archivo

Jardín

Jardín protegido

 
Ya tuve suficiente.
Respiro con dificultad.
Todo camino termina, toda calle,
todo sendero conduce al final
a la cima de la colina –
así que aminorá el paso,
o encontrate con la misma pendiente del otro lado,
y lanzate.
Ya tuve suficiente –
claveles, clavelinas, siemprevivas,
hierbas, berros.
Oh por el latigazo de una rama–
en este lugar
no hay olor a resina
ni sabor a corteza, a pasto común,
aromático, astringente –
sólo hay canteros y canteros de claveles perfumados.
¿Acaso han visto bajo techo frutos
que busquen la luz?–
¿las peras envueltas en trapos
protegidas de la escarcha,
los melones, casi maduros,
asfixiados en paja?
¿Y por qué no dejar que las peras se aferren
a la rama vacía?
Tanta persuasión sólo dará
una fruta más amarga –
Déjenlas aferrarse, madurar por sí mismas,
demostrar su valor,
mordidas y marchitas por la escarcha
para caer, al final, hermosas
con su abrigo rojizo.
O al melón –
Déjenlo desteñir su amarillo
bajo la luz invernal,
aunque sepa ácido –
es mejor el sabor de la escarcha –
la escarcha exquisita –
que el de la paja de embalar.
Por esta belleza,
belleza sin fuerza,
la vida se ahoga.
Yo quiero que el viento rompa
y disperse estos tallos rosados,
que arranque su cabezas fragantes y
las arroje sobre las hojas secas –
que esparza las ramitas en los caminos,
los gajos rotos.
que arrastre las ramas grandes de los pinos
y las lance desde un bosque lejano
justo encima del huerto de melones,
que rompa las peras y los membrillos–
que deje los árboles por la mitad, destrozados, retorcidos
mostrando que la lucha fue valiente.
Oh que borre este jardín
para olvidar, para encontrar una belleza nueva
en un lugar atroz
atormentado por el viento.

Anuncios

El baño

Hay una ducha al fondo
de la casa
y cada tardecita
después del calor, el río
los mates, las conversaciones
sudorosas en el porche
es la hora del baño
Atravieso los ligustros
dejo la toalla en una rama
el jabón
sobre un tronquito
hachado al ras; un mínimo
preparativo antes de hacer
correr
el agua
Fría al comienzo
después más tibia
llega la que el sol
abrasó en el tanque
de fibrocemento
el día entero
Al aire libre
la caña de ámbar
vuelve encantamiento,
el rito diario;
me lavo la cabeza
me bajo los breteles,
la malla y vigilo, casi
con inconsciente cuidado
que los sonidos sean
los habituales:
algún zorzal
que levanta vuelo
una gallineta que picotea
las últimas migas
en el pasto, esa quietud
atardeciendo
las casas vecinas
y la variedad inabarcable
de hojas y ramas en el monte
extasiadas rozándose
Me enjabono
la espalda, los hombros
arden y otra vez el agua
reciben plácidos,
más sensible
el borde sin solear
del cuerpo siempre enmallado;
los pelitos de la vulva emblanquecen
con la sedosa jabonada
y los pezones se agrandan
bajo las marcas
geométricas del escote
Abro por completo la ducha
y el caudal
cae a brochazos
casi helada me apura
fuera del letargo
de la respiración;
hasta que cierro y vuelvo
al calor de las telas
al sigilo en la toalla
mientras el agua
por la zanjita
perfumada corre
como un suspiro aliviado
como un instante amoroso
y su exigente vigilia
No sabe nadie
nadie presencia
mi tarde detrás
del arroyo;
piedrita que alguien regala
y al aceptarla toma
la forma de tu mano;
no tiene valor
no se cotiza
ni siquiera se pone
en una vitrina
de objetos exóticos;
se vive con poco
con nada
se hace un reino

Las ninfas o las sorpresas de un amanecer de verano

No hay Pólipo ni Camaleón que pueda cambiar de color tan a menudo como el agua.
Jean-Albert Fabricius, Théologie de l´Eau, trad. 1741
I
Las ninfas son las flores del verano. Marcan el verano que nunca más engañará. Cuando la flor aparece en el estanque, los jardineros prudentes sacan los naranjos del invernadero. Y si el nenúfar se queda sin flor desde septiembre, es señal de un crudo y largo invierno. Hay que levantarse temprano y trabajar deprisa para hacer, como Claude Monet, buen acopio de belleza acuática, para contar la breve y ardiente historia de las flores fluviales.
He aquí pues a Claude en camino desde temprano. ¿Sueña al caminar hacia el rincón de las ninfeas que Mallarmé, el gran Stéphane, ha tomado al nenúfar blanco como símbolo de alguna Leda amorosamente perseguida? ¿Repite para sus adentros la página en que el poeta considera a la bella flor “como un noble huevo de cisne… que no se hincha de nada que no sea el vacío exquisito de sí…?” En efecto, entregado ya a la alegría de quien va a florear su lienzo, el pintor se pregunta, bromeando con “el modelo”, en los campos como en su estudio

Quel oeuf le nénuphar a-t-il pondu la nuit?

Por anticipado sonríe de la sorpresa que le espera. Aprieta el paso.

Déjà la blanche fleur est sur son coqueteir.

Y todo el estanque huele a flor fresca, a flor joven, a flor rejuvenecida por la noche.
Cuando caen las sombras -Monet lo ha visto una y mil veces- la joven flor se va a pasar la noche bajo el agua. ¿Acaso no se cuenta que la atrae su pedúnculo, retrayéndose hasta el fondo tenebroso del limo? Así, cada aurora, tras el sueño reparador de una noche de verano, la flor de la ninfea, sensitiva inmensa de las aguas, renace con la luz, flor así siempre joven, hija inmaculada del agua y del sol.
Tanta juventud recobrada, una sumisión tan fiel al ritmo del día y de la noche, una puntualidad tal para contar el instante de aurora es lo que hace de la ninfea la flor misma del impresionismo. La ninfea es un instante del mundo. Es una mañana de los ojos. Es la flor sorprendente de un amanecer de verano.
Sin duda llega el día en que la flor es demasiado fuerte, en que está demasiado abierta y demasiado consciente de su belleza para ir a ocultarse cuando cae la noche. Es bella como un seno. Su blancura ha tomado una brizna de rosa, un tono de rosa-tentación-ligerosin el cual el color blanco no podría tener conciencia de su blancura. ¿No llamaban antaño a esa flor “la rueca de Venus” (Clavus Veneris)? ¿No fue en la vida mitológica que precede a la vida de todas las cosas, Heraclión, aquella robusta ninfa muerta de celos por haber amado demasiado a Heracles?
Pero Claude Monet sonríe de esa flor de pronto permanente. Fue a ella misma a la que ayer el pincel del pintor le dio la eternidad. Monet puede así continuar la historia de la juventud del agua.
II
Sí, todo es nuevo en un agua matutina. ¡Qué vitalidad no tendrá ese río-camaleón para responder al punto al caleidoscopio de la luz joven! La sola vida del agua temblorosa renueva todas las flores. El más leve movimiento de un agua íntima es el principio de una belleza floral.
El agua que se mueve tiene en el agua latidos de flor, dice el poeta. Una flor de más complica a todo el río. Un junco más recto da ondas más hermosas. Y de ese joven iris de agua que traspasa el verde caos nenufaresco, debe el poeta contar al punto la victoria sorprendente. Helo aquí entonces, con todos los sables fuera, con todas las hojas afiladas, dejando pender desde muy alto, con ironía hiriente, su lengua sulfurosa por encima de las aguas.
Si se atreviera , algún filósofo que soñase ante un cuadro acuático de Monet desarrollaría dialécticas del iris y de la ninfea, la dialéctica de la hoja recta y de la hoja posada tranquila, mansa y pesadamente sobre el agua. ¿No es la dialéctica misma de la planta acuática? Una quiere surgir animada de quién sabe qué rebeldía contra el elemento natal, la otra es fiel a su elemento. La ninfea ha entendido la lección de calma que da el agua dormida. En su delicadeza extrema, con ese sueño dialéctico tal vez se sentiría la suave verticalidad que se manifiesta en la vida de las aguas dormidas.
Pero el pintor lo siente todo por instinto y sabe encontrar en los reflejos un principio seguro que compone en altura el tranquilo universo del agua.
III
Así es como los árboles de la ribera viven en dos dimensiones. La sombra de su tronco ahonda la profundidad del estanque. Cerca del agua no se sueña sin fromular una dialéctica del reflejo y de la profundidad. Parecería que, desde el fondo de las aguas, quién sabe qué materia viniese a nutrir el reflejo. El limo es un alinde de espejo que trabaja. Une una tiniebla de materia a todas las sombras que se le ofrecen. Para el pintor, también el fondo del río guarda sorpresas sutiles.
A veces, desde el fondo del abismo sube una burbuja singular: en el silencio de la suerficie la burbuja balbucea, suspira la planta, el estanque gime. Y el soñador que pinta se ve solicitado por una piedad ante el infortunio cósmico. ¿Yace algún mal profundo bajoese Edén de flores? ¿Habremos de recordar, con Jules Laforgue, el mal de las Ofelias floridas?

Et des nymphéas blancs des lacs où dort Gomorrhe.

Sí, el agua más sonriente, la más florida, en la mañana más clara, esconde una gravedad.
Pero dejemos pasar esa nube de filosofía. Volvamos, con nuestro pintor, a la dinámica de la belleza.
IV
El mundo quiere ser visto: antes de que hubiera ojos para ver, el ojo del agua, el gran ojo de las aguas mansas miraba abrirse las flores. Y fue en ese reflejo -¡quién diría lo contrario!- donde el mundo cobró primero conciencia de su belleza. Así también, desde que Claude Monet miró las ninfeas, las ninfeas de Ile-de-France son más hermosas y más grandes. Flotan en nuestros ríos con más hojas, más tranquilamente, dóciles como imágenes de Lotos-niños. No sé donde leí que en los jardines de Oriente, para que las flores fueran más bellas, para que florecieran más aprisa, más equilibradamente y con una clara confianza en su belleza, se tenía el cuidado y el amor suficientes para poner ante un tallo vigoroso que llevara la promesa de una flor joven dos lámparas y un espejo. Entonces la flor puede mirarse de noche. Así tiene el placer sin fin de su esplendor.
Claude Monet habría comprendido esa inmensa caridad de lo bello, ese aliento dado por el hombre a todo lo que tiende a lo bello, él que toda su vida supo aumentar la belleza de todo lo que caía ante sus ojos. Cuando fue rico -¡tan tardíamente!- tuvo en Giverny jardineros de agua para lavar de toda mácula las grandes hojas de los nenúfares en flor, para animar las corrientes precisas que estimulan las raíces, para doblar un poco más la rama del sauce llorón que perturba al viento el espejo del agua.
En pocas palabras, en todos los actos de su vida, en todos los esfuerzos de su arte, Claude Monet fue un servidor y un guía de las fuerzas de lo bello que mueven al mundo.

Jardín de Claude Monet, Giverny. Henri Cartier-Bresson
El derecho de soñar

Muy pocas cosas me hacen reír en soledad: la risa debe ser en mí un rito social porque estando sólo me sale poco. Pero de entre esas escasas hay tres que no me fallan: ciertos videítos de Violencia Rivas, el descubrimiento de algunas metáforas suculentas mientras escribo y la aparición de su primera flor en alguna planta de mi jardín. Una alegría radiante. Y me río. Yo soy medio agnostico pero mi mujer que es de fe suele hablarme del concepto de “la gracia”, la manifestación de lo sagrado. El humor, la poesía y las plantas deben ser el módico altarcito que venero.
Para ser feliz un rato, emborracharse. Para ser feliz una semana, hacer un viaje. Para ser feliz un año, casarse. Para serlo toda la vida, cuidar un jardín. Así dicen los chinos, tan proverbiales siempre los tipos.
Grandes los chinos. Una verdad grande como un ombú: de nada, pero de nada, disfruto tanto hoy día como de la actividad jardinera. Y nada le va mejor, estoy convencido, al trabajo del escritor. Le siguen cerquita los gatos, pero quedan segundos ahí: jardín y escritura son el par maestro. Y analógico: crear una pequeña utopía y habitarla. Recorrerla a diario metiendo mano aquí y allá. Sembrar. Componer. Podar. Sacar hojarasca. No hay nada de lo que hago con las manos en tierra que no encuentre su semejante con las manos en tinta. Y encima se alternan en secuencia deliciosa. Dejar el papel para ir a la tierra y volver al papel.
Creo mucho en la mano verde. No es un invento de las viejas ni una cursilería de utilísima. Es el contacto profundo y paciente con lo lento y lo silencioso. Nada de quieto ni mudo: eso es ingenuo, se mueven y hablan solo que hay que saber escuchar y tener paciencia. Saber escuchar a lo que murmura y esperar el crecimiento de una imagen: de nada sabemos mejor los dramaturgos. A lo que llamamos allá mano verde le decimos acá buena pluma: gemelos separados al nacer.
Retoco la proverbialidad oriental: Para ser feliz toda la vida, cuidar un jardín mientras escribo.

Mauricio Kartún (Publicado en facebook)

Nota: estos textos vienen de Por favor planta este libro, editado por Barba de abejas. Cada poema está en un sobre que tiene adentro semillas de lo que nombra. La edición es una joya, al cuidado del propio traductor, Eric Schierloh

 

Margarita

Ruego para que dentro de treinta y dos años
estas flores y vegetales
rieguen el Siglo Veintiuno
con sus voces diciendo que
ellos una vez fueron un libro que se volvió
vida gracias a manos llenas de amor.

 

 

Lechuga

La única esperanza que nos queda son nuestros
niños y las semillas que les damos
y los jardines que plantemos juntos

 

 

Caléndula

Mis amigos se preocupan y me
lo dicen. Hablan del fin
del mundo, de las tinieblas y del desastre.
Yo siempre los escucho tranquilo, y después
les digo: No, no va a terminar. Esto
es sólo un comienzo, como este libro
que es sólo un comienzo.

 
Calabaza

Es el tiempo justo para mezclar sentencias
sentencias con la tierra y el sol
con la puntuación y la lluvia y
los verbos, y para los gusanos de atravesar
las incógnitas marcadas y para
las estrellas de brillar bajo incipientes
nombre, y para el rocío de formar
párrafos.

 

 

Richardo Brautigan, en Por favor plante este libro, editorial Barba de Abejas (traducción de Eric Schierloh)