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Extrañar

Renuncia

La búsqueda no es un ir,
menos aún es estar llegando;

es soportar
la ausencia de lo que buscamos:
dejarse encontrar

en la renuncia a lo esperado.

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Un infierno

El agravio de tus labios, que juraron y engañaron,
embeleso de tu beso donde preso me quedé.
Un zarpazo fue tu abrazo y tu piel de seda y raso,
un infierno cruel y eterno donde el alma me quemé.
El hastío con su frío hizo nido en todo mío,
si quererte fue la muerte, el perderte es morir más.
Que misterio es el cariño que en la cruz de tu abandono,
todavía te perdono y te quiero mucho más.

Clavaste
sin temor, con toda el alma,
a traición y por la espalda
un puñal, ¿y para qué?
No ves
que estoy herido y te sonrío
que aún te llamo cielo mío
y que aún beso tu puñal.
¡No lo ves,
que pese a todo y contra todo
en el cielo o en el lodo
yo te quiero siempre igual!

Maldecirte, no seguirte, no quererte, aborrecerte,
libertarme de tus manos, rosa fresca, no podré.
Como un ciego tambaleo sin tu voz, sin tu sonrisa,
cielo y brisa, tierra y todo, me recuerda tu querer.
Siempre arde, noche y tarde, esa antorcha de tus ojos
en tu pelo soy abrojo que pretende ser clavel,
como hiedra que se aferra a la piedra inevitable,
de tu amor inolvidable aferrado me quedé.

Música: Francisco Rotundo
Letra: Reinaldo Yiso

Versón Jorge Falcón

El lujo de entender
el lujo sería
de mirarte una sola vez
y volverme un Epicuro

cualquiera de tus presencias sirve
de futuro alimento
apenas recuerdo haber muerto de hambre
tan bien surtida estaba –

el lujo de meditar
el lujo era
darme el festín de tu semblante
otorga suntuosidad

en días habituales, cuya lejana mesa
como la certidumbre recuerda
está puesta con una sola migaja
la conciencia de ti.

 

 

 

Traducción. Silvina Ocampo.

Se oye de nuevo el mar

Desde hace muchas noches se oye de nuevo el mar,
leve, arriba y abajo, sobre la arena lisa.
Eco de una voz encerrada en la mente
que resurge del tiempo; y también este
lamento asiduo de gaviotas, o
pájaros de las torres, que abril
empuja hacia la llanura. Ya
estabas junto a mí con esa voz;
y quisiera que a ti también llegase,
ahora, de mí un eco de memoria,
como ese oscuro murmurar del mar.