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Luna

La luz de la luna

“y cuando hablamos
tememos que nuestras palabras
no sean escuchadas
ni bienvenidas,
pero cuando callamos
seguimos teniendo miedo.
Por eso, es mejor hablar
recordando
que no se esperaba que sobreviviéramos”

(Audre Lorde)

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Hay quienes no formamos parte de la especie más que como el error, la anomalía que confirma la precisión
y el equilibrio de las cosas. Como las crías enfermas,
defectuosas, que las perras apartan alzándolas del cuello con la boca,
no se espera de nosotros ninguna fortaleza ni coraje. La mayoría de las veces no hace falta matarnos: el cuerpo vaciado del amor
y del deseo de los otros pasa rápido. Una mancha en el cielo
que pocos llegan a ver antes de que se apague a miles de años luz, sin poder hacer contacto con la tierra,
sin que nadie la extrañe. Pero a veces, contra todas las probabilidades, una raíz crece desaforada, sostenida en el aire hasta clavarse en la materia,
arrastrada por un deseo salvaje, por el empuje de la vida que resiste aunque sepa que en ese esfuerzo descomunal corre el riesgo de –finalmente- quebrarse. Dejá
que tu cabeza descanse en mis manos, me dijiste, prometo
no soltarte. Y yo, que lo único que sabía era que había que escapar del amor como quien escapa
de una pedrada en el pecho, un golpe bien dado en el lugar
más vulnerable, me quedé
sin embargo en ese abrazo y fui curado de las enfermedades de los otros, de lo que hicieron conmigo
para salvarse. No hizo falta que nadie más me tocara. Un cuerpo
sostenido en otro cuerpo se vuelve una casa.

Los evenk, antiguo pueblo del norte de Siberia, creían que el sol, la luna y el cielo eran sus antepasados y el origen de todo lo que existe en la tierra. Creían también que su reino abarcaba las vastas extensiones del Ugu Buga, él mundo de arriba, con sus taigas, sus ríos y sus mares, más allá de la inmensidad de los océanos de Lam Buldyar, dominio de Savaki, el hijo del cielo.
Dylachankur, el sol, señor de la luz y del calor, es la principal figura de la cosmogonía evenk. Todas las mañanas se levanta y ordena a su hijo Garpani que acerque una antorcha de corteza de abedul a la abertura de arriba para iluminar el mundo. A medida que Garpani se va aproximando a la abertura, la claridad invade la tierra y cuando pasa la antorcha a través del boquete despunta el día.
Dylachankur trabaja todo el día para dar calor a los hombres. Cuando corre la cortina que cierra su tienda y reaviva el fuego del hogar, es otoño en la tierra. Una vez que todo el calor queda aprisionado en su enorme bolsa de cuero, dentro de la luna no se ve, pues ha regresado a buscar su ollon, y en el preciso instante en que el sol se su tienda herméticamente cerrada, es invierno. Cuando Dylachankur y sus hijos pasan la bolsa a través de la abertura de arriba y esparcen el calor que estaba encerrado, se funde la nieve, los ríos corren nuevamente y vuelven los tibios días de primavera.

Al despertarse del largo sueño de invierno, el habitante de los cielos, saca chispas con su eslabón para reavivar el fuego de su hogar. Es durante esta época del año cuando se oye el canto del cuclillo, el pájaro chamán, que llega para celebrar el retorno del calor y de la luz y despertar a la primavera. Con el primer trueno y el primer grito del cuclillo, los evenk festejan el regreso de la primavera. Durante ocho días, cantan, bailan y veneran a Dylachankur, que derrama su calor sobre la tierra.
Hace mucho tiempo, Dylachankur tenía una esposa, Bega, la luna. Vivían juntos y sus hijos eran los rayos del sol. Un día que viajaban a través del cielo, Bega olvidó el ollon, el gancho del que colgaba su caldero. Aunque el utensilio era muy importante, Dylanchakur le aconsejó: “No vuelvas sobre tus pasos porque nunca podrás darme alcance.” “Sí” replicó la luna y regresó en busca de su ollon. Lamentablemente, nunca pudo reunirse con Dylachankur y sus hijos y desde entonces corre detrás de ellos. Cuando sale el sol, la luna no se ve, pues ha regresado a buscar su ollon, y en el preciso instante en que el sol se pone, se la ve reaparecer, tratando inútilmente de dar alcance a su esposo.

 

En el Correo de la UNESCO de mayo 1990, En los orígenes del mundo: de los primeros mitos a la ciencia actual

Luna llena de mil secretos

dale a esta planta suficientes frutos

y a mí, un largo cabello.

 

Luna venerada por mis ancestros

muéstrame el día fértil

y sembraré el maíz con orejas de conejo.

 

Luna llena no guardes más silencios

deja que mis hijos hallen en su vida

estos secretos.

 

CHUNUBTASEL

K’ucha’al setel jch’ulme’tik li k’usi jnae

ak’o satinuk li momol li’e

xchi’uk li vu’une nat jol xa va’kbun.

 

K’anbalal jch’ulmetik ta me’el mol

ak’bun kil li sk’ ak’ alil stak’ oy k’usi xch’ie

yu’un ta jts’un ka’i ixim chikin t’uluk yilel li yanale.

 

setel jck’ulmetik mu xa masuk xa ts’iji

ak’bo li jnich’ontake oyuk no’ox ta skuxleje

li k’usi oy ta jol ko’on li’e.

 

Enriqueta Lúnez

Variaciones de la luz

Un revuelo naranja al poniente
en lucha libre con el violeta
donde se hace de repente un claro
verde como aquel rayo purísimo
perseguido en la juventud
y al fondo el coro de gallinetas
y un silencio al frente que corta
el tajo de luna con más silencio
y plata y noche hasta que sólo
quedan las luces de tu casa
a veces como mágicas naranjas
dulces y en la soledad amargas

La noche

Es un oro imposible de comprender, un acabado
silencio que renace y se incorpora.
Las manos de la noche buscan el aire, el aire
se olvida sobre el mar,
el mar cerrado,
el mar,
solo en la noche, envuelto
en su gran soledad,
el hondo mar agonizando en vano…
El mar oliendo a algas moribundas y al sol,
la arena a musgo, a cielo, el cielo
a estrellas. La alta noche sin voces
deviniendo en sí misma, inagotada y plena,
es la mujer total con los ojos serenos
y el hombre silencioso olvidado en la playa,
el alto, el poderoso, el triste,
el que contempla,
conoce su poder que crea, ordena el mundo,
se vuelve a su conciencia que da fe de las cosas,
y el haz de los sentidos le limita la noche.

Concédeme esos cielos, esos mundos dormidos,
el peso del silencio, ese arco, ese abandono,
enciéndeme las manos,
ahóndame la vida
con la dádiva dulce que te pido.
Dame la luz sombría, apasionada y firme
de esos cielos lejanos, la armonía
de esos mundos sellados,
dame el límite mudo, el detenido
contorno de esas lunas de sombra,
su contenido canto.
Tú, el negado, da todo,
tú, el poderoso, pide,
tú, el silencioso, dame la dádiva dulcísima
de esa miel inmediata y sin sentido.

Estás solo, lo mismo.
Yo no toco tu vida, tu soledad, tu frente,
yo no soy en tu noche más que un lago, una copa,
más que un profundo lago,
en que puedes beber aun cerrados los ojos,
olvidado.
soy para ti como otra oscuridad, otra noche,
anticipo de la muerte,
lo que llega en el día frío el hombre espera, aguarda,
y llega y él se entrega a la noche, a una boca,
y el olvido total lo ciega y lo anonada.
Sin límites la noche,
pura, despierta, sola,
solícita al amor, ángel de todo gesto…
Estás solo, lo mismo.
Ebrio, lúcido, azul, olvidado del alma,
concédete a la hora.