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Rosa

Mi soplete:
En una esquina de la explanada, donde se amontonan los neumáticos usados, hay un rosal. Pegado al eucalipto. El rosal ha echado un brote que medirá unos cinco metros y ahora trepa por el tronco del árbol buscando la luz para
florecer. ¡Cinco metros! ¡Ciento treinta espinas! Las conté. Para contarlas tuve que levantar el renuevo de vez en cuando, y me pinché en el brazo un par de veces. No sé por qué quería contarlas. Puede que porque quería
hablarte de la determinación de la rosa. Ciento treinta espinas.
Tú y yo estamos entre dos generaciones. La primera la constituye la hermandad de quienes se hallaban muy próximos a nosotros y murieron o fueron asesinados. Muchos de ellos a una edad más temprana que la que tenemos ahora tú y yo. Nos esperan con los brazos abiertos.
La segunda es la hermandad de los jóvenes, para quienes somos un ejemplo. La vida que hemos elegido vivir los anima. Con los brazos abiertos, nos mandan que sigamos adelante…
Nos encontramos entre las dos. ¡Ojalá, guapo mío, estuviéramos el uno en los brazos del otro!
¿Es algo que hice hace mucho tiempo? ¿O es algo que quería hacer y todavía no he hecho? Igual da. El caso es que en algún momento pensé en poner mi mano en una carta, dibujar su contorno y enviártela. Un poco después de
cuando fuera que lo pensara, me topé con un libro en el que enseñaban a dibujar manos y lo abrí y lo vi página a página. Decidí comprármelo. Se parecía a la historia de nuestra vida. Todas las historias son también historias de manos, manos que agarran, que sopesan, que señalan, que unen, que amasan, que enhebran, que acarician; manos abandonadas en el sueño, manos que cortan, que comen, que limpian, que tocan música, que rascan, que asen, que pelan, que se aferran, que aprietan un gatillo, que se cruzan.
En cada página del libro hay un delicado dibujo de manos ejecutando una acción específica. Te voy a copiar una.
Te estoy escribiendo.
Y me miro las manos, que quieren tocarte, y me parecen obsoletas, porque hace tanto que no te acarician.
Tu A’ida

John Berger, en De A para X

Su ataúd es la alborada

El tiempo arrasará todas las rosas:
las florecidas,
las heridas,
las que tienen los labios del verano
como cortaderas carmesíes,
pero volverá el amor de las recolectoras de las rosas,
y la caridad encendida del color del horizonte,
donde se prenden las lámparas de las palmeras al paso del ferrocarril,
oloroso de ciudades y de esteros.
Pasa el entierro del cuerpo de un sueño,
pero su ataúd es la alborada.