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Día

19 de mayo
REMINISCENCIAS

hoy en el cielo hubo fuegos
y grises
y algún jirón rosado
desplegándose
sobre el río brumoso
—su horizonte

hoy fue un día de luces
y sorna y farsa
y algún mirar fastidiado

un desencuentro

un libro que alguien dejó caer en tus manos
una pregunta
una espera

hoy quienquiera que fuese
leyó como si amara
en la palabra el alma que la intuye
o labra
o borronea

hoy alguien susurró
al oído de alguien
un poema improbable
incierto
receloso
como una garúa

(En “Diario Ínfimo”-EDICIONES DE LA ISLA DE SILTOLÁ
SEVILLA 2016
Colección TIERRA)

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La Baguala

Cuando ella viene, sentimos que la boca se nos llena de un gusto a pasto pisoteado,
y que tiene un sabor a cuero resobado y reseco.
Entonces es cuando hay que cantarla con todo el pecho
aunque la voz se quiebre en medio del intento
y nos quedemos tristes para siempre.

Recién, entonces, es cuando se comienza a transitarla con alegría
y a comprender por qué anda por caminos llenos de polvo, sola,
entre las venas del hombre que la mira irse en silencio.
Por qué se duerme sobre vasos de vino
mientras el hombre queda con el sombrero entre las manos como un nido vacío.

Sabemos que se alza sobre los carnavales
desde aquellos que comen en silencio en las cantinas últimas;
que toda contención será inútil cuando su remolino turbio
baile sobre la sangre un frenético erizamiento;
que viene el día y la hora y el segundo en que ella crece en árbol
sobre nuestra tristeza que la busca,
y que cuando comienza su descendimiento espeso, nos queda todavía, lejano,
el ruido de su pecho sobre las cajas del atardecer.

Quemándose en los ojos más oscuros como la última brasa
y arrinconada sobre las lágrimas de los borrachos que recuerdan,
la noche le pertenece íntegra
con sus caballos que mueren a mitad de camino
velados por la copla que los ha asesinado.
Uno la ve llegar sobre lentos silbidos
cuando la arena roja de los chacos traga todos los huesos muertos
y no se sabe si la luna lleva ciervos heridos por el cielo
o ramazones secas.
Y sobre los domingos, cuando viene la noche
con su garganta llena de sapos y un cascabel de víbora
vierte su agua milenaria sobre la boca sedienta en la caja.

Cuando se la ha sentido así, necesariamente hay que llorarla. Y llorarla, no con los ojos sino con las raíces, y con los muertos que nos vuelven siempre dolorosamente puntuales todos los lunes de la vida.
Tenemos que llorarla sobre las conquistas del amor,
entre las carpas que cuelgan su albahaca para los faroles sonámbulos;
junto a las zambas que se bailan seriamente para que rían los pañuelos
mientras una mujer recoge el ruedo de su falda
antes que la desate el peso de las coplas.

Tenemos que llorarla y cantarla
ahora que sentimos que el bosque de yuchanes cabe en nosotros
con sus tallos verdes y su silencio de violento chaco,
ahora que contenemos la tierra alegres y profundos como una semilla.

Tenemos que cantarla porque ya se nos pierde
en los ojos remotos de los músicos ciegos
Desde cuyo fondo parece que se estuviera despidiendo.

 

En La tierra de uno, 1951.

 

Instrucciones para enseñar a leer a un niño

Conviene empezar cuanto antes, a ser posible en la habitación misma de la clínica de maternidad, ya que es aconsejable que el futuro lector esté desde que nace rodeado de palabras. No importa que, en esos primeros momentos, no las pueda entender, con tal de que formen parte de ese mundo de onomatopeyas, exclamaciones y susurros que le une a su madre y que tiene que ver con la dicha. Poco a poco irá descubriendo que las palabras, como el canto de los pájaros o las llamadas del celo de los animales, no son sólo manifestación de existencia sino que nos permiten relacionarnos con lo ausente. Así, muy pronto, si su madre no está a su lado echará mano de ellas para recuperarla en su pensamiento, o si vive en un pueblo rodeado de montañas les pedirá que le digan cómo es el mundo que le aguarda más allá de esas montañas y del que no sabe nada.

Palabras del día y de la noche
Por eso los adultos deben contarle cuentos, y sobre todo, leérselos. Es importante que el futuro lector aprenda a relacionar desde el principio el mundo de la oralidad y el de la escritura. Que descubra que la escritura es la memoria de las palabras, y que los libros son algo así como esas despensas donde se guarda todo cuanto de gustoso e indefinible hay a nuestro alrededor, ese lugar donde uno puede acudir por las noches, mientras todos duermen, a tomar lo que necesita. A estas alturas habrá hecho un descubrimiento esencial, que existen palabras del día y palabras de la noche. Las palabras del día tienen que ver con lo que somos, con nuestra razón, nuestras obligaciones y nuestra respetabilidad; las de la noche con la intimidad, con el mundo de nuestros deseos y nuestros sueños. Y ése es un mundo que necesariamente se relaciona con el secreto. Por eso, el adulto no debe hablar demasiado al niño de los libros, ni abrumarle con consejos acerca de lo importante que es leer, porque entonces éste desconfiará. La madre que guarda en la despensa los dulces que acaba de preparar, no lo proclama a los cuatro vientos, y así los vuelve más codiciables. Las palabras de la literatura tienen que ver con ese silencio, con lo que se guarda y tal vez hay que robar, nunca con lo que nos ofrecen a gritos, y mucho menos a la luz del día, donde todos puedan vernos. El futuro lector, en suma, debe ver libros a su alrededor, saber que estan ahí y que puede leerlos, pero nunca sentir que es eso lo que todos esperan que haga.

Sería aconsejable, si me apuran, que los padres no los tuvieran demasiado a la vista, sino que los guardaran dentro de grandes armarios, que a ser posible mantendrían cerrados con llave. Aunque de vez en cuando se olvidarían esa llave, o de cerrar esos armarios, dándole al niño la opción de llevarse los libros cuando nadie les viera. Pero lo más importante es que el niño vea a sus padres leer. Discretamente, sin ostentación, pero de una forma arrebatada y absurda. El rubor en las mejillas de una madre joven, mientras permanece absorta en el libro que tiene delante, es la mejor iniciación que ésta puede ofrecer a su niño al mundo de la lectura.

Jardín secreto
Pero los libros son como aquel jardín secreto del que hablara F. H. Burnett en su célebre novela homónima: No basta con saber que estan ahí, sino que hay que encontrar la puerta que nos permite entrar en su interior. Y la llave que abre esa puerta nos tiene que ser entregada azarosamente por alguien. En la novela de F.H. Burnett es un petirrojo quien lo hace, y gracias a ello la niña puede visitar el jardín escondido. El que ese petirrojo tarde en presentarse no quiere decir que no vaya a hacerlo nunca, pero incluso si así fuera tampoco se alarme demasiado, ni por supuesto llegue a pensar que su hijito es un caso perdido. Piense que la lectura no siempre nos hace más sabios, ni más inteligentes, ni siquiera más buenos o compasivos, y que bien pudiera ser que ese niño que adora fuera como los bosquimanos, que tampoco leyeron una sola línea y eso no les impidió concebir algunos de los cuentos más hermosos que se han escuchado jamás. No olvide, en definitiva, que el cuento más necesario, y por el que seremos juzgados, es el que contamos sin darnos cuenta con nuestra vida.

Artículo publicado el 17 de abril de 2003 por el suplemento Blanco y Negro Cultural del diario ABC
Extraído de FB: Michele Petit.

Tal vez bajo del pelo, bajo el párpado,
bajo humos, sábados, paredes, trajes,
aymeduelen, vecinos, hastaluegos,
guarda la gente un poco de ternura.
Es tal vez bajo el ala del sombrero
o tal vez en la mano, en su pañuelo,
donde la gente suele atardecer
cuando la tarde es cruel como un cuchillo.
Y si no, ¿cómo explica su mejilla?
¿Y cómo explica su continuo andar,
reír, pelear, me digo, cómo explica,
si esto pega tan duro en el estómago?
Tal vez bajo la noche,
la gente saca su ternura a ver
si algo le han dado, si algo le ha dolido,
charla un poco, desteje su cansancio,
suelta un pájaro y sueña hasta mañana.

 

 

En Viendo a la gente andar.