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Meditación

La poesía es mi aproximación a la realidad (Beatriz Vallejos)


Bien. Regreso a mi ciudad lejana, temprana adolescencia, al alto mueble de tiempo y libros atesorados por mis padres, que me esperan en la quinta de Rincón. Algunos libros con la firma todavía legible de mi abuelo, que ya no está. Ese fue el mapa literario que recorrió la avidez de mi infancia. Seguramente una lectura desordenada, pero sí de algún modo coherente. Romain Rolland y Gorki, Víctor Hugo, Zola, Dostoievski, Tolstoi. Ah, y Dante. Dante de mi madre italiana, Dante de Beatriz por quien llevo mi nombre. Y en la cesta de las labores de mi madre, junto a la mecedora en la galería, siempre algún libro de turno, los del lugar: Manuel Galvez, Domingo Silva… la mítica casa de los cuervos, la hermosura de El Tempe argentino. Y creo que allí, donde para mi la sombra era azul, allí la literatura dejaba de ser palabra impresa y me rescataba sino – ¡y que pronto lo comprendí!- algo que latía en todas las cosas y seres, algo que estaba en la sombra y en la luz con apacible presencia: el misterio. El misterio que contestaba mis interrogantes o que me interrogaba en un juego que no ha concluido aún.
La razón por la que escribo es una consecuencia natural de todo lo anterior. Los míos fueron pioneros del arte de curar. Mi abuelo materno, el primer médico afincado en la costa. Mi padre, el farmacéutico de Colastiné, cuando Colastiné era puerto de ultramar. Y más allá, remontando la herencia paterna, la preciosa referencia de los guaraníes en las miles de plantas medicinales que los jesuitas ordenaron en un libro.
Todo esto signó la vocación de señalar por la poesía de las coordenadas de equilibrio en lo armonioso que la naturaleza brindaba. La comprensión de la realidad en su dolida circunstancia y del posible remedio (¿del alma?), sí, sin duda ha sido determinante ético que extraje de siempre, desde que escuchaba a mi madre sus testimonios de los malones mocovíes en San Javier. Y todo era cercano y vívido. Esa puede ser la razón y no ha cambiado.
Solo ocasionalmente, me sitúo a opinar sobre mi poética. Y es una especie de desdoblamiento, siendo que la poesía es el territorio viviente y el concepto la aceptación de esa diferencia. Vivir en estado poético es mi natural respiración. Opinar sobre ello seria, es, acaso, solo un intento esforzado, por cuanto me hiere tener que afirmar “mi poética”. Me parece que invado pertenecías. “Mi”, “yo” es lo que pronuncio con acentuado pudor desde hace tiempo. Es otra la certeza (¿vos decís no hay certeza?). Es otra la identidad. La misma la de siempre la de entonces. La que abrazo desde todos los ángulos. No es el centro de la vida mi vida, sino que todo es centro, centelleo grávido, de fruto, de aromado ritmo. Si permito participar de la ortodoxia gramatical, al análisis, algo es dañado. Dije una vez: extraer la palabra con amoroso cuidado para que no se quiebre en retórica. Eso es que esa palabra va a dar convertida en poema, es decir, en infinito. También exprese: tomo del silencio las palabras que me son necesarias. Puedo decir que la escritura poética aparece en pequeñas precipitadas hojitas; primero como una especie de clave y a partir de allí como la música que hubiera deseado componer. Acuden o fluyen desde alguna región inmanente que estará en mi memoria, o que la Memoria me ofrece. Crecí entre islas y gente de grande pausas coloquiales. Mi escritura fue siempre un hecho intuitivo en la medida de mis interrogantes y certezas (insisto con esto). Del poema pienso que gira en su propia incandescente certidumbre y es válido siempre. No pertenecerá al tiempo lineal, sino que será grávido, al alcance de la mano como un fruto, e ingrávido en su constelación inasible, donde de otra manera prismática nos conmueve. Es decir no enteramente traducible, sino algo así como incorporado ¿no? a otras consecuencias misteriosas embrión de otros poemas…
En los años en que mi salud me permitió realizar el apasionante oficio de laquista, no había diferencia entre la poesía y el vocabulario de las resinas en las veladuras y transparencias. Hermanada la síntesis con la abstracción. La temática era la misma. Quise expresar el viento, los reflejos del agua, la siesta con zorzales y chicharras, los vitrales del atardecer… Ahora que esa cautivante artesanía está relegada de mis posibilidades, concretas, físicas, regreso a los poemas, a pretender con las palabras extender la luminosidad de vitrales, “la participación de la música en fragancias” como dije un poema.
Digo la Biblia, el Eclesiastés… pero ya no releo: recuerdo. Recuerdo cómo fue mi infancia El maravilloso formular de un sentimiento que brotaba puro y humilde: yo escribía mi libro “El libro de Beatriz”. Leo, releo, deletreando, el libro de Naturaleza.
Cuando leo verdaderos poemas siento que la realidad es perfecta. Es decir sensiblemente perceptible. Pero cuando hay que leer y dejar de lado al primer renglón… La poesía es mi aproximación a la realidad. La realidad visible-no visible. Y entendiendo que el que se aproxima se distancia. ¡Pero atisbando ahí felizmente a veces la inasible comprobación!
Nada es separable. Y todo es uno. El lirismo el arabesco grácil de los interrogantes eternos.
Como lo entendemos en la costa, el paisaje es el cielo que se copia en los charcos, es nuestro pasó entreabriendo el varillal y ese grito que cruza de isla en isla quién sabe de quién. Sin opciones entre sudestadas y crecidas, es el sentido práctico del existir. La tradición es del limo que todavía no afirmó su condición de suelo. Su estilo es el río en vueltas y vueltas. Toda esa presencia si, tiene un “aura”. El árbol y el pájaro cantor que con una gota de agua con él pico afina la distancia el reservorio mítico del litoral tiene vigencia. Percibimos la mediumnidad de la siesta. El chico que patea gritos en la panza de arena… emite un “aura”. No hay margen para discurso. Todo es transparente y profundo, no sé si oriental. La Sinfonía máxima del “aura” en su palpable luz. “Esos brillos”… Quien si no el patriarca poeta Don Juan Laurentino Ortiz a la orilla de nuestros ríos y la inefable música de toda transparencia. Espíritu. Convocante de la delicadeza y los pétalos, el irupé en la bandeja del agua ofrecida los júbilos. Incontaminado aire incontaminado, celeste litoral, y esos cielos liliáceos de todo atardecer… No sé si Oriental. El saliente y poniente: Así es de simple la concepción del mundo
. El mundo está aquí nomás.
La inocencia… cuando la inocencia tiene conciencia de sí, algo se ha perdido. Si al parecer es naif, es decir ingenua, la poesía que escribo, será por imperativo maternal de ofrecer mundos posibles de armonioso y fértil equilibrio. Será para relegar lo problemático y oscuro. Oscuro no es lo mismo que hermético. Hermético es el embrión potencial que fulge latente en toda potencialidad de vida. Oscura es la tramposa acrobacia del intelecto, lo racional entramado a otros esquemas de acontecer prejuiciosos
. Ingenua… candorosas sí. Por otra parte, la cultura no es suma de información, de lecturas literales, sino conocimiento, resumen de la esencia; un estar en el mundo, a fondo, padecido conscientemente. Ese es el cierto nivel. Y después… la audible música del silencio, la visión del trasfondo la gratitud de ser partícipe. Y poder, aunque sea balbuceando, asentir que nos hemos reconocido en el mundo.
Me gustaría saberlo. Me gustaría saber que llega a destino, es decir, que abre ventanas ¿Para qué me sirve a mí? Para entender la realidad, porque necesito traducir la constantemente. Si la poesía le sirve al prójimo y me sirve, sirve. ¿Sirve de algo? ¿De nada? ¿Quién sabe?
Pienso que la transparencia es siempre enigmática. Lo hermético participa potencialmente en condición de embrión, de ese misterio adelantado por la luz de gema, por el parpadeo de lo insondable qué es la transparencia. El poema es la instantaneidad perdurable.
Reitero: mi taller literario fue el ámbito que signó mi vida. Mi padre insistió sobre la precisa, resplandeciente condición de idioma del guaraní. Señalaba la importancia del idioma en la percepción musical de la síntesis. Repetía un ejemplo sencillo: que la luna, yasy, traía su significación de astro que lucía de noche y que su brillo era plateado. Todo eso en una sola palabra, señalaba mi padre. También me transmitió su admiración por los griegos, “el laconismo de los griegos”… además paralelo a esto viví, conviví, respire, las realizaciones de los plásticos que nos honran con su antigua amistad y que además fueron mis maestros. De Enrique Estrada Bello presté atención a la naturaleza, al entendimiento de la humanidad de la naturaleza. De Matías Molina el fervor del impromptu de la difícil sencillez de la transparencia. Y señalando como el determinante preciso de lo que quise como modelo para mí expresividad por el poema, aquel lejano día de mi adolescencia en que contemple un cuadro azul, tan azul… apenas surcado por una línea blanca que se adivinaba tal vez iluminado por la luna (que no estaba en el plano). Era un cuadro de Suspisiche. La concesión de mis poemas ¿vendrá de esa excepcional lección? décadas después me enteraría de que existía Ungaretti, que los chinos y los japoneses decían profundidades con “el aplauso de una sola mano”. Regresé tantas veces al laboratorio de mi padre, que entraba en puntas de pie y aprehendía su respetuoso que hacer sobre la balancita de precisión. Admiré las manos de mi madre inclinada sobre hebras tejedoras, cándidos volcanes de la harina. ¿Vendrá la concesión de mis poemas de algo así?
Consideró que escribo un solo libro: el collar de arena, que se integran sucesivas poemarios. Los poemarios son como “pequeños opus” al decir de Rubén Sevlever. Partes, secuencias de ese ritmo de poesía. No sé cuándo es collar tendrá su último poema. Siempre creo en la vuelta abierta de aquel enhebrar que termina diciendo: “Si la canción es el silencio. Si no pudiera detenerme ¿Cómo existieras sin mí, libertad?”
Actualmente escribo creo que como siempre. La manía enumerativa no recurrió, me parece, en lo que escribo. Parto o regreso de la Irreversible verdad, la realidad inabarcable, polifacética; su dimensión cósmica felizmente prueba la venida de nuestro ego. Y las verdades esenciales se manifiestan con rigurosa economía. Es lo que intento en participación de poema. A veces pienso que son apariciones fortuitas eso que llamamos poemas. Si que tengo que corregir ya no considero válido. A lo sumo una mayúscula, un espacio…No entiendo ciertos métodos cuando dicen que “trabajan un poema” sufro por él, por el poema.
Un poema es una estrella de Cardo que vuela y en algún lado propicio se asienta y alguna vez germina. Creo que ese es el destino de toda poesía. No puedo detenerme en una frustración que no es la mía. Confío en el Terrón germinal que recibirá ese vuelo apacible sin la obsesión de una promoción que jamás estuvo en mis planes. Si, una fervorosa comunicación. Creo en la sacralidad de la palabra. Además ¿regional? ¿O marginal?.. Una vez pensé de alguien que era enraizado y libre a la vez, transparente y a veces ¿por qué no?, algo entoldado. Y quiero para mí esta conclusión: era tan de aquí que parecía de otra parte

Contemplar viene de templum , templo, un lugar, un espacio para observación, señalado por el augur. No significa simplemente observar, mirar, sino hacer esas cosas en presencia de un dios. Y meditar es mantener la mente en un estado de contemplación; su sinónimo es cavilar, y cavilar viene de una palabra que significa “estar parado con la boca abierta” –algo no tan cómico si pensamos en “inspiración”: respirar hacia adentro.

 

Denise Levertov, en «La forma orgánica»

DenDe nis

Miel en la mesa

Te colma con la esencia suave
de flores desaparecidas, se transforma
en un hilo filoso como un pelo que seguís
desde el frasco de miel sobre la mesa

hasta la puerta, por el piso,
y que todo el tiempo se espesa,

se hace más hondo y salvaje, bordeado
de ramas de pinos y de piedras húmedas,
de huellas de ocelotes y de osos, hasta que

bosque adentro
te encaramás a un árbol, arrancás la corteza,
y flotás, tragando panales que chorrean,
trozos de árbol, abejas aplastadas — un sabor
hecho de todo lo perdido, en el que todo lo perdido se encuentra.

Cómo se lee un poema

Pido perdón por estas tres hojitas que voy a leer. Sé que la expresión improvisada es más vívida, aunque menos exacta, pero en estos siete años de alejamiento de los claustros universitarios he olvidado casi todo lo que aprendí y me cuesta extraer como de un pozo lo poco que sé. El tiempo elástico de la escritura me ayuda a lograrlo. No voy a hacer por lo tanto una exposición doctoral de cómo debe leerse un poema. Eso, como dije, ha quedado atrás. Actualmente me considero sólo un poeta. Además, he hecho ejercicios de origen budista para vaciar mi mente del exceso de conceptos, para tenerla disponible para lo que se presente en el momento. Ustedes conocerán probablemente la anécdota del erudito occidental que fue a visitar a un sabio budista para preguntarle por el sentido del budismo. Mientras el monje preparaba el té, el erudito se explayaba en la exposición de sus innumerables conocimientos. Cuando el té estuvo listo, el monje pidió al occidental que acercara su taza y fue vertiendo el té hasta que éste desbordó de la taza, llenó el platillo y amenazaba con chorrear sobre el suelo. «¿Qué pasa?», preguntó el erudito. «¿No ve usted que la taza está desbordando? «. «Así está su mente», contestó el sabio. «¿Cómo podría entrar en ella el sentido del budismo? No sólo el sentido del budismo requiere una mente vacía (o vaciada) sino también el sentido de un poema».
Cuando voy a leer un poema me presento a él con la mente libre de preconceptos. Primero hago una lectura global no analítica para tener una primera impresión. Generalmente basta para saber si el poema es bueno o no. Cuando éste está escrito en una lengua extranjera que no domino completamente pero cuyas estructuras fundamentales conozco, como me ocurre con el inglés, lo primero que observo es la construcción sintáctica; es la armadura, el hueso del poema, su columna vertebral. Luego observo la constelación de imágenes; ésta me da el clima del poema. Finalmente hago una traducción, que es mi lectura de ese poema. Si éste está escrito en mi propia lengua, el proceso es el mismo, sólo que no tengo que hacer la traducción. Si la estructura sintáctica es coherente y animada, el poema tiene vida. Casi seguramente, también tiene una buena estructura sonora, porque la sintaxis determina el fraseo, que es más allá de la métrica, el verdadero ritmo del poema. Luego veo si la constelación de imágenes es realmente una constelación; es decir, si es coherente, si las imágenes se apoyan y refuerzan mutuamente o si chocan y se neutralizan. En este último caso el poema es malo. Luego trato de ver si hay una hilación conceptual explícita o si el sentido está en la constelación imaginaria y sonora.
Hay tres clases básicas de poemas: 1) los que tienen un hilo conductor conceptual, generalmente con disminución de los elementos imaginario y sonoro; 2) los que consisten esencialmente en imágenes, con probable disminución de los aspectos conceptual y sonoro; 3) los que ponen el acento en la música de las palabras: en la métrica, el ritmo, asonancias, consonancias y disonancias, paronomasias y juegos de vocablos en general, subordinando esto al sentido conceptual y en parte al imaginario. De más está decir que estas tres categorías rara vez se dan puras sino combinadas. Los tres elementos fundamentales del lenguaje: concepto, imagen y sonido pueden entrar en combinaciones múltiples, como lo prueba la apabullante variedad de la poesía a través de las lenguas y los siglos.
Si se trata de un poema principalmente conceptual, los conceptos nos guían desde el principio hasta el fin, las imágenes ilustran los conceptos y el ritmo los va articulando. Pero ojo, que un poema conceptual, pese a su claridad, que a veces se complica en deliberada oscuridad y dificultad, puede ser muy poco poético. Si el poema está compuesto básicamente de imágenes, es importante ver si hay una buena organización o simplemente una acumulación de ellas. La acumulación incoherente de imágenes es el recurso favorito de los malos poetas. Si el poema es esencialmente sonoro hay que descubrir si es significante, si no es un mero juego de vocablos. Hay un tope que este último tipo de poesía no puede sobrepasar: la anulación del concepto y de la imagen; si esto ocurre no hay ya lenguaje y por lo tanto tampoco poesía; ciertas experiencias extremistas lo han probado. Si el poema, como ocurre en la mayoría de los casos, consiste en una dosificación variada de los tres elementos constitutivos, importa ver qué papel juega cada parte en el conjunto y saber apreciarlo.
Un problema que se plantea frecuentemente al lector es el del hermetismo de cierta poesía. Un poema puede ser hermético porque es incoherente, o porque tiene una articulación muy compleja de concepto, imagen o sonido, o de los tres a la vez, o porque intentan comunicar experiencias inefables. Está el hermetismo sintáctico de Góngora, el hermetismo por elipsis de ciertos sonetos de Mallarmé, el hermetismo esotérico de Lubicz Milosz y el hermetismo transparente, al menos para el que tiene siquiera una vislumbre de la experiencia mística, de San Juan de la Cruz. Hay una clase de hermetismo que sólo se da, creo, en la poesía contemporánea: es el de los poetas que parecen esforzarse intencionalmente por no decir nada: construyen una textura verbal vacía en el vacío. En este último caso, especialmente, pero en todos los casos hasta cierto punto, un recurso muy efectivo es el de la familiarización: aprender de memoria el poema hasta que forme parte de nuestro propio ser.
Recuerdo una experiencia que hice cuando era estudiante de filosofía en la Facultad de Filosofía y Humanidades de Córdoba. La materia Metafísica consistía exclusivamente en la lectura de cuatro libros. Uno de ellos era la Introducción a la Metafísica de Heidegger. Yo era alumno libre desde Rosario, y no contaba con la ayuda constante del profesor, que era excelente: nada menos que Juan Adolfo Vázquez, entonces director de la colección de filosofía de Sudamericana. Recuerdo que leí tres veces la traducción al castellano y copié en un cuaderno las partes más difíciles sin lograr ningún avance. Conseguí entonces una versión francesa autorizada por el mismo Heidegger y continué mis lecturas con la ayuda de un amigo filósofo que había estudiado a Heidegger en Alemania y en alemán. Él me hizo la traducción literal de los pasajes más significativos. Aquí hay que recordar que Heidegger es un filósofo-poeta que se crea de cabo a rabo su propio lenguaje aprovechando la ventaja de que el alemán, lengua aglutinante, permite formar siempre nuevas palabras por yuxtaposición de otras o partes de otras. Después de todo este esfuerzo, no puedo decir que haya logrado traducir a Heidegger a un lenguaje filosófico convencional, pero sí que la obra se abrió dentro de mi y toda ella me resultó luminosa. Fue casi una experiencia mística
Este es el esfuerzo que nos exigen los poetas auténticamente herméticos: que hagamos nuestra su poesía por la incansable relectura y, algunas veces, memorización. En ciertos casos también hace falta análisis, información, leer las notas del poeta y de sus exégetas y los libros que lo incluyeron. Pero hay una clase de hermetismo que no se justifica estéticamente; es el hermetismo por exceso de individualidad: cuando el poeta, en vez de símbolos universales utiliza símbolos exclusivamente personales y alusiones a sus propias experiencias privadas que no se explican en ninguna parte. Este, además de la abundancia de material no poético, es el defecto que hace ilegibles, salvo por fragmentos, los «Cantos» de Ezra Pound, el más importante ejemplo de este tipo de hermetismo. Habría que leerlo con un diccionario explicativo, si pudiera hacerse, pero aún así sería muy engorroso.
A mi los poemas que más me gusta leer son los intensamente líricos y a la vez metafísicos, de forma más bien cerrada que invitan a volver sobre ella. Me cuestan los poemas narrativos y los poemas-río, que empiezan en cualquier lado, fluyen largamente en cualquier dirección y terminan inesperadamente en cualquier momento. Siempre he considerado importante como en los buenos cuentos el final del poema, un final que lo cierra definitivamente pero que al mismo tiempo lo abre para la relectura, que nos reenvía al primer verso, haciéndonos recorrer innumerables circunferencias en torno a un centro, circunferencias que encierran la pulpa sabrosa que no se consume al comerla sino que cada vez tiene un sabor distinto y como enriquecido. Estos poemas esféricos que vuelven sobre sí mismos se mueven internamente, para decirlo con palabras de Eliot, «como se mueve un jarrón chino inmóvil/perpetuamente en su inmovilidad».
Como habrán observado, he hecho hincapié en la lectura intuitiva del poema. Pero no ignoro que el análisis puede arrojarnos a la boca frutos sabrosísimos. Recuerdo que hace unos diez años yo dictaba en el Instituto Superior de Música de la Universidad Nacional de Rosario una Integración Cultural de cuatro años que culminaba en un curso de Estética y que comprendía un año de Poética. Empezábamos con Bécquer y terminábamos con los «Cuatro cuartetos». Recuerdo la decepción de los alumnos cuando empecé con la lectura y análisis de » Del salón en el ángulo obscuro…», un poema tan fácil, tan simple y resabido. Pero me llevó más de un mes analizar la riqueza de las sonoridades en relación con el sentido, las correspondencias entre concepto y concepto, imagen e imagen, concepto e imagen. Recuerdo también el asombro de los alumnos al ver convertirse la humilde semillita de mostaza en semilla del universo. Creo que no olvidarán en su vida que todo poema, como el Lázaro de la rima, necesita una voz que le diga: «Levántate y anda». Lo único que no puede hacer, desgraciadamente, la buena lectura es transformar un poema malo en un poema bueno. Esto sólo puede hacerlo Berta Singerman (y no es una broma).
Quiero recordar, por último, que un buen poema es una obra de arte. Que más allá de lo que el poeta dice (información, concepción del mundo, comunicación de experiencias, ‘mensaje’, como se decía antes), el poema es un objeto de belleza. La función de la belleza en la vida de un individuo y de una cultura es incomparable e irremplazable. Por eso quiero terminar recordando los versos del Endymion de Keats: «A thing of beauty is a ]oy for ever;/its loveliness increases; it will never/pass into nothingv ness». Que más o menos puede interpretarse: ‘Un objeto de belleza -una obra de arte- es un gozo para siempre; su encanto se acrecienta, nunca pasará a la nada». O, para decirlo con palabras de una poeta contemporánea (Marianne Moore): «Beauty is ever— lasting and dust is for a time (La belleza es eterna; el polvo sólo por un tiempo)».

Hugo Padeletti

 

No te detengas alma sobre el borde De esta armonía
que ya no es sólo de aguas, de islas y de orillas.
¿De qué música?

¿Temes alma que sólo la mirada
haga temblar los hilos tan delgados
que la sostienen sobre el tiempo
ahora, en este minuto, en que la luz
de la prima tarde
ha olvidado sus alas
en el amor del momento
o en el amor de sus propias dormidas criaturas:
las aguas, las orillas, las islas, las barrancas de humo lueñe?
¿O es que temes, alma, su silencio,
o acaso tu silencio?
Serénate, alma mía, y entra como la luz
olvidada, hasta cuándo?
en este canto tenue, tenuísimo, perfecto.