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Libro

Nací en un entorno en que se leía poco, no aprecio en modo alguno esa actividad y, de cualquier forma, tampoco dispongo de tiempo para consagrarme a ella. Sin embargo, a causa de esos cúmulos de circunstancias a los que la vida nos tiene acostumbrados, con frecuencia me he encontrado en situaciones delicadas en las que me he visto apremiado a pronunciarme a propósito de libros que no he leído.
Dado que imparto clases de literatura en la universidad, me es imposible escapar a la obligación de comentar libros que la mayoría de las veces ni siquiera he abierto. Es verdad que ése es también el caso de gran parte de los estudiantes que me escuchan, pero bastaría con que uno solo de ellos hubiera tenido la ocasión de leer el libro del que hablo para que mi curso se viera afectado por ello y estuviera expuesto en todo momento a padecer una situación embarazosa.
Por si fuera poco, soy requerido regularmente a dar cuenta de publicaciones en el contexto de mis libros y de mis artículos que, en lo esencial, se ocupan de los libros de otros. Ejercicio éste aún más complicado ya que, al contrario de mis intervenciones orales, que pueden dar lugar a impresiones sin consecuencias, los comentarios escritos dejan huellas y pueden ser verificados.
Debido a esas circunstancias que se han convertido en familiares para mí, tengo la sensación de encontrarme en una situación óptima si no para procurar una verdadera enseñanza, al menos para comunicar una experiencia en profundidad como no-lector y emprender una reflexión sobre ese tema tabú; reflexión que a menudo resulta imposible debido a la gran cantidad de prohibiciones que ésta debe superar.
La aceptación de comunicar mi experiencia no está exenta de cierto riesgo, y no es extraño que los textos que alaban los méritos de la no-lectura sean tan escasos. Ésta se enfrenta a toda una serie de coacciones interiorizadas que prohíben abordar la cuestión de frente, tal y como yo intentaré hacer aquí. Al menos tres de ellas resultan determinantes.
La primera de esas coacciones podría ser denominada la obligación de leer. Vivimos aún en una sociedad, en vías de extinción bien es cierto, en que la lectura sigue siendo el objeto de una forma de sacralización. Esa sacralización apunta de manera privilegiada hacia cierto número de textos canónicos –la lista varía en función del entorno– que está prácticamente vedado no haber leído, so pena de ser desacreditado.
La segunda coacción, próxima a la primera aunque diferente, podría ser denominada la obligación de leerlo todo. Si ya está mal visto no leer, casi igual de mal visto está leer rápido u hojear un libro; y, sobre todo, decirlo. Así, será prácticamente impensable para estudiantes universitarios de letras reconocer –a pesar de que sea el caso en su mayoría– que no han hecho más que hojear la obra de Proust sin leerla en su integridad.
La tercera coacción concierne al discurso sustentado acerca de los libros. Un postulado implícito de nuestra cultura consiste en considerar que es necesario haber leído un libro para hablar de él con algo de precisión. Sin embargo, desde mi experiencia, creo que resulta perfectamente posible mantener una conversación apasionante a propósito de un libro que no se ha leído, incluso, y quizás de manera especial, con alguien que tampoco lo ha leído.
Es más, tal y como se demostrará a lo largo de este ensayo, a veces, para hablar con rigor de un libro, es deseable no haberlo leído del todo, e incluso no haberlo abierto nunca. No dejaré de insistir sobre los riesgos, subestimados con frecuencia, asociados a la lectura para todo aquel que desea hablar de un libro o, mejor aún, dar cuenta de él.
Ese sistema coactivo de obligaciones y de prohibiciones tiene como consecuencia haber suscitado una hipocresía generalizada sobre los libros efectivamente leídos. Conozco pocos aspectos de la vida privada, con excepción de aquellos que se refieren al dinero y a la sexualidad, en que sea tan difícil obtener informaciones irrecusables como el de los libros.

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El deseo y el misterio (Michèle Petit)

En el comienzo no era el verbo, sino la voz. Y el asombro, la intriga. Hay quienes han llegado a ser escritores precisamente porque no comprendían algunas palabras de las historias que les contaban o les leían. Por eso, siempre es bueno que algunas palabras se les escapen a los niños en los relatos que les decimos.

La intriga está del mismo modo en el corazón de la relación con el lenguaje escrito y con los libros. Como en este otro relato autobiográfico compuesto también por un docente mexicano. Aníbal Luis Meléndez evoca la llegada de un libro “azul como el cielo azul” a su casa, cuando era niño, que su padre

sostíena entre sus manos, mirándole fijamente, acostado en la hamaca que colgaba de las paredes en el cuarto donde dormíamos. Alcancé a ver algunos dibujos y un montón de cosas raras, más tarde supe que eran letras. Ese libro me causó curiosidad, pues la actitud de mi padre cambiaba cuando se enfrentaba a él, no se comportaba como todos los días […] Mi curiosidad por saber qué decían aquellas letras no tenía límites, aun cuando no supiera leer, quería mirar los dibujos. Sobre todo ese barco que estaba a punto de hundirse en medio de la tempestad, en un mar embravecido y de olas enormes, que estaba a punto de tragarse a un hombre que flotaba desvalido en la superficie […] mi papá nunca me dijo lo que estaba leyendo. No se por qué motivo, pero me hubiera gustado que él me leyera por lo menos unu párrafo de ese texto extraño.

El padre mantenía ese libro fascinante en un armario cerrado y un día, en su ausencia, el niño robará las llaves para acercarse a aquello que, mucho más tarde, se revelará como una historia religiosa.

Nadie desea algo que carece de misterio”, como dice Ema Wolf. Sea uno conciente de ello o no, la búsqueda de un secreto está en el corazón de la lectura, a lo largo de toda la vida. De un secreto difícil de ubicar, en las letras enigmáticas y en el corazón de nosotros mismos.

 

 

Michèle Petit, Leer el mundo: experiencias actuales de transmisión cultural, FCE, México, 2015, p. 78-79

40

Desbautizar el mundo,
sacrificar el nombre de las cosas
para ganar su presencia.

El mundo es un llamado desnudo,
una voz y no un nombre,
una voz con su propio eco a cuestas.

Y la palabra del hombre es una parte de esa voz,
no una señal con el dedo,
ni un rótulo de archivo,
ni un perfil de diccionario,
ni una cédula de identidad sonora,
ni un banderín indicativo
de la topografía del abismo.

El oficio de la palabra,
más allá de la pequeña miseria
y la pequeña ternura de designar esto o aquello,
es un acto de amor: crear presencia.

El oficio de la palabra
es la posibilidad de que el mundo diga al mundo,
la posibilidad de que el mundo diga al hombre.

La palabra: ese cuerpo hacia todo.
La palabra: esos ojos abiertos.

Nota: estos textos vienen de Por favor planta este libro, editado por Barba de abejas. Cada poema está en un sobre que tiene adentro semillas de lo que nombra. La edición es una joya, al cuidado del propio traductor, Eric Schierloh

 

Margarita

Ruego para que dentro de treinta y dos años
estas flores y vegetales
rieguen el Siglo Veintiuno
con sus voces diciendo que
ellos una vez fueron un libro que se volvió
vida gracias a manos llenas de amor.

 

 

Lechuga

La única esperanza que nos queda son nuestros
niños y las semillas que les damos
y los jardines que plantemos juntos

 

 

Caléndula

Mis amigos se preocupan y me
lo dicen. Hablan del fin
del mundo, de las tinieblas y del desastre.
Yo siempre los escucho tranquilo, y después
les digo: No, no va a terminar. Esto
es sólo un comienzo, como este libro
que es sólo un comienzo.

 
Calabaza

Es el tiempo justo para mezclar sentencias
sentencias con la tierra y el sol
con la puntuación y la lluvia y
los verbos, y para los gusanos de atravesar
las incógnitas marcadas y para
las estrellas de brillar bajo incipientes
nombre, y para el rocío de formar
párrafos.

 

 

Richardo Brautigan, en Por favor plante este libro, editorial Barba de Abejas (traducción de Eric Schierloh)

Instrucciones para enseñar a leer a un niño

Conviene empezar cuanto antes, a ser posible en la habitación misma de la clínica de maternidad, ya que es aconsejable que el futuro lector esté desde que nace rodeado de palabras. No importa que, en esos primeros momentos, no las pueda entender, con tal de que formen parte de ese mundo de onomatopeyas, exclamaciones y susurros que le une a su madre y que tiene que ver con la dicha. Poco a poco irá descubriendo que las palabras, como el canto de los pájaros o las llamadas del celo de los animales, no son sólo manifestación de existencia sino que nos permiten relacionarnos con lo ausente. Así, muy pronto, si su madre no está a su lado echará mano de ellas para recuperarla en su pensamiento, o si vive en un pueblo rodeado de montañas les pedirá que le digan cómo es el mundo que le aguarda más allá de esas montañas y del que no sabe nada.

Palabras del día y de la noche
Por eso los adultos deben contarle cuentos, y sobre todo, leérselos. Es importante que el futuro lector aprenda a relacionar desde el principio el mundo de la oralidad y el de la escritura. Que descubra que la escritura es la memoria de las palabras, y que los libros son algo así como esas despensas donde se guarda todo cuanto de gustoso e indefinible hay a nuestro alrededor, ese lugar donde uno puede acudir por las noches, mientras todos duermen, a tomar lo que necesita. A estas alturas habrá hecho un descubrimiento esencial, que existen palabras del día y palabras de la noche. Las palabras del día tienen que ver con lo que somos, con nuestra razón, nuestras obligaciones y nuestra respetabilidad; las de la noche con la intimidad, con el mundo de nuestros deseos y nuestros sueños. Y ése es un mundo que necesariamente se relaciona con el secreto. Por eso, el adulto no debe hablar demasiado al niño de los libros, ni abrumarle con consejos acerca de lo importante que es leer, porque entonces éste desconfiará. La madre que guarda en la despensa los dulces que acaba de preparar, no lo proclama a los cuatro vientos, y así los vuelve más codiciables. Las palabras de la literatura tienen que ver con ese silencio, con lo que se guarda y tal vez hay que robar, nunca con lo que nos ofrecen a gritos, y mucho menos a la luz del día, donde todos puedan vernos. El futuro lector, en suma, debe ver libros a su alrededor, saber que estan ahí y que puede leerlos, pero nunca sentir que es eso lo que todos esperan que haga.

Sería aconsejable, si me apuran, que los padres no los tuvieran demasiado a la vista, sino que los guardaran dentro de grandes armarios, que a ser posible mantendrían cerrados con llave. Aunque de vez en cuando se olvidarían esa llave, o de cerrar esos armarios, dándole al niño la opción de llevarse los libros cuando nadie les viera. Pero lo más importante es que el niño vea a sus padres leer. Discretamente, sin ostentación, pero de una forma arrebatada y absurda. El rubor en las mejillas de una madre joven, mientras permanece absorta en el libro que tiene delante, es la mejor iniciación que ésta puede ofrecer a su niño al mundo de la lectura.

Jardín secreto
Pero los libros son como aquel jardín secreto del que hablara F. H. Burnett en su célebre novela homónima: No basta con saber que estan ahí, sino que hay que encontrar la puerta que nos permite entrar en su interior. Y la llave que abre esa puerta nos tiene que ser entregada azarosamente por alguien. En la novela de F.H. Burnett es un petirrojo quien lo hace, y gracias a ello la niña puede visitar el jardín escondido. El que ese petirrojo tarde en presentarse no quiere decir que no vaya a hacerlo nunca, pero incluso si así fuera tampoco se alarme demasiado, ni por supuesto llegue a pensar que su hijito es un caso perdido. Piense que la lectura no siempre nos hace más sabios, ni más inteligentes, ni siquiera más buenos o compasivos, y que bien pudiera ser que ese niño que adora fuera como los bosquimanos, que tampoco leyeron una sola línea y eso no les impidió concebir algunos de los cuentos más hermosos que se han escuchado jamás. No olvide, en definitiva, que el cuento más necesario, y por el que seremos juzgados, es el que contamos sin darnos cuenta con nuestra vida.

Artículo publicado el 17 de abril de 2003 por el suplemento Blanco y Negro Cultural del diario ABC
Extraído de FB: Michele Petit.

La emoción más antigua

Prólogo
Dicen que los coleccionistas suelen ser personas de larga vida. Parece que a ellos nunca les llega la hora de morirse. Mejor dicho, sí, les llega, igual que a todo el mundo, pero los coleccionistas se resisten a morir. Y no se mueren. ¿Y eso por qué? Porque a su colección- mas bien a sus colecciones- siempre les anda faltando algo…
Caso parecido, creo yo, es el de los lectores. Hablo de los lectores adictos, de los que leen lápiz en mano, como le gusta a Steiner, dialogando con el autor; de los que jamás salen sin un libro en la mano, por cualquier cosa; de los que compran libros que, intuyen, nunca van a llegar a leer; de los que están deseando volver a casa para arrebujarse dentro del libro que están leyendo; de los que repasan la historia de su propia vida través de las marcas que fueron dejando en sus libros; de los que acarician libros y los olfatean y duermen con ellos debajo de la almohada; de los que abren un libro al azar para encontrar la respuesta a alguna pregunta, el consuelo a algún dolor, de los que retrasan la lectura de las últimas páginas para alargar el placer; de los que cuando terminan un bello libro se preguntan: “¿Y ahora, qué va a ser de mi?”.                                                                                                                                 Mi papá era un lector de ésos. “Todavía no me puedo morir –decía, disculpándose-:tengo que terminar El otoño del patriarca…” Y no se moría. Porque antes de terminar ese libro ya empezaba otro. Y entonces era cosa de nunca acabar. Una estrategia, como cualquier otra. Es que para lectores así, la muerte es un verdadero escándalo. Con todo lo que hay que leer…                                                      Quiere decir que es cierto: leer alarga la vida. Y eso no solo referido a la posibilidad de vivir vidas ajenas de agregar un cuarto a la casa de la vida, como decía Bioy Casares, de hacer cosas que jamás haríamos en la existencia común y corriente –subir a las estrellas, bajar al fondo del mar, desenterrar tesoros en islas desiertas-, no. Hablo de vivir mas tiempo, literalmente hablando.
Claro que, finalmente, los lectores adictos también se mueren. Pero lo hacen tan a su pesar, tan aforrándose con uñas y dientes a la poquita vida que les va quedando…
(Catedral de Santander, sepulcro de don Marcelino Menéndez y Pelayo, una de las estatuas funerarias mas bellas de España. De larga barba y hábito de monje, don Marcelino duerme el sueño final. Y su cabeza se apoya en una almohada de libros. En los libros, una leyenda grabada: ¡Qué lástima morir cuando me queda tanto por leer!                                                                                                                          A veces la resistencia del lector a morir es intolerable hasta ara la misma Muerte quien, condolida, se inclina a susurrar en los oídos del moribundo: “No temas, no desesperes, que el cielo debe ser una lectura continua e inagotable…” según dice Virginia Wolf, una escritora que ella, la muerte, conoce muy bien. Otras veces la muerte hace como que se confunde, como que se distrae, y mira para otro lado… y el que muere es uno que no tenia nada que ver, pero que andaba por el mundo sin un libro en la mano que lo protegiera de todo mal…                                                                                                           De lectores trata este libro. Y-quien dice leer dice escribir- también trata de escritores , esas bombas de tiempo, esos seres que nunca terminan de crecer y sentar cabeza. Fernando Pessoa, por ejemplo, que en el libro del desasosiego se pregunta: Dios me creó para niño y me dejó siempre niño. ¿pero por qué permitió que la vida me maltratase y me quitase los juguetes…?                                                                    Y también trata de maestros, y de chicos, y de risa, y de los primeros encuentros con los libros, y del derecho a la fantasía, y de lo siniestro, y de la felicidad, y del miedo, la emoción más antigua (H.P. Lovecraft) que está en el origen de toda creación…                                                                                      Son alguno de los temas que tomo en los cuales fui reflexionando a lo largo de estos últimos años. Los mismos temas enfocados desde diferentes puntos de vista. Y que se van ampliando, como los círculos en el agua. Después de todo, uno habla apenas de sus obsesiones. De lo que puede, no de lo que quiere. Y desde donde puede, que en mi caso suele ser el humor y la infancia.