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Inventar

Obligado o traicionado por mí mismo a decir cómo hago mis cuentos, recurriré a explicaciones exteriores a ellos.No son completamente naturales, en el sentido de no intervenir la conciencia. Eso me sería antipático. No son dominados por una teoría de la conciencia. Eso me sería extremadamente antipático. Preferiría decir que esa intervención es misteriosa. Mis cuentos no tienen estructuras lógicas. A pesar de la vigilancia constante y rigurosa de la conciencia, ésta también me es desconocida. En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podría tener porvenir artístico. Sería feliz si esta idea no fracasara del todo. Sin embargo, debo esperar un tiempo ignorado: no sé cómo hacer germinar la planta, ni cómo favorecer, ni cuidar su crecimiento; sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos. Debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté destinada a ser, y ayudarla a que lo sea. Al mismo tiempo ella crecerá de acuerdo a un contemplador al que no hará mucho caso si él quiere sugerirle demasiadas intenciones o grandezas. Si es una planta dueña de sí misma tendrá una poesía natural, desconocida por ella misma. Ella debe ser como una persona que vivirá no sabe cuánto, con necesidades propias, con un orgullo discreto, un poco torpe y que parezca improvisado. Ella misma no conocerá sus leyes, aunque profundamente las tenga y la conciencia no las alcance. No sabrá el grado y la manera en que la conciencia intervendrá, pero en última instancia impondrá su voluntad. Y enseñará a la conciencia a ser desinteresada.

Lo más seguro de todo es que yo no sé cómo hago mis cuentos, porque cada uno de ellos tiene su vida extraña y propia. Pero también sé que viven peleando con la conciencia para evitar los extranjeros que ella les recomienda.

 

Tomado de ciudadseva

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Fundación

Como quien dice: anhelo,
vivo, amo,
inventemos palabras,
nuevas luces y juegos,
nuevas noches
que se plieguen
a las nuevas palabras.
Hagamos
otros dioses
menos grandes,
menos lejanos,
más breves y primarios.
Otros sexos
hagamos
y otras imperiosas necesidades
nuestras,
otros sueños
sin dolor y sin muerte.
Como quien dice: nazco,
duermo, río,
inventemos
la vida
nuevamente.

Transpiração

(Alzira Espíndola e Itamar Assumpção)

A inspiração vem de onde?

Pergunta pra mim alguém

Respondo talvez de Londres

De avião, barco, bonde

Vem com meu bem de Belém

Vem com você nesse trem

Nas entrelinhas de um livro

Na morte de um ser vivo

Nas veias de um coração

Vem de um gesto preciso

Vem de um amor, vem do riso

Vem por alguma razão

Vem pelo sim, pelo não

Vem pelo mar gaivota

Vem pelos bichos da mata

Vem lá do céu, vem do chão

Vem da medida exata

De dentro da tua carta

Vem do Azerbaijão

Vem pela transpiração

A inspiração vem de onde?

De onde?

Vem da tristeza, alegria

Do canto da cotovia

Vem do luar do sertão

Vem de uma noite fria

Vem olha só quem diria

Vem pelo raio, trovão

No beijo dessa paixão

 

Transpiración

(Alzira Espíndola e Itamar Assumpção)

¿De dónde viene la inspiración?

me pregunta alguien.

Respondo: tal vez de Londres,

en avión, barco o bondi

o con mi amor de Belén

viene con vos en el tren.

En las entrelíneas de un libro,

en la muerte de un ser vivo,

en las venas de un corazón.

Viene de un gesto preciso

De un amor, de la risa,

y por alguna razón.

Por el sí, por el no.

Viene por el mar gaviota,

por los bichos del mato

viene del cielo, del suelo,

de la medida exacta,

dentro de tu carta,

viene de Azerbaiján.

Por la transpiración

¿De dónde viene la inspiración?

De la tristeza, alegría

del canto de una alondra

o del luar del sertón.

Viene de una noche fría

Viene, mirá vos, quién diría

por el rayo, el trueno

en el beso de esa pasión.

Mujer del barro

Todo sucedió en un pueblo de alfareros. Uno de esos pueblos que todavía sobreviven cuestionando al hombre cotidiano, a lo largo y a lo ancho de la cordillera andina.
Todos sus habitantes trabajaban el barro como si fueran pequeños dioses dando vida a las cosas. Porque el barro está ligado al hombre desde su origen, se reconozca o no su paternidad.
En este pueblo del que hablo, vivía una mujer que fabricaba los mejores cacharros, las mejores y mas cantarinas vasijas, una suerte de pájaros sonoros que parecían encerrar luz.
Como sucede en todas partes desde que el mundo es mundo y sinó que va a ser, otra alfarera envidiaba los cacharros que fabricaba la mujer del milagro.
Entonces resolvió adoptar una actitud acorde a sus sentimientos: se convirtió en espía, para saber si existía algún secreto, alguna forma especial en la obra de la mujer del barro.
Pacientemente, durante horas y horas, las mismas y pacientes horas que emplean los espías y delatores, vigiló el taller de su rival.
Nada: no pudo descubrir nada.
Porque el barro era el mismo y la mujer lo amasaba cantando, la mezcla era la misma y la mujer la trabajaba cantando; el cocido era el mismo y la mujer encendía la leña cantando.
Nada, ni los colores que semejaban sangre y oro y que la mujer pintaba cantando, tenía la mas mínima diferencia.
Desesperada, la otra alfarera envidiosa robó un cántaro de la mujer y lo llevó a su casa para descubrir el secreto.
Una vez sola, encerrada como se encierran los que carecen del sentido del homenaje a la vida, del diálogo, de semejanza y del humor, rompió la vasija de un solo golpe.
El hombre, en definitiva, no es tanto misterio.
Lo que sucede es que a veces no alcanza a comprender las cosas y se altera su forma de vivir. Un pensamiento es más fuerte que la historia, porque es capaz, precisamente, de torcer el curso. Y todo porque entonces, del interior de la vasija, de cada pedazo roto, salió el canto de la mujer que trabajaba cantando. Y ya sabemos, el amor a lo que se hace produce lo mejor de la vida. Eso lo conoce hasta mi tía vieja. Ella dice que cuando Dios hizo al hombre, seguramente aprendió a cantar.

La castaña, por Hernán Ronsino

Un relato inédito de Hernán Ronsino que, como sus novelas La descomposición (2009, Glaxo (2009) y Lumbre (2013), tensa las palabras entre el recuerdo y aquello que nunca puede ser dicho. Escribir con los ojos en el presente, y aun así saber que eso ya es pasado. “Yo estuve en Liscia, nona, acabo de llegar”, dice el nieto, como si eso pudiera ser más que la ilusión de haber estado, como siempre.

Están sentados en la vereda, en unos sillones de mimbre. Hace calor. Los pájaros chillan cada tanto entre las ramas. La nona teje y hace balancear los pies, que no llegan a tocar el piso. Y mientras teje cuenta de su pueblo, Liscia, en Italia; cuenta que trabajaba en el campo; cuenta de la guerra, de la miseria, del barco que la trajo al país. Entonces él le dice: Yo estuve en Liscia, nona, acabo de llegar, recorrí las callecitas, busqué tu casa, te imaginé andando por ahí. La nona deja de tejer, sorprendida, deja, incluso, de balancear los pies. Y lo mira, en silencio. Cómo, dice, estuviste en la Liscia. Él asiente con la cabeza. La nona mira a lo lejos, tratando de acomodar algo. Lo único que le sale es preguntar por la castaña. Y cómo está la castaña, dice y lo mira con esos ojos azules parecidos al color del río Treste que cruza el valle. Él dice la verdad. Dice que la castaña está seca y dice que antes de que llegue la primavera la van a cortar de raíz para plantar otra. La nona se queda en silencio. Mira un punto lejano. Y enseguida vuelve a tejer. Teje un rato. Cuando vuelve a mover los pies, él comprende que todo lo que han charlado se ha disuelto en una bruma espesa. Él comprende que la nona, tal cual le han dicho, cuando empieza a mover los pies se olvida de todo. Pero no pasará mucho para que la nona vuelva, como si nada, a contar de la Liscia, del trabajo en el campo, de la guerra, del hambre, de un viaje en barco a la Argentina. Entonces él insiste. Cree que es necesario decirlo otra vez: Yo estuve en la Liscia, nona. Y detalla los lugares, las calles, las personas. Ella, sorprendida, suspende otra vez el tejido, deja de mover los pies, mira un punto lejano como acomodando algo. Pregunta por la castaña. Entonces él dice – y cree que hacer eso es lo mejor – que ahora hay tres castañas, la más vieja donde vos jugabas y dos más. Están frondosas, nona, grandes, llenas de pájaros. La nona se emociona y mira a lo lejos, mira un punto. Se seca los ojos y vuelve a dar la batalla del tejido, los entramados, la lana interminable que desovilla. Ahora la nona dice que en la Liscia había víboras así de grandes; dice que desde la Liscia se escuchaba el canto de los gallos de los otros pueblitos que resplandecían en las montañas: San Buono, Palmoli, Carunchio; dice que se oía también el sonar de las campanas de esas iglesias. Y habla del río Treste, cristalino, que corre silencioso por el valle, habla de los viajes que hacía con las cubas en la cabeza para lavar la ropa o para juntar agua. Dice que desde el río la castaña era lo primero que se veía. En verano, dice, dibujaba una sombra parecida a un lobo hambriento. Después se queda en silencio, respira mirando un punto a lo lejos y le pregunta: ¿Así que ahora hay tres? Él asiente con la cabeza. La nona sonríe, dice: Qué lindo. Y vuelve a tejer, vuelve a tejer moviendo los pies, hamacándolos en el aire, sin que lleguen, por ejemplo, a tocar el piso.

Hernán Ronsino
Buenos Aires, EdM, 2015

Para hacer un talismán

Se necesita sólo tu corazón
hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios.
Un corazón apenas, como un crisol de brasas para la idolatría.
Nada más que un indefenso corazón enamorado.
Déjalo a la intemperie,
donde la hierba aúlle sus endechas de nodriza loca
y no pueda dormir,
donde el viento y la lluvia dejen caer su látigo en un golpe de azul escalofrío
sin convertirlo en mármol y sin partirlo en dos,
donde la oscuridad abra sus madrigueras a todas las jaurías
y no logre olvidar.
Arrójalo después desde lo alto de su amor al hervidero de la bruma.
Ponlo luego a secar en el sordo regazo de la piedra,
y escarba, escarba en él con una aguja fría hasta arrancar el último grano de esperanza.
Deja que lo sofoquen las fiebres y la ortiga,
que lo sacuda el trote ritual de la alimaña,
que lo envuelva la injuria hecha con los jirones de sus antiguas glorias.
Y cuando un día un año lo aprisione con la garra de un siglo,
antes que sea tarde,
antes que se convierta en momia deslumbrante,
abre de par en par y una por una todas sus heridas:
que las exhiba al sol de la piedad, lo mismo que el mendigo,
que plaña su delirio en el desierto,
hasta que sólo el eco de un nombre crezca en él con la furia del hambre:
un incesante golpe de cuchara contra el plato vacío.

Si sobrevive aún,
si ha llegado hasta aquí hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios;
he ahí un talismán más inflexible que la ley,
más fuerte que las armas y el mal del enemigo.
Guárdalo en la vigilia de tu pecho igual que a un centinela.
Pero vela con él.
Puede crecer en ti como la mordedura de la lepra;
puede ser tu verdugo.
¡El inocente monstruo, el insaciable comensal de tu muerte!
 

 
En POESÍA COMPLETA. Adriana Hidalgo editora

Reinvención

La vida sólo es posible
reinventada.
Va el sol por los campos
y pasea su dorada mano
por las aguas, por las hojas…
¡Ah, todo burbujas
que brotan de hondas piscinas
de ilusión… – nada jamás.
¡Ah!, todo burbujas
Pero la vida, la vida, la vida,
la vida sólo es posible
reinventada.
Viene la luna, viene, retira
las cadenas de mis brazos.
Me proyecto por espacios
llenos de tu figura.
Sola, equilibrada en el tiempo,
me desprendo del vaivén
que más allá del tiempo me lleva.
Sola, en la tiniebla
permanezco: recibida y dada.
Porque la vida, la vida, la vida,
la vida sólo es posible
reinventada.

 

 

(Río de Janeiro 1901 – 1964)