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Archivo de la etiqueta: Fragmento epistolar

“Mis poemas los hago con mucha paciencia. Un poeta no tiene apuro, no debe. Un verso, una línea, la escribo palabra a palabra. Cada palabra la anoto en una tarjeta distinta, por ejemplo “La viajera marca su intensidad con desobediencia”. Tengo, pues, siete trajetas, bastantes grandes. Las ubico en mi cama y comienza el trabajo. Voy moviendo las tarjetas como peones de un damero de ajedrez. “La desobediencia de la viajera es su intensidad”. Con los pies voy tapando las palabras, puede aparecer: “Marca la intensidad, desobedece la viajera” o todavía “Viajera sin maletas; con intensidad guarda su desobediencia” y acaso lo prefiero, resulta: “La intensidad apura a la viajera, será desobediente” y así y así estoy horas y horas y es importante cada espacio, cada viaje de la viajera desobediente. Fumo mucho, desobedezco. Ahora las tarjetas se han ensuciado de tanto taparlas y descubrirlas. Cada vez. Mi cuerpo se revuelve, hago el amor con la poesía, músculo a músculo, tarjeta a tarjeta”.

 

Alejandra Pizarnik, en una carta a León Ostrov

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Bogotá, octubre 28 de 1979

Desde la altura de mi ventana veo algunas gentes lavar sus ropas, porque es domingo:
soldados en la azotea de un cuartel que queda en frente, estudiantes en un patiecillo, una mujer tras una ventana.
Domingo de lavar la ropa, de arreglar la casa, de escribir a los amigos.
Domingo calmo, único día que tenemos para procurar ser lo que somos,
pues el resto de la semana nuestra esclavitud es paciente y burra.

Tu carta me trajo eso que amo en el Brasil: tu corazón,
corazón de poeta que bala desesperadamente, acorralado,
y a veces se disfraza con piel de lobo pero no asusta a nadie,
poeta bendito que clama en el desierto,
santo del infierno,
el que opone su palabra a los vientos,
su pecho, sus brazos delgados, pero nadie repara en él.
En el mercado público el poeta es un espantapájaros.

Poeta Geraldino: tú eres uno de los grandes del Brasil.
Hay muchos grandes poetas en el Brasil, y tú estás en la lista de los primeros.
(…)
Tu poesía está hecha para todos, como el sol y el agua, y en eso se reconoce que eres grande,
porque un verso tuyo les ayuda a vivir a las gentes,
y el que no sabe hacer milagros no es poeta.
(…)

Traducir tus poemas es para mí como participar en el acto de su creación.
Verso que nos deje impasibles no fue escrito con arte, pues el arte tiene por objeto conmover.
A medida que sale de sus fronteras, la poesía del Brasil sacude a América.

No dejo de pensar en ti, allá en Recife, escribiendo la más bella poesía sin aspirar a más reconocimiento que el corazón de los hombres y mujeres que te lean, y después de leerte no puedan olvidarte.

J. J. E.

***

Maragogi, Alagoas, 24 de diciembre de 1981

Maragogi es un poblado de unas “tres mil almas”, como decían los padres antiguos. Cuatro o cinco calles estrechas, paralelas a un mar de esmeralda. Casas de puerta y ventana, blancas, azules, algunas amarillas. Pocas de dos ventanas, con una pequeña terraza para las redes ociosas. “Esta es la del cura”, “esta es la del juez”, “esta es la del notario”, “ésta, la mejor, es la de las monjas”.

Dos pequeñas panaderías, un expendio de carnes que abre los sábados, un modesto mercado los domingos.

No es necesario preocuparse por las puertas. Dicen que aquí no hay ladrones, aunque desconfío. No hay hurtos. Porque no hay a quién vender lo hurtado, ni para dónde huir con él, ni cómo utilizarlo. Aquí los zapatos de todas las personas son conocidos por todos. ¿Cómo entonces hurtar zapatos y salir con ellos por las calles, único viandante, todos desde las ventanas mirándolo de la cabeza a los pies?
A las cinco y media de la mañana pasa el hombre del pan, anunciándose con un “fon-fon” que no escuchaba desde hace unos cuarenta años. Hoy me dijo que el jeep de la policía mató a su puerco, que ya tendría unos quince kilos, y que no quisieron indemnizarlo. Es la gran familia más unida del mundo, la de la policía. Ni los puercos de Maragogi se salvan.
Muchos, muchos niños. Muchos, muchos ancianos. Los jóvenes y las muchachas se fueron para Recife o Maceió. Las mujeres, o están en la cocina, o en la maternidad. Los hombres en el mar, o en los campos. De ahí la impresión de que aquí, no hay ni juventud ni mediana edad.
La impresión es que las personas aquí carecen de recuerdos y esperanzas. No vi niños traviesos. No vi ancianos rememorando. Las personas carecen de sueños, nada desean, ni se angustian. Parece que los maridos no están descontentos con las mujeres. No que las amen, porque tampoco parecen felices. Diríase que están más allá de la insatisfacción y más acá del amor. No lo sé explicar, porque no es atraso, ni es perfección, ni conduce a ella. Como si estuviesen varados, después de los animales y antes del hombre.
La dueña de casa no parece ser una mujer, sino sólo la dueña de casa. El odontólogo de acá no parece ser, como en Recife o Bogotá, un hombre que hubiera querido ser médico. Es, interior y exteriormente, sólo un odontólogo.
Las sombras de los árboles no resguardan parejas, ni esconden gatos y vagabundos.
Todavía no he visto enamorados, jóvenes con las dudas, los miedos, las preguntas del amor.
He visto novios ya comprometidos en casamiento, que ni les parece próximo ni distante.
Es impresionante, esa indiferencia.

Los lugareños no distinguen entre las distintas actividades. Soy para ellos apenas un turista.

Lo bueno de aquí es ser un extraño de Recife o Porto Alegre, sin que nadie se percate de la carga de tristeza de las calles y las pobres casas que agobia al poeta.

Lo malo de aquí es que el poeta no podrá desear para la ciudad esta vida sin sus afanes y sufrimientos, pero también sin la felicidad del futuro con que allá se sueña.

Es noche de Navidad y no veo las casas abiertas. La iglesia está abierta, porque no podría estar cerrada.

Nunca lo olvidaré.

G. B.
Publicado por Tragaluz Editores

 

 

 

 

 

 

“Despertar y encontrarme con tu mensaje, con esas fotografías que celebran y alaban, en las que todo se resuelve en una aceptación de la tierra. No hago más que contemplarlas y con ellas -por ellas- es como si me comunicara con algo que fui hace  mucho tiempo -tal vez cuando el tiempo no eexistía-, es como si presintiera algo a modo de origen, algo colmado de tierra y de alas, de espuma, de lenguaje de flores. Y esa “madre tierra” dolorosa, jamás resignada, creándose y creando, diciendo que no todo es vacío sino que aún hay posibilidades de ser, tan inocente, tan terrible”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esculturas: Marina Núñez del Prado

Texto: Alejandra Pizarnik, en Correspondencia Pizarnik, Seix Barral, p. 42 (en una carta a Rubén Vela)

Lo primero de todo es tener una máquina que a uno le guste, la que más le guste a uno, porque se trata de estar contento con el cuerpo, con lo que uno tiene en las manos y el instrumento es clave para el que hace un oficio, y que sea el mínimo, lo indispensable y nada más. Segundo, tener una ampliadora a su gusto, la más rica y simple posible (en 35 mm la más chica que fabrica Leitz es la mejor, te dura para toda la vida).

El juego es partir a la aventura, como un velero, soltar velas. Ir a Valparaíso o a Chiloé, por las calles todo el día, vagar y vagar por partes desconocidas y sentarse cuando uno está cansado bajo un árbol, comprar un plátano o unos panes y así tomar un tren, ir a una parte que a uno le tinque y mirar, dibujar también, y mirar. Salirse del mundo conocido, entrar en lo que nunca has visto, dejarse llevar por el gusto, mucho ir de una parte a otra, por donde te vaya tincando. De a poco vas encontrando cosas y te van viniendo imágenes, como apariciones las tomas.

Luego que has vuelto a la casa, revelas, copias y empiezas a mirar lo que has pescado, todos los peces, y los pones con su scotch al muro, los copias en hojitas tamaño postal y los miras. Después empiezas a jugar con las L, a buscar cortes, a encuadrar y vas aprendiendo composición, geometría. Van encuadrando perfecto con las L y amplías lo que has encuadrado y lo dejas en la pared. Así vas mirando, para ir viendo. Cuando se te hace seguro que una foto es mala, al canasto al tiro. La mejor las subes un poco más alto en la pared, al final guardas las buenas y nada más (guardar lo mediocre te estanca en lo mediocre). En el tope nada más lo que se guarda, todo lo demás se bota, porque uno carga en la psiquis todo lo que retiene.

Luego haces gimnasia, te entretienes en otras cosas y no te preocupas más. Empiezas a mirar el trabajo de otros fotógrafos y a buscar lo bueno en todo lo que encuentres: libros, revistas, etc. y sacas lo mejor, y si puedes recortar, sacas lo bueno y lo vas pegando en la pared al lado de lo tuyo, y si no puedes recortar, abres el libro o las revistas en las páginas de las cosas buenas y lo dejas abierto en exposición. Luego lo dejas semanas, meses, mientras te dé, uno se demora mucho en ver, pero poco a poco se te va entregando el secreto y vas viendo lo que es bueno y la profundidad de cada cosa.

Sigues viviendo tranquilo, dibujas un poco, sales a pasear y nunca fuerces la salida a tomar fotos, porque se pierde la poesía, la vida que ello tiene se enferma, es como forzar el amor o la amistad, no se puede. Cuando te vuelva a nacer, puedes partir en otro viaje, otro vagabundeo: a Puerto Aguirre, puedes bajar el Baker a caballo hasta los ventisqueros desde Aysén; Valparaíso siempre es una maravilla, es perderse en la magia, perderse unos días dándose vueltas por los cerros y calles y durmiendo en el saco de dormir en algún lado en la noche, y muy metido en la realidad, como nadando bajo el agua, que nada te distrae, nada convencional. Te dejas llevar por las alpargatas lentito, como si estuvieras curado por el gusto de mirar, canturreando, y lo que vaya apareciendo lo vas fotografiando ya con más cuidado, algo has aprendido a componer y recortar, ya lo haces con la máquina, y así se sigue, se llena de peces la carreta y vuelves a casa. Aprendes foco, diafragma, primer plano, saturación, velocidad, etc., aprendes a jugar con la máquina y sus posibilidades y vas juntando poesía (lo tuyo y lo de otros), toma todo lo bueno que encuentres, bueno de los otros. Hazte una colección de cosas óptimas, un museíto en una carpeta.

Sigue lo que es tu gusto y nada más. No le creas más que a tu gusto, tú eres la vida y la vida es la que se escoge. Lo que no te guste a ti no lo veas, no sirve. Tú eres el único criterio, pero ve de todos los demás. Vas aprendiendo, cuando tengas una foto realmente buena, las amplías, haces una pequeña exposición o un librito, lo mandas a empastar y con eso vas estableciendo un piso, al mostrarla te ubicas de lo que son, según lo veas frente a los demás, ahí lo sientes. Hacer una exposición es dar algo, como dar de comer, es bueno para los demás que se les muestre algo hecho con trabajo y gusto. No es lucirse uno, hace bien, es sano para todos y a ti te hace bien porque te va chequeando.

Bueno, con esto tienes para comenzar. Es mucho vagabundeo, estar sentado debajo de un árbol en cualquier parte. Es un andar solo por el universo. Uno nuevamente empieza a mirar, el mundo convencional te pone un biombo, hay que salir de él durante el período de fotografía.

Sergio Larrain