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Archivo de la etiqueta: poesía

El comercio no puede con los nísperos,

desde que son arrancados de la planta

hasta ser colocados en el mercado

se echan a perder. Los nísperos

frutos sin precio, reacios a las balanzas,

los he visto crecer en patios

con muros de rojos ladrillos

y verdes de un medicinal silencio

Plantar nísperos, observar su crecimiento,

probar sus frutos es un arte remoto

como vivir a orillas de un río

vivir un poco fuera del tiempo, o contemplar

las hojas a la hora de la puesta del sol.

 

Roberto Malatesta

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Algunos árboles que ya no tengo

me regresan en sueños:

el sauce llorón de mi infancia,

la línea oscura de ligustros,

las casuarinas y su aullido,

un limonero escala al techo,

una higuera que vio a mi madre crecer

y al sol de la siesta me oyó

conversar con mi abuela,

pesadas hojas que oigo caer desde el gomero.

Son tan nítidos,

como si los tocase tras andar un atajo

que avergonzara al tiempo.

A veces creo que de ellos algo

creció en mí,

que soy la suma de mis árboles.

 

Roberto Malatesta, en La estrella roja

Ya escribió sus Tristias y se divierte

arrojando piedras y caracoles al mar.

Ovidio cumple cincuenta y nueve años

en su exilio de Tomis.

Está solo, enfermo y naturalmente abatido.

Las piedras son sus abuelas: él sabe escucharlas

y las reenvía de nuevo a casa.

Una de ellas revela una textura extraña

y habla en un idioma desconocido: late.

El poeta la lanza al cielo y desaparece

por la abertura de un rayo verde.

Me dirijo hacia las aguas

donde mi barca ya ha naufragado.

Es lo último que escribió

Christian Kupchik

De pronto el ruido de la segadora
Se ha acallado, y entonces percibimos
Que nos ensordecía… Y entreoímos
En la mente el latido de esta hora
Silenciosa del campo. Hay una hora
Así en la vida, cuando lo que fuimos
Por años, se detiene, y descubrimos
Que esa voz que se apaga y se demora
Es la nuestra. Sentado en el sillón
De mimbre viejo en el umbral de casa
He traído de nuevo al corazón
Tanta cosa querida, y en la escasa
Luz del día he rezado una oración
Por vos, por mí, por lo que fue y ya pasa.

 

Pablo Anadín

LA MINIATURA ES EL ESPEJO de la infancia. Se diría que los niños son miniaturas. Viven en la esfera diminuta y pintoresca de los juguetes. El esquema del paisaje mínimo consiste en reducción de líneas. Los juguetes son una simulación liliputiense de la vida. Los niños los llevan a acciones magnas. Lo pequeño implica vastedad. La metafísica de la miniatura es una síntesis, y ésta puede mantener virtualmente fuerzas grandes. En el mundo de los juguetes el niño es un gigante que devastaría naciones con su aliento. Un día encierra todo el tiempo para la efímera. La síntesis es la línea y el punto, el infinito y la idea. Reducidos al número, el tiempo y el espacio de la miniatura, contemplaríamos el arquetipo de ella. Síntesis absoluta. En el rumbo del infinito pequeño se perciben puntos avanzados que nos acercan a la belleza. El paisaje mínimo despierta con su finura la imaginación y crea el símbolo. Recuerdo que en mi infancia, cuando la tarde no me permitía correr por la alameda encendida, jugaba en una baranda con mis carritos de hojalata pintados de rojo, amarillo y azul, llenos de paseantes de madera. La vía tenía un palmo de anchura y varias curvas. Yo rodaba mis juguetes con la ilusión de que la baranda larga y clara iba a la ciudad distante donde jugaban niñas y niños, y olvidaba mi paseo real, pues mi camino me parecía encantado. También recuerdo la mañana de la hacienda. El estanque cubierto de madreselva y jazmines donde flotaba mis canoas minúsculas de hojas secas. Se deslizaban por la acequia entre pequeños golfos de limpia arena. El viaje era largo, llegaba a las heredades vecinas en travesía bella entre las maravillas de los musgos y de las ovas verdes. De convertirme por arte mágico en un Colón atómico, hubiera descubierto Américas de fantasmagoría. Yo seguía con la imaginación este velero luciente que llevaba correspondencia secreta a las beldades infantiles y luminosas de las haciendas ensoñadas. Los bizantinos del X siglo, los góticos del XIII , y primeramente los benedictinos, miraban sus dibujos primorosos en misales y libros de horas, en arreos, orlas y fíbulas. En las miniaturas de los ciervos, jabalíes y lebreles, el paisaje guarda la melancolía de los años y la elegancia de las cacerías medievales. Todavía contemplamos en su pátina de ensueño sus batidores y halconeros, sus venados y ficédulas, sus gárgolas y sus damas blancas. Las obras antañeras, además de su sinceridad primitiva, conservan la virtud de insinuar evocaciones gratas. ¿Cuántas miradas se habrán detenido en ellas? ¿En cuántos lugares hermosos, aldeas y castillos se habrán deleitado con sus bellezas nobles, que en armerías y bargueños contemplarían dulcemente, en las largas horas medievales? La mayoría de esos ornamentos y viñetas son anónimos. Posteriormente Linbourg de Chantilly y Fouquet pintaron sus caseríos de fondo y Memling sus torreones distantes abandonados. Son incontables las obras de este género dispersas en galerías y vitrales y en las sillerías de los coros donde muestran sus paisajes de ébano. En los tiempos modernos casi todos los pintores han hecho miniaturas en cuadros y apuntes. Grabadores célebres como Doré y Neuville han cultivado el paisaje con original factura, en su arte histórico. Me figuro que un águila antañona mostraría a Doré los árboles frondosos como gigantes de los siglos. Los antepasados dibujaban con lentitud y perfilaban con limpidez. Se complacían en una letra como en una catedral gótica. Los contemporáneos trazan sus sentires en rasgos leves. La síntesis desmaterializa el dibujo, lo torna en álgebra de emoción, signo de belleza. Grandes dibujantes japoneses dedicaron largos años a vivificar la línea y transparentar, en gracia, las almas finas de sus pájaros y flores. Todo arte es simbólico cada avance adquiere nuevos símbolos y cada modernidad nueva luz. El suprarrealista busca un paisaje prodigio, hasta que lo siente silbar en la sombra o rezar en el silencio. En las umbrías de los campos viven flores santas que realizan pinturas milagrosas. Vi en el espejo de manantial diminuto, un jazmín de Arabia inclinado sobre una campanilla celeste. Era una viñeta de claridad. Otra vez miré un lirio color de plata que se mecía en la espuma como la niña del alba. Era una mística pintura, un espejismo del cielo. También suelen descubrirse miniaturas campesinas expresionistas. Una ranita de esmeralda con ojos glaucos, zambullida en la alberca, semejaba el corazón de las aguas verdes. No distante, sobre el tapete, de musgo se destacaba un coralillo como una cinta de terciopelo roja, como candela tonante, venía del misterio campestre, de la vida, de la sangre y del veneno. Hay, paisajes raramente bellos y gentiles; se les descubre escondidos, obscuros y venenosos. En ellos duermen los bambús finos y las flores pálidas. Tienen una elegancia mortal estos parajes atrayentes, parece que guardaran una tumba. Fotografiados en una gema serían un triste recuerdo. Hay miniaturas que semejan féeries en el corazón del bosque. El medioevo inventó las hadas expresivas, lindas, pero imaginadas. Existen en las tinieblas frondales, fuerzas ocultas y entes graves, que laboran entre plantas delgadas en las pequeñas cámaras verdes de los sotos perdidos. Son los arcanos principios de vida, gestaciones ignotas. Sólo aceptamos lo visible del bosque. Pronto los aviones mostrarán sus zonas y quedará el paisaje mínimo en lo imperceptible. El aviador instantáneo volará continentes; pero la vida de un hombre conocerá apenas el mundo breve. Los bizantinos, los románticos, los benedictinos, esbozaban prolijamente, eran lentos artífices. Los modernistas son sintéticos; un pensamiento en una línea. El artista de vanguardia es un viajero que simplifica su emoción y aporta, únicamente, los sentimientos más vivos de su carrera mortal, le falta tiempo para los secundarios. Basta haber sentido un instante en la vida, agudizada la belleza pura, y exteriorizarla ingenuamente, para que la obra de arte perdure; basta que por el instinto social ofrezcamos nuestros íntimos sentires para que miremos terminada nuestra misión estética. Los vanguardistas prefieren extremar la síntesis. Desde Cezanne hasta Rousseau y Picasso, se han debatido en una evolución sincera. El mágico Chagall transmuta los planos. Citroën forja miniaturas de fotografías yuxtapuestas. Su urbe mundial impresiona con su apariencia de grandor y actividad sorprendentes. Vermeer, citado por Franz Roh, ha pintado La encajara, cuadrito de un palmo que finge la vastedad de cien metros. Appia produce en líneas parcas, la soledad profunda. Otros artistas no diseñan el objeto sino sus emanaciones, así la obra cumple su fin sin medio inútil. Queremos sentir, no divagar. Pero un aspecto de arte no debe ser la crítica de lo opuesto. Un paisaje de grandes dimensiones es preferible y es también una miniatura ante la Naturaleza. No debernos defender a ultranza una tendencia de arte. La miniatura como dimensión es relativa, contiene lo grande y es una intensidad artística acorde con la celeridad moderna. Es la niña de las fases infinitas. La Naturaleza se viste de árboles gigantescos y enanos. El pigmeo llega a un codo. Una niña de dos pulgadas sería un primor, un dije, una joya color de rosa. Nos encantaría con su alma fina y nos contaría secretos del mundo atómico. Tal vez exista en gruta incognoscible o en nocturnas miniaturas iluminadas por luciolas alucinantes. La música daría nuevas sugestiones a los paisajes mínimos. Milhaud en sus operitas relámpago tal vez procure síntesis semejante. Una frase sincopada, dos acordes, darían un jardín de ensueño. La naturaleza musical elige sus miniadores entre las aves, que en un trío pintan un paisaje. Lejos de ceguedad o parti-pris amamos esta tendencia artística. Un paisaje filosófico que surge de lo infinitamente pequeño y cuyo postulado está contenido en una línea. En la región de la belleza, la miniatura del paisaje se sintetiza en un color melodioso o en un perfil soñado. Llega al corazón cuando vemos pasar adorables las viñetas de la vida, fúlgidos instantes. La acuarela delicada de los recuerdos.

 

José María Eguren, en Motivos