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Pueblo

Me robaron el sol, pero yo lo encontraré.
He arreglado un encuentro secreto con él,
como quien va por un diario clandestino
o un material ilegal. Me llenaré el pecho
con grandes hojas de oro y lámparas para mi escondite.
Antes que hagan desaparecer mi alma la haré circular
de mano en mano en la noche.

Cap. V: “La aventura del héroe”

MOYERS: ¿Por qué hay tantas historias de héroes en la mitología?

CAMPBELL: Porque es lo que vale la pena escribir. Hasta en las novelas populares, el personaje principal es un héroe o heroína que ha hallado o hecho algo más allá de los logros y experiencias normales. Un héroe es alguien que ha dado su vida por algo más grande que él mismo.

M: Entonces, en todas las culturas, sea cual sea la indumentaria local que lleve el héroe, ¿cuál es la hazaña?

C: Bueno, hay dos tipos de hazaña. Una es la hazaña puramente física, en la que el héroe realiza un acto de valor en la batalla o salva una vida. El otro tipo de hazaña es espiritual en la que el héroe aprende a experimentar el espectro supranormal de la vida espiritual humana y luego vuelve con un mensaje. La aventura usual del héroe empieza con alguien a quien le han quitado algo, o que siente que falta algo a la experiencia normal disponible y permitida a los miembros de una sociedad. Esta persona entonces emprende una serie de aventuras más allá de lo ordinario, ya sea para recuperar algo de lo perdido o para descubrir algún elixir que da vida. Usualmente es un ciclo, una ida y una vuelta. (…) Se trata de una transformación psicológica fundamental que todos deben superar. En la infancia nos hallamos en una condición de dependencia bajo la protección y supervisión de alguien (…) De ningún modo eres un agente libre y responsable, sino alguien dependiente que obedece, y espera y recibe castigos y recompensas. Evolucionar de esta posición de inmadurez psicológica hasta el valor de la responsabilidad y la seguridad en sí mismo exige una muerte y una resurrección. Es el tema básico del periplo del héroe: salir de una condición y encontrar la fuente de la vida para regresar maduro y enriquecido.

M: ¿Qué significan las pruebas, exámenes y ordalías que debe sufrir el héroe?

C: Si consideramos las intenciones, las pruebas están destinadas a comprobar si el supuesto héroe lo es de verdad. ¿Está a la altura de su tarea? ¿Puede superar los peligros? ¿Tiene el valor, el conocimiento, la capacidad, que le permitan servir a los demás? (…) Si comprendes cuál es el verdadero problema (perderte a ti mismo, entregarte a algún fin superior), comprendes que eso es en sí mismo la prueba definitiva. Cuando dejamos de pensar en primer lugar en nosotros y en nuestra supervivencia, sufrimos una transformación realmente heroica de la conciencia. Y de eso tratan todos los mitos, de la transformación de una especie de conciencia en otra. Has estado pensando de un modo, ahora tienes que pensar de otro.

M: Entonces, ¿el heroísmo tiene un objetivo moral?

C: El objetivo moral es el de salvar a un pueblo, o salvar a una persona, o apoyar una idea. El héroe se sacrifica por algo… ahí está la moralidad del asunto.

M: ¿Tu estudio de la mitología te lleva a concluir que existe una única búsqueda humana (…)?

C: Existe un cierto tipo de mito que podría llamarse la búsqueda visionaria, salir en busca de una gracia, una visión, que tiene la misma forma en todas las mitologías. (…) Sales del mundo en el que vives y vas a una profundidad o una distancia o una altura. Allí encuentras lo que le faltaba a tu conciencia en el mundo donde antes habitabas. Después se plantea el dilema de aferrarse a eso, y dejar que el mundo se haga mil pedazos, o volver con esa gracia y tratar de conservarla al entrar nuevamente en tu mundo social. No es fácil.

M: ¿Y si el héroe vuelve tras superar sus pruebas, y el mundo no quiere lo que él le trae?

C: Ésa, por supuesto, es una experiencia normal. No siempre el mundo rechaza el don, sino que no sabe cómo recibirlo y cómo institucionalizarlo.

M: La gente habla de “ponerse en contacto con uno mismo”. ¿Qué crees que significa?

C: Es muy posible que uno llegue a estar tan influido por los ideales y dictados de su medio que no sepa lo que realmente quiere y lo que podría ser (…) Te han dado instrucciones precisas de lo que debes hacer en cada momento de tu vida (…).

M: ¿Qué nos dice la mitología sobre cómo ponernos en contacto con esa otra persona que es nuestra persona real?

C: La primera instrucción sería seguir los indicios del mito mismo y de tu gurú, tu maestro, que se supone que lo sabe (…) Un buen modo de aprender es encontrar un libro que se ocupe de los problemas con los que te enfrentas (…) Lo que hay que hacer es aprender a vivir en tu período de la historia como un ser humano. Eso es algo distinto, y puede hacerse.

M: ¿Cómo?

C: Aferrándote a tus propios ideales (…) rechazando las exigencias impersonales que te impone el sistema.

CAMPBEL: Tenemos dos clases de héroe: el que elige emprender el viaje y el que no. En una clase de aventura el héroe parte con responsabilidad e intencionalidad a realizar una hazaña. Por ejemplo al hijo de Ulises, Telémaco, le dijo Atenea: “Ve a buscar a tu padre”. Esa búsqueda de padre es una importante aventura heroica para la juventud. Es la aventura de encontrar tu carrera, tu naturaleza, tu fuente. La emprendes intencionadamente. O está la leyenda de la diosa sumeria del cielo, Inanna, que bajó al mundo subterráneo y se enfrentó a la muerte para devolver a su amado a la vida. Después hay aventuras en las que te encuentras metido, por ejemplo cuando te enrolan en el ejército. No lo querías hacer, pero ya estás ahí. Haz sufrido una muerte y resurrección, te has puesto un uniforme, eres otra criatura.

(…) MOYERS: ¿El aventurero que emprende esa clase de viaje es un héroe en el sentido mitológico?

C: Sí, porque siempre está dispuesto. En estas historias, al héroe le sucede la aventura para la que estaba preparado. La aventura es una manifestación simbólica de su carácter. Hasta el paisaje y las condiciones del ambiente se ponen de acuerdo en esta predisposición.
(…) C: Nuestra vida desarrolla nuestro carácter. A medida que avanzas descubres más sobre ti mismo. Por eso conviene ponerse en situaciones que hagan surgir tu naturaleza más elevada y no la más baja. “Y no nos dejes en la tentación”.

M: Pero ¿una sociedad necesita héroes?

C: Sí, creo que sí.

M: ¿Por qué?

C: Porque tiene que tener imágenes fijas, como astros, para ser coherentes todas estas tendencias a la separación, para reunirlas en alguna clase de intencionalidad.

M: Para seguir un camino.

C: Creo que sí. La nación debe tener de algún modo una intención, para operar como un poder único.

M: A veces pienso que deberíamos sentir compasión por el héroe, más que admiración. Muchos de ellos han sacrificado sus propias necesidades por el prójimo.

C: Todos lo han hecho.

M: Y con frecuencia sus logros son destruidos por la incomprensión de sus seguidores.

C: Muchos de ellos dan sus vidas. Pero el mito también dice que de la vida entregada surge una vida nueva. Puede no ser la vida del héroe, pero es una vida nueva, un modo nuevo de ser o devenir. (…) Un héroe legendario suele ser el fundador de algo: en fundador de una nueva época, de una nueva religión, de una ciudad, de un modo de vida nuevo. Para fundar algo nuevo, es preciso abandonar lo viejo e ir en busca de la idea semilla, la idea germinal que tendrá la potencialidad de dar a luz lo nuevo. (…) También podría decirse que la fundación de una vida, de tu vida o la mía, si vivimos nuestras vidas en lugar de imitar alguna ajena, proviene así mismo de una búsqueda. (…) Hoy el mundo es distinto de cómo era hace cincuenta años. Pero la vida interior del hombre es exactamente la misma.

(…) C: Los mitos inspiran la realización de la posibilidad de tu perfección, la plenitud de tu fuerza y el aporte de luz solar en el mundo. Matar monstruos es matar las cosas oscuras. El mito te atrapa en tu interior.

M: ¿Cómo mato a ese dragón que hay en mí? ¿Cuál es el viaje que cada uno tiene que hacer, lo que tu llamas “la elevada aventura del alma”?

C: Mi fórmula general para mis estudiantes es: “Seguid el camino de vuestro corazón. Encontrar dónde está, y no temas internaros allí”. (…) Si el trabajo que estás haciendo es el que elegiste hacer porque lo disfrutas, entonces es el trabajo. Pero si piensas: “¡Oh, no! ¡ No podría hacerlo!”, es el dragón bloqueándote el paso.

M: En este sentido, a diferencia de héroes como Prometeo o Jesús, no partimos en nuestro viaje para salvar al mundo sino para salvarnos a nosotros mismos.

C: Pero al hacerlo, salvas al mundo. La influencia de una persona vital vitaliza, de eso no hay duda alguna. El mundo sin espíritu es un terreno baldío. La gente tiene la idea de que se puede salvar el mundo cambiando las cosas de lugar, cambiando las reglas, cambiando de lugar a los que mandan, y cosas así. ¡No, no! Cualquier mundo es válido si está vivo. Lo que hay que hacer es darle vida, y el único modo de hacerlo es hallar en tu propio caso dónde está la vida y volverte vivo tú mismo.

“El poder del mito”
Joseph Campbell en diálogo con Bill Moyers
Emecé Editores, Barcelona, 1991

Guitarra negra

Introducción
Cómo haré para tomarte en mis adentros, guitarra… Cómo haré para que sientas mi torpe amor, mis ganas de sonarte entera y mía… Cómo se toca tu carne de aire, tu oloroso tacto, tu corazón sin hambre, tu silencio en el puente, tu cuerda quinta, tu bordón macho y oscuro, tus parientes cantores, tus tres almas, conversadoras como niñas… Cómo se puede amarte sin dolor, sin apuro, sin testigos, sin manos que te ofendan… Cómo traspasarte mis hombres y mujeres bien queridos, guitarra; mis amores ajenos, mi certeza de amarte como pocos… Cómo entregarte todos esos nombres y esa sangre, sin inundar tu corazón de sombras, de temblores y muerte, de ceniza, de soledad y rabia, de silencio, de lágrimas idiotas…

Allanamiento
Hoy anduvo la muerte buscando entre mis libros alguna cosa… Hoy por la tarde anduvo, entre papeles, averiguando cómo he sido, cómo ha sido mi vida, cuánto tiempo perdí, cómo escribía cuando había verduleros que venían de las quintas, cuando tenía dos novias, un lindo jopo, dos pares de zapatos, cuando no había televisión, ese mundo a los pies, violento, imbécil, abrumador, esa novela canallesca escrita por un loco… Hoy anduvo la muerte entre mis libros buscando mi pasado, buscando los veranos del 40, los muchachitos bajo la manguera, las siestas clandestinas, los plátanos del barrio, asesinados, tallados en el alma… Hoy anduvo la muerte revisando mi abono del tranvía, mis amigos, sus nombres, las noches del Café Montevideo, las encomiendas por la Onda con olor a estofado, revisando a mi padre, su Berreta, su Baldomir, revisando a mi madre, su hemiplejia, al Uruguay batllista, a Arístides querido, a mis anarcos queridos bajo bandera, bajo mortaja, bajo vinos y versos interminables… Hoy anduvo la muerte revisando los ruidos del teléfono, distintos bajo los dedos índices, las fotos, el termómetro, los muertos y los vivos, los pálidos fantasmas que me habitan, sus pies y manos múltiples, sus ojos y sus dientes, bajo sospecha de subversión… Y no halló nada… No pudo hallar a Batlle, ni a mi padre, ni a mi madre, ni a Marx, ni a Arístides, ni a Lenin, ni al Príncipe Kropotkin, ni al Uruguay ni a nadie… ni a los muertos Fernández más recientes… A mí tampoco me encontró… Yo había tomado un ómnibus al Cerro e iba sentado al lado de la vida… Pasé frente al Nocturno y la vida había pintado unos carteles… Pregunté en una esquina por la hora, y en la bolsa del hombre que me dijo la hora iba la vida, junto con su almuerzo… Hoy dejaré las puertas y las ventanas de mi casa abiertas… y la noche entrará por todas las ventanas de mi casa, por todas las ventanas de todo el barrio, por todas las ventanas de todos los cuarteles y de todas las cárceles, por todas las ventanas de los hospitales… la noche entrará, cabeceando, saltará para adentro, sombra a sombra a la luz del farol… y se echará en el piso como un perro… y aguardará hasta la madrugada… Hoy… dejaré las puertas y las ventanas de mi casa, abiertas, para siempre…

La casa
… Mi corazón está mejor sitiado que mi casa… mi casa, más cercada que mi barrio… mi barrio, cercado por mi Pueblo… En mi barrio vive el Presidente, cercado por un muro casi derrumbado…

Uruguay for export
Temblando, con el frontal partido por el marrón, por el marronero, cae sobre sus costillas, pesada como un mundo, la res… Cae con estrépito, de bruces sobre el cemento… balando al descuajarse su osamenta, ya sólo un pobre costillar enorme, ya sólo un pobre cuero y sangre, media tonelada de huesos astillados, hincados en toda esa vida temblorosa y atónita… Ahí se va alzando, como un pesado pingajo, atrapada por la pata por un gancho que le salta arriba, que la alza por un ojal abierto en el garrón de un cuchillazo en plena estupidez sentimental, en plena media tonelada de monstruoso dolor, incomprensible, absurdo, balando, plañidera y tonta, como un escarabajo que no piensa, mientras medita lentamente por qué duele tanto y por qué duele qué parte de quién que es ella misma, la res, abierta al descuartizamiento atroz por todas partes, que nunca habían dolido y que eran tantas partes, tan extensas… y que pastando nunca habían dolido… haciendo leche, esperma, músculos, crin y cuero y cornamenta viva, que eran la vida misma manando hacia sus adentros, vibrando tiernamente como un sol cálido hacia sus adentros… y nunca habían dolido… Ya está colgada… Las patas delanteras se enderezan, se endurecen y avanzan hacia adelante y hacia arriba, implorantes y fatalmente rígidas, rematadas en cortas pezuñas que hace un instante amasaban el barro del corral, el estiércol de otros cien balidos, dinosaurios del siglo de las máquinas, nacidos para morir de un marronazo… Ahora ya es carne azul colgada en la heladera: “Uruguay for export”… Aquella res, que murió de un marronazo, cayó y tembló todo el frigorífico… Aquella otra res que recibió el marronazo en plena frente, de dos dedos de espesor, mientras entraba al tubo desconfiando porque allí no había pasto, alcanzó a comprender que había otra res delante, balando, que ya se la llevaba el gancho… y cayó detrás, también, y el cemento tembló bajo esos huesos… Aquella otra res, que esquivó el marronazo y que cayó también, con un ojo reventado y una guampa partida, deshecha, también cayó y tembló la tierra, tembló el marrón, tembló el marronero; la res, murió temblando de dolor y de miedo… de un marronazo en plena frente “for export” del Uruguay…

Flor show (por vals)
En la punta del agua… una flor blanca, luminosa, de quince dólares, se hace chispa, se abulta, se diluye, chorrea entre otras flores más pequeñas, llora, se agita, la catapulta el chorro de agua y sube como bola en el aire… Está naciendo siempre, mientras el agua canta en esa fuente de la boîte… Entre aplausitos, al compás de la orquesta, blanda flor blanca, acuosa, nostalgiosa en el aire… subida en los aplausos como espitada, hendida, empitonada… gime y llora en la noche, tira estrellas bailando bajo el humo, renace, llora por el chorro azul-blanco de la fuente como si fuera planta que la cría -y que no es-… y sin embargo, así seguirá abriéndose, muriendo, hinchándose y flotando, mientras duren la noche, su belleza infantil de ingeniería, su blando corazón bajo el foquillo fijo y lechoso… el gringo, el chorro de agua a precio, el aire de importación, esas hembras, el mozo, esos señores…

Mis alas
… Hace un buen rato ya que doy trabajo y vengo acostumbrándome al desuso de mi alma, a la razón del enemigo, a mis sesenta cigarrillos diarios, a las malas costumbres de mis canciones, que de algún modo siempre fueron nuestras, vos lo sabés, Guitarra Negra… Hoy reanudo en un cómico enderezo la hora de ayer parada en su nostalgia… Me hacen sufrir las alas que me puse para volar, mas grito y se alzan, gimo y me acompañan, río y baten de a dos, como que están amándose y se odian sin embargo mis dos alas… se odian, se enderezan, se hacen amigas mías para llevarme por todas partes: allá está la canción, aquí la nada… más allá el Pueblo y más acá el Amor… Pero el Pueblo está también más acá… y antes estaba allá también, detrás del Pueblo el Pueblo… Hemos viajado por todos mis caprichos y el Pueblo osando (sic) el piso, amándose con alas como las mías… odiando su destino, odiándome y amándome sin alas, con millones de pies, con manos y cabezas y lenguas… y sus mil bocas dicen: “ahora, la suerte ya está echada…”

La mariposa
La mariposa viene hacia mí en la calle, en el aire húmedo, por el aire húmedo bailando, por el aire agobiante, ominoso, bailando en el aire caliente… y yo vi que no era a mí a quien buscaba sino a la muerte… y que no buscaba la muerte también vi, porque no era mariposa de la ciudad de hierro, ni nacida para eso… sino que era mariposa nada más, en la ciudad, presa y ya muerta de antemano, fatalmente… buscando en ese bailar loco y frágil un ala, un grano, una pizca de polen en el cemento… Porque la mariposa nace y no aprende nada hasta que muere en cualquier sitio, herida de muerte por su semana justa, por su tiempo preciso, por su sorbito de vida ya bebida… Eso no es tan triste… triste es ver su cadena de huevos en el hollín, depositados junto a un río de aceite, a la sombra de las altas paredes de cemento… Su cadena de huevos de seda…

Hago falta
Hago falta… yo siento que la vida se agita nerviosa si no comparezco, si no estoy… Siento que hay un sitio para mí en la fila, que se ve ese vacío, que hay una respiración que falta, que defraudo una espera… Siento la tristeza o la ira inexpresada del compañero, el amor del que me aguarda lastimado… falta mi cara en la gráfica del Pueblo, mi voz en la consigna, en el canto, en la pasión de andar, mis piernas en la marcha, mis zapatos hollando el polvo… los ojos míos en la contemplación del mañana… mis manos en la bandera, en el martillo, en la guitarra, mi lengua en el idioma de todos, el gesto de mi cara en la honda preocupación de mis hermanos.

Exhortación y propósitos
Cómo haré para tomarte en mis adentros, guitarra, guitarra negra… Dice Enrique, mi hermano, que hay cierto perro hundido que se lame mansamente y nos lame, lamiéndose, una herida quieta allá al fondo, sentado en su escalón… Y dice más mi hermano el otro Enrique, en Praga: dice que amarte con certeza, hacerte enteramente hembra, darte lo que de vida tengan mis urgencias, será amar más y más a Jaime; amarlo, más de veras… por su alma, su propio perro mordedor bajo el garrote, el cable, el puñetazo, la bolsa de arpillera, el plantón y el insulto… la olvidada mejilla que no ponen ni él ni nadie a golpear… sino con hambre y Rita y José Luis, por Gerardo y Raúl y Rosa y Sara y Mauricio… y por todos nuestros muertos… Y he sabido, guitarra, que este otro perro que criaste, ladrador, campesino, a veces manso o vigilante, que roe su propio hueso en la penumbra y gruñe… cual casi todo perro popular, vagará por tus anchas veredas, tus milongas sangrantes… hasta morir también… tal vez un día… de soledad y rabia… de ternura… o de algún violento amor; de amor… sin duda.

(Los títulos de cada texto, así como el género al que pertenece la obra, son los de la edición de 1985. En la primera edición [1977] las partes que la componen son presentadas por su autor como “contracanciones”, género particular creado por él mismo para definirlas, ante su imprecisa ubicación conceptual, musical y literaria. En esa edición los textos, cuyos fragmentos no llevan título alguno, se encuentran agrupados en 3 partes: La I incluye desde Introducción a Uruguay for export, la II es Flor show, y la III las cuatro restantes. Asimismo, la puntuación empleada es la que aparece en la misma edición de 1977, habiéndose salvado los errores evidentes, tanto ortográficos como de fidelidad del texto). (1972-1977)

1984

Bogotá, octubre 28 de 1979

Desde la altura de mi ventana veo algunas gentes lavar sus ropas, porque es domingo:
soldados en la azotea de un cuartel que queda en frente, estudiantes en un patiecillo, una mujer tras una ventana.
Domingo de lavar la ropa, de arreglar la casa, de escribir a los amigos.
Domingo calmo, único día que tenemos para procurar ser lo que somos,
pues el resto de la semana nuestra esclavitud es paciente y burra.

Tu carta me trajo eso que amo en el Brasil: tu corazón,
corazón de poeta que bala desesperadamente, acorralado,
y a veces se disfraza con piel de lobo pero no asusta a nadie,
poeta bendito que clama en el desierto,
santo del infierno,
el que opone su palabra a los vientos,
su pecho, sus brazos delgados, pero nadie repara en él.
En el mercado público el poeta es un espantapájaros.

Poeta Geraldino: tú eres uno de los grandes del Brasil.
Hay muchos grandes poetas en el Brasil, y tú estás en la lista de los primeros.
(…)
Tu poesía está hecha para todos, como el sol y el agua, y en eso se reconoce que eres grande,
porque un verso tuyo les ayuda a vivir a las gentes,
y el que no sabe hacer milagros no es poeta.
(…)

Traducir tus poemas es para mí como participar en el acto de su creación.
Verso que nos deje impasibles no fue escrito con arte, pues el arte tiene por objeto conmover.
A medida que sale de sus fronteras, la poesía del Brasil sacude a América.

No dejo de pensar en ti, allá en Recife, escribiendo la más bella poesía sin aspirar a más reconocimiento que el corazón de los hombres y mujeres que te lean, y después de leerte no puedan olvidarte.

J. J. E.

***

Maragogi, Alagoas, 24 de diciembre de 1981

Maragogi es un poblado de unas “tres mil almas”, como decían los padres antiguos. Cuatro o cinco calles estrechas, paralelas a un mar de esmeralda. Casas de puerta y ventana, blancas, azules, algunas amarillas. Pocas de dos ventanas, con una pequeña terraza para las redes ociosas. “Esta es la del cura”, “esta es la del juez”, “esta es la del notario”, “ésta, la mejor, es la de las monjas”.

Dos pequeñas panaderías, un expendio de carnes que abre los sábados, un modesto mercado los domingos.

No es necesario preocuparse por las puertas. Dicen que aquí no hay ladrones, aunque desconfío. No hay hurtos. Porque no hay a quién vender lo hurtado, ni para dónde huir con él, ni cómo utilizarlo. Aquí los zapatos de todas las personas son conocidos por todos. ¿Cómo entonces hurtar zapatos y salir con ellos por las calles, único viandante, todos desde las ventanas mirándolo de la cabeza a los pies?
A las cinco y media de la mañana pasa el hombre del pan, anunciándose con un “fon-fon” que no escuchaba desde hace unos cuarenta años. Hoy me dijo que el jeep de la policía mató a su puerco, que ya tendría unos quince kilos, y que no quisieron indemnizarlo. Es la gran familia más unida del mundo, la de la policía. Ni los puercos de Maragogi se salvan.
Muchos, muchos niños. Muchos, muchos ancianos. Los jóvenes y las muchachas se fueron para Recife o Maceió. Las mujeres, o están en la cocina, o en la maternidad. Los hombres en el mar, o en los campos. De ahí la impresión de que aquí, no hay ni juventud ni mediana edad.
La impresión es que las personas aquí carecen de recuerdos y esperanzas. No vi niños traviesos. No vi ancianos rememorando. Las personas carecen de sueños, nada desean, ni se angustian. Parece que los maridos no están descontentos con las mujeres. No que las amen, porque tampoco parecen felices. Diríase que están más allá de la insatisfacción y más acá del amor. No lo sé explicar, porque no es atraso, ni es perfección, ni conduce a ella. Como si estuviesen varados, después de los animales y antes del hombre.
La dueña de casa no parece ser una mujer, sino sólo la dueña de casa. El odontólogo de acá no parece ser, como en Recife o Bogotá, un hombre que hubiera querido ser médico. Es, interior y exteriormente, sólo un odontólogo.
Las sombras de los árboles no resguardan parejas, ni esconden gatos y vagabundos.
Todavía no he visto enamorados, jóvenes con las dudas, los miedos, las preguntas del amor.
He visto novios ya comprometidos en casamiento, que ni les parece próximo ni distante.
Es impresionante, esa indiferencia.

Los lugareños no distinguen entre las distintas actividades. Soy para ellos apenas un turista.

Lo bueno de aquí es ser un extraño de Recife o Porto Alegre, sin que nadie se percate de la carga de tristeza de las calles y las pobres casas que agobia al poeta.

Lo malo de aquí es que el poeta no podrá desear para la ciudad esta vida sin sus afanes y sufrimientos, pero también sin la felicidad del futuro con que allá se sueña.

Es noche de Navidad y no veo las casas abiertas. La iglesia está abierta, porque no podría estar cerrada.

Nunca lo olvidaré.

G. B.
Publicado por Tragaluz Editores