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Identidad

Descubro una hoja escrita por mi hija,
diversos tipos de letras, dibujos y símbolos,
lo cierto es que ya no reconozco a la chiquilla,
alguien que así escribe ha madurado y amenaza
con dejar rezagada a la infancia.
Me da un poco de miedo todo ese proceso,
me detengo a indagar dónde
estoy representado en tal escritura
¿Seré esa “o” inconclusa, el apóstrofe diminuto,
o acaso el tilde omitido?

 

Roberto Malatesta, en La estrella roja

Soy el barco aquel, allá lejos, el pájaro que no se ve y todos los árboles.

Soy el que agujerea las medias en el dedo. El que no dejó las miguitas de pan e ignora el camino a casa. El que perdió la esperanza. El que reinventa la belleza cada vez que puede. El que sueña que empieza a volar cuando decide que el próximo paso no lo da y sigue más rápido con el envión. Y cuando quiere ver, está flotando ligero a pocos metros del suelo.

Soy el inconstante, el que se equivoca de hora y de calle, el que vive arriba, el lleno de luz, el que no pertenece a ninguna parte, el que permanece sentado, la ola que rompe antes de tiempo, el que no llega a nada, el que diseña tapas de libros que no se publicarán, el que otorga y calla, el dejado a un lado, el que será devorado por la casa.

(…)

Soy el que se abrió la mano con una piedra, el que plantó un carozo y se hizo árbol, el que aplaude bajo la lluvia, el que ve nítido en la niebla.

Soy el que encontró las mismas letras en otro lugar.

(…)

Soy el que no cierra las cortinas, el que mira por la ventana y ve el perro pasar, dos señoras que hablan, el hombre caminando apurado, las luces que cambian de color, las hojas caídas del árbol, las líneas blancas de la cebra.

Soy el que cuando no ve, inventa.

Soy el que al principio no lo pueden creer y luego olvidan. El sí como no, ahora, el dentro de un rato. El que sí por supuesto sí y mil veces sí, pero no. El inmejorable plan b. El secreto mejor guardado. El supremo oriental callado. La patria y la tumba. El no sé de dónde salió. El fóbico que se resiste. El que primero dice no y luego vemos, vamos viendo y dale, vamos, sí. El que viene de un lugar donde el himno nacional es el silencio. La estatua en la plaza es un canto rodado. Y la bandera, una rama. El eterno buscador de presencias donde aparentemente no hay nada. El que esconde perlas en la arena y dibuja retratos in absentia. El que huele la almohada de alguien que ya se fue. El que mira el hueco y no la materia. El que se va antes de que cierre la reja. El que no come torta de cumpleaños. El que mira para afuera cuando soplan las velas. El que no sale en las fotos. Yo soy el que no está.

 

Fidel Sclavo, en Yo soy el que no está (pp. 147-149)

No quiero hablar de mí
sólo decir
que viajaría quilómetros
para caminar por lugares ‘diferentes
tomar una taza de café
en bares donde nadie me conoce
ver el humo caliente desprendiéndose
hacia la luz de la tarde

decir que busco en esos bares
una mujer
que cuando
sacuda su cabello
provoque tormentas en el mar

o que simplemente
soy lo que no soy

Pero no quiero hablar de mí

 

 

Gabriela Sánchez (heterónimo de Jorge Accame)

SI ELLA
si ella
(dulcemente)
se viste
de aceituna
seré tenedor
para pincharla
y llevarla
a mi boca
si
se disfraza
de agua
seré recipiente
para contenerla
(indefinidamente)

si
se pone
la máscara de Edelmira
seré Tartufo
para engañarla
pero con éxito

si
se convierte
en pájaro
seré nido
para guarecerla
en plena tormenta

ahora bien:

si ella
se pinta
de ella

yo
estaré aquí

en este lugar
esperandola

Un día rompemos una taza.
Hacemos un mal movimiento bajo el chorro de agua
y la taza está rota.
Resbaló de nuestras manos y cayó de mal modo.
Su asa se partió.
En silencio cerramos la canilla y observamos los trozos, irrecuperables.
No podremos arreglarla, hacer de ella un utensilio más propio y entrañable,
si cabe, al hacerlo único, fallido y restaurado.
Entonces, en su condición de taza inservible, nos habla
de su falsedad anterior.
La taza es una pieza industrial. Imposible saber
cuántas hay como ella, cuantos miles
en casas distintas, puesta a la venta en anaqueles, olvidadas en depósitos, en hileras.
Sin embargo, la creímos única por nuestra. La usamos durante años en cada desayuno.
Elegimos esa taza, ese color, ese diseño y ya nadie
en la casa la usó.
Nos sentamos con ella a escribir, a mirar televisión,
a conversar.
Era nuestra, parte de nuestro cotidiano, de nuestra identidad;
donde quedaba ella, ahí habíamos estado.
Y no era nada.
Solo al romperse se hizo única.
Miguel Gaya, publicado en Facebook