad, una chispa de tiempo.

La mariposa remonta vuelo y todo vuelve a moverse.

Sidonia no vio a nadie que reparase en aquel suceso.

-Qué lindo vestido, madrecita -le dice una mujer boliviana, sin edad, desde sus calabazas.

Y Sidonia siente que la mira con ojos de haber visto las mismas cosas.

 

Extraído de Diablos y mariposas, Ediciones del Eclipse, 2005.