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Detenerse

 

No te detengas alma sobre el borde De esta armonía
que ya no es sólo de aguas, de islas y de orillas.
¿De qué música?

¿Temes alma que sólo la mirada
haga temblar los hilos tan delgados
que la sostienen sobre el tiempo
ahora, en este minuto, en que la luz
de la prima tarde
ha olvidado sus alas
en el amor del momento
o en el amor de sus propias dormidas criaturas:
las aguas, las orillas, las islas, las barrancas de humo lueñe?
¿O es que temes, alma, su silencio,
o acaso tu silencio?
Serénate, alma mía, y entra como la luz
olvidada, hasta cuándo?
en este canto tenue, tenuísimo, perfecto.

La tormenta

Giorgione se inspiraba en la tormenta
para exaltar la calma pensativa.
La atención hace igual: no se lamenta,

se vuelca en la mirada detenida,
como una fuente. Arriba,
el rayo, abajo el esplendor

de la tarde dorada, suspendida
como una flor.
La mujer amamanta, el caminante

respira resplandor.
Todo vibra sereno y delicado
sin límites precisos. Una ruina

es un único ahora del color,
como el árbol, el puente o la cortina
de nubes. La atención

es su fuente:
el mundo es diferente,
ahora o nunca.
Hugo Padeletti, en Guirnaldas para un luto

Usar la propia mano como almohada.
El cielo lo hace con sus nubes,
la tierra con sus terrones
y el árbol que cae
con su propio follaje.
Sólo así puede escucharse
la canción sin distancia,
la canción que no entra en el oído
porque está en el oído,
la única canción que no se repite.
Todo hombre necesita
una canción intraducible.