archivo

Animales

yo he visto a los chulengos en manada
iluminados por la luna

cuando aparecen ellos
el invierno se entrega
cubierto de pelusas y de lana
he visto el aire estremecido entre sus ancas tibias
y a la libertad y a la ternura
galopando con ellos
sueltas
por la tierra

he visto creo
más de lo que merezco:
he visto a los chulengos desde lejos

yo presiento que he de andar más todavía
quién sabe cuánto
hasta vencer el miedo de acercarme hasta ellos
para medirme en sus ojos tan profundos de espacio
y aceptar el milagro de un silencio de nieve
que desprenda la costra los últimos abrojos

si resisto es posible que me permitan ellos
sumergirme en sus ojos ingenuos infinitos
estaquearme un instante
en el centro del tiempo

ser la libertad ser la ternura
galopando con ellos
sueltos
por la tierra

Anuncios

¿Qué es un caracol? Un caracol es: / que uno pondere / con los
bolsillos llenos de bramante cadenas de latón / picaportes gramófonos / etc.
/ Un caracol es que uno sea: / amando lo escurridizo / y durmiendo en las
piedras. Es: / que uno conozca el suelo por haber visto una babosa / en la
pared / y por seguirla una día entero arrastrando / en la piedra / su colita
húmeda / y meada. / Otra de caracol: / es dentro de casa consumir libros
cuadernos y / quedarse quieto ante una cosa / hasta serla. / Sería: / un
hombre después de atravesado por vientos y ríos turbios / reposa en la arena
para llorar su vacío. / Sería también: / comprender el andar liso de las
lombrices bajo tierra / y escuchar como los grillos / por las piernas. /
¡Las personas que conocen el suelo con la boca, una forma de buscarse, se
mueven como caracoles! / El caracol por fin: /tiene madre de agua / abuela
de fuego / y el pájaro en él se ensuciará. / ¡Arrastrará una fiera hasta su
cuarto / usará sombreros de tacón alto / y ha de ser estiércol a sus
expensas!

 

Manoel de Barros

Una historia de verano

Cuando el colibrí
hunde su pico
en la trompeta de la parra
en el embudo

de las flores
y su lengua
se hunde
palpitante

me enciendo
otra vez, me sorprendo:
pequeñas cosas, a nuestro alcance
existen en el mundo

que no están hechas
de oro
ni de poder —
que nadie posee

ni puede comprar
ni con una montaña de dinero —
que simplemente
flotan sobre el mundo

o vagan por el campo
o en los jardines
o en lo alto de las parras
y aquí estoy

perdiendo el tiempo
como quien dice, mirando
hasta que la mirada se vuelve sentimiento
y entonces, siento que soy yo misma

un pequeño pájaro
terriblemente hambriento
con su piquito explorando y sumergiéndose
y un corazón latiendo urgente

casi a punto de romperse —
soy el hambre y el alivio
y también las hojas y las flores
y, como ellas, estoy llena de goce, y me sacudo.

 

 

Mary Oliver (Maple Heights, Ohio, 1935), El pájaro rojo. Traducción: Natalia Leiderman y Patricio Foglia. Prólogo: María Teresa Andruetto. Ediciones Caleta Olivia. Buenos Aires. 2017.

Mariposas en la ciudad

El semáforo en rojo, los cartoneros con sus montañas pardas, los vendedores de la calle mezclan medias, jugos, celulares. Un muchacho duerme en algún umbral. La niña malabarista pone en órbita clavas de colores.

Sidonia se detiene entre la gente que va y viene. Lleva muchas flores bordadas en el vestido violeta. Una flor amarilla parece un girasol sobre su pecho. Vaya a saber qué manos, qué ojos, la bordaron en un pueblo de Méjico.

Sidonia mira al muchacho dormido y se pregunta qué dolores tendrá. De pronto aparece la mariposa color melón. Vuela, despistada, con borrachera de mariposa en la ciudad. Se posa sobre una flor amarilla que crece en un campo violeta.

Sidonia pone los brazos en círculo, para protegerla. Todo se detiene y silencia vaya a saber por cuánto tiempo. La mariposa liba, abre y cierra las alas.

Pasa una eternidad, una chispa de tiempo.

La mariposa remonta vuelo y todo vuelve a moverse.

Sidonia no vio a nadie que reparase en aquel suceso.

-Qué lindo vestido, madrecita -le dice una mujer boliviana, sin edad, desde sus calabazas.

Y Sidonia siente que la mira con ojos de haber visto las mismas cosas.

 

Extraído de Diablos y mariposas, Ediciones del Eclipse, 2005.

La vieja hundió los dedos en el almidón de mandioca. Siempre le quedaba una sensación de caricia.

Estrelló después los dos huevos puestos por su gallina colorada. Agregó agua, sal y grasa. Y fue armando tortitas del largo de la mano de un niño. En el corazón les puso queso. Las horneó y las llamó por su nombre:
-Chipas. ¡Ligerito, con las chipas!
Llamó a la muchachita, también por su nombre:
-¡Blanca, ligerito Blanca!
Pero en realidad todos la conocían, así nomás, como la chipera.
La muchachita camina con un canasto sobre la cabeza. Es un sombrero de ala anchísima que la encierra en un círculo. Está cargado de chipas que el sol conserva calientes.
La muchachita anda con vaivén de hamaca. Sus pies se abren dentro de la alpargata y dejan una marca en la calle polvorienta.
Fue por el polvo y por las moscas que la muchachita tapó la montaña de chipas con una servilleta bordada
Allá va con un nido cargado en la cabeza.
Lleva un pie de madera, patas tijeras, para apoyar el canasto. Navega cimreando por la calle.
El viento levanta una punta de la servilleta blanca. La muchachita se para un minuto debajo de un árbol y dos langostas verdes se descuelgan sobre los panes.
Festejan su casamiento, saltan y se adormecen sobre una chipa.
Y el pajaro de oro que se desprende del sol ve aquel nido cargado y llama a la p´jara que está impaciente por poner, para que anide y deje allí su huevo.
Las chipas están calientes. El sol está caliente. El pájaro y la pájara se echan sobre el huevo.
La muchachita sigue su camino, canturreando, abanicándose con una hoja de zapallo.
Los alguaciles, con sus caras de helicópteros, ven de lejos la servilleta blanca. Nunca habían visto una nube por el lado de arriba. La nube se mueve, como si cubriera pájaros. Hay olor a comida en la nube. Van a ver qué es.
Un Pombero sombrerudo del tamaño de un gorrión, que fuma un gran cigarro, siente el olor de las chipas. Salta y se zambulle en el canasto que cada vez pesa más.
La muchachita acomoda el cuerpo como una caña. Se seca el sudor con un pañuelo.
Pero ya va llegando a la esquina de la plaza.
La hoja de zapllo y el pañuelo están marchitos.
La muchacha apoya el pie de madera que sostendrá el canasto y, sin desarmar el eje se su cuerpo, descarga.
Estas siestas de sol se le meten en los ojos, le calientan la cabeza.
Levanta la servilleta blanca y no sabe si los pájaros de oro que salen volando son dos o son tres, y también saltan langostas duras como la fruta del aromito. Y una bandada de alguaciles y un Pombero del tamaño de un gorrión que le echa humo a la cara.
Salen disparados, explotan como cohetes en Año Nuevo, revolotean y después se esconden, pero quedan rondando.
La muchachita siente que le chistan, le silban, susurran, la llaman. También la tocan.
-¡Chipas calientes! -grita, porque ve unos turistas que pueden comprarle. -¡Chipas calientes!
Un hombre y una mujer se acercan con sus anteojos negros y su cámara de fotos.
El pájaro de oro pasa en vuelo rasante y roba un pelo a la muchachita. Las langostas, otra vez entre las chipas, hacen un escándolo frotándose las alas con las patas. Los alguaciles la rodean, la marean en silencio.
El Pombero asoma y silba, asoma, silba y le levanta la falda, la pellizca.
La muchachita los espanta con un gesto de risa, vigila de reojo, le tira patadas. Y de pronto gira y revolea al aire la servilleta blanca, levanta remolinos para que las chipas no se le llenen de gente de la siesta y le arruinen la venta.
-¡Qué gracia tiene! -dicen los turistas.
Y sacan la foto de una muchachita con la falda al aire, bailando el sol, bailando la siesta, bailando vaya a saber qué cosas.

En El enigma del barquero, Laura Devetach.

 

 

yo ya sé
lo que es el amor.
yo aprendí a beber vino
cuando trabajaba
en la pampa de salamanca
al borde de la ruta 3.
aprendí a beber callado
mirando las martinetas
que se iban siguiendo la alambrada.
de vez en cuando un camión
como un incendio perforaba la tarde
y pasaba
dejando un suspiro en las retinas
de los perros.
a lo lejos había
un molino negro
el viento agitaba sus pedazos
molino deshecho
sin aspas para el vuelo
chaperío sin alas
llorando en pozo de la noche.
yo bebí borracho en las alturas
a mi no me digan nada.
perdí una camisa
buscando ovejas en la nieve
perdí los sentidos
mareado en una torre
que se alzaba como un sueño
en la chatura de la estepa/
un mirador creo que era.
y ya sé lo que es el amor
(por las noches yo dormía
en un catre adentro de una casilla)
después de apagar el alumbrado
(un lister a todo culo)
desaté los perros
y me quedé bebiendo
con los ojos mezclados con la noche
con la piel hecha un silencio
como un solo cuerpo enmudecido por la pampa.
en la pieza brillaban
por la luna
las latas de aceite supermóvil multigrado/
el viento ladraba a la ventana.
el viento es un perro desgraciado
aullando en las orejas del insomnio.
los vehículos pasaban en la ruta
con ráfagas de luz en esa pieza.
y por eso
yo ya sé lo que es el amor
yo recé borracho el padrenuestro
para que
un auto con dardos veloces pasara iluminando
el cuerpo de thelma tixou
que brillaba en el almanaque
de aquella noche de aquel invierno
de esos años.
thelma estaba espléndida en esas soledades
tenía un vestido rojo
que ardía ante mi boca
cuando las luces
la encendían como llama en pleno vuelo.
yo ya sé lo que es la sangre
cuando arde como aceite en la penumbra.
el cuerpo de ella era un planeta
girando en el abismo
y yo su único habitante/
me ataca como una sed cada vez que me acuerdo de esa diosa.
el amor es como apretar una foto de thelma tixou
en la garganta de la noche/
o el amor es otra cosa
animal que se espanta
que vuela lejos
y uno
no ha tenido el gusto.

Benditos los piojos
que te acercan a mí y hacen que me toques.

Aunque sean tus caricias
para sacarme la menor de las pestes
no dejan de ser
caricias.

Para librarme del grito de los pibes:
–¡Ahí va la piojosa!
¡La que no la cuidan! ¡La sucia que nadie quiere!

No deja de ser ese movimiento delicado
-en el que me separás los pelos con la uña
como si abrieras el pasto seco-:
una caricia. Una excusa
para que estés conmigo.
Para que me toques.
Como a solas en el ventanal cálido
de las tres de la tarde.

Quietita. Que nada te distraiga.
Arrodillada en el piso
con la cabeza apoyada entre tus piernas.
Tu respiración caliente sobre mi nuca
como un descanso.

Mariela Gouiric