archivo

Caminar

Lo que más siento, en punto a detalles de mi vida que se me han olvidado, es no haber hecho un diario de mis viajes. Nunca he pensado tanto, existido y vivido, ni he sido tan yo mismo, si se me permite la frase, como en los viajes que he hecho a pie y solo. El andar tiene para mí algo que me anima y aviva mis ideas; cuando estoy quieto, apenas puedo discurrir: es preciso que mi cuerpo esté en movimiento para que se mueva mi espíritu. La vista del campo, la sucesión de espectáculos agradables, la grandeza del espacio, el buen apetito, la buena salud que se logran caminando, la libertad del mesón, el alejamiento de todo lo que me recuerda la sujeción en que vivo, de todo lo que me recuerda mí situación, desata mi alma, me comunica mayor audacia para pensar, parece que me sumerge en la inmensidad de los seres para que los escoja, los combine y me los apropie a mi gusto sin molestias ni temores. Así dispongo como árbitro de la Naturaleza entera; mi corazón, vagando de un objeto a otro, se asocia, se identifica con los que le halagan, se rodea de encantadoras imágenes, se embriaga de sentimientos deliciosos. Si para darles mayor fijeza me entretengo en describirlos dentro de mi mismo, ¡qué pincel tan vigoroso, qué frescura de colorido, qué energía de expresión logro comunicarles! Dícese que en mis obras se ha encontrado algo de todo esto, a pesar de haber sido escritas en el ocaso de mi vida.
Ah, si se hubiesen visto las de mis primeros años, las que he hecho durante mis viajes, todas las que he compuesto, pero que no he escrito nunca!… ¿Por qué no escribirlas?, se dirá. -¿Y para qué?, replicaré yo; ¿por qué desprenderme del encanto de mis goces para decir a los demás cuánto gozaba? ¿Qué me importaban a mi los lectores, ni el público, ni la tierra, mientras yo me cernía en los espacios? Y además, ¿llevaba acaso papel ni plumas? Si hubiese pensado en ello no se me hubiera ocurrido nada. Yo no preveía que tendría más tarde ideas que revelar al mundo. Se me ocurren cuando ellas quieren, no cuando yo quiero. O no se me ocurren, o vienen en tropel y me anonadan por su fuerza y por su número. No habrían bastado diez volúmenes diarios. ¿Ni cómo tener tiempo para tanto? Cuando llegaba a un punto, no pensaba más que en comer bien; cuando me ponía en marcha, sólo en hacer mi camino. Conocía que un nuevo paraíso me esperaba fuera, y no tenía otro pensamiento que ir en su busca.

En Las confesiones

Breve sol

A la última hora del sol los rayos atraviesan

por el aire, eligiendo: «éste sí, éste no.»

Quedan en sombra

la mayoría; los elegidos brillan

con cortezas doradas. Ascendiendo

la luz alcanza otros follajes, deja éstos

y alumba uno lejano. Ya no hay tiempo

de llegar hasta allí.

¿Quién sabe? Vamos.

Liberación deseada

Qué gran cosa es
si llegamos de afuera
y en nuestros ojos
al venir, traemos
el vuelo de la paloma.
Si traemos también
en el yugo del alma
el suspiro de la libertad
y en nuestra piel
la salud del viento.

 

Sãso potapy

Tuichaite mba’e niko
pe okágui jajúrõ
ha ñande resápe
jaru jajukuévo
pykasu veve. Jarurõ avei
ñane ánga sãre
sãso pytuhê
ha ñande pirére
yvytu resãi (2002: 48).

 

 

 

 

¿Qué es un caracol? Un caracol es: / que uno pondere / con los
bolsillos llenos de bramante cadenas de latón / picaportes gramófonos / etc.
/ Un caracol es que uno sea: / amando lo escurridizo / y durmiendo en las
piedras. Es: / que uno conozca el suelo por haber visto una babosa / en la
pared / y por seguirla una día entero arrastrando / en la piedra / su colita
húmeda / y meada. / Otra de caracol: / es dentro de casa consumir libros
cuadernos y / quedarse quieto ante una cosa / hasta serla. / Sería: / un
hombre después de atravesado por vientos y ríos turbios / reposa en la arena
para llorar su vacío. / Sería también: / comprender el andar liso de las
lombrices bajo tierra / y escuchar como los grillos / por las piernas. /
¡Las personas que conocen el suelo con la boca, una forma de buscarse, se
mueven como caracoles! / El caracol por fin: /tiene madre de agua / abuela
de fuego / y el pájaro en él se ensuciará. / ¡Arrastrará una fiera hasta su
cuarto / usará sombreros de tacón alto / y ha de ser estiércol a sus
expensas!

 

Manoel de Barros

Hemos llegado a una ciudad sagrada.
Preferimos ignorar su nombre:
así le podemos dar todos los nombres.
No encontramos a quién preguntar
por qué estamos solos en la ciudad sagrada.
No conocemos qué cultos se practican en ella.
Sólo vemos que aquí forman un solo filamento
el hilo que une toda la música del mundo
y el hilo que une todo el silencio.
No sabemos si la ciudad nos recibe o nos despide,
si es un alto o un final del camino.
Nadie nos ha dicho por qué no es un bosque o un desierto.
No figura en ninguna guía, en ningún mapa.
Las geografias han callado su ubicación o no la han visto.
Pero en el centro de la ciudad sagrada hay una plaza
donde se abre todo el amor callado
que hay adentro del mundo.
Y sólo eso comprendemos ahora:
lo sagrado
es todo el amor callado.

Las ensoñaciones del paseante solitario

Concebido entonces el proyecto de describir el estado habitual de mi alma en la más extraña situación en la que jamás pudo encontrarse un mortal, no vi ninguna manera más simple y más segura de ejecutar la empresa que llevar un registro fiel de mis paseos solitarios y de las ensoñaciones que los llenan cuando dejo mi cabeza enteramente libre, y a mis ideas seguir su pendiente sin resistencia ni miramientos. Esas horas de soledad y de meditación son las únicas del día en que soy plenamente yo y mío, sin distracción, sin obstáculo, y en que puedo verdaderamente decir que soy lo que la naturaleza quiso.

Soy en el sueño del puma,
en la noche de la cazadora,
la oscuridad el color del oro.

He perdido mi senda y vago
aterrada junto a flujos de sangre
por la sombra entre los ríos.

Todas las sendas son la senda
recta en el sueño del puma, las pampas,
la fronda, el frenesí, las flores
la oscuridad el color del oro.
Ursula Le Guin (traducción de Diana Bellessi, en Las gemelas del sueño)

El caminante es un hombre o una mujer del pasaje, del intervalo, va de un lugar a otro, a la vez afuera y adentro, ajeno y familiar. No toma los caminos comunes por donde pasan los autos sino los atajos, los senderos, los lugares destinados a la gratuidad, aquellos que no están legitimados por ninguna funcionalidad. Nada de lo que es humano le es ajeno.
Como cualquier hombre, el caminante no se basta a sí mismo, busca en los senderos lo que le falta, pero lo que le falta es lo que constituye su fervor. A cada instante espera encontrar lo que alimenta su búsqueda. Siempre tenemos la sensación de que al final del camino algo nos espera, algo que a nosotros estaba destinado. Una revelación está no lejos de aquí, a algunas horas de marcha, más allá de las colinas o del bosque. Y la vaguedad del paisaje sigue alimentando la convicción de que es inminente la manifestación de un secreto. Tomamos ciertas rutas en el deseo de que profundicen en la memoria una inscripción luminosa. Todo camino está primero sepultado en sí mismo antes de que se reproduzca bajo los pasos, conduce a sí mismo antes de llevar a un destino particular. Y en ocasiones abre por fin la puerta estrecha que desemboca en la transformación feliz de uno mismo.

En Caminar: elogios de los caminos y de la lentitud, David Le Breton.