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Llorar

No es fácil encontrar una piedra

Había una vez una ciudad.
Y en la ciudad un hombre, un hombre triste.
Para escapar a su tristeza, el hombre huyó.
Cruzó el centro. Las veredas angostas. Las calles llenas de gente.
Dejo atrás letreros luminosos. Ruidos de bocinas. Chimeneas de fábricas. Semáforos. Atravesó los barrios. Las casas chatas. Los baldíos con paraísos. Las esquinas llenas de chicos. Sin detenerse ni una vez.
Y al atardecer llegó al campo, una llanura verde donde las vacas pastaban. En el campo el hombre buscó una piedra. No es fácil encontrar una piedra en la llanura, pero el hombre buscó y buscó hasta encontrarla. Y sobre ella se echó a llorar.
El brazo en ángulo sobre la piedra y sobre el brazo la cabeza del hombre que lloraba. Ese atardecer, cerca de esa piedra, pasó un chico.
Cuando el chico vió al hombre llorando, sintió el impulso de preguntarle cuál era la razón de su pena. Pero se contuvo.
Volvió a pasar junto a la piedra, unos días después y el hombre seguía llorando. Entonces el chico se animó: “Hace meses que estas sobre esa piedra llorando, ¿qué es lo que te pasa?”
El hombre que lloraba levantó la cabeza y como quien cuenta un sueño contó:

“Yo vivía en la ciudad. Y en la ciudad estaba triste. Para olvidar mi tristeza intenté escapar. Crucé el centro. Las veredas angostas. Las calles llenas de gente. Dejé atrás letreros luminosos. Ruidos de bocinas. Chimeneas de fábricas. Semáforos. Atravesé los barrios. Las casas chatas. Los baldíos con paraísos. Sin detenerme ni una sola vez. Al atardecer llegué al campo, a estas llanuras donde las vacas pastan. Quise encontrar una piedra.  No es fácil encontrar una piedra en la llanura, pero yo busqué y busqué hasta conseguirla. Y sobre ella me eché a llorar.
El brazo en ángulo sobre la piedra y sobre el brazo mi cabeza.
Lloré desconsoladamente, las lágrimas resbalaron por mi rostro.
Los rayos del sol se filtraron entre mi brazo y mi cabeza.
Y la luz tocó mis lágrimas.
Y el agua de mis lágrimas descompuso esa luz en mil colores.
Y era tan hermoso que tuve que seguir llorando para verlo.”

Humedades

nunca conocí a alguien tan bueno como don genaro /

visitaba pacientemente a los amantes infelices /

les hablaba horas enteras de las bellezas de la vida

les traía esperanzas envueltas en papelitos arrugados /

se la pasaba soplándoles la frente /

las nubes de soledad y abandono que se les amontonaban allí /

y fatalmente llovían sobre él / dejándolo hecho sopa /

don genaro apenas si alcanzaba a cubrirse un peroné / una falangeta /

mientras el resto de sus 102 huesitos enloquecían de humedad /

se ponían a llorar como niños / empeorando el caso /

clamaban contra los amores desdichados que les hacían tanto mal /

exigían que el propio Dios intervenga

que Dios se alce de las rodillas de juana inés / donde descansa feliz /

para poner orden acá /

para que nadie ame en vano /

para que vos misma pasés por acá / en una palabra /

la desgracia de don genaro era el reuma /

le llenaba de plomo doloroso los pies /

a todo el mundo le decía para qué llora / mijito /

acá lo que mata es la humedad /

tenemos la ciudad más linda del mundo / decía

frente al río más ancho del mundo /

bajo la dictadura militar más asesina del mundo /

para qué vas a llorar / y menos por una mujer

don genaro hacía fogatas contra el llanto en cualquier

esquina/

decía que acariciar es mejor que recordar/

tiraba al fuego mis recuerdos de vos/

incluso el día ese que nos amamos tanto que pasaban

lunas y soles sin querer/

ojalá esos recuerdos le sirvan a don genaro peara

espantar la humedad/

para tener los huesos tibios/

para andar por sabrosas libertades/

y maravillas y misterios de los que mejor no hablar/

yo no sé si quedarme sin recuerdos de vos es

quedarme sin vos/

la memoria se levanta a las 6 de la mañana y se pone

a trabajar/

viene del sueño y labra el sueño

donde soñé que me soñabas/ húmeda/

 

 

Juan Gelman, en Interrupciones II