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Injusticia social

Ustedes
los que afirman que existe
solamente
lo que dicen conocer.
Ustedes
todos ustedes
no saben lo complicados que son
para simplificar la vida.

 

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Cuando me muera deberé cruzar el río

 

Cuando me muera deberé cruzar el río
Qué perro hará de guía si no tengo
un perro flaco que olerá mi cobardía
irá a mi lado

Y estará la vieja en la balsa
Le entregaré dos llankas
para que me cruce
Las piedras arrancadas de cuajo
de mi garganta
de mi estómago
crecidas en los dolores
en los gritos que no pude gritar
cuando se agrandaban mis ojos
y hacía que vivía

Entregaré esas piedras
y no habrá más
seguro lágrimas
porque no pude encontrarle el secreto a esta vida
porque me fui
detrás de los fantasmas
buscando tramas
y arañas
y cántaros
y hojas

¿reconocerá la vieja su valor?

Subiremos con mi perro
La balsa se deslizará en la tarde
hacia el oeste

Arribaremos
Y tiene que estar allí mi hermana menor
tiene que estar
no puede ser la muerte una nada para un pájaro
para quien ha pintado con pinceles el fuego
Ella tendrá cicatrices visibles en los ojos
sus ojos más certeros aún
hurgarán en mí
hasta sacarme las espinas
me dibujará el rostro con sus dedos
una huella de choique
arderá el fuego sobre piedras azules
comeremos corazones palpitantes
y mi hermana pintará un kultrun en el aire
con la sangre

Después no sabré
si soy un caballo
o un resuello
si es el viento una trutuka
y saldremos galopando
a desparramar las estrellas del río
y en el movimiento circular
sabré de una vez
qué es ser un guerrero que corre libre hacia la muerte
qué visiones lo ardían

Regresaremos al mallín
y habrá la gente alrededor del fuego
las ollas tiznadas y la luna
y cada hoja de los álamos brillando

Entonces me recordaré
de ellos tan lejos
y moriré de nuevo

de los barrios planes de vivienda
creciendo en vértigo
en la ciudad con horizonte
las bolsas de nylon y las estrellas allí
entre los cables del alumbrado público.

En el subte

El chico y yo estamos cara a cara.
Sus pies son enormes, dentro de las zapatillas negras
atadas con cordones blancos que forman un entramado complejo como un
conjunto de cicatrices intencionales. Estamos arraigados a
lados opuestos del vagón, una pareja de
moléculas adheridas a una barra de luz
moviéndose rápidamente a través de la oscuridad. Él tiene la
mirada fría y casual de un ratero,
alerta debajo de los párpados entrecerrados. Viste
de rojo, como el interior del cuerpo
expuesto. Yo llevo un abrigo de piel oscura, la
piel entera de un animal tomada y
usada. Miro su cara implacable,
él mira mi abrigo de piel, y no
sé si estoy en su poder ─
él podría quitarme el abrigo con tanta facilidad, el
maletín, la vida ─
o si es él quien está en mi poder, la forma en que estoy
viviendo su vida, comiendo la carne
que él no come, como si le sacara
la comida de la boca. Y él es negro
y yo soy blanca, y sin intención ni
propósito debo aprovecharme de su oscuridad,
de la misma manera en que él absorbe las vigas asesinas del
corazón de la nación, como el algodón negro
absorbe el calor del sol y lo retiene. No hay
manera de saber lo fácil que
me hace la vida esta piel blanca,
esta vida que él podría quitarme con tanta facilidad
quebrándola contra su rodilla como un palo así como
quiebran su espalda, la
vara de su alma que cuando nació era oscura y
líquida y rica como un brote
listo para impulsarse hacia cualquier luz disponible.

Plaza de Mayo,

20 de diciembre de 2001

 

Esta plaza tiene algo irreal

lo sospeché desde mi infancia

como si los autores

de los manuales escolares

se hubieran puesto de acuerdo

en la lluvia y el barro

en la moda de 1810

o en French y Beruti

como Batman y Robin.

Lo crucial no era más

que esa lluviosa figurita

comprada por centavos

al librero de la esquina

calcada torpemente

del Kapelusz

recortada del Billiken

a golpe de tijera

y pólvora de tiza.

Pero ¿qué había de fundamental?

¿Qué significaba la palabra revolución?

 

Mayo era fácil, porque gris

era un color y otoño

el frío que empezaba por las piernas

el cumpleaños de mi padre

olor a chocolate igual a fiesta patria.

En cuanto a revolución

algo tenía que ver

con las interminables alas del Cabildo

pero en lo más ciego de mis ojos

yace el primer encuentro

con los muñones brutales del edificio.

De esa mutilación, como de una costilla

no sé qué fe maltrecha

nacería.

 

La misma plaza, hoy

a punto de verano

pisoteados sus arriates

en lugar de aquel barro

gente con no sé qué

comunión en su diversidad

la ciudadanía en los hombros

curiosa y asombrada

como niño a babucha

 

y cuentas de festejos

del tanto mirar para otro lado

del sírvete que hay más.

Qué hago aquí, me pregunto.

Pantalón corto y claro

sandalias cómodas, por si hay que correr.     

sándwich a dos cincuenta por mazamorra de negra

mochila al hombro roja, anteojos de sol…

Pero qué instinto me llama a atestiguar

para volverme otra mancha incomprensible

de futuros manuales escolares

entre la multitud que la montada

y los hidrantes amenazan.

Y no lo sé:

he venido

como a una catedral

a tratar de creer en Dios.

 

El gas quema la garganta

me uno al éxodo

con lágrimas de bautismo

y apenas comprendo

que no se trata de huir:

 

es una romería que me arrastra

en su silencio embrionario

lo interrumpen las toses

como una plegaria

pero el ruego no sabe

dónde confiar su fe.

Entonces

la avenida de Mayo

se vuelve una visión

torpe de nitidez, como los sueños

mi silueta me abandona

se suma a la procesión como una peregrina más

entregada a ese sueño sin constancia

deambula entre lapidaciones y disparos

y humo y grito

a paso lento, lento

como si no fuera dueña

de los propios contornos

y sus músculos desdibujados

no tuvieran miedo a la emboscada

en cada bocacalle.

 

Fue en Hipólito Yrigoyen o en Alsina

donde una pareja le ofreció vinagre

para calmar el ardor en los ojos

le regalaban incluso el pañuelo, pero ella

 

(podía pensar en ese momento cosas así)

no quería ser la extraña que se llevara algo

que jamás recuperarían.

Siguió caminando

tuvo tiempo para volver sobre sus pasos

y recoger unas monedas

que se le habían caído, y en ese ruido

de las monedas contra el piso

oyó también el plomo que (después se supo)

eran los muertos multiplicándose

en distintos puntos de la ciudad y del país.

Poco más tarde experimentó algo increíble

cruzar la 9 de Julio fue pasar a otra dimensión

tuvo que ser así de metafísico

porque ahí nomás un tipo le dijo: ¡Lindas piernas!

porque no demasiado lejos

frente a la Facultad de Medicina

esos matasanos festejaban sus títulos

extraterrestres en carnaval de harina

como cerrar los ojos

como tirar el pan.

red
los días nacen heridos
y tengo que caminar descalza por la isla
repetir como un mantra
esta es mi casa
este el bastión de mi fe y mi deseo
no van a poder con nosotros
el río que en la mañana brilla como mil perlas
lleva mi voz
rebelión cotidiana y pequeña
el río que sabe
trae voces amigas
no estamos solos
tenemos algo de hormigas
trazando caminos invisibles
en la costura de la tierra

Incendios

Siempre hubo pobres, decimos. Siempre hubo
campamentos de refugiados, huérfanos, viejos, hombres
y mujeres y niños que se caen cuando llegan, por imprudencia
o pura mala suerte, al fin del mundo conocido, ese mundo
plano, sostenido sobre el caparazón de las tortugas,
sobre el lomo de los elefantes, el mundo que tiene un sol que gira
exclusivamente alrededor de él, para que obtengan
calor los que merezcan el calor y los demás
mueran de frío. No importa si es absurda,
si es horrible, la lógica del amo; los esclavos
la recibimos el mismo día del nacimiento
y la aplaudimos: si ganamos el favor del que decide
sobre la vida y la muerte, quizás también ganemos
la palmada en el cuero castigado, o hasta la fantasía
de ser él, de descargar la ira sobre otro
menos favorecido. Qué hicimos con la ira, qué hicimos
con el ansia rabiosa de justicia que nos crecía
como un río temible. Están dormidas
todas las fuerzas que nos defenderían del latigazo
que alguien soltó al aire
para que caiga sobre los cuerpos desvalidos. La infancia
es un cuchillo en la garganta al que es difícil
arrancar sin arrancar con él la vida. Yo crecí
dormida, una fiera mansa, anestesiada, que no respira
ni está muerta, está en un limbo. Quién es capaz de hablar
con las cuerdas vocales amenazadas por un filo
que se activa ante el menor movimiento, quién podría
decir no quiero esto, no quiero una amenaza
de por vida. El silencio es a veces la forma
en que un poder tremendo anida
en el lugar menos pensado. Todo seguirá igual:
el curso de las cosas, la injusticia, que es el orden
del mundo, nos circundará como si fuera nuestra madre,
tan hermosa su arbitrariedad que la admiramos,
nos quedamos conmovidos ante el modo implacable
y certero en que destroza a algunos y a otros
los bendice. Qué tenemos entonces,
qué sabemos. Entre las cosas
de las que estamos convencidos,
una sola es cierta, incontestable. El movimiento
que no cesa. Eso sabemos:
todo va a continuar su ciclo de fealdad
y violencia. Todo
va a seguir sucediendo de la misma manera,
hasta que no.