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Gestos

Mamá Rosa canta y conversa con la tierra, arrodillada frente al hoyo: “Para que vuelva a los potreros el novillo perdido. Para que la nieve y las heladas no perjudiquen los pastos… Para que los changos sean grandes y buenos. Para que el tigre y la víbora no mermen el ganado en los montes. Para que ella, Mamá Rosa, vieja, enferma y casi ciega, pueda dirigir futuras corpachadas …

Eusebio Colque también tiene algo que decir a la tierra. Se arrodilla. Y mientras habla, va depositando en el hoyo, lentamente, hoja tras hoja, la coquita de su chuspa, y algún fleco de su poncho. Por el tajo breve de sus ojos penetra, el crepúsculo montañés con su frío, su niebla y su misterio, y alimenta el espíritu de ese hombre de los caminos.

Y Eusebio murmura apenas: “Para que mis burritos no se me lo mueran. Para que mis pieses no se cansen aunque yo esté viejo. Para que mi mujer se sane de ese mal que no la deja respirar. Para que mi hijo que está en Yavi, no sea ingrato, y me lo traiga a mi nieto, así lo puedo ver, y acariciar, y contarle muchas cosas que él debe saber . . .”

Y el hoyo simbólico sigue recibiendo las ofrendas de Mamá Rosa, de Eusebio Colque, de Mamerto Mamaní, de todos, hasta de las puesteritas y de los changos del fogón, hasta del maestro de la escuelita de Molulo, abajeño que asiste, entre curioso y conmovido, a la ceremonia de la corpachada.

Dirigidos por Mamá Rosa, todos cantan la copla ritual:

“Que la Pachamama los reciba,

 regalitos de la tierra …

Que la Pacha nos ampare,

que multiplique la hacienda …

 Aunque se agrande el corral,

que se güelva cielo y tierra…”

El aire se pone más helado. El nublado se asienta, sobre el abra. Está cerrando la noche y el alma de las piedras está dolorida de murmullos. Por los listones de los ponchos, ruedan hasta temblar en la punta de los flecos, las lágrimas del ocaso.

Atahualpa Yupanqui, en El canto del viento

Algo más sobre la geometría

En los últimos escritos para ustedes les había dicho que a mi parecer, la geometría estaba en todo lo que existe. Y como no podía ser de otra manera, era la base fundamental del dibujo.

El dibujo puede llamarse así cuando nace de adentro hacia afuera, es decir, de una estructura que finalmente da la línea que lo define como tal.

Esta es la diferencia entre el dibujo imitativo, no entendido ni sentido, y aquel al que realmente podemos llamar dibujo.

Por esto la estructura geométrica está en la base de la creatividad. Es lo que el dibujante ve detrás de las apariencias. La manera en que oculta la geometría detrás de la imagen o la muestra despojada en sus infinitas combinaciones, simples o complejas, nos revela el estilo del artista, que es su personal e intransferible manera de ver el mundo.

Las formas geométricas son limitadas, sus combinaciones no y si es cierto, como es mi convicción, que las apariencias nacen de ellas, comienzo a imaginar que podemos alterar, cambiar, distorsionar esas apariencias, si hemos entendido y sentido su forma.

Allí comienza el juego que es el arte. Si tal árbol, por ejemplo, es en realidad un círculo, y la nube también lo es, nada impide que la nube sea árbol y el árbol nube.

Así podemos crear, y esto es apenas un ejemplo, un mundo propio donde el sentido de lo que existe responde a nuestra manera de sentirlo y entenderlo.

Si en una superficie dada las estructuras geométricas están bien ordenadas, aunque el sentido de lo representado se altere libremente, resultará un todo sorprendente según el sentir del artista, pero como dije, bien organizado.
Pensando en una superficie plana, limitada, como es una hoja de papel o la tela, lo representado, sea formal o informal, abstracto o figurativo, collage o pintura, podrá ser más o menos válido como arte según se haya entendido su orden geométrico.

Y para mí, éste es uno de los requisitos y no el menor, para que algo pueda ser llamado arte.

Nos queda la manera de asociar imágenes, conscientes o inconscientes.

El color, la textura, el signo, la luz…Tantas cosas más, pero ya es otra historia.

 

Publicado por Guilermo Roux. Septiembre 2013.