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Podar

Podando los geranios, me veo

como soy, semidesnudo en el calor,

tratando de sostener un pequeño universo

de oscurecidos tonos, marchitos de lluvia y sol,

cabizbajos y temblorosos al sentir las tijeras

mientras separo las flores marchitas de entre las vivas,

como el hombre solitario llena su vacío con palabras,

no por consuelo ni para señalar lo que es bueno,

sino para decir algo verdadero y corpóreo

que sea prueba de su existencia. 

En la postura zen -retomando a Vogelman- en el dibujo y en la caligrafía en, predomina como valor intrínseco la libertad del espacio abierto, el viviente vacío, el elocuente intersticio. Muchas veces la realidad apenas aparece insinuada; pero los contados trazos que la insinúan dan lo esencial, reflejan en el espacio la plenitud de la realidad.

Lo mismo sucede en la poesía zen: las contadas palabras de un haiku dicen siempre mucho menos que el silencio que las rodea o penetra. Estos breves poemas, prácticamente intraducibles,  se inspiran en la naturaleza, para trascenderla. Esa dicotomía tan frecuente en Occidente entre naturaleza y arte no puede darse en Oriente ya que el arte surge aquí como surge la creación en la naturaleza. Es naturaleza.

A pesar de las inevitables corrupciones de la traducción, puede percibirse el clima, puede sentirse lo que rodea lo expresado, aquello que quiere decirse sin palabras, y que sin duda es la poesía desde la mira del zen.

Como para todo verdadero poeta, para los adeptos del zen la poesía está en todas partes, aún cuando no se manifiesta; la poesía es la vida cotidiana.

Samuel Wolpin, El zen en la literatura y la pintura: antología ilustrada del haiku y el relato, p. 18