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Perderse

Yo no sé
si además
si todavía
si para siempre
viviré de punta
subiendo sin arraigar
con los pies en el río
recorriendo arenas
algas
cicatrices.
Yo no sé
si ahora
que tengo un flanco
entibiecido
cubierto por tu respaldo
seguiré siendo así
puro vapor disuelto
pura nube de golpe
puro amor disponible
para la piedra
el aire
las estrellas
o los zapatos tristes
Yo no sé
de mí no sé
cuando el calor
avanza dando brincos
yo no puedo
pero levántame
así seré siempre
pero espérame.
Hugo Gola, en Poesía Buenos Aires, nro 22

En el centro del bosque hay un claro inesperado que sólo puede ser descubierto por aquel que se ha perdido.
El claro está rodeado por un bosque que se ahoga a sí mismo. Ramas negras con las barbas del color ceniciento de la lava. Los árboles incrustados y comprimidos están totalmente muertos hasta la cima; algunas ramas sueltas, verdes, tocan la luz. Abajo: sombra que medita sobre sombra, el pantano que crece.
Pero en aquel lugar abierto la hierba es extrañamente verde y viva. Allí yacen grandes piedras, como ordenadas. Deben ser las piedras fundacionales de una casa; aunque quizá me equivoco. ¿Quiénes vivieron aquí? Nadie puede aclararlo. Los nombres estarán en algún lugar de un archivo que nadie abre (sólo los archivos se mantienen jóvenes). La tradición oral está muerta y con ella las memorias. La tribu gitana recuerda, pero los alfabetizados olvidan. Anotan y olvidan.
La cabaña bulle de voces, es el centro del mundo. Pero los habitantes mueren o se mudan, la crónica se suspende. Por muchos años permanece desierta. Y la cabaña se vuelve una esfinge. Al final todo ha desaparecido, todo, menos las piedras angulares.
En algún sentido, yo ya he estado aquí, pero ahora debo irme. Me sumerjo en la maleza. Sólo es posible penetrarla dando un paso hacia adelante y dos hacia el costado, como un caballo de ajedrez. Un sendero aparece sigiloso ante mí. Estoy de regreso en la red comunicacional.
Sobre el poste cantarín de electricidad hay un escarabajo al sol. Bajo sus brillantes escudos mantiene las alas plegadas tan ingeniosamente como un paracaídas empacado por expertos.

Tomas Tranströmer, traducción de Christian Kupchik
(De La barrera de la verdad, 1978)