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Pasión

Una mujer entera

Mientras la televisión y un enjambre de periodistas locales y corresponsales extranjeros y el Uruguay entero estaban pendientes de la agonía de Mario Benedetti en un hospital de Montevideo, Idea Vilariño se murió en silencio a unas cuadras de distancia. Aunque el día de su muerte un centenar de admiradores le rindieron homenaje en el hall central de la Universidad de la República, a su entierro en el Cementerio del Norte, a la misma hora, fueron sólo catorce personas. El episodio cierra de manera perfectamente coherente la leyenda que la rodeó siempre, a veces alimentada y a veces padecida por ella misma.

Como muchos de mi generación, conocí los poemas de Idea Vilariño en las ediciones que le hizo Schapire en los ’60. Fueron de los primeros libros que compré con mi propia plata, cuando tenía trece o catorce años, y no podía creer que se pudiera decir tanto con tan pocas palabras, y con palabras de todos los días. Uno empezaba a leer esos poemas preguntándose si no eran material de poster, hasta que venía esa descarga eléctrica en el plexo y se nos atragantaban las palabras en la garganta y entendíamos con clarividente certeza que no se podía decir eso de otra manera, no se podía decir eso sin haber pasado antes por las comarcas más pavorosas del amor. Había uno en particular que se llamaba “Ya no” (Ya no será / ya no / no viviremos juntos / no criaré a tu hijo / no coseré tu ropa / no te tendré de noche / no te besaré al irme /nunca sabrás quién fui / por qué me amaron otros / … Ya no soy más que yo / para siempre y tú / ya no serás para mí / más que tú /… Ya no sabré dónde vives / con quién / ni si te acuerdas / No me abrazarás nunca /… No volveré a tocarte / No te veré morir). La Vilariño se lo había escrito a Onetti, le había escrito todos los poemas de ese libro terrible, y se lo había dedicado, y años después le quitó la dedicatoria cuando lo reeditó, y logró por fin lastimar a Onetti como él la había lastimado a ella.

En los años ’90, cuando yo trabajaba en Planeta y María Esther Gilio y Carlitos Domínguez preparaban su biografía sobre Onetti (Construcción de la noche), los torturaba pidiéndoles que contaran más cosas de aquella terrible historia de amor hasta que la Gilio me dijo: “¿Por qué no encargás una biografía sobre Idea y nos dejás de joder a nosotros?”. Todo lo que puede saberse de ella, ahora que ha muerto, está en el extraordinario suplemento especial que El País de Montevideo le dedicó hace unos días (donde Rosario Peyrou define inigualablemente su poesía: “El máximo escepticismo con la máxima sensualidad”) y en el libro-álbum La vida escrita, publicado el año pasado, que reúne fragmentos de sus diarios, cartas, textos inéditos y recuerdos de sus amigos (“El tipo de homenaje que suele tributarse a los grandes poetas cuando mueren y que nosotros quisimos hacerle antes”, según su responsable, Ana Inés Larre Borges) y en el documental Idea, que filmó Mario Jacob en 1996 (donde ella dice: “Cuando escribo nunca miento. Puedo mentir en la vida de todos los días, pero no cuando escribo”).

Gracias a ellos sabemos que el padre le recitaba, a Idea y a sus hermanos, desde muy chicos, poemas del Siglo de Oro español en voz alta (y que por eso, antes de aprender a leer, ella ya inventaba poemas de rima y métrica perfectas con palabras que elegía exclusivamente por su sonido). Que, a pesar de su salud precaria, desde los veinte años vivió sola. Que antes de cumplir los treinta publicó esta opinión sobre la poesía rioplatense de su tiempo: “Miserablemente estancada en un pantano, pobre poesía de provincia, sin originalidad, sin fuerza, sin ningún poeta verdadero, ningún intenso, ningún nuevo, ningún desesperado, ningún revolucionario. Nadie sabe cantar, nadie tiene mensaje”. Que colaboró en la legendaria revista Marcha hasta que le censuraron por pornográfico un poema donde decía “un pañuelo con sangre, semen, lágrimas” (el problema era que lo firmara “una mujer sola”; ella los mandó a la mierda y no publicó más nada con ellos). Que dio clases durante treinta años en un liceo (se levantaba a las cuatro de la mañana para estar en el liceo a las ocho y tenía otro trabajo a la tarde, y de noche traducía, entre otros a Shakespeare). Que durante muchos años se resistió a recibir premios (no a obtenerlos: le dieron como tres veces el Premio Nacional de Poesía pero recién lo aceptó en 1987, cuando consideró que el jurado era irreprochable). Que detestaba las apariciones en público y que dio apenas tres entrevistas en su vida (“Me gusta mucho escuchar las entrevistas que les hacen a los demás, pero yo no tengo el don: recién al otro día se me ocurren las cosas inteligentes que podría haber dicho”). Que tocaba tangos al piano y los bailaba y los cantaba igual de bien. Que, en lugar de publicar libros nuevos, a partir de 1966 prefirió reeditar los tres que menos le disgustaban (Nocturnos, Poemas de Amor y Pobre Mundo) agregando de canuto en cada reimpresión los poemas nuevos que iba escribiendo, hasta que en 1989 aceptó sacar un libro enteramente inédito: lo tituló, a secas, No, y los dos últimos versos del libro son éstos: “Inútil decir más / Nombrar alcanza”. Que tenía una muletilla (“¿Cómo te diré?”) que la pintaba en genio y figura. Que una septicemia estuvo a punto de matarla a los veintisiete y la tuvo postrada en llaga viva durante casi tres años. Que se casó tres o cuatro veces (siempre por gratitud, con los tipos que fueron buenos con ella, como Manuel Claps, que la cuidó durante aquellos tres años) pero el hombre de su vida fue, sin discusión, Onetti (el propio Claps fue quien los presentó, cuando ella acababa de recuperarse de aquella septicemia).

Que Onetti y ella sólo pasaron juntos nueve noches, en once años. Que al principio él le pareció el hombre más adulto que había conocido y que, a causa de eso, perdió después toda confianza en su propio juicio. Que los momentos juntos eran “el infierno en la calle Durazno”. Que él la llamaba por teléfono y le decía: “Ayudame a entender el modo en que te quiero”. O: “Tengo una loca que se ha tirado al piso y me abraza los pies y no sé qué me pide. Te llamo porque necesito oír tu voz, escuchar a alguien sensato”. Que él le reprochó siempre que no lo amaba de verdad, que sólo lo usaba para escribir “esos poemas tremendos”. Que ella le reprochó siempre que no apareciera “ni una mujer entera” entre los personajes de sus novelas.

Vaya a saberse cuánto es cierto y cuánto es leyenda en toda esta historia. Yo sólo sé que, precisamente por saberse incompleta, Idea Vilariño logró convertirse en una mujer entera, absoluta. En un poema titulado lacónicamente “43” se retrató, a mi gusto, mejor que en ninguna otra parte. Son sólo cinco líneas: “Como un jazmín liviano / que cae sosteniéndose en el aire / que cae cae cae / cae. / Y qué va a hacer”.

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Cuando lo conocí
vivía y comenzaba estudios de derecho
sin saber para qué en ambos casos.
Su clase lo tenía aprisionado como en un túnel;
él arremetía a puntapiés sus paredes
o grababa obscenidades a punta de cuchillo.
Sospechaba un error maligno
en el destino que le estaban perpetrando los suyos
y cuando terminó por confundir el engaño con el orden
ya estaba sometido y limpiamente afeitado.
Estudiante-abogado-casado-padre-abuelo,
sumergido, girando en la marea histórica nacional
sin conocer a fondo lo que proponían los hechos,
lo que no le evitó sacar conclusiones
en las que se instaló como en un traje duro.
Acumuló dinero, gozó-padeció una cuenta bancaria
donde un segundo corazón le palpitaba
y no dejó de latir cuando el otro estalló.
Ni un segundo dramático para entender que había fracasado;
no le dieron tiempo su título, su mujer, los tribunales,
su propia materialidad, el televisor, el automóvil;
el teléfono le impidió concluir un pensamiento privado.
Recuerdo haber bebido café en su correcto velorio
porque el mundo no había cambiado todavía.
Le destinaron un nicho aséptico en el cementerio
con un número de bronce en el mármol vertical.
Porque así concluye esta causa, doctor,
con una cifra velozmente superada
mientras el país lo olvida y prosigue
sus glorias e injurias por su propia cuenta.

 

Joaquín Gianuzzi, en Obra poética

Del océano rodante de la multitud

Del incesante océano, de la turba, una gota se me acercó suavemente,
Murmurando: Te amo, pronto habré muerto,
larga es la distancia que he recorrido sólo para mirarte y para tocarte,
Porque no podía morir sin haberte visto,
Porque sentí el temor de perderte.

Ahora nos hemos encontrado, nos hemos visto, estamos salvados,
Vuelve en paz al océano, amor mío,
Yo también formo parte del océano, no somos tan distintos,
¡Mira que perfecta es la gran esfera, la cohesión de todas las cosas!
Pero a los dos nos va a separar el mar irresistible,
Esta hora nos ha de separar, pero no eternamente;
No te impacientes -aguarda un instante- mira, saludo al viento, al océano y a la tierra,
Cada día, al atardecer, te mando mi amor.

Walt Whitman

Un infierno

El agravio de tus labios, que juraron y engañaron,
embeleso de tu beso donde preso me quedé.
Un zarpazo fue tu abrazo y tu piel de seda y raso,
un infierno cruel y eterno donde el alma me quemé.
El hastío con su frío hizo nido en todo mío,
si quererte fue la muerte, el perderte es morir más.
Que misterio es el cariño que en la cruz de tu abandono,
todavía te perdono y te quiero mucho más.

Clavaste
sin temor, con toda el alma,
a traición y por la espalda
un puñal, ¿y para qué?
No ves
que estoy herido y te sonrío
que aún te llamo cielo mío
y que aún beso tu puñal.
¡No lo ves,
que pese a todo y contra todo
en el cielo o en el lodo
yo te quiero siempre igual!

Maldecirte, no seguirte, no quererte, aborrecerte,
libertarme de tus manos, rosa fresca, no podré.
Como un ciego tambaleo sin tu voz, sin tu sonrisa,
cielo y brisa, tierra y todo, me recuerda tu querer.
Siempre arde, noche y tarde, esa antorcha de tus ojos
en tu pelo soy abrojo que pretende ser clavel,
como hiedra que se aferra a la piedra inevitable,
de tu amor inolvidable aferrado me quedé.

Música: Francisco Rotundo
Letra: Reinaldo Yiso

Versón Jorge Falcón

7.
Experiencia y pasión.

En el combate entre tú y el mundo, secunda al mundo.
Franz kafka.

La educación suele pensarse desde el punto de vista de la relación entre ciencia y
técnica o, a veces, desde el punto de vista de la relación entre teoría y práctica. Si el
par ciencia/técnica remite a una perspectiva positivista y cosificadora, el par
teoría/práctica remite más bien a una perspectiva política y crítica. De hecho, sólo
en esa última perspectiva tiene sentido la palabra “reflexión” y expresiones como
“reflexión crítica”, “reflexión sobre la práctica o en la práctica”, “reflexión
emancipadora”, etc.. Si en la primera alternativa, las personas que trabajan en
educación son construidas como sujetos técnicos que aplican con mayor o menor
eficacia las diversas tecnologías pedagógicas diseñadas por los científicos, los
tecnólogos y los expertos, en la segunda alternativa, esas mismas personas
aparecen como sujetos críticos que, armados de distintas estrategias reflexivas, se
comprometen con mayor o menor éxito en prácticas educativas concebidas la
mayoría de las veces desde una perspectiva política. Todo esto es suficientemente
conocido, puesto que en las últimas décadas el campo pedagógico ha estado
escindido entre los así llamados tecnólogos y los así llamados críticos, entre los
partidarios de la educación como ciencia aplicada y los partidarios de la educación
como praxis política, y no voy a abundar en la discusión.
Lo que voy a proponer aquí es la exploración de otra posibilidad digamos que más
existencial (sin ser existencialista) y más estética (sin ser esteticista), a saber,
pensar la educación desde la experiencia.
Y eso desde el convencimiento de que las palabras producen sentido, crean realidad
y, a veces, funcionan como potentes mecanismos de subjetivación. Yo creo en el
poder de las palabras, en la fuerza de las palabras, en que nosotros hacemos cosas
con palabras y, también, en que las palabras hacen cosas con nosotros. Las
palabras determinan nuestro pensamiento porque no pensamos con pensamientos
sino con palabras, no pensamos desde nuestra genialidad, o desde nuestra
inteligencia, sino desde nuestras palabras. Y pensar no es sólo “razonar” o “calcular”
o “argumentar”, como nos han dicho una y otra vez, sino que es sobre todo dar
sentido a lo que somos y a lo que nos pasa. Y eso, el sentido o el sinsentido, es algo
que tiene que ver con las palabras. Y, por tanto, también tiene que ver con las
palabras el modo como nos colocamos ante nosotros mismos, ante los otros, y ante
el mundo en el que vivimos. Y el modo como actuamos en relación a todo eso. Todo
el mundo sabe que Aristóteles definió al hombre como zôon lógon échon. Pero la
traducción de esa expresión no es tanto “animal dotado de razón” o “animal
racional” como “viviente dotado de palabra”. Si hay una traducción que realmente
traiciona en el peor sentido de la palabra, esa es justamente la traducción de logos
por ratio. Y la transformación de zôon, viviente, en animal. El hombre es un viviente
de palabra. Y eso no significa que el hombre tenga la palabra, o el lenguaje, como
una cosa, o como una facultad, o como una herramienta, sino que el hombre es
palabra, que el hombre es en tanto que palabra, que todo lo humano tiene que ver
con la palabra, se da en la palabra, está tejido de palabras, que el modo de vivir
propio de ese viviente que es el hombre se da en la palabra y como palabra. Por eso
actividades como atender a las palabras, criticar las palabras, elegir las palabras,
cuidar las palabras, inventar palabras, jugar con las palabras, imponer palabras,
prohibir palabras, transformar palabras, etc. no son actividades hueras o vacías, no
son meras palabrarerías. Cuando hacemos cosas con las palabras, de lo que se
trata es de cómo damos sentido a lo que somos y a lo que nos pasa, de cómo
ponemos juntas las palabras y las cosas, de cómo nombramos lo que vemos o lo
que sentimos, y de cómo vemos o sentimos lo que nombramos.
Nombrar lo que hacemos, en educación o en cualquier otro lugar, como técnica
aplicada, como praxis reflexiva o como experiencia no es sólo una cuestión
terminológica. Las palabras con las que nombramos lo que somos, lo que hacemos,
lo que pensamos, lo que percibimos o lo que sentimos son más que simplemente
palabras. Y por eso las luchas por las palabras, por el significado y por el control de
las palabras, por la imposición de ciertas palabras y por el silenciamiento o la
desactivación de otras, son luchas en los que se juega algo más que simplemente
palabras, algo más que sólo palabras.

La destrucción de la experiencia.
Comenzaré con la palabra “experiencia”. Podríamos decir, para empezar, que la
experiencia es “lo que nos pasa”. En portugués se diría que la experiencia es “aquilo
que nos acontece”, en francés la experiencia sería “ce que nous arrive”, en italiano
“quello che nos succede” o “quello che nos accade”, en inglés “that what is happenig
to us”.
La experiencia es lo que nos pasa, o lo que nos acontece, o lo que nos llega. No lo
que pasa, o lo que acontece, o lo que llega, sino lo que nos pasa, o nos acontece, o
nos llega. Cada día pasan muchas cosas pero, al mismo tiempo, casi nada nos
pasa. Se diría que todo lo que pasa está organizado para que nada nos pase. Ya
Walter Benjamin, en un texto célebre, certificaba la pobreza de experiencias que
caracteriza a nuestro mundo. Nunca han pasado tantas cosas, pero la experiencia
es cada vez más rara.
En primer lugar por exceso de información. La información no es experiencia. Es
más, la información no deja lugar para la experiencia, es casi lo contrario de la
experiencia, casi una antiexperiencia. Por eso el énfasis contemporáneo en la
información, en estar informados, y toda la retórica destinada a constituirnos como
sujetos informantes e informados, no hace otra cosa que cancelar nuestras
posibilidades de experiencia. El sujeto de la información sabe muchas cosas, se
pasa el tiempo buscando información, lo que más le preocupa es no tener bastante
información, cada vez sabe más, cada vez está mejor informado, pero en esa
obsesión por la información y por el saber (pero por el saber no en el sentido de
“sabiduría” sino en el sentido de “estar informado”) lo que consigue es que nada le
pase. Lo primero que me gustaría decir sobre la experiencia es que hay que
separarla de la información. Y lo primero que me gustaría decir del saber de
experiencia es que hay que separarlo del saber cosas al modo de tener información,
de estar informados. Y es la lengua misma la que nos da esa posibilidad. Después
de asistir a una clase, o a una conferencia, después de haber leído un libro, o un
informe, después de haber hecho un viaje, o de haber visitado una escuela, uno
puede decir que sabe cosas que antes no sabía, que tiene más información que
antes sobre tal o cual cosa, pero, al mismo tiempo, puede decir también que no le
ha pasado nada, que no le ha llegado nada, que con todo lo que ha aprendido, nada
le ha sucedido o le ha acontecido.
Además, seguramente habrán oído ustedes eso de que vivimos en la “sociedad de
la información”. Y se habrán dado cuenta de que esa extraña expresión de
“sociedad de la información” funciona a veces como sinónimo de “sociedad del
conocimiento” o, incluso, de “sociedad del aprendizaje”. No deja de ser curiosa la
intercambiabilidad de los términos “información”, “conocimiento” y “aprendizaje”.
Como si el conocimiento se diera bajo el modo de la información, y como si
aprender no fuera otra cosa que adquirir y procesar información. Y no deja de ser
interesante también que las viejas metáforas organicistas de lo social, que tanto
juego dieron a los totalitarismos del siglo pasado, estén siendo sustituídas por
metáforas cognitivas, seguramente igual de totalitarias, aunque revestidas ahora de
un look liberal y democrático. Independientemente de que sea urgente problematizar
ese discurso que se está instalando apenas sin crítica, cada día más
profundamente, y que piensa la sociedad como un mecanismo de procesamiento de
información, lo que yo quisiera dejar apuntado aquí es que una sociedad constituída
bajo el signo de la información es una sociedad donde la experiencia es imposible.
En segundo lugar, la experiencia es cada vez más rara por exceso de opinión. El
sujeto moderno es un sujeto informado que además opina. Es alguien que tiene una
opinión presuntamente personal y presuntamente propia y a veces presuntamente
crítica sobre todo lo que pasa, sobre todo aquello de lo que tiene información. Para
nosotros, la opinión, como la información, se ha convertido en un imperativo.
Nosotros, en nuestra arrogancia, nos pasamos la vida opinando sobre cualquier
cosa sobre la que nos sentimos informados. Y si alguien no tiene opinión, si no tiene
una posición propia sobre lo que pasa, si no tiene un juicio preparado sobre
cualquier cosa que se le presente, se siente en falso, como si le faltara algo
esencial. Y piensa que tiene que hacerse una opinión. Después de la información,
viene la opinión. Pero la obsesión por la opinión también cancela nuestras
posibilidades de experiencia, también hace que nada nos pase.
Benjamin decía que el periodismo es el gran dispositivo moderno para la destrucción
generalizada de la experiencia. El periodismo destruye la experiencia, de eso no hay
duda, y el periodismo no es otra cosa que la alianza perversa de información y
opinión. El periodismo es la fabricación de información y la fabricación de opinión. Y
cuando la información y la opinión se sacralizan, cuando ocupan todo el espacio del
acontecer, entonces el sujeto personal no es ya otra cosa que el soporte informado
de la opinión individual, y el sujeto colectivo, ese que tenía que hacer la historia
según los viejos marxistas, no es otra cosa que el soporte informado de la opinión
pública. Es decir, un sujeto fabricado y manipulado por los aparatos de información y
de opinión, un sujeto incapaz de experiencia. Y eso, el que el periodismo destruye la
experiencia, es algo más profundo y más general que lo que se derivaría del efecto
de los medios de comunicación de masas sobre la conformación de nuestras
conciencias.
El par información-opinión es muy general y permea también, por ejemplo, nuestra
idea del aprendizaje, incluso de lo que los pedagogos y los psicopedagogos llaman
“aprendizaje significativo”. Desde bien pequeños hasta la Universidad, a lo largo de
toda nuestra travesía por los aparatos educativos, estamos sometidos a un
dispositivo que funciona de la siguiente manera: primero hay que informarse y,
después, hay que opinar, hay que dar una opinión obviamente propia, crítica y
personal sobre lo que sea. Eso, la opinión, sería como la dimensión “significativa”
del así llamado “aprendizaje significativo”. La información sería como lo objetivo y la
opinión sería como lo subjetivo, sería como nuestra reacción subjetiva ante lo
objetivo. Además, como tal reacción subjetiva, es una reacción que se nos ha hecho
automática, casi refleja: se nos informa de cualquier cosa y nosotros opinamos. Y
ese “opinar” se reduce, en la mayoría de las ocasiones, a estar a favor o en contra.
Con lo cual nos hemos convertido ya en sujetos competentes para responder como
Dios manda a las preguntas de los profesores que, cada vez más, se parecen a las
comprobaciones de información y a las encuestas de opinión. Dígame usted lo que
sabe, dígame con qué información cuenta, y añada a continuación su opinión: eso
es el dispositivo periodístico del saber y del aprendizaje, el dispositivo que hace
imposible la experiencia.
En tercer lugar, la experiencia es cada vez más rara por falta de tiempo. Todo lo que
pasa, pasa demasiado deprisa, cada vez más deprisa. Y con ello se reduce a un
estímulo fugaz e instantáneo que es sustituido inmediatamente por otro estímulo o
por otra excitación igualmente fugaz y efímera. El acontecimiento se nos da en la
forma del shock, del choque, del estímulo, de la sensación pura, en la forma de la
vivencia instantánea, puntual y desconectada. La velocidad en que se nos dan los
acontecimientos y la obsesión por la novedad, por lo nuevo, que caracteriza el
mundo moderno, impide su conexión significativa. Impide también la memoria
puesto que cada acontecimiento es inmediatamente sustituído por otro
acontecimiento que igualmente nos excita por un momento, pero sin dejar ninguna
huella. El sujeto moderno no sólo está informado y opina, sino que es también un
consumidor voraz e insaciable de noticias, de novedades, un curioso impenitente,
eternamente insatisfecho. Quiere estar permanentemente excitado y se ha hecho ya
incapaz de silencio. Y la agitación que le caracteriza también consigue que nada le
pase. Al sujeto del estímulo, de la vivencia puntual, todo le atraviesa, todo le excita,
todo le agita, todo le choca, pero nada le pasa. Por eso la velocidad y lo que
acarrea, la falta de silencio y de memoria, es también enemiga mortal de la
experiencia.
En esa lógica de destrucción generalizada de la experiencia, estoy cada vez más
convencido de que los aparatos educativos también funcionan cada vez más en el
sentido de hacer imposible que alguna cosa nos pase. No sólo, como he dicho
antes, por el funcionamiento perverso y generalizado del par información-opinión,
sino también por la velocidad. Cada vez estamos más tiempo en la escuela (y la
Universidad y los cursos de formación del profesorado forman parte de la escuela)
pero cada vez tenemos menos tiempo. Ese sujeto de la formación permanente y
acelerada, de la constante actualización, del reciclaje sin fin, es un sujeto que usa el
tiempo como un valor o como una mercancía, un sujeto que no puede perder
tiempo, que tiene siempre que aprovechar el tiempo, no sea que se quede rezagado
de alguna cosa, no sea que no pueda seguir el paso veloz de lo que pasa, no sea
que se quede atrás, pero que por eso mismo, por esa obsesión por seguir el curso
acelerado del tiempo, ya no tiene tiempo. Y en la escuela el curriculum se organiza
en paquetes cada vez más numerosos y más cortos. Con lo cual, también en
educación estamos siempre acelerados y nada nos pasa.
En cuarto lugar, la experiencia es cada vez más rara por exceso de trabajo. Este
punto me parece importante porque a veces se confunde experiencia con trabajo.
Existe un cliché según el cual en los libros y en los centros de enseñanza se
aprende la teoría, el saber que viene de los libros y de las palabras, y en el trabajo
se adquiere la experiencia, el saber que viene del hacer, o de la práctica como se
dice ahora. Cuando se redacta el curriculum, se distingue entre formación
académica y experiencia laboral. Y he oído hablar de una cierta tendencia
aparentemente progresista en el campo educativo que, después de criticar el modo
como nuestra sociedad privilegia los aprendizajes académicos, pretende implantar y
homologar formas de acreditación de la experiencia y del saber de experiencia
adquirido en el trabajo. Por eso estoy especialmente interesado en distinguir entre
experiencia y trabajo y, además, en criticar cualquier acreditación de la experiencia,
cualquier conversión de la experiencia en crédito, en mercancía, en valor de cambio.
Mi tesis no es sólo que la experiencia no tiene nada que ver con el trabajo sino, más
aún, que el trabajo, esa modalidad de relación con las personas, con las palabras y
con las cosas que llamamos trabajo, es también enemiga mortal de la experiencia.
El sujeto moderno, además de ser un sujeto informado que opina, además de estar
permanentemente agitado y en movimiento, es un ser que trabaja, es decir, que
pretende conformar el mundo, tanto el mundo “natural” como el mundo “social” y
“humano”, tanto la “naturaleza externa” como la “naturaleza interna”, según su
saber, su poder y su voluntad. El trabajo es toda la actividad que se deriva de esa
pretensión. El sujeto moderno está animado por una portentosa mezcla de
optimismo, de progresismo y de agresividad: cree que puede hacer todo lo que se
proponga (y que si no puede, algún día lo podrá) y para ello no duda en destruir todo
lo que percibe como un obstáculo a su omnipotencia. El sujeto moderno se relaciona
con el acontecimiento desde el punto de vista de la acción. Todo es un pretexto para
su actividad. Siempre se pregunta qué es lo que puede hacer. Siempre está
deseando hacer algo, producir algo, modificar algo, arreglar algo.
Independientemente de que ese deseo esté motivado por la buena voluntad o por la
mala voluntad, el sujeto moderno está atravesado por un afán de cambiar las cosas.
Y en eso coinciden los ingenieros, los políticos, los fabricantes, los médicos, los
arquitectos, los sindicalistas, los periodistas, los científicos, los pedagogos y todos
aquellos que se plantean su existencia en términos de hacer cosas. Nosotros no
sólo somos sujetos ultrainformados, rebosantes de opiniones, y sobreestimulados,
sino que somos también sujetos henchidos de voluntad e hiperactivos. Y por eso,
porque siempre estamos queriendo lo que no es, porque estamos siempre activos,
porque estamos siempre movilizados, no podemos pararnos. Y, al no poder
pararnos, nada nos pasa.
La experiencia, la posibilidad de que algo nos pase, o nos acontezca, o nos llegue,
requiere un gesto de interrupción, un gesto que es casi imposible en los tiempos que
corren: requiere pararse a pensar, pararse a mirar, pararse a escuchar, pensar más
despacio, mirar más despacio y escuchar más despacio, pararse a sentir, sentir más
despacio, demorarse en los detalles, suspender la opinión, suspender el juicio,
suspender la voluntad, suspender el automatismo de la acción, cultivar la atención y
la delicadeza, abrir los ojos y los oídos, charlar sobre lo que nos pasa, aprender la
lentitud, escuchar a los demás, cultivar el arte del encuentro, callar mucho, tener
paciencia, darse tiempo y espacio.

El sujeto de la experiencia.
Hasta aquí la experiencia y la destrucción de la experiencia, vamos ahora con el
sujeto de la experiencia, con ese sujeto que no es el sujeto de la información, o de la
opinión, o del trabajo, que no es el sujeto del saber, o del juzgar, o del hacer, o del
poder, o del querer. Si escuchamos en español, en esa lengua en la que la
experiencia es lo que nos pasa, el sujeto de experiencia sería algo así como un
territorio de paso, de pasaje, algo así como una superficie de sensibilidad en la que
lo que pasa afecta de algún modo, produce algunos afectos, inscribe algunas
marcas, deja algunas huellas, algunos efectos. Si escuchamos en francés, donde la
experiencia es “ce que nous arrive”, el sujeto de experiencia es un punto de llegada,
como un lugar al que le llegan cosas, como un lugar que recibe lo que le llega y que,
al recibirlo, le da lugar. Y en portugués, en italiano y en inglés, donde la experiencia
suena como “aquilo que nos acontece”, “nos succede” o “happen to us”, el sujeto de
experiencia es más bien un espacio donde tienen lugar los acontecimientos, los
sucesos.
En cualquier caso, sea como territorio de paso, como lugar de llegada o como
espacio del acontecer, el sujeto de la experiencia se define no tanto por su actividad
como por su pasividad, por su receptividad, por su disponibilidad, por su apertura.
Pero se trata de una pasividad anterior a la oposición entre lo activo y lo pasivo, de
una pasividad hecha de pasión, de padecimiento, de paciencia, de atención, como
una receptividad primera, como una disponibilidad fundamental, como una apertura
esencial.
El sujeto de experiencia es un sujeto ex-puesto. Desde el punto de vista de la
experiencia, lo importante no es ni la posición (nuestra manera de ponernos), ni la oposición
(nuestra manera de oponernos), ni la im-posición (nuestra manera de
imponernos), ni la pro-posición (nuestra manera de proponernos), sino la exposición,
nuestra manera de ex-ponernos, con todo lo que eso tiene de
vulnerabilidad y de riesgo. Por eso es incapaz de experiencia el que se pone, o se
opone, o se impone, o se propone, pero no se ex-pone. Es incapaz de experiencia
aquél a quien nada le pasa, a quien nada le acontece, a quien nada le sucede, a
quien nada le llega, a quien nada le afecta, a quien nada le amenaza, a quien nada
le hiere.
Vamos ahora con lo que nos enseña la misma palabra experiencia. La palabra
experiencia viene del latín experiri, probar. La experiencia es en primer término un
encuentro o una relación con algo que se experimenta, que se prueba. El radical es
periri, que se encuentra también en periculum, peligro. La raíz indo-europea es per,
con la cual se relaciona primero la idea de travesía y, secundariamente, la idea de
prueba. En griego hay numerosos derivados de esa raíz que marcan la travesía, el
recorrido, el pasaje: peirô, atravesar; pera, más allá; peraô, pasar a través; perainô,
ir hasta el final; peras, límite. Y en nuestras lenguas todavía hay una hermosa
palabra que tiene ese per griego de la travesía: la palabra peiratês, pirata. El sujeto
de la experiencia tiene algo de ese ser fascinante que se expone atravesando un
espacio indeterminado y peligroso, poniéndose en él a prueba y buscando en él su
oportunidad, su ocasión. La palabra experiencia tiene el ex del exterior, del
extranjero, del exilio, de lo extraño, y también el ex de la existencia. La experiencia
es el pasaje de la existencia, el pasaje de un ser que no tiene esencia o razón o
fundamento, sino que simplemente ex-iste de una forma siempre singular, finita,
inmanente, contingente. En alemán experiencia es Erfahrung, que tiene el fahren de
viajar. Y del antiguo altoalemán fara también deriva Gefahr, peligro y gefährden,
poner en peligro. Tanto en las lenguas germánicas como en las latinas, la palabra
experiencia contiene inseparablemente la dimensión de travesía y de peligro.

Experiencia y pasión.
Si la experiencia es lo que nos pasa, y si el sujeto de experiencia es un territorio de
paso, entonces la experiencia es una pasión. La experiencia no puede captarse
desde una lógica de la acción, desde una reflexión del sujeto sobre sí mismo en
tanto que sujeto agente, desde una teoría de las condiciones de posibilidad de la
acción, sino desde una lógica de la pasión, desde una reflexión del sujeto sobre sí
mismo en tanto que sujeto pasional. Y la palabra “pasión” puede referirse a varias
cosas.
Primero, a un sufrimiento o a un padecimiento. En el padecer no se es activo, pero
tampoco se es simplemente pasivo. El sujeto pasional no es agente, sino paciente,
pero hay en la pasión como un asumir los padecimientos, como un vivir, o
experimentar, o soportar, o aceptar, o hacerse cargo del padecer que no tiene nada
que ver con la mera pasividad. Como si el sujeto pasional hiciese algo con el
hacerse cargo de su pasión. A veces incluso algo público, o político, o social, como
un testimonio público de algo, o una prueba pública de algo, o un martirio público en
nombre de algo, aunque ese “público” se dé en la más estricta soledad, en el más
completo anonimato.
“Pasión” puede referirse también a una cierta heteronomía o a una cierta
responsabilidad en relación con el otro que sin embargo no es incompatible con la
libertad o con la autonomía. Aunque se trata, naturalmente, de otra libertad y de otra
autonomía que la del sujeto independiente que se determina a sí mismo. La pasión
funda más bien una libertad dependiente, determinada, vinculada, obligada incluso,
fundada no en ella misma sino en una aceptación primera de algo que está fuera de
mí, de algo que no soy yo y que por eso justamente es capaz de apasionarme.
Y “pasión” puede referirse, por último, a la experiencia del amor, al amor-pasión
occidental, cortesano, caballeresco, cristiano, pensado como posesión y hecho de
un deseo que permanece deseo y que quiere permanecer deseo, pura tensión
insatisfecha, pura orientación hacia un objeto siempre inalcanzable. En la pasión, el
sujeto apasionado no posee el objeto amado sino que es poseído por él. Por eso el
sujeto pasional no está en sí, en lo propio, en la posesión autártica de sí mismo, en
el autodominio, sino que está fuera de sí, dominado por lo otro, cautivado por lo
ajeno, alienado, enajenado.
En la pasión se da una tensión entre libertad y esclavitud en el sentido de que lo que
quiere el sujeto pasional es, precisamente, estar cautivado, vivir su cautiverio, su
dependencia de aquello que le apasiona. Se da también una tensión entre placer y
dolor, entre felicidad y sufrimiento, en el sentido de que el sujeto pasional encuentra
su felicidad o, al menos el cumplimiento de su destino, en el padecimiento que su
pasión le proporciona. Lo que el sujeto pasional ama es precisamente su propia
pasión. Es más, el sujeto pasional no es otra cosa y no quiere ser otra cosa que
pasión. De ahí, quizá, la tensión que la pasión extrema soporta entre vida y muerte.
La pasión tiene una relación intrínseca con la muerte, se desarrolla en el horizonte
de la muerte, pero de una muerte que es querida y deseada como verdadera vida,
como lo único que vale la pena vivir y, a veces, como condición de posibilidad de
todo renacimiento.