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Preguntas

En África, el impudor del cuerpo era magnífico. Creaba distancia, profundidad, multiplicaba las sensaciones, tejía una red humana alrededor de mí. Armonizaba con el país ibo, con el trazado del río Aiya, con las chozas del pueblo, sus techos color leonado, sus paredes color tierra. Brillaba en esos nombres que entraban en mí y que significaban más que nombres de lugares: Ogoja, Abakaliki, Enugu, Obudu, Baterik, Ogrude, Obubra. Impregnaba la muralla de la selva lluviosa que nos rodeaba por todas partes.

Cuando se es niño no se usan palabras (y las palabras no están usadas). En esa época estaba muy lejos de los adjetivos, de los sustantivos. No podía decir, ni siquiera pensar: admirable, inmenso, potente. Pero era capaz de sentirlos. Hasta qué punto los árboles de troncos rectilíneos se alzaban hacia la bóveda nocturna cerrada encima de mí, que abrigaba como en un túnel la brecha ensangrentada de la ruta de laterita que iba de Ogoja hacia Obudu, hasta qué punto en los claros de los pueblos sentía los cuerpos desnudos, brillantes de sudor, las siluetas anchas de las mujeres, los niños colgados de sus caderas, todo esto que formaba un conjunto coherente, desprovisto de mentira.

Me acuerdo muy bien de la entrada en Obudu: la ruta salió de la sombra de la selva y entró recta en el pueblo, a pleno sol. Mi padre detuvo su auto, con mi madre debieron hablarles a los oficiales. Estaba solo en medio de la multitud y no tenía miedo. Las manos me tocaban, pasaban por mis brazos, por mis cabellos alrededor del borde de mi sombrero. Entre los que se amontonaban alrededor de mí, había una mujer vieja, en fin, no sabía si era vieja. Supongo que lo primero que noté fue su edad, porque era diferente de los niños desnudos y de los hombres y mujeres vestidos más o menos a la occidental que vi en Ogoja. Cuando mi madre volvió (tal vez vagamente inquieta por ese gentío), le mostré a esa mujer: “¿Qué tiene? ¿Está enferma?”. Recuerdo esa pregunta que le hice a mi madre. El cuerpo desnudo de esa mujer, lleno de pliegues, de arrugas, su piel como un odre desinflado, sus senos alargados y fláccidos que colgaban sobre el vientre, su piel resquebrajada, opaca, un poco gris, todo me pareció extraño y al mismo tiempo verdadero. ¿Cómo hubiera podido imaginar que esa mujer era mi abuela? Y no sentí horror ni piedad, sino, por el contrario, amor e interés, los que suscitan la vista de la verdad, de la realidad vivida. Sólo recuerdo esta pregunta: “¿Está enferma?”. Todavía hoy me quema extrañamente como si el tiempo no hubiera pasado. Y no la respuesta -sin duda tranquilizadora, tal vez un poco molesta- de mi madre: “No, no está enferma, es vieja, eso es todo”. La vejez, sin duda más chocante para un niño en el cuerpo de una mujer, ya que todavía, ya que siempre, en Europa, en Francia, país de fajas y polleras, de corpiños y combinaciones, las mujeres por lo común están exentas de la enfermedad de la edad.

Todavía siento el rubor en mis mejillas que acompañó esa pregunta ingenua y la respuesta brutal de mi madre, como una cachetada. Todo ha permanecido en mí sin respuesta. La pregunta no era sin duda: ¿Por qué esta mujer se ha vuelto así, gastada y deformada por la vejez?, sino: ¿Por qué me han mentido? ¿Por qué me han ocultado esta verdad?

 

Jean-Marie Le Clezio, en El africano

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Un don

Justo cuando te parece que sos
nada más que una red endeble
de preguntas, te son dadas
las preguntas de los otros para sostener
en el vacío de tus manos,
huevos de pájaro cantor que aún pueden incubarse
si les das abrigo,
mariposas que abren y cierran
en el hueco de tus palmas, confiando en que no harás
daño a su piel centelleante, a su polvo.
Las preguntas de los otros te son dadas
como si fuesen respuestas
a todo lo que preguntas. Sí, tal vez,
tu respuesta sea este don.

 

 

»Cualquier objeto, solía decir mi padre, es también un concepto. Si colocas una cosa al lado de otras dos cosas, o tres o diez, que nunca han estado juntas, se producirá una pregunta nueva. Y nada prueba la existencia del futuro tanto como una pregunta… »Mis padres, como sabes, se vieron por primera vez en un tren en Escocia. Habían recorrido a pie la misma carretera hasta la misma estación rural, era una carretera de polvo espeso, y las botas y las perneras de los pantalones de mi padre estaban cubiertas de un fino polvillo. Pateó el suelo con frustración, porque el polvo seguía allí pegado. Levantó la mirada para ver a una joven que le observaba divertida. Pensó que ella llevaba la falda salpicada de barro, pero al mirarla más de cerca vio que el material estaba bordado con diminutas abejas. Calzaba zapatos inmaculados y relucientes. ¿Había llegado flotando a la estación? “No seas bobo”, contestó ella. Le contó que se cepillaba los zapatos con un betún casero especial que “repelía” el polvo. Tenía algo que ver con la electricidad estática. ¿No había oído hablar de la electricidad estática? Mi padre respondió que, en efecto, de electricidad sabía bastante, después de todo, había empezado como ingeniero eléctrico, pero que tal vez no hubiera dedicado demasiado tiempo a pensar en zapatos. “Eso no me sorprende”, contestó mi madre. “Hace falta que llegue una mujer para relacionar dos cosas tan prácticas”. Y así fue como mi padre aprendió una idea que le guiaría el resto de su vida, y que me legaría a mí: “No hay dos hechos lo bastante separados como para que no puedan unirse”.

 

Anne Michaels, en La cripta de invierno

De esta tierra, ¿cuánto es carne? Esto no tiene un sentido metafórico. ¿Cuántos seres humanos han sido «entregados a la tierra»? ¿Desde qué momento empezamos a contar a los muertos, desde el surgimiento del Homo erectus, o del Homo habilis o del Homo sapiens? ¿Desde las primeras tumbas sobre las que tenemos certeza, la compleja tumba de Sangir, o el lugar de descanso del Hombre de Mungo en Nueva Gales del Sur, enterrado hace cuarenta mil años? Dar una respuesta requiere de antropólogos, paleopatólogos, paleontólogos, biólogos, epidemiólogos, geógrafos… ¿Cuántas poblaciones antiguas hubo y cuándo exactamente tuvieron su inicio las generaciones? ¿Empezamos a hacer estimaciones desde antes de la última glaciación —aunque haya muy pocos registros humanos— o empezamos a hacer estimaciones a partir del hombre de Cromañón, un periodo del que hemos heredado una gran abundancia de pruebas arqueológicas pero evidentemente ningún dato estadístico? O ¿qué tal si, sólo por «certidumbre» estadística, empezamos a contar a los muertos a partir de hace más o menos dos siglos, cuando empezaron a elaborarse los primeros registros? Formulado como una pregunta el problema resulta demasiado esquivo; tal vez deba quedarse en afirmación: de esta tierra cuánto es carne.

 

Anne Michaels, en La cripta de invierno

¿Por qué razón plantear preguntas es el pasatiempo judío favorito? El hebreo bíblico no poseía signos de interrogación y, sin embargo, el Libro de los Libros está lleno de preguntas. No las hemos contado todas, pero a juzgar por la predominancia de los qué y cómo, y de los quién y por qué, puede muy bien ser el más inquisitivo de las Sagradas Escrituras. Bastantes de las preguntas, es cierto, son retóricas, al proclamar la gloria de Dios. El propio Dios es un gran interrogador. Las respuestas a algunas de sus preguntas pueden parecer evidentes, pero no lo son. Un lector moderno aún puede considerarlas como profundos enigmas inquietantes. Así son las primeras preguntas que alguna vez se plantearon: Dios a Adán: «¿Dónde estás?», y: «¿Quién te ha dicho que estás desnudo?». Dios a Eva, y luego a Caín: «¿Qué has hecho?». Dios a Caín: «¿Dónde está Abel tu hermano?».

(…)

«Lo que existe está muy lejos y terriblemente profundo, ¿quién puede encontrarlo?». «¿Acaso destruirás al justo junto con el inicuo?». «¿Qué beneficio obtiene el hombre que se afana en su labor bajo el sol?». «¿Qué provecho tiene el sabio frente al insensato?». «¿Por qué prospera el camino del malvado, y todos los traicioneros están a salvo?». Y la más encantadora de todas: «¿Cuál es el camino del viento?».

 

Amos Oz y Fania Oz-Salzberger, en Los judíos y las palabras

El ruido del mar

Hay un tejido, una red luminosa
que tiembla en la arena, por abajo del agua.
Se ve a través del verde transparente
como una temblorosa trama.

Cuando la ola rompe su espuma
quedan burbujas sueltas, chiquitas
sobre la piel del agua:
brillan intensa, nítidamente
en seguida se apagan.

Por la suave curva de las olas
sobre su lento avance
sobre su amplio movimiento seguro
la luz resbala.
Se deslizan los resplandores
por los movedizos toboganes del agua.

Ruido del mar, qué golpe derramado
qué entreverada voz y qué sonido
tan confuso y oscuro
cuando todo en derredor está tan claro.

Todos los límites
firmes y recortados
todo con su color tan decidido
los colores tocándose
uno al lado del otro, sin mezclarse.

Y parece que cada uno: limpio
y liso azul, rojo tejado
verdor brillante
diera un sonido puro e inaudible
y todos un acorde fuerte y claro.
Pero el ruido del mar no se comprende,
se desploma continuamente, insiste
una y otra vez, con un cansancio
con una voz borrosa y desgranada…

Y no se sabe
qué es qué quiere o qué pide
el turbio ruido oscuro
cuando todo en derredor está tan claro.