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Lago

Debaixo d’água tudo era mais bonito
Mais azul, mais colorido
Só faltava respirar
Mas tinha que respirar

Debaixo d’água se formando como um feto
Sereno, confortável, amado, completo
Sem chão, sem teto, sem contato com o ar
Mas tinha que respirar
Todo dia
Todo dia, todo dia
Todo dia
Todo dia, todo dia

Debaixo d’água por encanto sem sorriso e sem pranto
Sem lamento e sem saber o quanto
Esse momento poderia durar
Mas tinha que respirar

Debaixo d’água ficaria para sempre, ficaria contente
Longe de toda gente, para sempre no fundo do mar
Mas tinha que respirar
Todo dia
Todo dia, todo dia
todo dia
Todo dia, todo dia

Debaixo d’água, protegido, salvo, fora de perigo
Aliviado, sem perdão e sem pecado
Sem fome, sem frio, sem medo, sem vontade de voltar
Mas tinha que respirar

Debaixo d’água tudo era mais bonito
Mais azul, mais colorido
Só faltava respirar
Mas tinha que respirar
Todo dia

Agora que agora é nunca
Agora posso recuar
Agora sinto minha tumba
Agora o peito a retumbar
Agora a última resposta
Agora quartos de hospitais
Agora abrem uma porta
Agora não se chora mais
Agora a chuva evapora
Agora ainda não choveu
Agora tenho mais memória
Agora tenho o que foi meu
Agora passa a paisagem
Agora não me despedi
Agora compro uma passagem
Agora ainda estou aqui
Agora sinto muita sede
Agora já é madrugada
Agora diante da parede
Agora falta uma palavra
Agora o vento no cabelo
Agora toda minha roupa
Agora volta pro novelo
Agora a língua em minha boca
Agora meu avô já vive
Agora meu filho nasceu
Agora o filho que não tive
Agora a criança sou eu
Agora sinto um gosto doce
Agora vejo a cor azul
Agora a mão de quem me trouxe
Agora é só meu corpo nu
Agora eu nasco lá de fora
Agora minha mãe é o ar
Agora eu vivo na barriga
Agora eu brigo pra voltar
Agora
Agora
Agora

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SEMBOMATSU-BARA

Ay del que llega sediento
y mira el agua correr.
Y dice: «La sed que siento
no se calma con beber.» Antonio Machado.

Este es el lago sagrado, el Biwa, de claras aguas aceradas. Una suerte de colinas y cerros lo separan del mar.
Y cuando la flor del cerezo comienza a anticipar primaveras en el monte, la nieve rompe su silencio y ensaya un canto de cristal sobre las piedras. Y se hace hilo de agua, senda viajera, arroyo travieso.
Y todos sus frescores van al Biwa. Y le cuentan las cosas que oyeron en el monte durante el invierno. Le cuentan las canciones de los leñadores (hombres de hacha filosa, vincha gris y zapatones de madera). Le cuentan el amor de las muchachas en los pinares, la ronda de los cazadores, la leyenda que siempre está en boca de los abuelos, mantenedores de la juglaría.
Por ellos, por los abuelos, saben los niños lo mejor y más antiguo de la comarca. Saben, y no lo dudan, que una vez hubo un gigante, muy gigante y muy sabio que extrajo lodo del fondo del Biwa, y amasándolo con piedras de colores hizo una montaña que llamó Fujiyama, para que todos los seres lo miren como símbolo y sepan que está hecho con voluntad y con tiempo, con toda la fuerza de la fe. Y ahí está el Biwa, entre el Fuji y el mar. Hay un cerro menor, el Shinyu-óka, que significa: Cerro Callado, Cerro del Silencio. Hasta su peña alta van los pescadores después de una desgracia. Cuando el mar se hace tumba, los hombres de la costa preparan un arpón de madera. Y lo cubren de flores. Y sobre el tope, una antorcha. Y van en caravana por un sendero angosto hasta la cima del Shinyu-óka. Allí descansan un instante, y luego, todos de pie en la noche poblada de candelas, piensan en los muchachos que el mar ha sepultado. Nadie habla. Piensan lo mejor, que es la mejor manera de rezar.
El Cerro del Silencio recibe todas las vibraciones, que un día han de rodar hacia el Biwa, cuando el sol de abril convierta las nieves en cánticos y lloros.
Una fría mañana de febrero trajiné esa comarca, desde Hamamátsu hasta Kioto, la antigua capital del Nipón.
Como un rabdomante con su vara de mimbre, yo buscaba también un jagüel de leyendas, portando una guitarra argentina y un viejo poncho provinciano. Así atravesé el túnel de nueve kilómetros. Así topé el camino del Shinyu-óka. Así llegué en la tarde a una aldea, Sembomátsu-Bára, el «Cerro de los mil pinos». Ahí nomás, pasando los pequeños arrozales, el Biwa. Y al otro lado, el mar.
Es muy difícil penetrar en los recovecos del alma japonesa. Este pueblo tiene muchos siglos de vida-caracol, metido en sí mismo. Los dioses manejan toda su conducta. En el pueblo, el budismo, especialmente la secta del Tzen. En la burguesía y la vieja aristocracia, el sintoísmo, que es la auténtica religión japonesa. Y desde sus comidas hasta su saludo, el viaje, la familia, el lugar, la palabra y el color de las ropas, todo está determinado por un antiguo ritual.
Todos se ayudan para vivir, pero nadie intenta evitar la muerte de nadie. Quizá por eso el suicidio está considerado por los sociólogos como endemia permanente en el país.
Quizá por eso una noche, en Sembomátsu-Bára, murió el último poeta romántico de la región: Boksuí.
Pasada la tragedia de la guerra, Boksuí volvió a su aldea. Como era leñador, tornó a los montes y siguió trabajando en su oficio. Oficio ritual, pues antes de herir la madera se abrazaba al árbol y besaba la corteza, como quien saluda a un ser querido.
Dos veces a la semana cargaba de astillas un viejo carro y marchaba a la ciudad. Repartía su leña entre la clientela, y al pasar por la pequeña imprenta dejaba un poema, y volvía luego lentamente, como si cargara todo el paisaje sobre su corazón, a su choza del «Monte de los mil pinos»
Pero la guerra había traído la destrucción y la pobreza. Y las gentes sencillas de la ciudad no podían pagar la mercancía. Boksuí dijo: «No importa». Y siguió por mucho tiempo atendiendo lo mismo su trabajo, haciendo versos, mirando las brumas del Biwa en el invierno, viendo a lo lejos los techos de las casas y las breves chimeneas por donde se escapaba el humo de los hogares. Y el humo era el alma de sus pinares, el rigor de sus manos, el beso y hachazo del hombre en la primera luz de la mañana.
Ya no tenía tabaco para su pipa. Su cajón de legumbres estaba vacío. Pero Boksuí pensaba en los demás, en los vecinos, en los niños, en el invierno bravo.
Un mediodía bajó a la ciudad con su carro cargado de astillas. Era su último viaje, y el quizá lo sabía.
Al pasar por la imprenta de sus amigos dejó un poema:

Cuántos montes tendré que atravesar,
cuántos ríos, cuántos lagos,
para llegar, al fin, a una región
donde no tenga cabida
la tristeza…
(Fragmento del último poema de Boksuí)

Volvió a su choza de Sembomátsu-Bára. Los aldeanos lo encontraron muerto sobre su «tatámi», la estera de juncos. En su fogón no había rastros de un palo de leña. Todo lo había dado, lo había repartido por ahí.
Cuando la muerte lo fue a buscar, acababa de cumplir cuarenta y cuatro años. Además de un gran recuerdo, dejó sus poemas, que los amigos reunieron en un volumen con el título de su región: Sembomátsu-Bára.
Todos los años, al cumplirse un nuevo aniversario de su muerte, van a la choza de Boksuí los poetas, los pintores y los aldeanos. Allí encienden el fogón y arrojan hierbas aromáticas. Y dicen poemas y cantan alguna canción.
Yo hubiera querido cantar esa tarde, pero apena, pude cajonear una vidala sin palabras: Lloran las ramas del viento. Y en verdad, había un viento extraño que pasaba silbando por entre los pinares, estremeciendo los juncos orilleros del Biwa.

 

 

En Del algarrobo al cerezo, diario de su viaje a Japón.