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Teatro

ROMEO: Señora, juro en nombre de la luna sagrada que de plata baña las copas de estos frutales…

JULIETA:  Ah, no juréis por la luna, por esa luna caprichosa que cada mes cambia su esfera, no sea que vuestro amor resulte tan cambiante.

ROMEO: ¿Por quién he de jurar?

JULIETA: No juréis; y si lo haceís, que sea en vuestro gentil nombre, que es el dios de mi veneración y en ese caso os creeré.

 

 

 

En Poemas a la luna, ilustrado por Gianni De Conno.

“Tenía sueño. El micro a Gualeguaychú, más destartalado que de costumbre. Cruzábamos el puente a Brazo Largo. El sol pegaba de mi lado. A veces me pregunto -recuerdo que esa mañana lo hice-: ‘Por qué demonios compro siempre el asiento de la ventanilla’. Si hace frío, se cuela el chiflete. El caño de la calefacción te quema los tobillos. Si llueve, gotea. Y siempre al lado alguien que duerme y al que hay que despertar una y diez veces para ir hasta el retrete, para servirse un cáustico vasito de café o sacar un libro del maletero. Y el sol. El sol que siempre pega de mi lado. Saque sobre la derecha o sobre la izquierda. No hay caso. Siempre me dará en la cara. Atrás había una voz. Un hombre. Acento entrerriano. ‘Si Dios y la Virgen lo permiten’. No paraba de hacer invocaciones. Inquieto el viaje. Fastidioso. Y yo con el compromiso de entregar en unos días un trabajo. Una adaptación de una pieza de Brecht que se me rebelaba, se resistía, desde el día mismo en que confirmé el contrato. Llevaba conmigo el cuaderno de notas y había intentado ya, infructuosamente redondear aunque fuese una idea, un par de parlamentos, algo que me tranquilizara, que me hiciera confiar en que efectivamente la adaptación se terminaría alguna vez. En que, el trabajar por encargo podía tener algún sentido. Pero no. Ni un bocadillo. Saqué, para evadirme en realidad, un libro recién comprado. Una novela de Skarmeta, el chileno. Un autor del que siempre supe disfrutar. Ni sospechaba -ingenuo como somos siempre- que en una imagen de sus primeros capítulos estaba el anzuelo. Ese módico explosivo, ese resplandor sorpresivo que suele iluminarnos fugazmente el campo de batalla de la pieza futura. Ese desafío. No sé si fue aquella imagen: -un borracho, un dúo de varieté, alguien que vuelve-, o ese deseo irreprimible de escribir otra cosa que me gana siempre que tengo que escribir una cosa, pero diez minutos después había encontrado a mis personajes, y tenía una imagen de rara nitidez sobre el ámbito de la pieza. Nunca escribí, claro, aquella adaptación de Brecht. Desde ese deseo, desde esa necesidad y ese azar concebí El partener. De ese viaje a Entre Ríos salió su espíritu criollo. Campana, la ciudad en la que transcurre, estaba a la vista desde lo alto del puente. Ese pasajero del asiento de atrás -a quien nunca vi la cara- le dio su voz a Pachequito. Por esos campos inundados, por esos esteros, imaginé aquel viaje de su última gira. De Urdinarrain, un pueblito cercano, la imagen del abandono de Carmen. Creo que la estética es el lugar donde de manera más obscena exhibimos los creadores los signos de nuestra identidad. Un lugar muy delator, buchón. Allí aparecen condensados todos los elementos que hacen al artista mismo: sus ideas, sus rollos, sus influencias. En pocas obras me he visto tan en exposición como en ésta. El partener está hecho de cosas que me conmueven hasta el alma. Las profesoras de folclore. Las peñas semanales. Un padre y un hijo varón, solos. Los artistas de cantina. Algunos pueblos de Buenos Aires. Construido, entre otras cosas, desde la emoción que desde siempre me han producido los versos gauchescos. Esas ganas de llorar contradictorias, vergonzantes, que siempre me agarran con los recitados de Fernando Ochoa: ‘Yo fui m’hijo el que maté… a su madre, disgraciada, porque en la cama abrazada a otro hombre la encontré. -Hizo bien tata querido gritó el hijo sin encono. Venga viejo lo perdono por lo tanto que ha sufrido, pero aura tata le pido que no la maldiga más y si fue mala y audaz, por mí perdónela padre, que una madre siempre es madre… déjela que duerma en paz…’. De eso está hecho El partener. De esos retazos. De esos jirones del imaginario. De mis discos de pasta, y la ropa vieja que me gusta usar hasta los flecos. Las fotos blanco y negro, y los álbumes de canciones. Del murmullo tristón de la radio portátil en la madrugada. De esas imágenes, bah -irremediablemente melancólicas-, con las que fantaseamos los artistas retener alguna vez el pasado”

 

Mauricio Kartun, en http://www.centrocultural.coop/revista/articulo/22/