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Animales

Señor, mira mi cuerpo.
Mira mi cuerpo antes que yo lo llame
y él me llame, gritándonos
de lejos.
Mira mi cuerpo, este animal antiguo
como el río más antiguo
y joven, todavía, como el agua
cuando aprendía a nadar,
solo entre cerros.

Señor, mira mi cuerpo.
Mira mi cuerpo, torre de mi infancia,
mira mi cuerpo, cueva a la que vuelvo
siempre
a sentarme solo
ante tu fuego.

Señor, mira mi cuerpo
como yo lo veo.
Oh cazador del agua en los veranos,
oh cazador, de mi alma
prisionero.
Oh cazador sediento de su casa,
más antiguo que mi alma,
más joven que su miedo.

Lo amamantaron entre pajonales
donde ya te perdía
el viento, con tristeza.
Lo amamantaron entre pajonales,
oh cuerpo mío, antiguo cuerpo,
cueva para el amor,
torre para la guerra.

Señor, mira mi cuerpo. Es inocente.
Oh cueva de tu fuego,
oh torre joven.
Por los largos veranos que aún esperan,
por estar junto a mí,
que me perdone.

Héctor Viel Temperley

Diez mil mosquitos unidos conforman un tigre; nueve mil mosquitos conforman un leopardo; ocho mil mosquitos, un orangután inmóvil. Un mosquito, por último, es solamente un mosquito.
Los mosquitos, junto con las sanguijuelas y los vampiros, pertenecen a una misma clase; a esta pueden agregarse los burócratas, los terratenientes y los capitalistas. Todos los seres vivientes pueden clasificarse de acuerdo con sus costumbres alimenticias, en carnívoros, herbívoros y chupasangres.
En los intersticios de la Historia, por todos lados se encuentran mosquitos. Presenciaron e incluso participaron de ejecuciones y descuartizamientos, sabotajes y venta de niños; sin embargo, a lo largo de las 25 dinastías, no hay ni una sola mención a los mosquitos.
Los mosquitos con los que nos topamos hoy en día son los descendientes de los de la época de Nuwa (Nuwa era una hermosa mujer, o al menos eso se afirma en La creación de los dioses). Nuwa tenía un amor innato por los mosquitos, pero en La creación de los dioses no se dice una palabra de esto.
La vida de un mosquito, sin embargo, es muy breve, comprendida casi entre un amanecer y un atardecer, o dos amaneceres y dos atardeceres, por lo cual un mosquito, en promedio, llega a ver durante su vida a unas cuatro o cinco personas, o unos veinte o treinta cerdos, o un caballo. Esto explica por qué que los mosquitos nunca han sido capaces de elaborar la noción del bien y del mal.
Cierta persona mantiene puertas y ventanas cerradas, por temor a que entren los mosquitos: esta persona se encuentra, de hecho, bajo la custodia de los mosquitos. Otra persona entra al baño de la esquina, y al ser picada descubre que la picazón es inusualmente fuerte pero tolerable.
Uno de los objetos de mi venida al mundo es ser mordido por los mosquitos. Insertan sus agujas en mi piel, se reúnen en mi sombra a disfrutar del fresco, pierden el conocimiento y mueren en mi respiración envenenada.
En la noche profunda, un hombre tendido en su cama, a medias despierto, a medias dormido, se da a sí mismo una cachetada. No es que esté reflexionando sobre sus propios errores, sino que ha escuchado el zumbido de un mosquito. Cuanto mayor es la fuerza con la que se golpea, más alta la probabilidad de matar un mosquito, más serio parece su mea culpa.
Entonces, ¿en quién se convierte un mosquito después de muerto? Ese hombre que pasa volando histéricamente frente a mí, zumbando, debió ser un mosquito en su vida anterior. Una chica demasiado delgada suele recordarnos también a un mosquito.
Proteger la naturaleza implica proteger a los mosquitos y demás, incluido al dios de la malaria. Proteger la naturaleza e impulsar a la vez la industria de las cremas antiinflamatorias: es hacer lo necesario para expulsar a los mosquitos de la naturaleza. Pero la realidad demuestra que esto es muy difícil.
Traerse un mosquito en el avión o en el tren, trasladarlo a una tierra extranjera, puede contribuir a agravar nuestra nostalgia e incrementar nuestra conexión con la tierra. Cada vez que abrimos una valija, un mosquito puede salir volando de su interior.
Los lugares en los que se ha posado un mosquito son indistinguibles, en apariencia, de aquellos en los que nunca se ha posado uno, como son indistinguibles los lugares que un ladrón ha tocado y aquellos que no. Sin embargo, al examinar de cerca las pisadas de un ladrón, por medio de una lupa, se observa la presencia de un mosquito muerto.

Xi Chuan, tomado de Eterna Cadencia

El chino era filipino, pero el pueblo no estaba para sutilezas geográficas. Era el único en su especie y cuando a alguiin se le ocurrió que podrían llamarlo el oriental, le recordaron que había un uruguayo que acaparaba ese mote desde la década del ’70.

El uruguayo era dado al mate y el vino; el primero en la soledad de la tarde, y el tinto en la muchedumbre nocturna de Donde Estela, el único bar del pueblo, atendido por su propia dueña.

Cuando el uruguayo murió nadie llegó en caravana oriental a reclamar su cuerpo, tal que lo enterraron al anochecer en el cementerio del pueblo y sobre la tierra pusieron el mate y un banderín del Defensor Sporting que encontraron en la habitación que alquilaba.

La Estela dio un breve discurso ante la veintena de parroquianos que al terminar volvieron al bar. Dijo algo sobre el honor uruguayo y hasta se atrevió a una metáfora en torno a la nobleza del vino.

El filipino no entendió una palabra, quedó solo ante la tumba, y sólo reaccionó cuando le gritaron “chino, ya fue”.

En su ínfimo vocabulario castellano el hombre de los ojos rasgados y las formas breves había aprendido 10 o 15 palabras que le servían para garantizarse la supervivencia.

No trabajaba, pero una vez por mes viajaba a la oficina del correo de la ciudad más cercana para buscar un giro, que el pueblo creyó era una jubilación generosa.

Desde entonces es un hecho para el pueblo que en China las jubilaciones son muy buenas, y hay hasta quien soñó con viajar y ofrecer en ese país sus últimos esfuerzos laborales.

Al regresar de su incursión mensual el filipino pagaba una ronda en Donde Estela, y brindaba con cada uno de los parroquianos beneficiados. Glacias, le decían entre sonrisas.

Era el único día al mes que el filipino visitaba el bar. Pasaba sus días caminando con un perro que había adoptado. La acequia lo veía ir y venir sin pausa, varias veces al día.

Se tejieron especulaciones sobre el carácter errante de los chinos, su frugalidad, y su relación de mutua fidelidad con los perros, que vino a desbaratar el mito anterior y muy extendido en el pueblo sobre el gusto de los asiáticos por los perros asados en salsa agridulce.

Un mes y medio después de la muerte del uruguayo, falleció el perro del filipino.

El hombre de los ojos breves y las maneras rasgadas se acostó sobre la tumba que cavó a un costado de la acequia y ya no se levantó.

Ese gesto reforzó la idea sobre la fidelidad entre los chinos y los perros.

Nadie se atrevió a enterrarlo. Dejaron que el tiempo, la lluvia, y el verano se encarguen de reunir, tierra adentro, al perro y al chino.

Osmael, con O por algún motivo que nadie preguntó, era hijo del único peruano del pueblo, y tenía, por sus ojos rasgados y su tez oscurecida, un lejano aire al chino.

Al llegar el día en que el oriental recientemente fallecido debía viajar a la ciudad para cobrar su giro, el padre llevó a Osmael hasta la puerta del correo y le encargó “hacé lo que te dije”.

Osmael enfrentó a la empleada de la sección giros y encomiendas, y ensayó un “buen día, lo de siemple”, con una entonación ensayada de las películas de la segunda guerra donde los yanquis masacran amarillos de uniforme que dicen amelicano y polotos.

La señora apenas si levantó los ojos de la revista que tenía sobre la falda, extendió un sobre gordo a Osmael, y un papel donde señaló con el dedo una línea punteada.

Osmael hizo una cruz y salió corriendo con el sobre, se subió al Chevy de su padre el peruano, y abrió la ventanilla para que el viento enfríe la transpiración que lo empapaba.

La operación se repitió mes a mes. Gracias a ese aporte llegado del Asia lejana, el pueblo comenzó a prosperar. El padre peruano de Osmael puso una tienda de ramos generales a la que llamó El Chino, en clara alusión. La inauguración reunió a todo el pueblo, que se atrevió a un tardío minuto de silencio sólo interrumpido por el lejano ladrido de un perro que los más creyentes atribuyeron a un mensaje del más allá.

En torno al almacén de ramos generales florecieron emprendimientos vinculados al transporte, el acopio, y la venta de servicios propios de una localidad pujante como el delivery de pollo a la parrilla.

En homenaje al inesperado benefactor, los negocios se llamaron El Chino Caminante, El Perro del Chino, Chino y Hermanos, y un arriesgado Kiosco Chang, propiedad de uno que aseguraba que todos los apellidos chinos eran así.

La pujanza del pueblo derivó en un intento anexionista por parte de la ciudad más cercana, que contó con el apoyo político de las autoridades de la Provincia, quienes vieron en la movida la posibilidad de financiar con los recursos del pueblo la decadencia de la ciudad y a la vez torcer las futuras elecciones locales con los votos de la urbe en detrimento de la modestia demográfica del pueblo.

“Eso es la democracia”, explicaron los dirigentes.

Finalmente, y a pesar de la oposición del pueblo, la anexión se concretó.

La ruina se apoderó del lugar, incapaces como fueron sus comercios de competir con los negocios de la ciudad.

Sus habitantes comenzaron a atribuirle la desgracia a la memoria del chino, y sus gestos y formas tuvieron nuevas lecturas. La frugalidad fue interpretada como miserabilidad; su fidelidad hacia los perros como una desviación que rozaba las más horribles perversiones.

Los comercios cambiaron sus nombres: Chino Maldito, La Peste Oriental y El Chino Invertido.

El Concejo Deliberante aprobó ordenanzas xenófobas, y hasta el padre peruano de Osmael se vio obligado a emigrar.

Sólo Donde Estela sobrevivió a la malaria. Allí cada noche una muchedumbre de parroquianos se juntan a contar historias que nadie cree.

Tomando de Socompa

Esta historia podría llamarse Las estatuas. Otro nombre posible es El asesinato. Y también Cómo matar cucarachas. Haré entonces por lo menos tres historias verdaderas, porque ninguna de ellas desmiente a la otra. Aunque una sola, serían mil y una, si mil y una noches me dieran.

La primera, Cómo matar cucarachas, comienza así: Me quejé de las cucarachas. Una señora oyó mi queja. Me dio la receta de cómo matarlas. Que mezclara, en partes iguales, azúcar, harina y yeso. La harina y el azúcar se atraerían, el yeso achicharraría lo de adentro de ellas. Así hice. Murieron.

La otra historia es la primera en realidad y se llama El asesinato. Comienza así: Me quejé de las cucarachas. Una señora me oyó. Sigue la receta. Y entonces entra el asesinato. La verdad es que me había quejado de las cucarachas sólo en abstracto, que ni mías eran: pertenecían a la planta baja y escalaban los caños del edificio hasta nuestro hogar. Sólo fue en el momento de preparar la mezcla que ellas se volvieron mías también. En nuestro nombre, entonces, comencé a medir y pesar ingredientes en una concentración un poco más intensa. Un vago rencor me había poseído, un sentido de ultraje. De día las cucarachas eran invisibles y nadie creería en el mal secreto que roía una casa tan tranquila. Pero si ellas, como los males secretos, dormían de día, allí estaba yo preparándoles el veneno de la noche. Meticulosa, ardiente, avivaba el elixir de la larga muerte. Un miedo excitado y mi propio mal secreto me guiaban. Ahora yo sólo quería gélidamente una cosa: matar cada cucaracha que existe. Las cucarachas suben por los caños mientras nosotros, cansados, soñamos. Y he aquí que la receta estaba lista, tan blanca. Como era para cucarachas despiertas como yo, esparcí hábilmente el polvo hasta que este parecía formar parte de la naturaleza. Desde mi cama, en el silencio del departamento, las imaginaba subiendo una a una hasta el área de servicio donde dormía la oscuridad, sólo una toalla alerta en el tendedero. Me desperté horas después con sobresalto de atraso. Ya era de madrugada. Atravesé la cocina. En el piso del área de servicio allá estaban ellas, duras, grandes. Durante la noche yo las había matado. En nuestro nombre, amanecía. En el morro un gallo cantó.

La tercera historia que ahora se inicia es la de Las estatuas. Comienza diciendo que yo me había quejado de las cucarachas. Después viene la misma señora. Va yendo hasta el punto en que, de madrugada, me despierto y, todavía somnolienta, atravieso la cocina. Más somnolienta que yo está el área en su perspectiva de ladrillos. Y en la oscuridad de la aurora, un rojizo que distancia todo, distingo a mis pies sombras y blancuras: decenas de estatuas se esparcen rígidas. Las cucarachas que se habían endurecido de adentro hacia afuera. Algunas panza arriba. Otras en medio de un gesto que no se completaría jamás. En la boca de unas un poco de comida blanca. Soy la primera testigo de la alborada en Pompeya. Sé cómo fue esa última noche, sé de la orgía en la oscuridad. En algunas el yeso se habrá endurecido tan lentamente como en un proceso vital, y ellas, con movimientos cada vez más penosos, habrán intensificado ansiosamente las alegrías de la noche, intentando huir de dentro de sí mismas. Hasta que de piedra se volvieron, en espanto de inocencia, y con tal, tal mirada de censura herida. Otras —súbitamente asaltadas por la propia médula, ¡sin ni siquiera haber tenido la intuición de un molde interno que se petrificaba!—, esas de pronto se cristalizan, así como la palabra es cortada de la boca: yo te… Ellas que, usando el nombre del amor en vano, en la noche de verano cantaban. Mientras aquella allí, la de la antena marrón sucia de blanco, habrá adivinado demasiado tarde que se había momificado exactamente por no haber sabido usar las cosas con la gracia gratuita de lo en vano: “¡Es que miré demasiado dentro de mí! es que miré demasiado dentro de…”, de mi fría altura de gente miro el derrocamiento de un mundo. Amanece. Una u otra antena de cucaracha muerta se agita en la brisa. Desde la historia anterior canta el gallo.

La cuarta narración inaugura una nueva era en el hogar. Comienza como se sabe: Me quejé de las cucarachas. Va hasta el momento en que veo los monumentos de yeso. Muertas, sí. Pero miro los caños, por donde esa misma noche irá a renovarse una población lenta y viva, en fila india. ¿Entonces renovaría yo todas las noches el azúcar letal? Como quien ya no duerme sin la avidez de un rito. ¿Y todas las madrugadas me conduciría sonámbula hasta el pabellón? En el vicio de ir al encuentro de las estatuas que mi noche sudada erguía. Me estremecí de perverso placer ante la visión de aquella doble vida de hechicera. Y me estremecí también ante el aviso del yeso que seca: el vicio de vivir que reventaría mi molde interno. Áspero instante de elección entre dos caminos que, pensaba yo, se dicen adiós, y segura de que cualquier elección sería la del sacrificio: yo o mi alma. Elegí. Y hoy ostento secretamente en el corazón una placa de virtud: “Esta casa fue desinfectada”.

La quinta historia se llama Leibnitz y la trascendencia del amor en la Polinesia. Comienza así: Me quejé de las cucarachas.

Clarice Lispector, en Descubrimientos

Cuando mi perro murió hubo que cremarlo.
En una cajita me dieron
piedras pequeñas de grises distintos.
No parecían cenizas.
Las enterré en un cantero del patio común,
debajo de un cerco. Moví la tierra con las manos
como quien busca un lugar fresco y allí volqué los restos.
A la mañana siguiente, a la luz del día,
algunas piedras, que habían quedado en la superficie,
todavía brillaban.
Después vinieron horas lentas, un vacío extraño
y el dolor en mi pecho, la piedra más dura.

Raquel Sinelli, en http://lospoetasnovanalcielo.blogspot.com/2020/07/raquel-sinelli.html

Al cargador de las fechas 

Hermano Mayor de la Escritura, 
Hermano Mayor del Dibujo: 
Con mis rosas vine, 
Con mis flores de azucena vine. 
Con mis claveles, 
con flor de manzanilla. 

Préstame tus diez máscaras 
para alargar mis años 
adentro del corral. 

Está abatida mi alma en la montaña. 
Ya resbaló mi animal para abajo del cerro. 
Ya tienen en la punta del lazo. 
En la punta de la cadena. 
Préstame los diez dedos de tus pies, 
los diez dedos de las manos. 
Éntramelo en el cerro del tigre, 
en la cueva verde de las almas. 

Levántamelo con su mantel olor a rosas, 
con una rosa, levántame. 
Acuéstame a la sombra de un bejuco. 

Hermano Mayor que Da de Comer a las Almas, 
Guardador del Corral, 
Cargador de las Fechas: 
Pónganse a girar en un círculo, en un cuadro. 
No dejen salir al tigre, al jaguar, 
al lobo, al coyote, 
al zorro, al sabén. 
Agárrenlos, que no se suelten. 

Junté huevos de guajolote. 
Traigo piedras de paloma 
para cubrir el pie y la mano 
del que Mira de Lejos a Través de los Sueños

Mantén mi animal por muchos años 
con resina de ocote, 
con savia de palo, 
con agua de rosas, 
con nudo de pino, 
nudo de laurel, 
trece resina de k'os, 
trece esencia de tilil. 

Agranden mis días con el sudor de sus piernas. 
Verde brillan sus manos. 
Verde verde su sangre. 

Me van a cargar. 
Me van abrazar 
a mi tigre, a mi jaguar. 

Ya es todo que les voy a despertar 
en nombre de las flores. 

Que viva mi animal 
todavía muchos años 
en las páginas del Libro, 
en sus letras; sus dibujos, 
y en toda la faz de la Tierra. 


Manwela Kokoroch, Conjuros y ebriedades

Censo canino

Un hombre
toca el timbre.

Al salir
me pregunta
si tengo perro.

Le digo que no.

¿Y la cuchita?
señala,
apuntando con el mentón.

Es empleado municipal
y tiene el aire triunfal
de haber
descubierto
una falta.

Se me murió, le digo,
guardo la cucha
de recuerdo.

La mención de la muerte
lo trastorna
y me pide disculpas.

Lo veo alejarse
y pienso
en mi padre.

En
lo
de
él
que
no
guardo.

 

Graciela Cros, tomado de http://elinfinitoviajar.blogspot.com/2016/05/graciela-cros.html

El discurso del Oso

Soy el oso de las cañerías de la casa, subo por los caños en las horas de silencio, los tubos de agua caliente, de la calefacción, del aire fresco, voy por los tubos de departamento en departamento y soy el oso que va por las cañerías.

Creo que me estiman porque mi pelo mantiene limpios los conductos, incesantemente corro por los tubos y nada me gusta más que pasar de piso en piso resbalando por los caños.

A veces saco una pata por la canilla y la muchacha del tercero grita que se ha quemado, o gruño a la altura del horno del segundo y la cocinera Guillermina se queja de que el aire tira mal.

De noche ando callado y es cuando más ligero ando, me asomo al techo por la chimenea para ver si la luna baila arriba, y me dejo resbalar como el viento hasta las calderas del sótano.

Y en verano nado de noche en la cisterna picoteada de estrellas, me lavo la cara primero con una mano, después con la otra, después con las dos juntas, y eso me produce una grandísima alegría.

Entonces resbalo por todos los caños de la casa, gruñendo contento, y los matrimonios se agitan en sus camas y deploran la instalación de las tuberías.

Algunos encienden la luz y escriben un papelito para acordarse de protestar cuando vean al portero.

Yo busco la canilla que siempre queda abierta en algún piso; por allí saco la nariz y miro la oscuridad de las habitaciones donde viven esos seres que no pueden andar por los caños, y les tengo algo de lástima al verlos tan torpes y grandes, al oír cómo roncan y sueñan en voz alta, y están tan solos.

Cuando de mañana se lavan la cara, les acaricio las mejillas, les lamo la nariz y me voy vagamente seguro de haber hecho bien.