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Azar

LA CREATIVIDAD

Viene de antes que vos y sorpresivamente
a veces te habla.
Mientras tanto el artista hace
garabatos y cree
gobernar la manija creativa.

A veces se te asienta
el pájaro famoso de la inspiración
y otras un sapo intuitivo
salta en tu pecho y caza hermosa mariposa.

Creíste ser el creador de eso
cuando era el otro,
el que está escondido siglos y siglos atrás
y te habló porque estabas propicio a escucharlo.

Pero vos creíste ser el fabricante de crear
cuando más bien agradecé
porque te arrojaron desde lejos, si acaso,
un pedazo de verdá.

Porque antes de eso
cuántas veces creíste que sí,
que eras vos el creador y al intentar
hacer arte sólo hiciste
palos de ciego, merdosidá.

Luego si nadie es creador ¿qué pasa? Nada,
porque todo es garabatear mientras se espera
que desde lejos, de alivio,
se te asiente un pájaro hermoso
o el sapo intuitivo te entregue una mariposa.

Jorge Leónidas Escudero

El bosque persuasivo

Por Juan Sasturain

Siempre ha resultado tan enigmático como estimulante para los lectores de Dashiell Hammett –y en particular para los admiradores de El halcón maltés, su obra maestra de 1930–, lo que se suele identificar como “la historia de Flitcraft”. Se trata de un relato en apariencia independiente de la trama principal, incluido como al descuido en medio del capítulo VII. En una pausa de la acción, Sam Spade le cuenta a su cliente Brigid O’Shaughnessy, sin otro motivo aparente que llenar un tiempo muerto de espera, la historia de un individuo, Mr. Flitcraft, cuyo caso de desaparición sin dejar rastros él mismo investigó, años atrás, hacia 1922, cuando trabajaba en Seattle en una de las grandes agencias de detectives. La anécdota es muy conocida: el rutinario Flitcraft, agente de bienes raíces en Tacoma, padre de familia ejemplar, sin problemas de dinero, de salud ni de ningún tipo, integrado socialmente, feliz en su matrimonio y con una vida sin enemigos ni infidelidades ni trampas ni vicios, sale a almorzar un mediodía cualquiera y no vuelve más.

La Agencia lo busca infructuosamente y después de unos meses, se cierra el caso. Tres años después alguien le avisa a la mujer de Flitcraft que han visto a su marido en Spokane, no muy lejos de la ciudad de la que desapareció. Discretamente, Spade lo va a buscar y lo encuentra. Se ha cambiado el apellido por Pierce, está casado, tiene una hija pequeña y un trabajo estable. No se muestra arrepentido de lo que hizo y le cuenta lo que le pasó, para que Spade pueda entenderlo. Y explica que aquel mediodía, camino del restaurante y con la mente en blanco, pasaba como todos los días frente a un edificio en construcción cuando una viga de hierro cayó desde lo alto y se estrelló literalmente a sus pies. No le hizo absolutamente nada. Sólo una pequeña esquirla desprendida de la vereda se le clavó en la mejilla, le dejó una marquita que aún conserva. Quedó aterrado y sorprendido. Fue una verdadera revelación: “Como si de pronto alguien levantara la tapa del mecanismo de la vida y me permitiese verla por dentro”, le dijo Pierce a Spade. El, un hombre ordenado y previsor, había estado equivocado al obrar así; había ido siempre en contra de la verdadera naturaleza de la vida que es ser regida por al absoluto azar. Nada se puede ni debe controlar pues cualquier cosa puede pasar en cualquier momento. Así que dejó todo sin culpa –amaba a su familia, los dejaba sin apremios– y empezó a vivir al acaso, sin planes de vida. Abandonó todo, se fue a Seattle, tomó un barco a San Francisco y después deambuló por años haciendo una u otra cosa hasta que de nuevo se asentó en Spokane y ahí estaba.

Spade le cuenta a Brigid que todo se solucionó sin problemas porque la mujer no hizo escándalo alguno, pero que a él algo le resultó extraordinariamente curioso: la vida que llevaba Pierce no era demasiado diferente de la que había llevado Flitcraft en su momento. “Esta es la parte del asunto que siempre me gustó más”, dice el detective. “Se adaptó al hecho de que las vigas caían y, cuando dejaron de caer, se adaptó al hecho de que ya no cayeran.” Y eso es todo. La novela sigue y no se vuelve a hablar de la cosa.

Aunque el parco Hammett jamás se refirió al tema, toda la historia tiene una vaga resonancia de apólogo ejemplar, más precisamente de cuento oriental. Sobre todo por la imagen puesta en boca de Spade por Hammett –“Desapareció como desaparece un puño al abrirse la mano”– que si no tiene raíces zen, las merecería. Por ahí cabía entonces buscar la fuente posible de la sugestiva parábola que ha sido motivo de tantas inteligentes exégesis, como la del brillante Steven Marcus, entre otros hammettianos perspicaces.

Por eso, el oportuno descubrimiento del antiguo relato tradicional chino El bosque persuasivo, que transcribimos a continuación, echa una luz tan clara como diferente (en este caso, irónica) sobre la cuestión. Es muy posible que Hammett tuviera acceso a la antología que lo contiene en su versión inglesa de 1927, cuando hacía reseñas para The Saturday Review of Literature, recientemente compiladas. Lo notable e interesante para nosotros es que le versión hallada en castellano que transcribimos pertenece a parte del material desechado (por su extensión) en la primera edición de los Cuentos breves y extraordinarios, reunida por Borges y Bioy en 1953. Este es el texto completo:

El bosque persuasivo

Cuentan los que suponen que existen historias que valen el empeño de ser recordadas, que en tiempos de la dinastía amarilla, en la región del Tnin-lai, donde no son frecuentes la lepra ni la usura, vivía en la aldea de Wu el honorable Tu-Shui con su mujer Fai-Li y sus tres hijos. Tu-Shui era un funcionario de carrera que había accedido a la primera categoría en la Administración, tras heredar el cargo de Almacenero Mayor del Señor del Bosque de su padre, el benemérito Sun-Shui, de larga vida en el Tao, y lo había sabido conservar por méritos propios.

Dentro de lo que las menguadas facultades del entendimiento humano permiten afirmarlo, se decía que Tu-Shui era un hombre feliz, o que al menos llevaba una vida en la que el orden y la armonía, el reposado criterio y la sabia administración del tiempo y la energía le permitían una existencia sin sobresaltos ni ansiedades. Cierta vocación para la rutina y el control de los intempestivos estallidos del genio, más el cultivo de una saludable tendencia a preguntarse –sin excesivo énfasis– por el sentido de todo lo que le sucedía, habían hecho a Tu-Shui un modelo de armonía y bien estar en su casa con su familia, su trabajo y su comunidad, que lo tenía por un hombre equilibrado y predecible.

Hasta que un día, Tu-Shui salió de Wu a la hora acostumbrada para su trabajo de siempre en el centro de la vecina ciudad, y nunca llegó. Fai-Li lo esperó infructuosamente para comer al mediodía. Mandó entonces a su hijo mayor a la ciudad pero éste regresó diciendo que ese día Tu-Shui no había ido a trabajar, y que en la Administración habían supuesto que el niño iba, aunque tardíamente, a explicar las razones de la inusual ausencia de su padre. Preocupados, todos salieron a buscarlo por la ciudad. Los hijos de Tu-Shui, por su parte, rastrearon el camino desde la salida de la aldea al bosque que habitualmente cruzaba y el resto del camino para llegar al trabajo. Sin resultado. Entonces recurrieron al venerable anciano Lao-Tzu, comisario y consejero de la aldea, amigo personal de Tu-Shui, que luego de minuciosas averiguaciones confirmó lo que todos decían: nadie lo había vuelto a ver desde el momento en que salió de su casa. Nunca lo hallaron, ni vivo ni muerto. Tu-Shui se había esfumado –en la expresión del sabio Lao-Tzu– como desaparece un puño al abrirse la mano.

Tres años después, un mercader que recorría la región le dijo con discreta excitación al serenísimo Lao-Tzu que creía haber visto a alguien muy parecido a Tu-Shui en una aldea a apenas dos días de distancia hacia el Este. El prudente Lao-Tzu, escéptico respecto de la intención y la veracidad de mercaderes y viajeros en general, consideró que sin embargo no podía desechar la posibilidad, por remota que fuere, y sin permitirse la esperanza ni crear expectativas en la familia de su amigo, que ya había encontrado laboriosa serenidad y resignación ante la ausencia, partió a la aldea de Wei dispuesto a refutar la improbable novedad.

Pero para su sorpresa y alegría, Lao-Tzu halló a su amigo en Wei. Aunque había cambiado de nombre, y ahora se llamaba Wai-Nan, era el mismo Tu-Shui que no mostró ni embarazo ni culpa alguna al reencontrar a su amigo. “Puedo explicarte lo que sucedió, Lao-Tzu, y sé que tú comprenderás”, le dijo. Y pasó a contarle, mientras caminaban por las afueras de la aldea en un atardecer tormentoso, lo que le había sucedido aquel día puntual de su desaparición.

Hacía Tu-Shui el recorrido habitual atravesando el denso bosque de Chi, el de los grandes árboles, por el estrecho sendero en que la sombra es hábito y costumbre, cuando al pasar cerca del lugar donde los leñadores realizan cantando su tarea se detuvo por un momento para hacerse a un lado y dejar pasar a un par de perros que se perseguían ladrando a más no poder. Fue precisamente en ese instante que un enorme tronco se derrumbó como literalmente caído del cielo con recrujir de ramas rotas y quedó atravesado en el sendero a centímetros apenas de sus pies, en medio de una nube de tierra amarilla. Cuando el polvo se disipó, Tu-Shui, temblando y con la respiración aún entrecortada más por la sorpresa que por el miedo, pudo comprobar que estaba milagrosamente ileso. Apenas tenía un rasguño en la mejilla, provocado por una ramita que lo rozara al caer.

Miró a su alrededor: nadie se había percatado de lo acontecido. Los leñadores, derribado el árbol, seguían su trabajo como si nada, los pájaros cantaban, los perros se perseguían ladrando, ahora más lejos. Y Tu-Shui, junto con el miedo que lo sobrecogió, tuvo de pronto la sensación de que algo le había sido revelado, la evidencia de que si él hubiese dado apenas un paso más, todo seguiría igual, nada habría cambiado excepto que él estaría muerto. Eso era todo lo que sabía. Y era suficiente.

“Fue una verdadera revelación, Lao-Tzu”, le explicó a su amigo mientras se alejaban de la aldea de Wei y entraban en el bosque bajo un cielo amenazante: “Tú, que eres sabio y tienes la mente abierta puedes entender de qué se trata: más allá de la preocupación y el cuidado por controlar nuestros actos y conductas, de construir un orden armónico, la única ley sin ley que rige nuestras vidas es el distraído azar. Y de nada sirve ni es sabio, ni siquiera prudente, ir en contra de eso. Lo vi con la claridad que se pueden ver las carpas en el agua cristalina del estanque en un día luminoso. Y así fue que en ese mismo momento decidí adecuar mis actos a esa imprevisibilidad que está en el entramado de nuestras desorientadas vidas y, cambiando el rumbo, salí conscientemente del sendero y me introduje en el bosque y caminé al azar y sin pensar durante horas. Y así dejé todo –sin pesar, debes creerme, amigo mío– a mis espaldas: familia, trabajo, rutinas. E incluso cambié de nombre, no para escaparme de los míos –que dejé en bienestar y armonía– sino para no entorpecer las posibilidades de mi libertad. Así viví desde entonces. He recorrido toda la provincia y llegado en algún caso a los confines del imperio sin arraigarme más allá de lo necesario para sobrevivir. Si las contingencias de la deriva me han traído ahora hasta tan cerca de mi punto de partida no debes pensarlo como un intento de regreso sino como una evidencia de que todos los caminos son intercambiables, todos los bosques son otros y el mismo cada vez y…”.

“Precisamente el bosque puede darnos abrigo”, lo interrumpió Lao-Tzu inquieto y apresurando el paso, pues ya se había desatado la tormenta ante la indiferencia beatífica del elocuente Tu-Shui, retrasado, ensimismado en la explicación de su experiencia. Pese a que entre el rumor de la lluvia en las tupidas hojas y los sonoros truenos se había perdido parte del relato de su recuperado amigo, el prudente Lao-Tzu creía haber entendido lo esencial. Por eso, cuando el estruendo de un rayo partió el cielo en dos y reventó a sus espaldas fulminando en el acto a Tu-Shui y al árbol bajo el cual había buscado tardío y equívoco cobijo, primero se sorprendió, pero de inmediato no dudó un instante respecto de qué debía hacer: Lao-Tzu se prometió no pisar nunca más un bosque.

Larga vida en el Tao al hombre que sabe escuchar y aprende de sus amigos.

Fuan-Chu (comp.), Trivialidades ejemplares, siglo XVII.

Lo dicho: este texto, fuente innegable de la historia de Mr. Flitcraft, nunca hasta ahora se había publicado en castellano. Cabe admitir la posibilidad de que se trate –como en el caso de varios textos recogido en la luminosa antología de Borges y Bioy– de un apócrifo más, fruto del espíritu libre y jodón de los impunes compiladores.

Un detalle que no le quita sino que le agrega cierto encanto particular.

Juan Sasturain

Página12, Contratapa|Lunes, 29 de junio de 2015

El cocinero

Podemos tomar la vida como un viaje y, mirando la forma en que la gente imagina que van a ser las cosas, descubrir que de vez en cuando hay intervenciones que cambian ese rumbo. Una vez cambiado, por supuesto, a ese destino se lo supone nuevamente lineal, y sigue su marcha hasta que otra intervención confunde una vez más el patrón. Entonces, mirando hacia atrás, la gente comienza el proceso una vez más, suponiendo que la forma lineal continuará.
La mejor ilustración de lo que ocurre y lo que la gente imagina que va a ocurrir resulta ser una historia, y podemos presentar aquí una que nos permitirá examinar qué es lo que está ocurriendo realmente.
Érase una vez una caravana de ricos y orgullosos mercaderes que partió de Siria para realizar el largo y peligroso viaje rumbo al sur hacia La Meca. Poco después de su salida, un hombre anciano y de aspecto seguro, cabalgando en un asno y acompañado por dos mulas cargadas, pidió unirse al grupo.
Mientras el guía de la caravana discutía con él esta posibilidad, algunos de los mercaderes objetaron la presencia del recién llegado. No tenía aspecto próspero; en vez de camellos tenía mulas y un asno. Además, no parecía suficientemente fuerte para llevar armas, lo cual podía haber sido una razón de su avecinarse ya que el desierto estaba infestado de bandidos.
El hombre, además, confesó que de profesión no era más que un cocinero… un maestro cocinero quizá, pero cocinero a fin de cuentas. Insistió en que, dado que estaba “protegido”, su acompañar a la caravana sólo podía ser beneficiosa. Finalmente, debido a que se estaba perdiendo tiempo, los mercaderes cesaron sus objeciones y se permitió al cocinero que les siguiese.
Cuando la caravana alcanzó una parte del desierto particularmente yerma, fue rodeada por salteadores. Bien organizados, manearon a los camellos y encerraron a los mercaderes en una zareba, un corral de espinos, mientras el jefe de los bandidos se sentaba rodeado por su hombres para planear el reparto del botín.
Llevaban unos minutos ocupados así cuando se dieron cuenta de que alguien había sido pasado por alto. El cocinero se encontraba fuera del corral, ocupado en extender en el suelo un largo trozo de tela blanca que había extraído de sus alforjas. Mientras los ladrones observaban, sacó de su equipaje numerosas empanadas de aspecto delicioso y las colocó sobre la tela.
“¿Qué estás haciendo?” rugió el jefe de los bandidos. “¿No te das cuenta de que eres un prisionero?”
“Prisionero o no, la gente tiene que comer, y yo soy un cocinero”, respondió el hombre y continuó sirviendo la comida.
Los bandidos, atraídos por los alimentos, se congregaron alrededor y apartaron con violencia al hombre de su camino. Se sentaron y engulleron todas las empanadas.
Al cabo de media hora, drogados por algo que contenía la comida, dormían profundamente…
El cocinero abrió la barrera de espinos y liberó a los prisioneros. Los bandidos fueron apresados para ser entregados a las autoridades, y así fue como el salvador menos probable resultó ser el medio para la salvación de la caravana.
Narré esta historia esta noche porque alguien me había mostrado el borrador de un artículo acerca de nosotros, el cual expresaba sorpresa de que una banda tal de personas pudiese estar implicada realmente en algo importante.
Sin embargo, resultó que entre las personas presentes se hallaban algunas que me habían enviado varias preguntas. Entre las preguntas se encontraban:
¿Hay algo más allá de lo que podemos ver en nuestras vidas?
¿Puede afectar a los acontecimientos el contenido invisible de algo?
¿Es un lastre el fracaso en ver la realidad?
En ciertos momentos parece como si nuestro destino fuese imposible de alcanzar. ¿Lo es?
Me pareció que la historia cubría cada una de estas preguntas, además de muchas otras.

 
En El yo dominante.

Quien primero vio una nube de color anadrio
era un joven pastor de diecisiete abriles
que más tarde fue monarca de su reino
y hombre feliz hasta decir ya no,
porque el anadrio es el color de la alegría
y de la buena suerte.

¡Y de la buena suerte!
¡Y de la buena suerte!
¡Y de la buena suerte!

En mil quinientos veinte
un español porquerizo de Castilla
vino a América y cuando se internó en la selva
vio un árbol de color anadrio
ese mismo soldado de fortuna
más tarde comió con Carlos V
y fue virrey;
porque el anadrio es el color de la alegría
y de la buena suerte.

¡Y de la buena suerte!
¡Y de la buena suerte!
¡Y de la buena suerte!

En la época moderna otras personas
han visto objetos de color anadrio
y su suerte ha cambiado en forma radical.

Un pescador vio una sirena cuya cola
era anadria y desde entonces
pescó y pescó y pescó y pescó y ahora
es dueño de una flota ballenera;
porque el anadrio es el color de la alegría
y de la buena suerte.

¡Y de la buena suerte!
¡Y de la buena suerte!
¡Y de la buena suerte!

Vendía periódicos un niño,
rapaz sin desayuno, de pobreza trajeado,
un día en su camino vio una piedra
que era, por supuesto, de color anadrio.
Ese niño actualmente es accionista
de una inmensa cadena de periódicos;
porque el anadrio es el color de la alegría
y de la buena suerte.

Pinte usted
las paredes de su casa
de color anadrio
y le irá bien.

 

Otto-Raúl González (De Diez colores nuevos, Editorial Praxis, 1993)

Una gloriosa mañana de abril del año 1981, caminando por el distrito Harajuku de Tokio, me cruzo con la chica ciento por ciento perfecta para mí. No es especialmente linda, nada en ella llama la atención, su pelo conserva todavía la marca de la almohada. Tampoco es joven (ha de andar por los treinta, o sea que ni siquiera califica del todo como chica, si hablamos con propiedad). Pero aun así, ya a cincuenta metros de distancia, sé que es la chica ciento por ciento perfecta para mí.

Cada uno tiene su tipo favorito de chica: las de tobillos finos, las de ojos grandes, las de manos hermosas. Yo también tengo mis preferencias: a veces me quedo mirando @do a una chica sólo por la forma de su nariz. Pero nadie puede garantizarnos que la chica ciento por ciento perfecta para nosotros responda a nuestros gustos. A pesar de mi confesa debilidad por cierta clase de nariz, no puedo recordar la forma que tenía la de ella. Lo único que recuerdo es que nada llamaba la atención. Sé que es extraño. Me imagino contándoselo a un amigo: “Ayer me crucé por la calle a la chica ciento por ciento perfecta para mí”. “¿Sí? ¿Era muy hermosa?” “No especialmente.” “¿Pero era tu tipo?” “No sé, no puedo recordar ni el color de sus ojos ni el tamaño de sus tetas.” “Qué cosa más rara”, diría mi amigo, ya aburrido. “¿Y qué hiciste? ¿Le hablaste? ¿La seguiste?” “No, sólo me la crucé por la calle.”

Ella viene caminando en dirección al oeste; yo voy hacia el este. Es una mañana gloriosa. Que se volvería doblemente gloriosa si me atreviera a hablarle cuando nos crucemos. Sólo unos minutos para explicarle las complejidades del destino que condujeron nuestros pasos hasta esta calle de Harajuku en esta gloriosa mañana de abril. Sería un monólogo hecho de detalles perfectamente encastrados entre sí, como esos relojes construidos en los tiempos en que la paz reinaba en el mundo. Después de esa conversación en la calle iríamos a almorzar, y después al cine o a un bar a tomar unos tragos, y con un poco de suerte terminaríamos en la cama. Así es como golpea el destino la puerta de nuestro corazón. Pero la distancia entre ella y yo se ha acortado ahora a menos de quince metros. ¿Cómo hacer para abordarla? ¿Qué decir?

“Buen día, preciosa. ¿Puedo robarte unos minutos de tu valiosísimo tiempo?” Ridículo; me consideraría un vendedor de seguros. “¿Podrías decirme dónde hay un lavadero cerca?” Igual de ridículo: no llevo ninguna bolsa de ropa sucia. Quizá lo mejor sería decirle la verdad: “¿Sabes que eres la chica ciento por ciento perfecta para mí?”. No, no me creería. Incluso si me creyera, no le interesaría hablar conmigo: “Lo lamento”, me diría, “puede que yo sea la chica ciento por ciento perfecta para ti, pero tú no eres el chico ciento por ciento perfecto para mí.” Y si ocurriera eso, me derrumbaría, nunca me recobraría del impacto. Ya tengo treinta y dos años, y ésa es la clase de cosas que vienen con la edad.

Cuando por fin nos cruzamos es justo delante de un puesto de flores. Una levísima masa de aire cálido toca mi piel. El asfalto está húmedo, el aroma de las flores también. Ella tiene puesto un suéter blanco y lleva en la mano derecha un sobre igual de inmaculado. Está yendo al correo a despachar esa carta. Que estuvo toda la noche escribiendo, a juzgar por el cansancio de su mirada y el estado de su peinado. Quizás ese sobre contiene todos sus secretos. Unos pasos después de cruzarme con ella me doy vuelta a mirarla, pero ya se ha esfumado entre la multitud. Y, como siempre sucede, recién ahora se me ocurre qué tendría que haberle dicho, aunque sea demasiado largo, y demasiado complicado de decir en la calle, a una desconocida. El monólogo habría empezado con “Había una vez” y terminado con “Qué historia triste, ¿no?”, porque así empiezan y terminan todas las historias.

Había una vez un chico y una chica. El chico tenía dieciocho años y la chica dieciséis. El no era especialmente atractivo y ella no era especialmente linda. Eran un chico y una chica como cualquier otro. Pero los dos creían con todo su corazón que en algún lugar del mundo había alguien ciento por ciento perfecto para ellos. Sí, los dos creían en milagros. Y el milagro ocurrió. Un día los dos se cruzaron por la calle. “Alucinante”, dijo él. “Te estuve buscando toda mi vida. Aunque no me creas, eres la chica ciento por ciento perfecta para mí.” “Y tú eres el chico ciento por ciento perfecto para mí”, dijo ella. “Eres tal como te imaginaba. Es como un sueño.” Se sentaron en el banco de una plaza, tomados de las manos, y se contaron la historia de sus vidas. Hablaron durante horas. Ya no habría soledad para ellos: habían encontrado a la persona ciento por ciento perfecta para el otro. Un milagro, un milagro cósmico. Sin embargo, mientras conversaban, un ínfimo matiz de duda fue asomando en sus corazones: ¿podía ser que los sueños se hicieran realidad tan fácilmente? En un silencio de la conversación, el chico le dijo a la chica: “Probémonos. Por una única vez. Si realmente somos ciento por ciento perfectos para el otro, volveremos a encontrarnos. Y cuando eso ocurra sabremos que somos el uno para el otro, y nos casaremos, ese mismo día. ¿Qué dices?”. Ella asintió: “Es lo que debemos hacer”. Así que se levantaron del banco y se alejaron por el parque, uno hacia el este y la otra hacia el oeste.

Pero el trato que habían convenido era por completo innecesario. De hecho, jamás debieron comprometerse a tal cosa, porque eran realmente el uno para el otro, y sólo un auténtico milagro había permitido que se encontraran. Pero, claro, cómo iban a saber tal cosa dos mocosos como ellos. Las caprichosas mareas del destino procedieron entonces a sacudirlos sin piedad. Un invierno, tanto él como ella pescaron una terrible gripe que atacó la ciudad. Luego de tenerlos más de una semana entre la vida y la muerte, el virus remitió, pero les borró la memoria. Cuando despertaron, ambos carecían de todo recuerdo de su vida previa a la enfermedad. Como eran dos jóvenes voluntariosos y decididos, lograron a través de esfuerzos incansables ir adquiriendo los recursos básicos para interactuar nuevamente en sociedad. Pudieron convertirse en buenos ciudadanos, que se orientaban perfectamente cuando tenían que hacer combinación de líneas en el metro o llamadas telefónicas de cobro revertido. Incluso fueron capaces de enamorarse de nuevo, llegando a veces a estar con la persona setenta y cinco por ciento, hasta ochenta por ciento perfecta para ellos. El tiempo pasó con asombrosa rapidez. Pronto él tuvo treinta y dos años y ella treinta. Y una mañana maravillosa de abril del año 1981, él andaba buscando un bar donde tomarse una taza de café y ella iba al correo a despachar una carta. Ella iba en dirección oeste y él en dirección este por la misma callecita de Harajuku. Cuando se vieron, un leve chispazo iluminó durante el más breve de los instantes los pasillos vacíos de sus memorias. Cada uno sintió un temblor en el pecho y supo:

Es la chica ciento por ciento perfecta para mí.

Es el chico ciento por ciento perfecto para mí.

Pero aquel destello de sus memorias fue demasiado leve y ni el uno ni el otro tuvo la claridad de pensamiento que había tenido catorce años antes. Se cruzaron sin decirse una palabra, frente a un puesto de flores, y cada uno siguió su rumbo, hasta perderse en la multitud, para siempre.

Qué historia triste, ¿no?

Sí, eso es exactamente lo que debería haberle dicho.

 

Traducción: Juan Forn.

En: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-250413-2014-07-10.html

“Mi amor, la alegría de oír abrazados,
en el amanecer todavía oscuro,
a los primeros teros
después del largo
y no muy amistoso invierno.”

No te imaginás, dice mi mujer,
la cara que puso el chico del mercado
cuando descubrió por azar
las palabras escritas al dorso
de la lista de las compras
que le alcancé sobre el exhibidor
de las carnes frescas del día;
y la mía, dice ella, mi cara de no saber
qué decir en medio de la ansiedad
de los clientes, cuando me devolvió
el papelito confesando sin pudor
que le gustaban los poemas de amor.

Qué iba yo a pensar, cuando el barullo
de los teros nos despertó en la mañana
y con el apuro fui a escribir a ciegas
en el primer papelito que encontré
sobre la mesa, que el entusiasmo
de ese acto mínimo y fugaz
por la retirada del invierno
iba a tener tan rápido como canta el gallo
el consuelo involuntario de un lector
enamorado.

 

Juan Carlos Moisés, en Animal teórico