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Lenguaje

Lo que más siento, en punto a detalles de mi vida que se me han olvidado, es no haber hecho un diario de mis viajes. Nunca he pensado tanto, existido y vivido, ni he sido tan yo mismo, si se me permite la frase, como en los viajes que he hecho a pie y solo. El andar tiene para mí algo que me anima y aviva mis ideas; cuando estoy quieto, apenas puedo discurrir: es preciso que mi cuerpo esté en movimiento para que se mueva mi espíritu. La vista del campo, la sucesión de espectáculos agradables, la grandeza del espacio, el buen apetito, la buena salud que se logran caminando, la libertad del mesón, el alejamiento de todo lo que me recuerda la sujeción en que vivo, de todo lo que me recuerda mí situación, desata mi alma, me comunica mayor audacia para pensar, parece que me sumerge en la inmensidad de los seres para que los escoja, los combine y me los apropie a mi gusto sin molestias ni temores. Así dispongo como árbitro de la Naturaleza entera; mi corazón, vagando de un objeto a otro, se asocia, se identifica con los que le halagan, se rodea de encantadoras imágenes, se embriaga de sentimientos deliciosos. Si para darles mayor fijeza me entretengo en describirlos dentro de mi mismo, ¡qué pincel tan vigoroso, qué frescura de colorido, qué energía de expresión logro comunicarles! Dícese que en mis obras se ha encontrado algo de todo esto, a pesar de haber sido escritas en el ocaso de mi vida.
Ah, si se hubiesen visto las de mis primeros años, las que he hecho durante mis viajes, todas las que he compuesto, pero que no he escrito nunca!… ¿Por qué no escribirlas?, se dirá. -¿Y para qué?, replicaré yo; ¿por qué desprenderme del encanto de mis goces para decir a los demás cuánto gozaba? ¿Qué me importaban a mi los lectores, ni el público, ni la tierra, mientras yo me cernía en los espacios? Y además, ¿llevaba acaso papel ni plumas? Si hubiese pensado en ello no se me hubiera ocurrido nada. Yo no preveía que tendría más tarde ideas que revelar al mundo. Se me ocurren cuando ellas quieren, no cuando yo quiero. O no se me ocurren, o vienen en tropel y me anonadan por su fuerza y por su número. No habrían bastado diez volúmenes diarios. ¿Ni cómo tener tiempo para tanto? Cuando llegaba a un punto, no pensaba más que en comer bien; cuando me ponía en marcha, sólo en hacer mi camino. Conocía que un nuevo paraíso me esperaba fuera, y no tenía otro pensamiento que ir en su busca.

En Las confesiones

Con esta boca, en este mundo…

No te pronunciaré jamás, verbo sagrado,
aunque me tiña las encías de color azul,
aunque ponga debajo de mi lengua una pepita de oro,
aunque derrame sobre mi corazón un caldero de estrellas
y pase por mi frente la corriente secreta de los grandes ríos.

Tal vez hayas huido hacia el costado de la noche del alma,
ese al que no es posible llegar desde ninguna lámpara,
y no hay sombra que guíe mi vuelo en el umbral,
ni memoria que venga de otro cielo para encarnar en esta dura nieve
donde sólo se inscribe el roce de la rama y el quejido del viento.

Y ni un solo temblor que haga sobresaltar las mudas piedras.
Hemos hablado demasiado del silencio,
lo hemos condecorado lo mismo que a un vigía en el arco final,
como si en él yaciera el esplendor después de la caída,
el triunfo del vocablo con la lengua cortada.

¡Ah, no se trata de la canción, tampoco del sollozo!
He dicho ya lo amado y lo perdido,
trabé con cada sílaba los bienes y los males que más temí perder.
A lo largo del corredor suena, resuena la tenaz melodía,
retumban, se propagan como el trueno
unas pocas monedas caídas de visiones o arrebatadas a la oscuridad.
Nuestro largo combate fue también un combate a muerte con la muerte, poesía.
Hemos ganado. Hemos perdido, porque ¿cómo nombrar con esta boca,
cómo nombrar en este mundo con esta sola boca en este mundo con esta sola boca?

Esta historia podría llamarse Las estatuas. Otro nombre posible es El asesinato. Y también Cómo matar cucarachas. Haré entonces por lo menos tres historias verdaderas, porque ninguna de ellas desmiente a la otra. Aunque una sola, serían mil y una, si mil y una noches me dieran.

La primera, Cómo matar cucarachas, comienza así: Me quejé de las cucarachas. Una señora oyó mi queja. Me dio la receta de cómo matarlas. Que mezclara, en partes iguales, azúcar, harina y yeso. La harina y el azúcar se atraerían, el yeso achicharraría lo de adentro de ellas. Así hice. Murieron.

La otra historia es la primera en realidad y se llama El asesinato. Comienza así: Me quejé de las cucarachas. Una señora me oyó. Sigue la receta. Y entonces entra el asesinato. La verdad es que me había quejado de las cucarachas sólo en abstracto, que ni mías eran: pertenecían a la planta baja y escalaban los caños del edificio hasta nuestro hogar. Sólo fue en el momento de preparar la mezcla que ellas se volvieron mías también. En nuestro nombre, entonces, comencé a medir y pesar ingredientes en una concentración un poco más intensa. Un vago rencor me había poseído, un sentido de ultraje. De día las cucarachas eran invisibles y nadie creería en el mal secreto que roía una casa tan tranquila. Pero si ellas, como los males secretos, dormían de día, allí estaba yo preparándoles el veneno de la noche. Meticulosa, ardiente, avivaba el elixir de la larga muerte. Un miedo excitado y mi propio mal secreto me guiaban. Ahora yo sólo quería gélidamente una cosa: matar cada cucaracha que existe. Las cucarachas suben por los caños mientras nosotros, cansados, soñamos. Y he aquí que la receta estaba lista, tan blanca. Como era para cucarachas despiertas como yo, esparcí hábilmente el polvo hasta que este parecía formar parte de la naturaleza. Desde mi cama, en el silencio del departamento, las imaginaba subiendo una a una hasta el área de servicio donde dormía la oscuridad, sólo una toalla alerta en el tendedero. Me desperté horas después con sobresalto de atraso. Ya era de madrugada. Atravesé la cocina. En el piso del área de servicio allá estaban ellas, duras, grandes. Durante la noche yo las había matado. En nuestro nombre, amanecía. En el morro un gallo cantó.

La tercera historia que ahora se inicia es la de Las estatuas. Comienza diciendo que yo me había quejado de las cucarachas. Después viene la misma señora. Va yendo hasta el punto en que, de madrugada, me despierto y, todavía somnolienta, atravieso la cocina. Más somnolienta que yo está el área en su perspectiva de ladrillos. Y en la oscuridad de la aurora, un rojizo que distancia todo, distingo a mis pies sombras y blancuras: decenas de estatuas se esparcen rígidas. Las cucarachas que se habían endurecido de adentro hacia afuera. Algunas panza arriba. Otras en medio de un gesto que no se completaría jamás. En la boca de unas un poco de comida blanca. Soy la primera testigo de la alborada en Pompeya. Sé cómo fue esa última noche, sé de la orgía en la oscuridad. En algunas el yeso se habrá endurecido tan lentamente como en un proceso vital, y ellas, con movimientos cada vez más penosos, habrán intensificado ansiosamente las alegrías de la noche, intentando huir de dentro de sí mismas. Hasta que de piedra se volvieron, en espanto de inocencia, y con tal, tal mirada de censura herida. Otras —súbitamente asaltadas por la propia médula, ¡sin ni siquiera haber tenido la intuición de un molde interno que se petrificaba!—, esas de pronto se cristalizan, así como la palabra es cortada de la boca: yo te… Ellas que, usando el nombre del amor en vano, en la noche de verano cantaban. Mientras aquella allí, la de la antena marrón sucia de blanco, habrá adivinado demasiado tarde que se había momificado exactamente por no haber sabido usar las cosas con la gracia gratuita de lo en vano: “¡Es que miré demasiado dentro de mí! es que miré demasiado dentro de…”, de mi fría altura de gente miro el derrocamiento de un mundo. Amanece. Una u otra antena de cucaracha muerta se agita en la brisa. Desde la historia anterior canta el gallo.

La cuarta narración inaugura una nueva era en el hogar. Comienza como se sabe: Me quejé de las cucarachas. Va hasta el momento en que veo los monumentos de yeso. Muertas, sí. Pero miro los caños, por donde esa misma noche irá a renovarse una población lenta y viva, en fila india. ¿Entonces renovaría yo todas las noches el azúcar letal? Como quien ya no duerme sin la avidez de un rito. ¿Y todas las madrugadas me conduciría sonámbula hasta el pabellón? En el vicio de ir al encuentro de las estatuas que mi noche sudada erguía. Me estremecí de perverso placer ante la visión de aquella doble vida de hechicera. Y me estremecí también ante el aviso del yeso que seca: el vicio de vivir que reventaría mi molde interno. Áspero instante de elección entre dos caminos que, pensaba yo, se dicen adiós, y segura de que cualquier elección sería la del sacrificio: yo o mi alma. Elegí. Y hoy ostento secretamente en el corazón una placa de virtud: “Esta casa fue desinfectada”.

La quinta historia se llama Leibnitz y la trascendencia del amor en la Polinesia. Comienza así: Me quejé de las cucarachas.

Clarice Lispector, en Descubrimientos

Renü

Mülefuy kiñe renü, tüye kimeleyew engün chi llum ñi üñfituam che mew kam ñi doy kümengeam küdaw mew… iney kimi chew muley tüfeychi renü. Trürkechi kiñe che azmaeyew wüla pepilan kimniekan chew mülefuy. Feychi

pichikechengefuiñ  pieiñ mew,¡ amukilmün fey püle!

                                                                                   we nütram

perimontu reke akun

tüfey trafn rüpü mew

kiñe rüpü Diadema püle

ka fill mapu püle

meñkufun kutranpiuke

wirarüfuli wezwez zungun pun mew

mongelwey

femngechi lelümwün

pu nemül mew

kiñe nemül

mütrowfi pülli

kiñe wëlngiñ nülawi

guitarra ñi züngun

mangelkonüenew

konün

kimkülen müte

fentrenchengeiñ

kimniefiñ kiñekeche

welu upen ñi pu üi

kiñe pengelwe mew wüluwi

pepilfekekuzaw

ülkantufengen kiñe rockbanda mew

trokiñülkantufengen nengemuwn fitruñkalül mew

zünguln chi cumbia ñi kom purruam

külafan kashni

zewman püllü zonüpülata mew

llochokünun kayulelu cuerda

ülkantun treike ñi llaufen mew

wente pülli koñmalelu

nien mapu kachu mew

mamull ka lewfü mew

ñomümün aukakawel

wirafülu ngeno witrantükuwe

kachutulu mi pu kuw mew

umautun pu namun inal mew

tüfey mew chalintükuwn

montuy tüfachi apill

katrülu rangiñ ñi mollfüñ

küpa ngümafiñ pu nemül

ngütrawfiñ ñi epe charcharüam

ñi küme nümün choyüwun yayü reke

trawüln iñche ñi trüran nelülelu

llapümn tüfachi yafü allfen em

kakülkünuley

rangiñ pu nemül ñi namuntun

kimlan müten

kimllükan

atregkenge

kiñekenüpeyüm nüyfingun neyen

waglüketrewa chefküingun pu lengleng

…..

ayüwiiñ yu ñuke

wirarümu femngechi rume

kimelfingu iñche ñi epu püñeñ

kiñe rupa miawuli

ñuili

petuenew iñche mew

femngechi rume

rangiñ kiñe püllau

nülalefuiñ pu nemül

lien chüngarün mew.

renü

Había unas cuevas de los brujos, allí les enseñaban el secreto para hacer daño a la gente o para ser el mejor en los oficios… Vaya a saber dónde estaban esas cuevas. Igual si alguno la encontraba después no recordaba. De chiquitos nos decían, no va a andar pasando por ahí…

                                                                                                           Testimonio oral reciente

como aparecida llegué

hasta ese cruce:

un camino a Diadema

el otro, al mundo

cargaba un dolor que se aliviaba

con gritarle extravíos a la noche

así fue que me solté en palabras

y en una de esas

se sacudió la tierra

una puerta se abrió

una voz de guitarra

me convidó a pasar

y entré

sin atenuantes.

éramos tantos ahí

algunos conocidos

pero olvidé sus nombres

en un mostrador se ofertaban

los oficios de la fama

vocalista en la banda de rock

ser una del coro y moverse con un cuerpo de humo

tocar la cumbia que haga bailar a todos

clavar la taba

hacer la suerte de billetes arrugados

desafinar la sexta cuerda

cantar a la sombra de los sauces

sobre la tierra regada

tener un territorio con pasto

leña y río

amansar potros

hacerlos galopar sin riendas

que vengan a comer el pasto de tus manos

ponerte a dormir a la orilla de sus cascos

y ahí me entregué

dejé escapar el deseo

que andaba coagulado por mi sangre

quiero llorar palabras

condensarlas a punto de estallar

que sus aromas me broten como en celo

juntar los pedazos de mí

que siguen sueltos

curar esta dura cicatriz

que se atraviesa en el andar

de las palabras

no supe más

aprendí el miedo

los ojos congelados

unas garras aferrándose del aire

y un aullido de perros rebotando por el cráneo

………..

“te amamos

 nuestra mamá”

 que me gritaran así

les enseñé a mis hijas

por si anduviera alguna vez

perdida

así me hallaron

en el medio de un charco

abriendo las palabras

con cuchillos de plata.

Tomado de https://www.agenciapacourondo.com.ar/cultura/poema-que-vuelve-liliana-ancalao

Al cargador de las fechas 

Hermano Mayor de la Escritura, 
Hermano Mayor del Dibujo: 
Con mis rosas vine, 
Con mis flores de azucena vine. 
Con mis claveles, 
con flor de manzanilla. 

Préstame tus diez máscaras 
para alargar mis años 
adentro del corral. 

Está abatida mi alma en la montaña. 
Ya resbaló mi animal para abajo del cerro. 
Ya tienen en la punta del lazo. 
En la punta de la cadena. 
Préstame los diez dedos de tus pies, 
los diez dedos de las manos. 
Éntramelo en el cerro del tigre, 
en la cueva verde de las almas. 

Levántamelo con su mantel olor a rosas, 
con una rosa, levántame. 
Acuéstame a la sombra de un bejuco. 

Hermano Mayor que Da de Comer a las Almas, 
Guardador del Corral, 
Cargador de las Fechas: 
Pónganse a girar en un círculo, en un cuadro. 
No dejen salir al tigre, al jaguar, 
al lobo, al coyote, 
al zorro, al sabén. 
Agárrenlos, que no se suelten. 

Junté huevos de guajolote. 
Traigo piedras de paloma 
para cubrir el pie y la mano 
del que Mira de Lejos a Través de los Sueños

Mantén mi animal por muchos años 
con resina de ocote, 
con savia de palo, 
con agua de rosas, 
con nudo de pino, 
nudo de laurel, 
trece resina de k'os, 
trece esencia de tilil. 

Agranden mis días con el sudor de sus piernas. 
Verde brillan sus manos. 
Verde verde su sangre. 

Me van a cargar. 
Me van abrazar 
a mi tigre, a mi jaguar. 

Ya es todo que les voy a despertar 
en nombre de las flores. 

Que viva mi animal 
todavía muchos años 
en las páginas del Libro, 
en sus letras; sus dibujos, 
y en toda la faz de la Tierra. 


Manwela Kokoroch, Conjuros y ebriedades

ACERCA DE MI PINTURA (1959)

Pinto tal como escribo. Para hallar, para volver a hallarme, para hallar mi propio bien al que poseía sin saberlo. Para obtener la sorpresa y al mismo tiempo el placer de reconocerlo. Para hacer o ver aparecer cierta indefinición, cierta aura, allí donde otros quieren o ven lo lleno.

Para dar cuenta de la impresión de “presencia” en todas partes, para mostrar (y en primer lugar a mí mismo) las marañas, los movimientos desordenados, la animación extrema de los “no sé qué” que se agitan en mis lejanías y buscan instalarse en la orilla.

Para dar cuenta no de los seres, incluso ficticios, ni de sus formas incluso insólitas, sino de sus líneas de fuerza, sus impulsos.

Para ser el papel secante de los innombrables pasajes que en mí (y a buen seguro no soy el único) no paran de afluir.

Para detenerles un instante y más que un instante. Para mostrar también los ritmos de la vida y, si es posible, las vibraciones mismas del espíritu.

—-

Henri Michaux. En Escritos sobre pintura. Edición y traducción de Chantal Maillard. Madrid: Vaso Roto, 2018. pp. 173-174 y 123.

Una comitiva inglesa llega a Marruecos a filmar un documental. Uno de sus integrantes no trabaja en la producción, está allí invitado por un amigo, el ricachón que produce la película, que lo llevó con él para distraerlo de la depresión: el susodicho lleva treinta años escribiendo el mismo libro y viviendo casi sin dinero en el exilio inglés, desde que huyó del nazismo, antes de la guerra. Su nombre es Elias Canetti y faltan todavía casi treinta años para que reciba el Premio Nobel de Literatura.

Canetti llegó con lo puesto a Londres en 1938, como tantos otros intelectuales y artistas de lengua alemana, en su mayoría judíos. Canetti había publicado un único libro, tres años antes en Viena, la novela Auto de fe, que le había valido el respeto instantáneo de gigantes como Robert Musil, Hermann Broch y hasta el mismísimo Thomas Mann (que en un principio se negó a leer el manuscrito porque le parecía muy largo), pero sólo dos personas en Inglaterra habían leído el original alemán y siguieron siendo igual de escasos sus lectores cuando se publicó en inglés en 1946. De tanto en tanto, al notar su pronunciación en alguna reunión, alguien le preguntaba al pasar si conocía a ese tipo Kafka y si valía la pena leerlo. Así padeció Canetti el proverbial provincianismo inglés frente a todo lo europeo, mientras se quemaba las pestañas día tras día en la British Library, tomando notas para un libro que venía escribiendo desde 1925 y que sólo lograría terminar en 1960: su monumental, hipnótico ensayo Masa y poder.

Pero estamos todavía en el año 1954. Canetti lleva meses preguntándose si tiene sentido persistir en aquel esfuerzo sobrehumano cuando acepta la invitación a Marruecos. La potencia del sol lo intimida en sus primeros dos días en Marrakesh, pero al tercer día se aventura en la ciudad (imagínenlo de impenitente traje oscuro y corbata, con su macizo metro cincuenta de estatura y su leonina, febril cabezota, abriéndose camino por las estrechas calles del zoco) y de pronto se frena en seco al desembocar en una plaza donde convergen las más diversas actividades: “Yo estuve aquí alguna vez”, siente. “Estuve hace cuatrocientos años y me había olvidado”. Ha llegado caminando por las suyas hasta la Mellah, el barrio judío de Marrakesh, que se ha despoblado un poco desde la creación del Estado de Israel en 1948, pero sigue siendo el histórico barrio judío de la ciudad.

Es momento de decir que Canetti había nacido en la lejana Ruschuk: “Si digo que Ruschuk queda en Bulgaria no doy una imagen adecuada. Cuando alguien de Ruschuk se embarcaba hacia Viena decía que se iba a Europa”, escribió Canetti en el primer tomo de sus fabulosas memorias. En las calles de Ruschuk había turcos, griegos, albanos, rumanos, armenios, gitanos y judíos, todos llegados de otra parte, y todos hablando en su propio idioma, en el caso de los judíos el ladino, porque eran sefardíes llegados desde España vía África cuatrocientos años antes.

Canetti habló y vivió en ladino hasta que sus padres se lo llevaron“a Europa”, y después de elegir el idioma alemán y la cultura vienesa como patria espiritual relegó su ascendencia judía a las pocas frases que cruzaba en ladino con su esposa Veza cuando no querían que nadie los entendiera. Pero ya en los tiempos de Viena, mucho antes de Londres, era un judío errante, aunque se empecinara en ignorarlo (“Todo lo judío me llena de miedo, porque podría hacer presa de mí: los nombres familiares, el viejo destino, el tipo de preguntas y respuestas que penetran hasta la médula misma de mi espíritu”). Así estaban las cosas aquel mediodía en la Mellah de Marrakesh, cuando de golpe descubrió que lo sefardí era la clave, no sólo de su identidad sino de la manera de darle forma de libro a la miríada de material que llevaba treinta años acumulando.

En aquella plaza de la Mellah, entre mercaderes tuertos que vendían un solo limón reseco o un puñado de piedras, Canetti vio a unos niños recitando aplicadamente el alfabeto hebreo con su joven maestro y una decena de metros más allá a los cuenteros, rodeados de gente en un doble círculo que seguía el relato pendiente de cada palabra. Su admiración ante semejante poder narrativo fue inmediata. “Los sentí como hermanos más viejos y más sabios. Yo hacía o quería hacer algo así, pero en lugar de vivir de la confianza de mi relato lo había hipotecado todo a la pluma y al papel, a la elucubración interior, solitaria, pusilánime. En cambio ellos, desprovistos de libros y de todo conocimiento superfluo, sin ambiciones ni sed de prestigio, ejercían con impune plenitud la magia de nuestro oficio”.

Unos pasos más allá, Canetti se reconcilia con la pluma y el papel cuando ve, acomodados contra la pared de la recova, a los escribientes. No hacen nada por atraer a la gente, están ahí sentados, enjutos, con su pequeño escritorio delante, a cierta distancia unos de otros para tener intimidad cuando un cliente se les sienta enfrente y contrata sus servicios. “Escuchaban con una rara intensidad, ajenos al bullicio de la plaza. Esperaban al final sin escribir una palabra, luego se quedaban con la mirada perdida meditando cómo expresar cabalmente lo que les pedían escribir. Desde mi lugar no oía nada, sólo veía la electricidad de la transmigración de esos susurros en palabra escrita. Y el increíble cambio de los rostros cuando el escribiente leía lo que había escrito”.

Canetti volvió a la Mellah todos los días de su breve estancia en Marrakesh y retornó con otro ánimo a Londres, donde logró por fin encontrarle a Masa y poder la forma literaria que necesitaba. “Nunca he podido leer seriamente a Aristóteles o a Hegel, desconfío de ellos”, había escrito un año antes. “Cuanto más riguroso y consecuente es su pensamiento, más distorsionada es la visión que ofrecen del mundo. Yo quiero escribir y pensar de una manera diferente. No por arrogancia sino por una indestructible pasión por el ser humano y su necesidad de comunicación”.

Masa y poder es un libro único en su rubro por su inclusividad: envuelve siempre al lector, nunca se aleja ni se hace inextricable, envuelve e invade de conocimiento, si se me permite el exabrupto. Canetti es de esos maestros de la palabra que parecen leer nuestra mente mientras escriben. Quienes lo conocieron en Viena y en Londres dicen que, a pesar del rechazo inicial que generaba su altanería, lograba subyugar siempre a su interlocutor por su fabulosa capacidad de escuchar al dialogar. Canetti escribió al respecto: “Me resulta natural entrar y moverme dentro de otras personas y no tengo apuro en hallar el camino para salir de ellas”. También dijo, en sus formidables memorias, que siempre odió que a los mitos se los llame ampulosamente mitos y a los cuentos, infantilmente, cuentos. Sólo por esa frase yo lo voy a adorar siempre. Pero mi favorita absoluta de toda su obra es una frase que garabateó en 1954, en una libreta, en su cuarto de hotel en Marrakesh: “Quizá toda alma tenga que ser alguna vez judía, para encontrar el corazón perdido de las cosas”.

Juan Forn, en Página 12

azufre 

Ser cartógrafa de una casa implica conocer sus objetos
secretos: una red agujereada de pesca en el depósito
de las herramientas, señuelos con dibujos de peces
rojos y negros, el cuadrante roto de una brújula
que marca siempre el norte, olor a humedad que recuerda
imperfectamente el mar. Como si alguien de la familia
hubiera fallado en los preparativos de una travesía larguísima
y ahora te tocara reconstruir el itinerario de esa expedición
que nunca se hizo.
Se debería partir cuando el mapa esté completo,
cada ciudad en su sitio y de cada una los datos necesarios:
la velocidad máxima de sus vientos, la profundidad de sus ríos,
su época de tormentas. A veces pensaste en diseñar
un mapa deliberadamente errático, por la sola belleza
de extraviarte en dibujos que no llevan a ninguna parte.
O tal vez para obligarte a permanecer en el mismo sitio
preparando para siempre una partida,
tu propia vida el lugar donde aprender la palabra viaje.
Todas las cosas hermosas, al principio, son palabras.
¿Viste alguna vez cómo el sol atraviesa
el ala de un insecto en vuelo? ¿Con qué delicado
y fugaz dibujo la rellena? Así hubieras querido que se viera
tu cuerpo en la transparencia de la tarde:
una chispa de azufre, azulada. Materia inflamable
que al menor roce recuerda su pertenencia a los volcanes,
su ansia de desprenderse y arder en el aire.
¿Adivinaste ya que no es ese tu oficio? ¿Pudo tu cuerpo
amar lo que le ha sido encomendado? Que otros se vayan.
Lo tuyo es escribir la historia de ese viaje.
 
 
(de “Geologías”, Nusud, Buenos Aires, 2001.)

Todos nos contamos.Y en la aparente soledad de una introspección nos decimos quienes somos con palabras y frases que ya dijeron otros, tal vez en otras lenguas, quizá hace siglos.

La lengua. Ese laberinto.

También está lo mudo.

En algún momento algo nos toca y se evapora, o nos suspende entre el  placer y el dolor. Nos mueve y nos conmueve. Nos sucede como individuos y como grupos, como sociedades.

Es un instantemudo, no sabemos expresar eso que sentimos con palabras. Como cuando intentamos contar un sueño,  siempre algo se escapa y lo que se escapa no es algo, es demasiado.

Esa mudez tan repetida es la prueba de que existe en nosotros un fondo sin fondo pero habitado.

Todo escritor sueña con conseguirla vozque irradia desdeesas zonas innombradas.Para eso trabaja, para hacer coincidir en una obra  los matices, las voces, los tonos, los ritmos, la substancia de lo real que  late en el fondo de su sociedad y de su tiempo.

Cuando lo logra los sentidos conocidos que habían encallado en una sola dirección se tuercen en otra sin dejar la primera y abren a una tercera, a una cuarta. Lo dicho se parte en un sinfín de posibilidadesreveladoras, tantas  que a veces nos abisman.

En los tiempos antiguos a los poetas los llamaban vates, palabra que significa adivino, profeta, augur.

Algunas veces el escritor se adelanta al modo de lectura de su tiempo. Esas obras esperan a las futuras generaciones.

La voz que serenueva en un cuento, una frase, un poema, una historia, una canción, nos  habla con las desgarraduras del habla, con fragmentos y silencios, con la mudez y con las  voces de todos/as/es.

Eso es lo que hace un escritor. La conmoción que le produjo una (s)  lectura (s) le abrió una puerta secreta del lenguaje. En la entrada un cartel anunciaba: para decir es necesario arriesgar la palabra. Precisa coraje. Pruebe arremangarse y meta el brazo hasta el hombro en los remolinos de lalenguamoviéndolo hasta tocar lo otro, eso que al ser nombrado se estremece.

Es el oro de la vida.

Mientras tanto la vida, en su conjunto sigue ahí, es milagro, danza de todos: es algo entre atroz y ocurrente.

Graciela Falbo (Profesora de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP). Fragmento de lo publicado originalmente en https://perio.unlp.edu.ar/2020/06/13/dia-del-escritor/