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Sangre

Septiembre

Una época efervescente
rodeada de motivos amorosos
siento
la llegada de la primavera
en el cuerpo
la sangre corriendo
lo más profundo de mi
trabaja
para convertirme en flor.

 

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Los golpeadores

Un hombre sentado junto a la cama
de una mujer a quien golpeó,
cura sus heridas,
suavemente palpa los moretones.
La sangre forma un charco a su alrededor,
se oscurece.

Atónito, se da cuenta que ha comenzado
a quererla. Siente terror.
¿Por qué nunca había
visto, antes, lo que era?
¿Y si deja de respirar?

Tierra, ¿será que no podemos amarte
a menos que creamos que el fin se aproxima?
¿Que no creamos en tu vida
a menos que pensemos que agonizas?

Sé que debo advertir al lector de El arma, de que estos ejercicios no están inspirados en el amor físico, y menos aún en el de sus amantes. Pero, aunque reconozca que el poema puede ser desviadamente interpretado, me niego a comprometer a mis veinte años —acusándolos de maltratar el referido asunto— en la impresión que causen sus imágenes y su simbolismo. No puedo hacerlo, porque a la edad en que escribí El arma, ya sabía que para mantener en secreto el sentido de un poema como éste, no hay mejor actitud que la de ser fiel a nuestras sensaciones. Así llégase al punto de humanizar las palabras de hacerlas rodar por la sangre. O sea, de vertirlas como sangre y no como lenguaje. Y ésa fue la técnica que, pese a sus alcances previstos, guió la construcción de El arma.

 

 

 

El arma, Hector Viel Temperley.

(…)

 

Madre: -Pero no es así. Se tarda mucho. Por eso es tan terrible ver la sangre de una derramada por el suelo. Una fuente que corre un minuto y a nosotros nos ha costado años. Cuando yo llegué a ver a mi hijo, estaba tumbado en mitad de la calle. Me mojé las manos de sangre y me las lamí con la lengua. Porque era mía. Tú no sabes lo que es eso. En una custodia de cristal y topacios pondría yo la tierra empapada por ella.

 

 

En Bodas de sangre, Federico Garcia Lorca