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Estaciones

Haikus de pájaros
(2008: de Alada claridad, editorial Pre-Textos, Valencia)

Volar implica trascender límites prefijados, viajar a velocidad de pensamiento, manejar lejanías, agigantar la percepción hasta extenderla al cosmos. Se entiende la atracción que los pájaros ejercen sobre los artistas, buscadores de horizontes lejanos. Las aves simbolizan una huída de los barrotes de la jaula. No hilan ni tejen, no guisan, no piensan. Viven sin preocuparse, pueden irse (y se van) por las ramas. Experimentan gozo al existir fuera de toda medida o cálculo. Habitan un cielo sin teorías. Los más vivos de los seres vivientes, son como ángeles.

El hombre sueña hacer cierto el intento de Ícaro. Y sólo empieza a vivir su condición terráquea cuando, a su pesar, reconoce que tal hazaña le resulta imposible. El ave se transforma en objeto de su atenta y algo nostálgica observación. Para entender de pájaros hay que pasar tiempo al aire libre, caminar por montañas y prados, ponerse mentalmente a la intemperie (en japonés, nozarashi: clave del haiku). Así percibo a Yosa Buson, poeta y pintor japonés del siglo XVIII (1716-1784).

Leyendo estos cincuenta haikus suyos sobre vuelos diversos, sorprende cuánto sabe de aves este hombre de Osaka. En una época sin bibliotecas públicas ni manuales de ornitología, su ciencia pajarera provino del conocimiento de la cultura clásica japonesa y china y de frecuentes recorridos por costas y montes de la isla de Honshu. Buson era sin duda un buen haijin (hombre del haiku): afincado en el estudio y el vagabundeo, cazador de momentos fugaces, observador de la naturaleza. Sin dejar de ser un artista avisado. Cargando mesita y pinceles a campo traviesa, siempre dispuesto a practicar las reglas del kachôga, arte de dibujar y pintar flores y pájaros (Las otras dos categorías de la pintura tradicional del sudeste de Asia –jimbutsuga, retrato, y sansuiga, paisaje- no formaron parte de su arte).

El vuelo de los haikus de Buson resume su doble condición de pintor y poeta, maestro con un sólo pincel de pelo de marta. El vuelo de su arte se anuda en un único gesto: erguido, a mano alzada, fijando el paso irrepetible del instante. Su tarea es captar lo que pasa volando. No se trata de simples avecillas en un jardín bucólico sin viento. Sus haikus tratan de capturar, y volver a soltar, vuelos de aves que, en apenas diecisiete sílabas, consiguen esbozar el sutil movimiento del alma. Porque, me apresuro a decirlo, las aves de Buson no residen sólo en la naturaleza del Japón central sino, antes que nada, en la volátil mente del poeta. Hurguemos en la trama compleja de su arte: despojarse para comprender el vuelo de las aves, despojarlas para llenar con esa libre vida nuestra mente.

Por partida doble, entonces, Buson es hombre de observación y de miradas. Para él la condición aérea nada tiene de etérea. Es más bien una actitud personal y un ejercicio de contacto sensible con el mundo exterior. El asunto del arte es volar. Y la gracia (o el ángel) consiste en saber qué implica. Sus haikus se deslizan como aves que se elevan. Le fascina las que aprenden o se disponen a volar. Se fija en cómo ha de armonizar el pájaro su “voluntad” con la del viento, ese otro espíritu que sopla cuando le viene en gana. Por eso no ha de extrañarnos que Buson piense a la cometa dotada de idéntica característica volátil. También nos muestra aves capaces de fijar rumbo contra el viento: garzas, cuervos, grullas, palomas. Y en su extensa taxonomía poética no deja de mencionar otras que pierden rumbo en la tormenta o huyen escapando de los depredadores, sean halcones, perros o humanos. Condición volátil tiene la consistencia de los élitros de cigüeña desplegados, o la presencia de la cola de un faisán cobrizo. Hasta que pierde compostura, como en el cuerpo sin vida de un pichón en el suelo. O cuando la bandada se dispersa. O en la nube que desaparece del horizonte, hecha filamentos. O en el humo de incienso que se pierde de puro elevarse. Y en la voz o el canto del pájaro, que muere apenas llega a nuestro oído. La condición alada toma posesión del firmamento, donde flotan gaviotas y gorriones. Aunque no sólo de aves presume el cielo: también de mariposas y hasta de murciélagos, que el poeta trata como si fueran pájaros y que suelen ordenarse como tales en las recopilaciones tradicionales de haikus, de Yosa u otros. Con frecuencia los pájaros de Buson aparecen cantando. Vamos de la mano del poeta por praderas y cañadas, en la playa o a gran altura. Con su ayuda podemos distinguir gorjeos de graznidos y reconocer si lo que escuchamos son trinos o chillidos. Nos volvemos cómplices del filoso despertar del gallo o de palomas que ruculan suavemente. Nos hacemos amigos del cuclillo de cinco notas o de aves más vulgares, de trino binario. No nos dice qué música produce el ruiseñor japonés. Pero sabemos que es de los más escuchados. Vamos comprendiendo que poeta es quien vive pendiente del canto del mundo y es capaz de transformarlo en voz propia. Forma pedestre y radical de compartir la condición de pájaro.

A veces cuesta reconocer el estilo de cada maestro de haiku. Se los puede distinguir justamente por su forma de mirar pájaros. Los de Bashô señalan la primacía del orden natural y la inclusión en ella de las aves, sin rebeldía ni premeditación, en la inocencia gozosa de la vida animal. Los de Issa van al otro extremo: no dejan de señalar la condición caída, inarmónica, de la creación, el dolor, la debilidad, la injusticia, el enigma insoluble de la vida. Buson tiene vuelo propio: humaniza a las aves. Las acerca a los hombres. Sin apresarlas, las pone al alcance de su mirada. Las escudriña de día, en su propia luminosidad. También les permite expresar dimensiones que pensamos humanas. Muchas de ellas aparecen en diversas estaciones: la golondrina circula también en primavera; hay cigüeñas para toda estación. Las que son errantes gozan de largas temporadas sedentarias: el cuco o el ganso silvestre. Las de ribera se muestran tímidas y a la vez sociables. Solemne, el faisán es el colmo de la armonía que un hombre puede pensar. Unas aves son solitarias, como el cucú, los gorriones van en bandadas, o en colonias igual que cormoranes y hasta en pareja, como el pato mandarín. Humildes como golondrinas, atolondradas igual que los chorlitos o con candor infantil de pichonzuelos.

Más estéticos que los de Ryôkan, más errantes que los de Shiki, los pájaros de Buson se caracterizan por su hon-i o autenticidad. La intención original y sincera es tocar el corazón de la aérea condición de nuestra vida. Verifica su destino, mediante minuciosa observación del paso del tiempo y de las características emotivas cuando pasa el hombre por el mundo en su tiempo. Escuchando el canto de Manuel Machado, transformo apenas su sonido. Lo hago mío para nombrar el arte de pájaros de Yosa Buson: alada claridad.

PRIMAVERA

Pr/1

el día
navega lentamente,
faisanes
posando sobre el puente

osoki hi ya kiji no oriiru
hasino ue

Pr/2

ricitos del agua
que enjuaga la azada,
los ibis salvajes
vuelan a distancia

kamo toku kuwa sosogu mizu no
uneri kana

Pr/3

aves de la ribera,
farolitos de Kioto
allá lejos

mizutori ya chosin toki
nishi no kyo

Pr/4

a los saltos, briosos,
incómodos, con frío,
don y doña gorrión
en su nido

tobikawasu yatake-gokoro
oyasuzume

Pr/5

aquí mismito,
escuché ayer cantar
las avecitas

kashiko nite kino mo kikinu
kankodori

Pr/6

duermes en la campana
de bronce oscurecido,
¡mariposa!

tsurigane ni tomarite nemuru
kocho kana

Pr/7

labran campos
sobre el templo
(sobre un cerro
canta el gallo

hata utsu ya mine no obo no
tori no koe
Pr/8

canta el ruiseñor
con su pequeña boca
inmensamente abierta

uguisu no naku ya chiisaki
kuchi aite

Pr/9

el primer trino
del ruiseñor parece
caerse de una rama

uguisu no eda fumi hazusu
hatsune kana

Pr/10

mientras canta
el ruiseñor, se junta
la familia y yanta

uguisu ya kanai soroute
Meshi-jibun

Pr/11

canta el ruiseñor:
un poco hacia aquí,
un poco hacia allí

uguisu no nakuya achimuki
kochira muki

Pr/12

ruiseñores que vuelan
de aquí para allá
sobre la aldea

uguisu no achi kochi to suru ya
koie gachi
es salir del pantano
y escuchar de nuevo
al ruiseñor

waga yado no uguisu kikan
no ni idete

Pr/14

un hombre por el campo
en un día que muere
sin que se escuchen ruiseñores

uguisu ni hinemosu toshi
hata no hito

Pr/15

la cometa
en el mismo lugar:
¿es el cielo de ayer?

ikanobori kino no sorano
aridokoro

Pr/16

el ocaso y la caza
del faisán al pie
al pie de un monte
en primavera

hikururu kiji utu haru no
yamabe kana

Pr/17

de pronto el perro se soltó
y fue tras un faisán
en Takaradera

muku to okite kiji ou inu ya
takaradera

Pr/18

caza del faisán
volviendo a casa,
después de mediodía

kiji utte kaeru ieji no
hi wa takashi

Pr/19

el campo (la nube,
que creía estancada,
se ha marchado)

hata utsu ya ugokanu kumo mo
nakunarinu

Pr/20

la golondrina
sale agitadamente
del pabellón dorado

futameite kin no ma wo deru
tsubame kana

Pr/21

los caseros cazando
una serpiente, cerca
del gorjeante
nido de las golondrinas

tsubakurame naite ja wo utsu
koie kana

Pr/22

retorno de ánades
sobre campos de arroz
bajo nubes lunadas

kaeru kari tagoto no tsuki no
kumoru yo ni

Pr/23

el ganso se ha marchado
y el arrozal junto a la casa
se ve tan lejano

kari yukite kadota no toku
omowaruru

Pr/24

anoche se marcharon,
también hoy, y de noche
ya no quedan ánades

kini ini kyo ini kari no
naki yo kana

Pr/25

el sol muere en la tarde
y alguien pisa su sombra
larga
como la cola de un faisán

yamadori no o wa fumu haru no
irihi kana

VERANO

Vr/1

cuclillo
atravesando
la antigua Kioto

hototogisu heianjo wo
sujikai ni

Vr/2

un paje se suena y
de mientras
el cucú canta

hashitanaki nyoju no kusame ya
hototogisu

Vr/3

cortesana que escribe
un poema
y un cuco pequeño

hototogisu uta yomu yujo
kikoyu nari

Vr/4

es más fresco ese son
cuando se aleja por fin
de la campana

suzushisaa ya kane wo hanaruru
kane no koe

Vr/5

los ermitaños
son humanos y las aves
simples aves

sennin wa hito kankodori wa
tori nari keri

Vr/6

pajarito nacido
en la horquilla de un árbol
(me imagino)

kankodori ki no mata yori
umareken

Vr/7

¿de qué vive
el cuclillo?
(lo ignoro)

nani kute iruka mo shirazu
Kankodori
Vr/8

todo el prestigio
para las palomas,
¿y qué pasa con el cuclillo
del Himalaya?

muzukashiki hato no reigi ya
kankodori

Vr/9

la tos seca
del bonzo y el trino
del cuco

gotsugotsu to sozu no seki ya
kankodori

Vr/10

¿está cantando
la calabaza que arranqué?
¡pero si es un avecita!

waga suteshi fukube ga naku ka
kankodori

Vr/11

el gorrión en un pueblo
escondido entre hojas caídas
(chaparrón de verano)

yudachi ya kusaba wo tsukamu
mura-suzume

Vr/12

no ha venido este año
el viejo cuidador
de cormoranes

oinarishi ukai kotoshi wa
mienu kana

Vr/13

cosecha del grano:
¿de qué se asombra el gallo
en el tejado?

mugui aki ia nani ni odoroku
iane no tori

OTOÑO

Otñ/1

primer rocío:
a cierta distancia
la grulla (la miro)

hatsushimo ya mazurau tsuru wo
toku miru

Otñ/2

aguacero:
la garza mojada,
la grulla seca

sagui nurete tsuru ni ji teru
shigure kana

Otñ/3

brisa en la tarde:
caricia de patas
de garza en el agua

yukaze ya misu aosagi no
hagi wo utu

Otñ/4

el faisán en la rama,
mueve y mueve las patas
y la noche se alarga

yamadori no eda fumikaturu
yonaga kana
Otñ/5

la comadreja espía a
los patos mandarines
del estanque

oshidori ya itachi no nosoku
ike furushi

Otñ/6

regocijado,
escucho pajaritos
en el tejado

kotori kuru oto ureshisa yo
itabisashi

Otñ/7

bosque adentro:
se oyen hachas leñadoras,
pájaros carpinteros

teono utu oto mo kobukashi
keratutuki

Otñ/8

gansos en vuelo
dibujan una línea y la luna
estampa el sello

ichigyo no kari ya hayama ni
tsuki wo insu
Otñ/9

el cielo de otoño
(???????????)
(???????????)

aki no sora kino ya tsuru wo
hanachitaru

INVIERNO

Inv/1

murciélagos viven
ocultos en el roto
paraguas

komori no kakure sumikeri
yaburegasa

Inv/2

esa avecita:
la devora una ardilla
en el campo reseco

musasabi no kotori hamioru
kareno kana

Inv/3

el pájaro chilla
y el ruido del agua a
la red de pesca
deja en sombra

yori naite mizuoto kururu
ajiro kana

Inv/4

aves sobre el agua,
mujer lava verdura
en una barca

mizutori ya fune ni na arau
onna ari

Inv/5

avecitas y dos
palanquines se ven
entre árboles secos

mizudori ya kareki no naka ni
kago nicho

Inv/6

canta el pajarillo,
sin padre ni madre
ni posteridad

oya mo naki ko mo naki koe ya
kankodori

Amenaza

Podés vivir por años al lado

de un gran pino, honrada de tener

un vecino tan venerable, aun cuando

suelta sus agujas encima de tus flores

o te despierta en medio de la noche

tirando grandes piñas en tu patio.

Y sólo cuando, antes de amanecer

durante el equinoccio vernal, un año, el viento

se levanta y se levanta, trayendo la imagen

de barcos arrojados como cáscaras de nuez

entre enormes murallas de olas que avanzan,

te das cuenta de que siempre,

debajo del respeto, debajo de tu fe

en la belleza del pino, está

el miedo de que un día se caiga

sobre tu casa, sobre tu cama,

sobre lo frágil de la segura

cotidianeidad a la que casi

te has acostumbrado.

 

Threat

 

You can live for years next door/ to a big pinetree, honored to have/ so venerable a neighbor, even/ when it sheds needles all over your flowers/ or wakes you, dropping big cones/ onto your deck at still of night./ Only when, before dawn one year/ at the vernal equinox, the wind/ rises and rises, raising images/ of cockleshell boats tossed among huge/ advancing walls of waves,/ do you become aware that always,/ under respect, under your faith/ in the pinetree’s beauty, there lies/ the fear it will crash some day/ down on your house, on you in your bed,/ on the fragility of the safe/ dailiness you have almost/ grown used to.

 

Traducción de Jacqui Behrend.

A veces
quiero morirme
para acabar con todo
de una vez,
no volver a hacer mi cama nunca,
no contestar otra carta nunca
ni regar las plantas,
ningún esfuerzo
de esos que hay que hacer
todos los días
para seguir  viva.

Pero después
no me quiero morir.
las hojas cambian
y tengo que ver
el rojo y el dorado
una vez más,
una sola hoja amarilla
cayendo
por última vez
bajo el sol.

Que florezcan cien plantitas, que se abran

Chlorophytum como sum Variegatum o Phalangium, también conocida como Lazo de Amor, Holandé Errante o Cola de Novia, que en largos vástagos colgando…
Dembo, Botánica

Los lazos de amor en el patio son un poco de baldío,
les brotan hijos que primero se alzan hacia el cielo
y se inclinan después, dominan la gravedad tan dulcemente
que se acunan en el viento, cabecean con las primeras lluvias de abril
y sólo insinúan pequeñas raíces en el aire donde nacen.
Nacen sabiendo, eso sí, sabiendo esperar la tierra donde arraigarse
y echar nuevos hijos al mundo, nuevos lazos de amor:
de alguna manera, no sé cómo, los brotes sospechan
que abajo hay baldosas y que vivir no es sólo largarse:
tienen la ventaja de esperar, avanzar, retroceder,
sin jugarse a todo o muerte en cada primavera.
Mientras tanto, hay que saber hamacarse y ellos lo saben:
en toda coyuntura siempre habrá un poco de baldío para nuevos lazos de amor,
también la tenacidad de abrazar toda la tierra
y pequeños yuyos, imperceptibles combates que socaven
y hagan saltar las baldosas, den que nacer.

Alberto Szpunberg, en Su fuego en la tibieza

Las flores de las márgenes del camino…

 

Las flores de las márgenes del camino en la noche.

Solas ante la noche como espumas ligeras,

con su dulce secreto para el aire plateado.

 

El aire andaba sobre ellas como un pálido velo

y recogía su sueño, apenas sueño, y vacilaba

ante el signo iluminado del gran río lejano

y la ceniza extática y perlada del “bajo”.

 

Las flores de las márgenes del camino en la noche.

Criaturas desconocidas y acaso efímeras de la noche agreste.

La noche, sin embargo, respiraba con ellas,

y una sonrisa erró un momento sobre los labios distraídos de los

viajeros retardados.

 

Respiraba por ellas algo ensimismada la noche campesina,

y el humilde destino de las flores fue del hálito tardío

que, espíritu argentado, tocó de repente las colinas…

 

Las flores de las márgenes del camino en la noche.

Entreabieron, siquiera un instante, unos labios agradecidos.

Fueron, siquiera un instante, otra flor fugitiva

de otro paisaje íntimo súbitamente azul.

 

Y otro anhelo, un minuto, se unió al suyo en la noche,

fue uno con el suyo en un minuto de la noche.

 

Y no estuvieron solas, un minuto siquiera, con la noche

y con el aire pálido, indeciso ante humos y señales de nácares,

ni se perdieron solas en el soplo aún más pálido, más pálido, del

ángel de la madrugada…