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Deseo

“El deseo sexual, si es recíproco, origina un complot de dos personas que hace frente al resto de los complots que hay en el mundo. Es una conspiración de dos. El plan es ofrecer al otro un respiro ante el dolor del mundo. No la felicidad sino un descanso físico ante la enorme responsabilidad de los cuerpos hacia el dolor.
En todo deseo hay tanta compasión como apetito. Sea cual sea la proporción, las dos cosas se ensartan juntas. El deseo es inconcebible sin una herida. Si hubiera alguien sin heridas en este mundo, viviría sin deseo.
El deseo anhela proteger al cuerpo deseado de la tragedia que encarna y, lo que es más, se cree capaz. La conspiración consiste en crear juntos un espacio, un lugar, necesariamente temporal, para eximirse de la herida incurable de la carne. Ese lugar es el interior del otro cuerpo. La conspiración consiste en deslizarse al interior del otro, allí donde no se les pueda encontrar. El deseo es un intercambio de escondites”.

/ John Berger

Silbo en la oscuridad
Animal sin reposo
Torres de la vigilia
candela de los ojos
No se que pueda ser
si una curva del tiempo
o un hueco en el corazón atento

Trigo sobre el brocal
para que coma el hambre
y abajo el peligroso
agujero de la sangre
No hallo, no puedo ver
mas que la noche alerta
y el misterio detrás
de las puertas

Sueñero, jinete sin descanso
Sueñero, sobre un papel en blanco
Sueñero, centinela de mi alma
Sueñero, duérmete y dame calma

Llevo cada mitad
abajo como dos ríos gemelos
uno cruza la tierra,
el otro fluye en el cielo
El de la oscuridad
no conoce el olvido
desvelado en seguir
lo perdido

Ay, este toro azul
fatigado y sediento
de correr tras la nada
como la luz y el viento!

Ardo sin preguntar
igual que lo hace el fuego
tal vez halle cantando
el sosiego

Sueñero, enigma de un penitente
sueñero, andando entre los durmientes
sueñero, espina de las estrellas
sueñero, olvidate de ella.

 

 

Casi todo lo que veo
lo quiero tocar,
pero más: el mar.
Pero más tu cara
que te quiero, quiero
y quiero.

Casi todo lo que veo
lo quiero tocar,
pero más: el cielo.
Pero más tus labios,
que te quiero, quiero
y quiero.

Casi todo lo que veo
lo quiero tocar,
pero más: la lluvia.
pero más tu mano,
que te quiero, quiero
y quiero.

Casi todo lo que veo
lo quiero tocar,
pero más: tus ojos
y más: tu cabello,
y más cada palabra
que dice tu aliento.

 

Luis María Pescetti

(versión de Rodolfo Alonso)

El mundo comenzaba en los senos de Jandira.

Después surgieron otras partes de la creación:
Surgieron los cabellos para cubrir el cuerpo,
(A veces el brazo izquierdo desaparecía en el caos).
Y surgieron los ojos para vigilar el resto del cuerpo.
Y surgieron sirenas de la garganta de Jandira:
El aire entero quedó rodeado de sonidos
Más palpables que los pájaros.
Y las antenas de las manos de Jandira
Captaban objetos animados, inanimados,
Dominaban la rosa, el pez, la máquina.
Y los muertos despertaban en los caminos visibles del aire.
Cuando Jandira peinaba su cabellera…

Después el mundo se develó completamente,
Se fue levantando, armando de carteles luminosos.
Y Jandira apareció entera,
De la cabeza a los pies.
Todas las partes del mecanismo tenían importancia.
Y la muchacha apareció con el cortejo de su padre,
De su madre, de sus hermanos.
Ellos obedecían las señales de Jandira
Que crecía a la vida en gracia, belleza, violencia.
Los novios pasaban, olían los senos de Jandira
Y eran precipitados en las delicias del infierno.
Ellos jugaban por causa de Jandira,
Dejaban novias, esposas, madres, hermanas
Por causa de Jandira.
Y Jandira no había pedido nada.
Y se vieron retratados en el diario
Y aparecieron cadáveres flotando por causa de Jandira.
Ciertos novios vivían y morían
Por causa de un detalle de Jandira.
Uno de ellos se suicidó por causa de la boca de Jandira.
Otro, por causa de un lunar en la mejilla
izquierda de Jandira.

Y sus cabellos crecían furiosamente con la fuerza
de las máquinas;
No caía ni una hebra,
Ni ella las recortaba.
Y su boca era un disco rojo
Como un sol mínimo.
Alrededor del aroma de Jandira
Su familia andaba atolondrada.
Las visitas tropezaban en las conversaciones
Por causa de Jandira.
Y un sacerdote en misa
Olvidó hacerse la señal de la cruz por causa de Jandira.

Y Jandira se casó.
Y su cuerpo inauguró una vida nueva,
Aparecieron ritmos que estaban de reserva,
Combinaciones de movimiento entre las caderas
y los senos.
A la sombra de su cuerpo nacieron cuatro niñas
que repiten
Las formas y las mañas de Jandira desde el
principio del tiempo.

Y el marido de Jandira
Murió en la epidemia de gripe española.
Y Jandira cubrió la sepultura con sus cabellos.
Desde el tercer día el marido
Hizo un gran esfuerzo para resucitar:
No se conforma, en el cuarto oscuro donde está,
Con que Jandira viva sola,
Que los senos, la cabellera de ella trastornen la ciudad
Mientras él se queda allí paveando.

Y las hijas de Jandira
Todavía parecen más viejas que ella.
Y Jandira no muere,
Espera que los clarines del juicio final
Vengan a llamar su cuerpo,
Pero no vienen.
Y aunque viniesen, el cuerpo de Jandira
Resucitará todavía más bello, más ágil
y transparente.

 

Murilo Mendes

(La virgen imprudente y otros poemas, Calicanto, 1978)

Jornal do Brasil, 28 de diciembre de 1968
Thoreau era un filósofo que, entre otras cosas más difíciles de asimilar de golpe, en una lectura de diario, escribió muchas otras que tal vez puedan ayudarnos a vivir de un modo más inteligente, más eficaz, más lindo, menos angustiado.
Thoreau, por ejemplo, se desesperaba al ver a sus vecinos sólo ahorrando y economizando para un futuro lejano. Que se pensara un poco en el futuro estaba bien. Pero “mejore el momento presente”, exclamaba. Y agregaba: “Estamos vivos ahora”. Y comentaba con disgusto: “Ellos están juntando tesoros que las polillas y la herrumbre van a roer y los ladrones robar”.
El mensaje era claro: no sacrifique el día de hoy por el mañana. Si usted se siente infeliz ahora, adopte alguna medida ahora, pues sólo en la secuencia de los ahora es donde usted existe.
Cada uno de nosotros, por otra parte, al hacer un examen de conciencia, recuerda al menos varios ahoras que se perdieron y que no volverán más. Hay momento en la vida en que el arrepentimiento de no haber tenido o no haber sido o no haber resuelto o no haber aceptado, hay momentos en la vida en que el arrepentimiento es profundo como un dolor profundo.
Él quería que hiciéramos ahora lo que queremos hacer. La vida entera Thoreau pregonó y practicó la necesidad de hacer ahora lo que es más importante para cada uno de nosotros.
Por ejemplo: a los jóvenes que querían ser escritores pero que contemporizaban – o esperando inspiración o diciéndose que no tenían tiempo a causa de estudios o trabajo – les ordenaba ir ahora a su cuarto y empezar a escribir.
Se impacientaba también con los que emplean tanto tiempo estudiando la vida que nuca llegan a vivir. “Sólo cuando olvidamos todos nuestros conocimientos empezamos a saber.”
Y decía esto tan fuerte que nos llena de valor: “¿Por qué no dejamos penetrar el torrente, abrimos los portones y ponemos en movimiento todo nuestro engranaje?”. Sólo con pensar en seguir su consejo, siento que una corriente de vitalidad me recorre la sangre. Ahora, mis amigos, es en este mismo instante.

Thoreau creía que el miedo era la causa de la ruina de nuestros momentos presentes. Y también las temibles opiniones que tenemos de nosotros mismos. Decía: “La opinión pública es una tirana débil si la comparamos con la opinión que tenemos de nosotros mismos”. Es claro que las personas llenas de una seguridad aparente se juzgan tan mal que en el fondo están alarmadas. Y eso, en la opinión de Thoreau, es grave, “lo que un hombre piensa de sí mismo determina, o mejor revela, su destino”
Y, por inesperado que eso sea, decía: ten pena de ti mismo. Eso cuando se llevaba una vida de desesperación pasiva. Entonces aconsejaba un poco menos de dureza consigo mismo. “Creo”, escribió, “que podemos confiar en nosotros mismos mucho más de lo que confiamos. La naturaleza se adapta tan bien a nuestra debilidad cuanto a nuestra fuerza.” Y repetía mil veces a los que complicaban inútilmente las cosas – ¿y quién de nosotros no lo hace? -, como iba diciendo, él casi gritaba a quien complicaba las cosas: “¡simplifique!, ¡simplifique!”.
Y hace unos días, al abrir un diario y leer un artículo firmado por un hombre cuyo nombre lamentablemente olvidé, me encontré con citas de Bernanos que en verdad complementan a Thoreau, aunque aquél jamás lo haya leído.

En determinado punto del artículo (sólo recorté ese fragmento) el autor dice que la marca de Bernanos estaba en la vehemencia con que nunca dejó de denunciar la impostura del “mundo libre”. Además buscaba la salvación por el riesgo – sin el cual la vida no valía la pena – “y no por el encogimiento senil, que no es sólo de los viejos, sino de todos los que no defienden sus posiciones, incluso ideológicas, incluso religiosas” (la bastardilla es mía)
Para Bernanos, decía el artículo, el mayor pecado sobre la tierra era la avaricia, bajo todas sus formas. “La avaricia y el tedio dañan al mundo.” “Dos ramas, en fin, del egoísmo”, agrega el autor del artículo.
Repetir por pura alegría de vivir: ¡la salvación es por el riesgo, sin el cual la vida no vale al pena!

Feliz Año Nuevo