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Callar

Mi anciano hijo

Mi hijo es viejo y tiene eso raro
de sentarse nun banco la plaza
y estarse solitario hasta el amanecer.
No es por insomnio, me dijo,
sino en cómo hacer para dejar de pensar
y entrar directamente en el saber.
Algunos dirán que es estúpido
eso de dejar que el tiempo transcurra lúcido
por fuera del pensamiento propio;
pero allá él, mi hijo es así.

Tiene un impulso que lo alienta a correr
detrás de lo difícil,
pero como le falta agilidad en los pies
se siente en un banco de la plaza.

Para colmo aspira a ser alquimista
y quiere fabricar oro con la mente.
Tampoco entiende por qué se le corren los mocos
sin estar refriado y le brotan lágrimas
sin estar triste.

Le aconsejo m´hijito acuestesé,
descanse ´n la cama, ya todo está hecho;
pero él no me escucha,
va a la plaza y se amanece.

*en “Endeveras”, Ediciones en Danza, 2004. 

En tiempos antiguos, cuando todo era uno, no había distancia. Por eso nadie viajaba sino dentro de sí. Tampoco había tiempo y nada transcurría. Pero una vez, un rayo cayó sobre una piedra y la partió, y un pedazo rodó cuesta abajo. Sucedió que las piedras se miraron, y se reconocieron. Dijeron: “estamos lejos”, y se pusieron a caminar. Y cuando se encontraron decidieron seguir viajando. Cada uno esconde lo que ama. Lo que es precioso. Así, la tierra guarda 5 en socavones sus riquezas. Los hombres buscan lo que la tierra oculta porque reciben poco de lo que ella ofrece bajo el sol, y se rebelan a su miseria. Cavan túneles agradecidos y temerosos, para que la tierra no se enoje y los sepulte con ella.
César Brie, en Las abarcas del tiempo

Poetas

La poesía viene y yo comedido
me ofrezco de puente para que llegue a otros.
Ella en el mundo de las analogías busca
relaciones ocultas y me las dicta.

Y es difícil ser fiel porque uno mete
palos de ciego, ocurrencias, vacío.
Ella aspira ha hermosura
de fondo y forma, quel poema dé
chispa y se hunda en tierra-tiempo donde
se pierda la firma del que transcribe.

Es que soñaste ser creador
pero la poesía te usa abusa
de tu ignorancia y te hace creer que sí,
quel poema es tuyo cuando sos
el muñeco del ventrílocuo Sol
Viento Camino Cielo Amor y Dolor.

 

 

Canta la calandria…canta…
Toda criatura canta, no es cierto? canta para “ser” aún en el “misterio”,
en el extrañamiento de sí…

Canta la calandria, y de repente parece que halló
la deidad del “silencio”…

Excedió el pajarillo, pues, el hálito
de las ocho,
al no encontrarla respuesta
cerca,
y perdérseles en el gris las otras frases del minuto?

Por qué calló entonces?
Alguien sufre…

Nada asegura que la melodía
pasó a “ser”, allá, allá, donde las perlas se disolverían, y de donde, a la vez,
se desprenderían las perlas…

Pero vuelve…
y con qué dulzura vuelve…es la melancolía
que vuelve?

Oh amor de diciembre,
amor: dale el eco de una rama de ahí, o, si lo prefieres, del confín,
para que no “sea” en ese “allá”
antes de “ser” su “resonancia”, en el intervalo de “aquí”, porque nadie, nadie,
nadie puede herirlo así…
y quede en una suerte de molicie
que se ilumina
hasta arder en las cigarras y medir, intermitentemente, con ellas
los espacios, ya, de un arcángel…

 

En La orilla que se abisma.

Una noche, ¿sabes?, una muchacha de nuestra barraca empezó a dar gritos terribles mientras dormía; unos minutos después, todas estábamos gritando sin saber por qué. ¿Por qué?

Pienso que ese sonido lastimoso que, en ocasiones —sólo Dios sabe cómo— cruza los aires como un pájaro sin cuerpo, es una expresión reconcentrada del último vestigio de la dignidad humana.

Es la forma, tal vez la única, que tiene un hombre de dejar una huella, de decir a los demás cómo vivió y murió. Con sus gritos hace valer su derecho a la vida, envía un mensaje al mundo exterior pidiendo ayuda y exigiendo resistencia. Si ya no queda nada, uno debe gritar.

El silencio es el verdadero crimen de lesa humanidad. Y Ruth, «la que nos hace reír» (porque ella siempre dice algo que nos hace reír), dice que cuando gritamos tenemos que decir «gol». Que da lo mismo y no cuesta nada, y reírse un poquito del dolor hace al dolor un poco más pequeño. «¡Gooolll!». Así.

Cuando era pequeña, Isaac, me preguntaba dónde iban los sueños. Tú sueñas, y el sueño es como el agua. ¿Dónde va toda esa agua? ¿A los mares? Y luego, ¿serán nubes? Los sueños, entonces, regresan con las lluvias.

¿Y los gritos? Hoy me pregunto, los gritos, ¿dónde van? No pueden, no deben perderse. No es posible que se pierdan, no pueden deshacerse en la nada, no pueden morir en nada, morir para nada, para algo se han creado, para algo se han gritado, Isaac, el grito no muere, no puede morir. No muere. Nosotros sí que morimos, cada amanecer, en cada selección de Grete, en cada tren que llega. Pero nuestros gritos no, el grito no.

Quiera Dios que nuestros gritos se escondan bajo las almohadas de los que no saben, de los que saben y callan, de los que no quieren saber.

Mauricio Rosencof

Las cartas que no llegaron, Alfaguara, Montevideo, 2000, p. 28