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Perdiendo Velocidad

Tego se hizo unos huevos revueltos, pero cuando finalmente se sentó a la mesa y miró el plato, descubrió que era incapaz de comérselos.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
Tardó en sacar la vista de los huevos.
—Estoy preocupado —dijo—, creo que estoy perdiendo velocidad.
Movió el brazo a un lado y al otro, de una forma lenta y exasperante, supongo que a propósito, y se quedó mirándome, como esperando mi veredicto.
—No tengo la menor idea de qué estás hablando —dije—, todavía estoy demasiado dormido.
—¿No viste lo que tardo en atender el teléfono? En atender la puerta, en tomar un vaso de agua, en cepillarme los dientes… Es un calvario.
Hubo un tiempo en que Tego volaba a cuarenta kilómetros por hora. El circo era el cielo; yo arrastraba el cañón hasta el centro de la pista. Las luces ocultaban al público, pero escuchábamos el clamor. Las cortinas aterciopeladas se abrían y Tego aparecía con su casco plateado. Levantaba los brazos para recibir los aplausos. Su traje rojo brillaba sobre la arena. Yo me encargaba de la pólvora mientras él trepaba y metía su cuerpo delgado en el cañón. Los tambores de la orquesta pedían silencio y todo quedaba en mis manos. Lo único que se escuchaba entonces eran los paquetes de pochoclo y alguna tos nerviosa. Sacaba de mis bolsillos los fósforos. Los llevaba en una caja de plata, que todavía conservo. Una caja pequeña pero tan brillante que podía verse desde el último escalón de las gradas. La abría, sacaba un fósforo y lo apoyaba en la lija de la base de la caja. En ese momento todas las miradas estaban en mí. Con un movimiento rápido surgía el fuego. Encendía la soga. El sonido de las chispas se expandía hacia todos lados. Yo daba algunos pasos actorales hacia atrás, dando a entender que algo terrible pasaría —el público atento a la mecha que se consumía—, y de pronto: Bum. Y Tego, una flecha roja y brillante, salía disparado a toda velocidad.
Tego hizo a un lado los huevos y se levantó con esfuerzo de la silla. Estaba gordo, y estaba viejo. Respiraba con un ronquido pesado, porque la columna le apretaba no sé qué cosa de los pulmones, y se movía por la cocina usando las sillas y la mesada para ayudarse, parando a cada rato para pensar, o para descansar. A veces simplemente suspiraba y seguía. Caminó en silencio hasta el umbral de la cocina, y se detuvo.
—Yo sí creo que estoy perdiendo velocidad —dijo.
Miró los huevos.
—Creo que me estoy por morir.
Arrimé el plato a mi lado de la mesa, nomás para hacerlo rabiar.
—Eso pasa cuando uno deja de hacer bien lo que uno mejor sabe hacer —dijo—. Eso estuve pensando, que uno se muere.
Probé los huevos pero ya estaban fríos. Fue la última conversación que tuvimos, después de eso dio tres pasos torpes hacia el living, y cayó muerto en el piso.
Una periodista de un diario local viene a entrevistarme unos días después. Le firmo una fotografía para la nota, en la que estamos con Tego junto al cañón, él con el casco y su traje rojo, yo de azul, con la caja de fósforos en la mano. La chica queda encantada. Quiere saber más sobre Tego, me pregunta si hay algo especial que yo quiera decir sobre su muerte, pero ya no tengo ganas de seguir hablando de eso, y no se me ocurre nada. Como no se va, le ofrezco algo de tomar.
—¿Café? —pregunto.
—¡Claro! —dice ella. Parece estar dispuesta a escucharme una eternidad. Pero raspo un fósforo contra mi caja de plata, para encender el fuego, varias veces, y nada sucede.

Antonio llevaba un ratito esperando el pedido. Mientras picoteaba unos grisines, un mozo de espeso bigote se acercó a su mesa.

– ¿Puedo ofrecerle una copa de nuestro mejor vino? Cortesía de la casa.

Antonio no reconoció la marca, Locker de Satán, pero confió en la palabra del mozo y aprovechó la cortesía. Bebió todo lo que le habían servido. Tenía un gustito raro. Descartó pedir una segunda copa.

Los panecillos ayudaron a quitarse el sinsabor de la boca. Otro mozo se acercó con la comida, que ya había tardado un buen rato.

– Su sopa de pollo, nuestra especialidad.

– Justamente, por eso fue que vine. Muchas gracias.

Antonio extendió la servilleta sobre su regazo y comenzó a tomar la sopa. Era mucho más rica que cualquier recomendación. Un manjar de los dioses. Ya llevaba más de medio plato cuando algo llamó su atención. El extremo de un pelo se había enredado en la cuchara. Su estómago se revolvió un poquito. Levantó el pelo, para sacarlo del plato en su totalidad, pero parecía no tener fin. Tiró varias  veces hasta terminar con un pelo que medía algo más de metro y medio. Indignado, llamó al mozo.

– Esto es desagradable, mire el pelo que encontré en mi sopa. Una inmundicia.

– Le pido mil disculpas. Déjeme retirarle el plato, que enseguida le traigo otro.

– ¿Para qué? Para que cambie el líquido de plato y me traiga la misma sopa contaminada? Además este pelo es demasiado largo. Acá hay algo raro.

Los clientes del restaurante prestaron atención a la voz alzada del cliente insatisfecho. Esto le dio ánimos para continuar su cruzada por los derechos del consumidor.

-¡Exijo hablar con el cocinero de inmediato! -dijo, hinchando el pecho de orgullo.

-Bueno, tranquilícese. No hay necesidad de hacer una escena. Venga conmigo a la cocina.

Antonio y el mozo atravesaron las puertas batientes.

Allí encontraron al chef, troceando una pieza de carne sospechosamente grande.

-Che, Willy, te traigo un cliente que tiene una queja de la sopa de pollo.

¿En serio? No me va a decir que estaba fea…

– La verdad es que es la sopa más rica que probé en muchos años -resignó Antonio-. Pero no justifica el pelo gigante que flotaba en mi plato

-Le ruego me perdone. -El chef se agitó- Se me debe haber caído mientras la preparaba. Para compensar el bochorno, hoy será nuestro invitado.

Los nervios del chef aumentaban el escepticismo de Antonio. Eso, y que el chef estaba rapado. Sacó el pelo de su bolsillo y lo dejó caer hasta el suelo. Era apenas más corto que la altura total del cocinero

– ¿Usted cree que yo soy estúpido?  -No le gustó que le tomaran el pelo, sin importar su longitud-. Acá hay gato encerrado. Este pelo no puede ser suyo.

No… por supuesto… debe ser… de… el repartidor de Granja Moro. jSí, sí! Ese tipo tiene el pelo larguísimo. Debe ser rockero, o hippie. Pero es muy higiénico.

su historia.

El sudor en la frente de Willy no ayudaba a hacer creíble.

-Usted esconde algo.

– ¿Yo? Imposible.

El chef se movió hacia un costado, colocándose delante de una gran sábana y extendiendo sus brazos en un gesto protector.

Antonio no pudo resistirlo. Empujó al tipo y tiró de la sábana. Al caer reveló una extraña estructura electrónica.

Parecida al marco de una puerta, pero repleta de cables y luces. Y con un panel al costado.

– ¿Qué es esto?

-Bueno, me rindo. Se lo contaré todo. Esto es una máquina del tiempo. La encontramos cuando compramos la casa en un remate. Nadie sabe qué fue del dueño anterior. Nosotros la utilizamos para variados propósitos. Es lo único que nos permite mantener el negocio en estos tiempos de crisis.

– ¡Esto va más allá de lo ridículo!¿Qué tiene que ver con el pelo en mi sopa?

-Mi hermano Néstor y yo siempre estamos experimentando con nuevos sabores, aprovechando la máquina.

Hace poco descubrió que la carne de mamut bien cocida recuerda a la del pollo, pero con mucho más sabor. Al poco tiempo se convirtió en el plato más pedido. Supongo que en el apuro por servir tanto mamut me quedó algún trozo mal despellejado.

-No sé qué clase de problema mental tiene, pero me resisto a seguir escuchándolo.

Antonio enfiló hacia la puerta, pero un sonido lo hizo detenerse. El monitor mostraba “70 millones de años” y el portal estaba largando mucho humo. Un hombre vestido de cazador apareció cargando un velocirráptor en el hombro.

-¡Willy! Ya podés volver a poner el carré de cerdo en el menú. Con este tenemos para un par de semanas -dijo eso e hizo mutis.

-¡Esto es una violación a todas las leyes de la física cuántica! Sin contar las innumerables faltas a los controles bromatológicos. Stephen Hawking se retorcería sin parar si no lo estuviera haciendo desde hace años.

-Nosotros no construimos la máquina. Solamente la utilizamos sin el menor escrúpulo y sin conciencia del posible daño al continuo del espacio-tiempo.

-Precisamente. Esa máquina debería estar en manos del gobierno. Y así será. Voy a denunciarlos ante las autoridades.

-No sea idiota, no va a ir a ninguna parte -el chef sonó amenazador.

-El idiota es usted. Soy campeón de Kung-Fu, así que no hay nada ni nadie que evite que me dirija hasta el Ministerio de Industria y Energía.

-Tal vez este poderosísimo veneno le haga cambiar de Willy tomó de una repisa una botella etiquetada con una calavera y dos huesos.

Si cree que voluntariamente voy a tomarme eso, es más estúpido de lo que pensé.

-Qué mente estrecha la suya. -Sonrió de manera maquiavélica-. Tengo una máquina del tiempo a mi disposición. ¡Carlitos!

Por las puertas batientes ingresó el mozo del bigote espeso.

-Servile al señor un trago. Cortesía de la casa.

El chef pegó cuidadosamente una etiqueta que decía Locker de Satán sobre la botella de veneno. Se la dio al mozo, que entró al portal del tiempo y marcó “15 minutos” en el monitor. Unos segundos después el mozo regresó, cargando la botella con menos contenido, le hizo la señal de OK con los dedos al chef y se fue.

Antonio se puso muy nervioso

-Pero. . . pero.. . pero, yo …

-El veneno recién debe estar haciendo efecto. En pocos segundos usted estará más muerto que la madre de Ray Bradbury. Mi hermano usará su cadáver como carnada para atraer dinosaurios marinos. No luche, o la muerte será más dolorosa.

Antonio cayó al piso y de su boca empezó a salir espuma.

En menos de un minuto había muerto.

-¡Néstor, ya tenés carnada para la buseca! -gritó Willy.

Y Néstor volvió a entrar a la cocina, todavía vestido de cazador y cargando un anzuelo gigante debajo del brazo.

En El futuro no es nuestro. Nueva narrativa latinoamericana. (Eterna Cadencia)

El tío Gabriel murió un 20 de junio, todavía me acuerdo porque era un día muy frío y al respirar afuera nuestro aliento formaba nubecitas, como si estuviéramos fumando, y resucitó al día siguiente, poco antes de que entraran los empleados a soldar la tapa del cajón.

Estábamos sentados en la sala velatoria, en medio del humo del cigarrillo y el olor del café, hablando en voz baja, cuando escuchamos un grito, no del tío Gabriel sino de mi abuela, que fue la primera que vio la mano agarrada al borde del cajón.

Lo que pasó después fue rápido y caótico.

¡Ah, la mierda!, gritó mi viejo. Tío Vittorino (nuestro llorador oficial en los velorios) se tiró para atrás y su amplio trasero se deslizó hasta quedar fuera de la silla,cayó de espaldas y se quedó ahí, gritando y moviendo las manos. Tía Julia, que estaba de pie, directamente se vino abajo sin que nadie amagara a sostenerla, y el golpe de su cuerpo en los mosaicos sonó como si hubieran dejado caer una bolsa de papas desde un metro de altura. Algunos soltaron las tazas de café; otros los cigarrillos. Mi hermana (8 años) salió corriendo, y no la pudimos encontrar hasta dos horas después, sentada en un banco de la plaza Lugones, en un estado de shock que no se le pasaría en mucho tiempo.

La única que atinó a hacer algo razonable fue mamá, que en ese momento demencial se acercó hasta el tío con la intención de abrazarlo, explicarle que todo estaba bien, que se habían confundido, que no se asuste. Pero apenas le tocó la mejilla con la mano dio un salto hacia atrás, tapándose la boca, en un gesto que explicaría mucho después como “impresión”.

Me dio impresión, diría mi madre, porque estaba frío como una media res.

2

A la muerte del tío la esperábamos hacía tiempo. La suya había sido una larga y difícil agonía. En las últimas semanas estaba tan flaco que apenas parecía una persona, sobre todo en contraposición al gordito rozagante que fue, y su dolor era espantoso. Día y noche, drogado hasta las mejillas, llorando y rezando a los gritos. Habíamos tenido que bajarlo de la piecita en la que vivió siempre, en lo alto de la terraza, para hacerle un lugar en el living.Una vecina se quedaba con él algunas horas, pero el resto del tiempo nos tocaba a nosotros. No era fácil. Había que ponerle la chata, limpiarlo, cambiarle de brazo el suero. Pero sobre todo había que mirarlo y comprobar en lo que se había convertido: algo horroroso. Los huesos empujando la piel, la cara chupada, los ojos salidos, la barba roja que ya nadie se molestaba en afeitarle.

Una tarde, cuando me incliné para hablarle de cerca, me agarró del antebrazo y me acercó a él y me dijo, casi en un susurro, que no quería morirse. Lo repitió varias veces: no quiero morirme, no quiero morirme.

Yo tenía nueve años y esa súplica me llenó de un horror oscurísimo durante muchas noches. El horror de comprender el hecho definitivo y cabal de la muerte. Mi tío era la muerte, verlo era la muerte, olía a muerto. Yo llevaba su olor a todas partes: al colegio, a las clases de gimnasia, a la casa de mis amigos.

Por eso, cuando pasó, fue un alivio. Mi madre me despertó llorando para decírmelo:

Se nos fue el Gabi, decía.

Y yo lo único que podía sentir era alivio. Al fin la muerte se alejaba. Al fin éramos libres.

3

Su médico personal fue a verlo. Luego de tomarle el pulso, de iluminarle las pupilas con una linternita y de probarle los reflejos, habló con mi padre en una esquina. No escuché lo que decían. El médico negaba con la cabeza. Tenía un pañuelo en la mano y negaba con la cabeza.

En la sala velatoria no quedábamos más que mi hermana (que todavía no se recuperaba), mis padres y yo.

Sentado en una de las sillas, el tío no pestañeaba ni se movía. Si uno cruzaba los ojos con él, se sentía como en el interior de una gran heladera de carnicería: el mismo frío y la misma oscuridad.

El médico se prendió un cigarrillo. En aquel tiempo se podía, y se recomendaba, fumar en todas partes.

Está muerto, le dijo a mi padre.

¿Y qué hacemos?

No, no tengo idea.

El médico se secó la frente con el pañuelo, le puso una mano en el hombro a mi padre y se fue.

En eso llegó el dueño de la funeraria. Hombre flaco, muy prolijo, bien peinado, serio. Mi padre le pidió que le guardara el cajón. Le dijo que el tío no viviría mucho más, era bastante evidente, y que en un par de días seguro estaríamos celebrando un segundo velorio. Pero no fue así. Un mes después, el dueño de la funeraria llamó a casa, había que hacer algo con ese tema,ya no podía guardar el cajón ni tampoco, por razones obvias, usarlo de nuevo, y mi padre le pagó lo que le debía, que era mucha plata. En adelante lo oiría quejarse muchas veces de lo que le había costado ese cajón. Incluso cuando estaba dormido repetía la cifra, como si lo persiguiera en sueños.

4

Llevamos al tío con nosotros, de vuelta. Lo ubicaron en el asiento de atrás, en medio de mi hermana y de mí. Fue un viaje corto (no estábamos lejos, la ciudad donde vivíamos era pequeña) pero a nosotros se nos hizo larguísimo. En un momento tuvimos que parar el auto y mi hermana abrió la puerta y se pasó al asiento de adelante, en la falda de mamá.

Mi madre habló con el tío, sin darse vuelta, mirándolo por el espejo retrovisor.

Gabi, ahora cuando lleguemos a casa vamos a subir a tu cuarto, en la azotea. Tenés que dormir y descansar, mañana te vas a levantar mejor. ¿Dale?

El tío no respondió. Miré su perfil. Ni siquiera pestañeaba.

Ese día no dijimos nada. Papá subió al tío a la piecita y vino a sentarse con nosotros, que estábamos mirando televisión. Al otro día nos levantamos, nos vestimos, fuimos al colegio. A eso de las nueve de la mañana empecé a preguntarme si toda la historia de mi tío no había sido una pesadilla. Era posible.

Volví a casa, almorzamos. Pero después del almuerzo mamá nos pidió a mi hermana y a mí que subiéramos a verlo “un momentito”.

Pueden contarle cómo les fue en el cole, no sé, sacarle conversación, nos dijo.

Ni loca, dijo mi hermana.

Yo voy, dije.

Esperá un segundito, dijo mamá.

Me dio un café con leche y un paquete de galletitas de agua para ver si “se llevaba algo a la boca”.

Subí la escalera y toqué la puerta. Como nadie respondió, abrí y lo vi sentado en la cama. Le dejé el café y las galletitas en una mesa que él usaba de escritorio. Me quedé parado a una buena distancia. No se movió, no me miró.

¿Cómo es estar muerto?, le pregunté.

Pero como seguía igual, me di vuelta y bajé a casa.

5

En vida, mi tío era lo que se conoce como un solterón. Cuando estaba vivo, solía invitarme a su piecita para escuchar tangos, sobre todo de Julio de Caro y Gardel, y siempre me daba consejos del todo impracticables para acercarme a las chicas.

Después de la cena, que comía con nosotros, frente al televisor, a veces solía salir. Sospecho que llevaba mujeres a su piecita, que las debió haber pasado en silencio por el patio de la parra, y que las despachaba al amanecer, antes de que mi padre, que no toleraba demasiado sus costumbres sibaritas, se despertara para ir al trabajo.

Un par de veces lo vi vestido para salir, peinado con gomina, rociado con tanta colonia que era difícil respirar a su lado, zapatos de charol relucientes, un cigarrillo en los labios y una mirada de cazador a punto de emprender un safari por las entrañas de algún deplorable boliche bailable de la zona.

Esas noches cantaba tango a los gritos, y al pasar por el living se despedía siemprede la misma forma.

Que les garúe finito, decía, dejando una estela de colonia a su alrededor

Una de sus amantes, ex amantes, novia, ex novia, o como se diga, una mujeralta, morocha y recatada, vino a visitarlo un mes después de su, no sé cómo llamarlo de otra forma, resucitación. Mamá la recibió en el comedor y habló con ella. Le dijo que el tío no hablaba, que no respiraba, que estaba muerto. A ella no pareció importarle. No quiso que nadie la acompañara. Subió sola la escalera, estuvo cinco minutos allá arriba y al final bajó, pálida como un hueso, y se fue sin saludar.

6

No sé cuánto estuvo allá arriba. Sé que mamá fue la que más resistió. Ella siguió subiendo mucho tiempo a la piecita, sentándose a su lado, hablándole. Le contaba cosas, lo tomaba de la mano aunque le diera impresión que estuviera tan fría.

Después dejó de ir. Ni siquiera le subía comida, o iba a limpiar la pieza.

Para esa época ya sentíamos el olor. Bajaba desde su piecita, en los días de calor sobre todo, y mamá se encerraba a llorar. Un día estábamos en el patio de abajo con mi padre, y él levantó la cabeza.

Se está empezando a descomponer, me dijo. Vamos a tener que hacer algo con eso.

Una tarde en la que estaba solo subí los peldaños de esa escalera hasta la terraza de uno en uno, sintiéndome cada vez más descompuesto.En los últimos escalones tuve que taparme la cara con el antebrazo.

Lo vi por la ventanita de su pieza. Se movía, arrastrando los pies de un lado para el otro. Cuando se volvió hacia mí di un salto. No tenía nariz. Un ojo le colgaba sobre la mejilla. La lengua tan morada que se le había salido de la boca. Las moscas le caminaban por el cuerpo y espantaba con un manotazo y un gruñido.

7

Mamá subió a la terraza con un balde cargado de agua y un trapo, poco después. Fui detrás de ella. La pieza estaba vacía, los muebles y la ropa (que terminarían en la iglesia)se aireaban al sol. Mamá pasaba el piso, concentrada. Cuando terminó, cerró con llave la puerta y bajó. Parecía distinta. Más reconfortada. Se puso a cocinar uno de sus guisos e incluso silbó mientras lo hacía.

El olor nunca se le fue del todoa esa piecita, y de ahí en más la usamos para guardar cosas que no iríamos a necesitar en mucho tiempo, como nuestras carpetas de la primaria, el rifle de aire comprimido, los juegos de química. No recuerdo haber subido muchas veces a esa pieza, pero cuando lo hacía, más que miedo, sentía una tristeza inexplicable, al punto de casi ponerme a llorar.

Ni mi hermana ni yo preguntamos por el tío. Primero porque suponíamos que a los adultos no les habría gustado esa pregunta; segundo porque de alguna forma ya sabíamos lo que había pasado, nuestra mente infantil lo intuía, y esas preguntas no tenían sentido. Borramos al tío de nuestras conversaciones, de nuestra mente e incluso de nuestro recuerdo.

8

Hace poco pude hablar con papá del tema. Yo había ido a visitarlo al geriátrico, solo, sin mi mujer ni mis hijos, y sentados en el patio le pregunté qué había sido del tío, cómo había muerto, al fin.

¿Muerto?, dijo papá. Y sonrió un poquito. Si ya estaba muerto.

¿Y entonces?

Tu mamá andaba muy alterada. Tomaba pastillas para dormir, no sé si te acordás.

No, no me acuerdo.

Las tomaba. De a muchas. Ella me lo pidió. Yo le dije que no, que no podía, pero ella insistió tanto, me dijo tantas veces que era un cagón, que terminé haciéndolo. No tengo ninguna culpa por lo que hice. No podíamos vivir más así.

¿Qué hiciste, papá?

¿Te acordás que fueron a ver a la abuela un día, ustedes solos, con mamá?

Más o menos.

Bueno, un domingo. Era la tardecita. Lo subí al auto, a la parte de atrás. Estaba desfigurado, pobre, así que le puse una bolsa en la cabeza. Nos fuimos al campo, bien lejos. Una hora estuve viajando con él atrás. Respirando con la ventanilla abierta. Y entonces me metí en uno de esos caminos de tierra, hice un buen trecho y estacioné. No se veía nada. Ni una casa. Ahí lo bajé. Le saqué la bolsa.Le apoyé el revólver en la frente y le disparé. ¿Te acordás el revolver que tenía?

¿El 32?

Sí. Con ese le pegué el tiro.

¿Y qué pasó?

Cayó hacia atrás, con un agujero entre los ojos. Se volvió a levantar y se quedó ahí, meciéndose.

¿No murió?

No, porque ya estaba muerto. Yo enloquecí. Le vacié el cargador. Le tiré el revolver por la cabeza. Me puse a gritar ahí, en medio del campo. Pero no podía matarlo.

¿Y qué hiciste?

Me subí al auto y volví a casa.

¿Lo dejaste ahí?

Lo dejé ahí. No tengo ninguna culpa. Ya no podíamos vivir así, hijo. ¿Vos me entendés?

Me imaginé al tío parado en el campo durante todos esos años. Me lo imaginé bajo la lluvia, bajo el sol demencial de enero, bajo las heladas que saben caer en esa zona. Me lo imaginé asustando a los pobres paisanos que lo identificarían con alguno de los cuentos de ánimas en pena. Que es lo que era, en gran medida.

Dije que lo entendía. Que no se preocupara.

Mi papá levantó la taza de café con leche, sorbió un trago y volvió a dejarla en la mesa. Vi que la barbilla le había quedado manchada de café, y me acerqué para limpiársela.

Pobre, mi viejo, babea mucho últimamente. Cosas de la edad.

 

Tomado del diario Página12

Basura

Se encuentran en el área de servicio. Cada uno con su bolsa de basura. Es la primera vez que se hablan.
– Buenos días…
– Buenos días.
– La señora es del 610
– Y, el señor del 612
– Sí.
– Yo aún no lo conocía personalmente…
– De hecho…
– Disculpe mi atrevimiento, pero he visto su basura…
¿Mi qué?
– Su basura.
– Ah…
– Me he dado cuenta que nunca es mucha. Su familia debe ser pequeña…
– En realidad sólo soy yo.
– Mmmmmm. Me di cuenta también que usted usa mucha comida enlatada.
– Es que yo tengo que hacer mi propia comida. Y como no sé cocinar.
– Entiendo.
– Y usted también…
– Puede tutearme.
– También perdone mi atrevimiento, pero he visto algunos restos de comida en su basura. Champiñones, cosas así…
– Es que me gusta mucho cocinar. Hacer platos diferentes. Pero como vivo sola, a veces sobra…
– Usted… ¿Tú no tienes familia?
– Tengo, pero no son de aquí.
– Son de Espírito Santo.
¿Cómo lo sabe?
– Veo unos sobres en su basura. De Espírito Santo.
– Claro. Mi madre me escribe todas las semanas.
¿Ella es profesora?
¡Esto es increíble! ¿Cómo adivinó?
– Por la letra del sobre. Pensé que era letra de profesora.
– Usted no recibe muchas cartas. A juzgar por su basura.
– Así es.
– Pero, el otro día tenía un sobre de telegrama arrugado.
– Así fue.
¿Malas noticias?
– Mi padre. Murió.
– Lo siento mucho.
Él ya estaba viejito. Allá en el Sur. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.
¿Fue por eso que volviste a fumar?
¿Cómo es que sabes?
– De un día para otro comenzaron a aparecer paquetes de cigarrillos arrugados en su basura.
– Es cierto. Pero conseguí dejarlo de nuevo.
– Yo, gracias a Dios, nunca fumé.
– Ya lo sé. Pero he visto unos vidriecitos de pastillas en su basura…
– Tranquilizantes. Fue una fase. Ya pasó.
¿Peleaste con tu pololo, no es verdad?
¿Eso, también lo descubriste en la basura?
– Primero el buqué de flores, con la tarjetita, tirado en la basura. Después, muchos pañuelitos de papel.
– Es que lloré mucho, pero ya pasó.
– Pero incluso hoy vi unos pañuelitos…
– Es que estoy un poquito resfriada.
– Ah.
– Veo muchos crucigramas en tu basura.
– Claro. Sí. Bien. Me quedo solo en casa. No salgo mucho. Tú me entiendes.
¿Polola?
– No.
– Pero hace unos días tenías una fotografía de una mujer en tu basura. Parecía bonita.
– Estuve limpiando unos cajones. Cosa del pasado.
– No rasgaste la foto. Eso significa que, en el fondo, tú quieres que ella vuelva.
¡Tú estás analizando mi basura!
– No puedo negar que tu basura me interesó.
– Qué divertido. Cuando escudriñé tu basura, decidí que quería conocerte. Creo que fue la poesía.
¡No! ¿Viste mis poemas?
– Vi y me gustaron mucho.
– Pero, ¡si son tan malos!
– Si tú creías que eran realmente malos, los habrías rasgado. Y sólo estaban doblados.
– Si yo supiera que los ibas a leer…
– Sólo no los guardé porque, al final, los estaría robando. Si bien que, no sé: ¿la basura de la persona aún es propiedad de ella?
– Creo que no. Basura es de dominio público.
– Tienes razón. A través de la basura, lo particular se vuelve público. Lo que sobra de nuestra vida privada se integra con las sobras de los demás. La basura es comunitaria. Es nuestra parte más social. ¿Esto será así?
– Bueno, ahí estás yendo harto lejos con la basura. Creo que…
– Ayer, en tu basura…
¿Qué?
¿Me equivoqué o eran cáscaras de camarón?
– Acertaste. Compré unos camarones enormes y los descasqué.
¡Me encantan los camarones!
– Los descasqué, pero aún no los comí. Quien sabe, tal vez podamos…
¿Cenar juntos?
– Por qué no.
– No quiero darte trabajo.
– No es ningún trabajo.
– Pero vas a ensuciar tu cocina.
– Tonterías. En un instante limpio todo y pongo los restos en la basura.
¿En tu basura o en la mía?

 

Basura, título original “Lixo”, cuento de Luis Fernando Veríssimo, incluido en su libro de crónicas y cuentos O Analista de Bagé e, posteriormente, antologado en O Novo Conto Brasileiro por Malcolm Silverman (Rio de Janeiro, Nova Fronteira, 1985).

Traducción de Paula Vera.

El bosque persuasivo

Por Juan Sasturain

Siempre ha resultado tan enigmático como estimulante para los lectores de Dashiell Hammett –y en particular para los admiradores de El halcón maltés, su obra maestra de 1930–, lo que se suele identificar como “la historia de Flitcraft”. Se trata de un relato en apariencia independiente de la trama principal, incluido como al descuido en medio del capítulo VII. En una pausa de la acción, Sam Spade le cuenta a su cliente Brigid O’Shaughnessy, sin otro motivo aparente que llenar un tiempo muerto de espera, la historia de un individuo, Mr. Flitcraft, cuyo caso de desaparición sin dejar rastros él mismo investigó, años atrás, hacia 1922, cuando trabajaba en Seattle en una de las grandes agencias de detectives. La anécdota es muy conocida: el rutinario Flitcraft, agente de bienes raíces en Tacoma, padre de familia ejemplar, sin problemas de dinero, de salud ni de ningún tipo, integrado socialmente, feliz en su matrimonio y con una vida sin enemigos ni infidelidades ni trampas ni vicios, sale a almorzar un mediodía cualquiera y no vuelve más.

La Agencia lo busca infructuosamente y después de unos meses, se cierra el caso. Tres años después alguien le avisa a la mujer de Flitcraft que han visto a su marido en Spokane, no muy lejos de la ciudad de la que desapareció. Discretamente, Spade lo va a buscar y lo encuentra. Se ha cambiado el apellido por Pierce, está casado, tiene una hija pequeña y un trabajo estable. No se muestra arrepentido de lo que hizo y le cuenta lo que le pasó, para que Spade pueda entenderlo. Y explica que aquel mediodía, camino del restaurante y con la mente en blanco, pasaba como todos los días frente a un edificio en construcción cuando una viga de hierro cayó desde lo alto y se estrelló literalmente a sus pies. No le hizo absolutamente nada. Sólo una pequeña esquirla desprendida de la vereda se le clavó en la mejilla, le dejó una marquita que aún conserva. Quedó aterrado y sorprendido. Fue una verdadera revelación: “Como si de pronto alguien levantara la tapa del mecanismo de la vida y me permitiese verla por dentro”, le dijo Pierce a Spade. El, un hombre ordenado y previsor, había estado equivocado al obrar así; había ido siempre en contra de la verdadera naturaleza de la vida que es ser regida por al absoluto azar. Nada se puede ni debe controlar pues cualquier cosa puede pasar en cualquier momento. Así que dejó todo sin culpa –amaba a su familia, los dejaba sin apremios– y empezó a vivir al acaso, sin planes de vida. Abandonó todo, se fue a Seattle, tomó un barco a San Francisco y después deambuló por años haciendo una u otra cosa hasta que de nuevo se asentó en Spokane y ahí estaba.

Spade le cuenta a Brigid que todo se solucionó sin problemas porque la mujer no hizo escándalo alguno, pero que a él algo le resultó extraordinariamente curioso: la vida que llevaba Pierce no era demasiado diferente de la que había llevado Flitcraft en su momento. “Esta es la parte del asunto que siempre me gustó más”, dice el detective. “Se adaptó al hecho de que las vigas caían y, cuando dejaron de caer, se adaptó al hecho de que ya no cayeran.” Y eso es todo. La novela sigue y no se vuelve a hablar de la cosa.

Aunque el parco Hammett jamás se refirió al tema, toda la historia tiene una vaga resonancia de apólogo ejemplar, más precisamente de cuento oriental. Sobre todo por la imagen puesta en boca de Spade por Hammett –“Desapareció como desaparece un puño al abrirse la mano”– que si no tiene raíces zen, las merecería. Por ahí cabía entonces buscar la fuente posible de la sugestiva parábola que ha sido motivo de tantas inteligentes exégesis, como la del brillante Steven Marcus, entre otros hammettianos perspicaces.

Por eso, el oportuno descubrimiento del antiguo relato tradicional chino El bosque persuasivo, que transcribimos a continuación, echa una luz tan clara como diferente (en este caso, irónica) sobre la cuestión. Es muy posible que Hammett tuviera acceso a la antología que lo contiene en su versión inglesa de 1927, cuando hacía reseñas para The Saturday Review of Literature, recientemente compiladas. Lo notable e interesante para nosotros es que le versión hallada en castellano que transcribimos pertenece a parte del material desechado (por su extensión) en la primera edición de los Cuentos breves y extraordinarios, reunida por Borges y Bioy en 1953. Este es el texto completo:

El bosque persuasivo

Cuentan los que suponen que existen historias que valen el empeño de ser recordadas, que en tiempos de la dinastía amarilla, en la región del Tnin-lai, donde no son frecuentes la lepra ni la usura, vivía en la aldea de Wu el honorable Tu-Shui con su mujer Fai-Li y sus tres hijos. Tu-Shui era un funcionario de carrera que había accedido a la primera categoría en la Administración, tras heredar el cargo de Almacenero Mayor del Señor del Bosque de su padre, el benemérito Sun-Shui, de larga vida en el Tao, y lo había sabido conservar por méritos propios.

Dentro de lo que las menguadas facultades del entendimiento humano permiten afirmarlo, se decía que Tu-Shui era un hombre feliz, o que al menos llevaba una vida en la que el orden y la armonía, el reposado criterio y la sabia administración del tiempo y la energía le permitían una existencia sin sobresaltos ni ansiedades. Cierta vocación para la rutina y el control de los intempestivos estallidos del genio, más el cultivo de una saludable tendencia a preguntarse –sin excesivo énfasis– por el sentido de todo lo que le sucedía, habían hecho a Tu-Shui un modelo de armonía y bien estar en su casa con su familia, su trabajo y su comunidad, que lo tenía por un hombre equilibrado y predecible.

Hasta que un día, Tu-Shui salió de Wu a la hora acostumbrada para su trabajo de siempre en el centro de la vecina ciudad, y nunca llegó. Fai-Li lo esperó infructuosamente para comer al mediodía. Mandó entonces a su hijo mayor a la ciudad pero éste regresó diciendo que ese día Tu-Shui no había ido a trabajar, y que en la Administración habían supuesto que el niño iba, aunque tardíamente, a explicar las razones de la inusual ausencia de su padre. Preocupados, todos salieron a buscarlo por la ciudad. Los hijos de Tu-Shui, por su parte, rastrearon el camino desde la salida de la aldea al bosque que habitualmente cruzaba y el resto del camino para llegar al trabajo. Sin resultado. Entonces recurrieron al venerable anciano Lao-Tzu, comisario y consejero de la aldea, amigo personal de Tu-Shui, que luego de minuciosas averiguaciones confirmó lo que todos decían: nadie lo había vuelto a ver desde el momento en que salió de su casa. Nunca lo hallaron, ni vivo ni muerto. Tu-Shui se había esfumado –en la expresión del sabio Lao-Tzu– como desaparece un puño al abrirse la mano.

Tres años después, un mercader que recorría la región le dijo con discreta excitación al serenísimo Lao-Tzu que creía haber visto a alguien muy parecido a Tu-Shui en una aldea a apenas dos días de distancia hacia el Este. El prudente Lao-Tzu, escéptico respecto de la intención y la veracidad de mercaderes y viajeros en general, consideró que sin embargo no podía desechar la posibilidad, por remota que fuere, y sin permitirse la esperanza ni crear expectativas en la familia de su amigo, que ya había encontrado laboriosa serenidad y resignación ante la ausencia, partió a la aldea de Wei dispuesto a refutar la improbable novedad.

Pero para su sorpresa y alegría, Lao-Tzu halló a su amigo en Wei. Aunque había cambiado de nombre, y ahora se llamaba Wai-Nan, era el mismo Tu-Shui que no mostró ni embarazo ni culpa alguna al reencontrar a su amigo. “Puedo explicarte lo que sucedió, Lao-Tzu, y sé que tú comprenderás”, le dijo. Y pasó a contarle, mientras caminaban por las afueras de la aldea en un atardecer tormentoso, lo que le había sucedido aquel día puntual de su desaparición.

Hacía Tu-Shui el recorrido habitual atravesando el denso bosque de Chi, el de los grandes árboles, por el estrecho sendero en que la sombra es hábito y costumbre, cuando al pasar cerca del lugar donde los leñadores realizan cantando su tarea se detuvo por un momento para hacerse a un lado y dejar pasar a un par de perros que se perseguían ladrando a más no poder. Fue precisamente en ese instante que un enorme tronco se derrumbó como literalmente caído del cielo con recrujir de ramas rotas y quedó atravesado en el sendero a centímetros apenas de sus pies, en medio de una nube de tierra amarilla. Cuando el polvo se disipó, Tu-Shui, temblando y con la respiración aún entrecortada más por la sorpresa que por el miedo, pudo comprobar que estaba milagrosamente ileso. Apenas tenía un rasguño en la mejilla, provocado por una ramita que lo rozara al caer.

Miró a su alrededor: nadie se había percatado de lo acontecido. Los leñadores, derribado el árbol, seguían su trabajo como si nada, los pájaros cantaban, los perros se perseguían ladrando, ahora más lejos. Y Tu-Shui, junto con el miedo que lo sobrecogió, tuvo de pronto la sensación de que algo le había sido revelado, la evidencia de que si él hubiese dado apenas un paso más, todo seguiría igual, nada habría cambiado excepto que él estaría muerto. Eso era todo lo que sabía. Y era suficiente.

“Fue una verdadera revelación, Lao-Tzu”, le explicó a su amigo mientras se alejaban de la aldea de Wei y entraban en el bosque bajo un cielo amenazante: “Tú, que eres sabio y tienes la mente abierta puedes entender de qué se trata: más allá de la preocupación y el cuidado por controlar nuestros actos y conductas, de construir un orden armónico, la única ley sin ley que rige nuestras vidas es el distraído azar. Y de nada sirve ni es sabio, ni siquiera prudente, ir en contra de eso. Lo vi con la claridad que se pueden ver las carpas en el agua cristalina del estanque en un día luminoso. Y así fue que en ese mismo momento decidí adecuar mis actos a esa imprevisibilidad que está en el entramado de nuestras desorientadas vidas y, cambiando el rumbo, salí conscientemente del sendero y me introduje en el bosque y caminé al azar y sin pensar durante horas. Y así dejé todo –sin pesar, debes creerme, amigo mío– a mis espaldas: familia, trabajo, rutinas. E incluso cambié de nombre, no para escaparme de los míos –que dejé en bienestar y armonía– sino para no entorpecer las posibilidades de mi libertad. Así viví desde entonces. He recorrido toda la provincia y llegado en algún caso a los confines del imperio sin arraigarme más allá de lo necesario para sobrevivir. Si las contingencias de la deriva me han traído ahora hasta tan cerca de mi punto de partida no debes pensarlo como un intento de regreso sino como una evidencia de que todos los caminos son intercambiables, todos los bosques son otros y el mismo cada vez y…”.

“Precisamente el bosque puede darnos abrigo”, lo interrumpió Lao-Tzu inquieto y apresurando el paso, pues ya se había desatado la tormenta ante la indiferencia beatífica del elocuente Tu-Shui, retrasado, ensimismado en la explicación de su experiencia. Pese a que entre el rumor de la lluvia en las tupidas hojas y los sonoros truenos se había perdido parte del relato de su recuperado amigo, el prudente Lao-Tzu creía haber entendido lo esencial. Por eso, cuando el estruendo de un rayo partió el cielo en dos y reventó a sus espaldas fulminando en el acto a Tu-Shui y al árbol bajo el cual había buscado tardío y equívoco cobijo, primero se sorprendió, pero de inmediato no dudó un instante respecto de qué debía hacer: Lao-Tzu se prometió no pisar nunca más un bosque.

Larga vida en el Tao al hombre que sabe escuchar y aprende de sus amigos.

Fuan-Chu (comp.), Trivialidades ejemplares, siglo XVII.

Lo dicho: este texto, fuente innegable de la historia de Mr. Flitcraft, nunca hasta ahora se había publicado en castellano. Cabe admitir la posibilidad de que se trate –como en el caso de varios textos recogido en la luminosa antología de Borges y Bioy– de un apócrifo más, fruto del espíritu libre y jodón de los impunes compiladores.

Un detalle que no le quita sino que le agrega cierto encanto particular.

Juan Sasturain

Página12, Contratapa|Lunes, 29 de junio de 2015

La castaña, por Hernán Ronsino

Un relato inédito de Hernán Ronsino que, como sus novelas La descomposición (2009, Glaxo (2009) y Lumbre (2013), tensa las palabras entre el recuerdo y aquello que nunca puede ser dicho. Escribir con los ojos en el presente, y aun así saber que eso ya es pasado. “Yo estuve en Liscia, nona, acabo de llegar”, dice el nieto, como si eso pudiera ser más que la ilusión de haber estado, como siempre.

Están sentados en la vereda, en unos sillones de mimbre. Hace calor. Los pájaros chillan cada tanto entre las ramas. La nona teje y hace balancear los pies, que no llegan a tocar el piso. Y mientras teje cuenta de su pueblo, Liscia, en Italia; cuenta que trabajaba en el campo; cuenta de la guerra, de la miseria, del barco que la trajo al país. Entonces él le dice: Yo estuve en Liscia, nona, acabo de llegar, recorrí las callecitas, busqué tu casa, te imaginé andando por ahí. La nona deja de tejer, sorprendida, deja, incluso, de balancear los pies. Y lo mira, en silencio. Cómo, dice, estuviste en la Liscia. Él asiente con la cabeza. La nona mira a lo lejos, tratando de acomodar algo. Lo único que le sale es preguntar por la castaña. Y cómo está la castaña, dice y lo mira con esos ojos azules parecidos al color del río Treste que cruza el valle. Él dice la verdad. Dice que la castaña está seca y dice que antes de que llegue la primavera la van a cortar de raíz para plantar otra. La nona se queda en silencio. Mira un punto lejano. Y enseguida vuelve a tejer. Teje un rato. Cuando vuelve a mover los pies, él comprende que todo lo que han charlado se ha disuelto en una bruma espesa. Él comprende que la nona, tal cual le han dicho, cuando empieza a mover los pies se olvida de todo. Pero no pasará mucho para que la nona vuelva, como si nada, a contar de la Liscia, del trabajo en el campo, de la guerra, del hambre, de un viaje en barco a la Argentina. Entonces él insiste. Cree que es necesario decirlo otra vez: Yo estuve en la Liscia, nona. Y detalla los lugares, las calles, las personas. Ella, sorprendida, suspende otra vez el tejido, deja de mover los pies, mira un punto lejano como acomodando algo. Pregunta por la castaña. Entonces él dice – y cree que hacer eso es lo mejor – que ahora hay tres castañas, la más vieja donde vos jugabas y dos más. Están frondosas, nona, grandes, llenas de pájaros. La nona se emociona y mira a lo lejos, mira un punto. Se seca los ojos y vuelve a dar la batalla del tejido, los entramados, la lana interminable que desovilla. Ahora la nona dice que en la Liscia había víboras así de grandes; dice que desde la Liscia se escuchaba el canto de los gallos de los otros pueblitos que resplandecían en las montañas: San Buono, Palmoli, Carunchio; dice que se oía también el sonar de las campanas de esas iglesias. Y habla del río Treste, cristalino, que corre silencioso por el valle, habla de los viajes que hacía con las cubas en la cabeza para lavar la ropa o para juntar agua. Dice que desde el río la castaña era lo primero que se veía. En verano, dice, dibujaba una sombra parecida a un lobo hambriento. Después se queda en silencio, respira mirando un punto a lo lejos y le pregunta: ¿Así que ahora hay tres? Él asiente con la cabeza. La nona sonríe, dice: Qué lindo. Y vuelve a tejer, vuelve a tejer moviendo los pies, hamacándolos en el aire, sin que lleguen, por ejemplo, a tocar el piso.

Hernán Ronsino
Buenos Aires, EdM, 2015

Extraigo un cigarrillo y lo llevo a los labios; acerco el encendedor y lo hago funcionar, pero no enciende. Me sorprende, porque hace pocos momentos marchaba perfectamente, la llama era buena, y nada indicaba que el combustible estuviera por agotarse; es más: recuerdo haberle puesto piedra nueva, y una nueva carga de disán, hace apenas unas horas.

Acciono, sin resultado, repetidas veces el mecanismo; compruebo que se produce la chispa; entonces, con un cuentagotas, vuelvo a llenar el tanque de disán.

Tampoco enciende, ahora.

En varios años nunca había fallado así. Me propuse buscar el desperfecto.

Con una moneda le quito nuevamente el tornillo que cierra el tanque; esto no parece contribuir a desarmarlo. Con la misma moneda, quito luego el tornillo correspondiente al conducto de la piedra; sale también un resorte, que está enganchado a la punta del tornillo. En el otro extremo, el resorte lleva una pieza de metal, parecida a la piedra (que también sale, junto con algunos filamentos, blancos y del largo del resorte, en los que nunca me había fijado). El encendedor sigue siendo una pieza entera; en nada he adelantado quitando estos tornillos.

Lo examiné con más cuidado, y vi un tercer tornillo: es el que oficia de eje para la palanca que hace girar la rueda y provoca la chispa. Lo quito, pero ya no pude usar la moneda; debí servirme de un pequeño destornillador.

Tengo una colección de destornilladores, en total son muchos, van de menor a mayor, de uno a otro conservan las proporciones. Utilicé el más pequeño, aunque pude haber obtenido igual resultado con el N° 2, o el N° 3.

Salen algunos elementos: la palanca, el tornillo mismo (que, del otro lado, tiene una tuerca, aunque el aspecto exterior de esta tuerca es igual al de un tornillo; la parte no visible es hueca), dos o tres resortes y la ruedita con muescas; ésta rueda alegremente sobre la mesa, cae al suelo, y ya no la encuentro.

El encendedor, sin embargo, me sigue pareciendo un todo; hay algo ofensivo en esa solidez, un desafío. Y permanece oculta la falla. Introduzco entonces el destornillador en distintos orificios; en primer término atraviesa el conducto de la piedra, y asoma la punta por la parte de arriba; en el receptáculo del combustible encuentro algodón, y no sigo explorando; luego investigo los orificios de la parte superior. Hay dos: uno de ellos es el extremo de otro conducto, cuya función desconozco; es un tubo acodado, el destornillador no puede seguir más allá. El otro es más ancho, recto; al final del mismo -a una distancia que, calculo, corresponde aproximadamente a la mitad del encendedor- la herramienta, girando, de pronto se detiene, atrapada por la cabeza de un tornillo, que resuelvo quitar; es corto y ancho; entonces, tiro con los dedos de una pequeña saliente, mientras con la mano izquierda sujeto la parte exterior del cuerpo del encendedor, y veo, complacido, que algo se desliza.

Queda en mi mano izquierda la delgada capa metálica; con un leve chasquido, en el momento en que termina de salir la parte interior, un pequeño conjunto metálico se expande (me sorprendo, porque el tamaño es aproximadamente cuatro veces mayor) y queda en mi mano derecha una réplica, tamaño gigante, que apenas conserva las proporciones, y algo del aspecto del encendedor, pero hay muchos huecos y vericuetos; imagino un mecanismo de resortes que, para volver a guardar este conjunto en su capa, debo comprimir (no imagino cómo, aunque intuyo que debe ser difícil); sólo un mecanismo de resortes puede explicar este sorprendente crecimiento.

Introduciendo el destornillador en varios orificios descubrí que hay tornillos insospechados; pero el número uno es ya demasiado pequeño para ellos, no hace una fuerza pareja y temo que se estropeen. Elijo otro; el ideal es el N° 4, aunque bien podría usar el N° 3 o el N° 5, quizás el N° 6, y aun el N° 7.

Quito algunos tornillos. Caen resortes, de un conducto salen una pieza metálica entera, aceitada (parece un émbolo), y un par de ruedas dentadas.

Descubro que el conjunto consta también de dos partes, una externa y otra interna; cuando no encuentro más tornillos, procedo a separarlas por el mismo procedimiento anterior. El fenómeno se repite con puntualidad, y obtengo una estructura aproximadamente cuatro veces más grande que la anterior (y dieciséis veces más grande que el encendedor), pero el peso es siempre más o menos el mismo; incluso diría que esta estructura es más liviana que el encendedor entero, lo cual, si a primera vista puede parecer extraño -especialmente cuando se sostiene en la palma de la mano-, es lógico; por ley, el contenido tiene que pesar menos que el encendedor completo, a pesar de que su tamaño, mediante el ingenioso mecanismo de resortes, pueda aumentar y, por ello, parecer más pesado.

Me decido a quitar el algodón; parece estar muy comprimido (lo que explica que el disán se conserve tantos días en el interior del tanque -muchos más que en otros encendedores). El tanque ha crecido proporcionalmente, y ahora el algodón está más flojo; el contenido, compruebo, equivale a muchos paquetes grandes; no me ha costado trabajo quitarlo, porque mi mano entra entera en el tanque.

A esta altura, pienso que me va a ser muy difícil volver a armar el encendedor; quizás ya no pueda volver a usarlo. Pero no me importa; la curiosidad por el mecanismo me impulsa a seguir trabajando; ya no me interesa averiguar la causa de la falla (y creo que ya no estoy en condiciones de darme cuenta de dónde está esa falla), sino llegar a tener una idea de la estructura de ciertos encendedores.

No uso, ahora, destornillador, para investigar los conductos; mi mano cabe cómodamente en la mayoría de ellos. Es curioso el intrincamiento de algunos, semejante a un laberinto; mi mano encuentra a veces varios huecos en un mismo conducto, explora uno -que no es más que el principio, o el final, de otro conducto, y que a su vez tiene varios huecos que corresponden a otros tantos conductos. Hay menos tornillos, y también, en apariencia, actúa una menor cantidad de resortes.

Siguiendo con la mano, y parte del brazo, uno de los conductos y algunos de sus derivados, llego a un lugar que parece estar próximo al centro de la estructura; allí mis dedos palpan unas bolitas metálicas. Tienen la particularidad de estar sueltas a medias, como la punta de un bolígrafo; puedo hacerlas girar empujándolas con el dedo.

Presiono con más fuerza sobre una de ellas, y se desprende de la lámina metálica que la sujeta; comienza a rodar por los conductos y cae fuera de la estructura. Observo que su tamaño es como el de una bolita de las que los niños usan para jugar. Caen muchas. Diez o doce, o más. Tomo una de ellas y me sorprende el peso; parece que fuera una pieza entera. Pero de ser así, no me explico cómo pudo caber dentro del primitivo tamaño de encendedor. Pienso que, probablemente, también se hayan expandido mediante un sistema de resortes; me sigue llamando la atención el peso.

De pronto me sentí atacado por el sueño. Miré el reloj y vi que eran las dos de la madrugada. Es fascinante cómo uno se olvida del paso del tiempo cuando está entretenido en algo que le interesa. Pensé que debía irme a la cama, pero no puedo abandonar el trabajo. Quiero llegar, me propongo, a descubrir la última estructura, o a que el encendedor se desarme en su totalidad, se descomponga en cada uno de sus elementos.

Ahora, después de un par de operaciones, mediante las cuales vuelvo a separar la estructura en dos (una capa, o cáscara y una estructura cuadruplicada), el encendedor ocupa más de la mitad de la pieza; esta última estructura ya no se parece en nada al encendedor, sus formas son menos rígidas, hay curvas; si tuviera espacio suficiente para mirarla desde cierta distancia, quizás pudiera afirmar que es casi esférica.

Solamente a través del encendedor puedo pasar de un extremo a otro de la habitación; lo hago con cierta comodidad, aunque debo arrastrarme. Se me ocurre que si lo separara nuevamente en dos partes, obtendría una estructura por la cual podría andar sobre mis piernas. Pero temo, es casi una certeza, que ya no quepa en la habitación.

Hasta ahora he utilizado solamente uno de los conductos, que la atraviesa de lado a lado en forma rectilínea; pero hay otros, y siento tentación de meterme por ellos. Me atemorizan los laberintos; tomo un cono de hilo, ato el extremo a la manija de un cajón de la cómoda, y me introduzco en un conducto, que pronto tuerce la dirección y me lleva a otros.

Son blandos, sin dejar de ser metálicos; más que blandos, diría «muelles»; todavía se presiente la acción de resortes. Me maldigo: no se me ocurrió traer una linterna o, al menos, una caja de fósforos. La oscuridad se hizo total. Llevé, trabajosamente, la mano al bolsillo del pantalón, y solté la carcajada. Un movimiento reflejo, buscaba el encendedor en el bolsillo sin recordar que me encuentro dentro de él.

«Debo regresar a buscar la linterna», pensé, y ya me disponía a remontar el hilo, para volver, cuando veo una débil luz ante mis ojos. «Una salida, o quizás el mismo orificio por el que entré» -pienso y sigo arrastrándome hacia adelante, hacia la luz; ésta se vuelve cada vez más fuerte.

Puedo apreciar entonces cómo es el lugar en que me encuentro; no es exactamente un túnel, en el sentido de conducto tubular cerrado; está compuesto por infinidad de pequeños elementos, aunque hay grandes columnas metálicas, algunas más anchas que mi cuerpo, que lo atraviesan; pero no puedo ver dónde comienzan ni dónde terminan.

Sigo avanzando y no logro llegar al exterior; la luz se va haciendo más intensa -quiero decir que ahora es un poco más fuerte que la de una vela-; no logro aún localizar su fuente.

Descubro que puedo incorporarme, y camino -aunque ligeramente encorvado.

Escucho gemidos.

«Es la calle de los mendigos» -pienso-, y doy vuelta la esquina y veo la fuente de luz -un farol-, y por encima las estrellas.

En efecto, hay mendigos suplicantes y con ulceraciones en brazos y piernas, la calle es empedrada, y empinada; los comercios están cerrados, las cortinas metálicas bajas.

«Debo buscar un bar que esté abierto» -pienso-. «Necesito cigarrillos, y fósforos».

 

Mario Levrero, en http://www.ficticia.com/cuentos/callemendigos.html

Estaba ahí sobre el banquito, en mitad de la cocina.

–Mejor la prendo de nuevo –dijo Matías. Cautelosamente, miró a su mujer. Ella dijo:

–¿Cuántas veces la vas a prender? El miró hacia otra parte.

–Y si después se le atraviesa una basurita –murmuró.

–Siempre pensás lo peor –la voz de ella fue lapidaria–. Así vas a llegar lejos, sí.

Y dale con eso, quién les habrá dicho que uno quiere llegar lejos, y además son ellas las que lo desaniman a uno. Basta que un hombre se decida a algo, arreglar estufas por ejemplo, para que ¡zas! la mujer le caiga encima: Arreglando estufas. Ja. ¿Pero me querés decir a dónde vas a llegar arreglando estufas? Sin embargo, por algo se empieza; ahora en los ratos libres, después quién sabe. Por lo pronto ahí estaba, sobre el banquito, una especie de diploma o algo así. Y ciento treinta y cinco pesos son ciento treinta y cinco pesos. No era una cuestión de plata, o también lo era, sí (cómo explicar bien esto, cómo explicárselo a una mujer), y al mismo tiempo era otra cosa: era que ahí estaba su primera estufa, que él la había arreglado y que le iban a pagar por eso, por haberla arreglado.

–Yo la prendo.

–Dale, préndela, así cuando viene el dueño la ve prendida o la nota caliente, y se cree que la estuvimos usando. Si es que viene.

Ahí está, tenía que agregar: si es que viene. Y por qué no iba a venir, vamos a ver. Era necesario que viniera; si el hombre no venía, Matías Goldoni difícilmente iba a poder dormir esa no­che. Miró la estufa. De pronto sintió que le tenía cariño.

Lejano, se oyó el timbre de la puerta de calle. Ellos se mi­raron un instante.

–Debe ser el novio de la Elvia –dijo al fin la mujer.

–Sí, debe ser –dijo Matías.

Elvia era la hija de los dos del primer patio, y Matías pensó que, en efecto, nada impedía que en ese momento llegara el novio. Y se sobresaltó.

–¡Capaz que se viene con uno de los chicos!

–Quién –dijo la mujer–. Qué chicos.

–El hombre. El dueño de la estufa.

–¿Y?

–¡Y! ¿No entendés? Que si Elvia y el novio están en la puerta como saben estar, anda a saber lo que piensa de la casa. Y después nadie nos trae más trabajo.

La mujer hizo un gesto. Matías entendió que ese gesto sig­nificaba: Vos te vas a enloquecer con tus estufas. Y sin embargo es cuestión de empezar bien, eso influye mucho. Después uno pone el tallercito, compra herramientas, eh, si no, cómo empezaron Volcán y todos ésos.

Se oyó la voz de un chico.

–En la puerta hay uno que pregunta por el Matías. Su mujer lo miró y él comprendió que también ella estaba asustada ahora. Pero, asustada y todo, tuvo aliento para decir:

–Y, ¿qué esperas?

Menos mal, el hombre gordo había venido solo. Cuando estaban llegando a la cocina, Matías señaló vagamente el lavadero y dijo:

–Todavía no instalé el taller. Por ahora me arreglo más o menos. Provisorio, claro. Pase, pase a la cocina.

Aquello era poco serio. Recibir a un cliente en la cocina: lo iban a confundir con un vulgar tachero. El hombre gordo, sin em­bargo, no pareció molesto. Cortés, saludó a la mujer y se quitó el sombrero, ella mecánicamente se limpió las manos en el delantal. Matías comprendió que era necesario decir algo.

–Me dio trabajo, sabe. Hubo que desarmarla toda. Se miraron un instante. Sonrieron.

–La taza de calentar estaba picada; no valía la pena sol­darla. La cambié por otra más chica, pero sirve lo mismo. Ya va a ver.

Nada de lo cual pareció importarle gran cosa al hombre gordo.

Matías supo que había llegado el momento. Se agachó. Para asegurarse, echó dos medidas de alcohol en el depósito. Quiera Dios que no se le atraviese una basurita.

–Anda perfectamente, ya va a ver.

La mano le tembló un poco; presentía la mirada de su mujer y la curiosidad del hombre clavadas en su nuca. Encendió un fósforo. Durante un segundo, la llamita, azul, luchó por extenderse sobre el alcohol. Después, como si jugara, hizo una pirueta y se apagó. Otro fósforo. Más cerca esta vez, hasta que casi se quemó los dedos. Y la mirada de su mujer y la curiosidad del hombre. Pero el alcohol no prendía. Lo único que me faltaba.

–Viene malo. Le ponen agua, sabe.

El hombre gordo asintió, sonriente. La mujer empezó a cocinar. Matías encendió un nuevo fósforo. La llamita azul, la pi­rueta a que sí a que no, y finalmente pfffss. Matías encendió tres fósforos más: lo mismo. Y justo ahora aquélla se pone a freír milanesas, habla todo el día y justo ahora se queda callada. Estaba haciendo calor en la cocina.

–Alcánzame un papel, vieja.

Ella, en silencio, obedeció. El hombre gordo también guar­daba silencio. Matías Goldoni sintió que, por el momento, el uni­verso giraba silenciosamente en torno de un hombre que trataba de prender una estufa. Sí, la verdad que hacía calor. Y para colmo el papel resultó tan inútil como los fósforos. Si sería desgraciado el ga­llego de la vuelta.

–El alcohol se ríe –dijo Matías. ¿Qué estaba diciendo?

–Le echan agua –dijo–. Compran un litro y venden diez.

Se puso de pie; necesitaba una pausa.

–Vieja, anda, pedile un poco de alcohol fino a la Elvia.

Ella salió.

El hombre gordo comenzó a pasear sus ojos por la cocina. La cortina floreada de la ventanita, el calentador, la calcomanía del morrón, el almanaque con el dibujo de un perro vestido de mecáni­co. Cuando se le terminó la cocina, la mirada del hombre gordo que­dó fija en los ojos de Matías. Matías sonrió. El hombre gordo tam­bién sonrió.

–Hace un poco de calor, ¿no? –dijo Matías. Había estado a punto de proponerle que se sacara el so­bretodo, pero se arrepintió a tiempo: era un cliente. Agregó:

–Me costó un trabajo bárbaro; tuve que desarmarla. Es­taba muy sucia.

No debió haber dicho eso, a ver si el hombre lo tomaba a mal. Trató de explicar:

–Sucia del querosén. El gas. Y los grafitos de las junturas se estropean, claro. Después, pierde.

Y ésta que no viene; a ver si se le queman las milanesas, encima.

Entonces entró la mujer y dijo:

–Dice que no tiene.

Matías y el hombre gordo se miraron. Por distintos moti­vos, transpiraban.

Matías pidió otro pedazo de papel.

Y el hombre gordo habló por primera vez. Su voz fue tan sorpresiva que ellos se sobresaltaron.

–Mire, la llevo así nomás. Si usted dice que anda…

–¡No! –la voz de Matías era casi dramática–. No. Se la prendo. Usted va a ver. Vieja, ¡el papel! Ella se lo alcanzó. Dijo:

–Ya perdiste demasiado tiempo con esa estufa. No te con­viene trabajar así. Al final, perdés plata. El tiempo que te llevó ésa…

–Cosas del oficio –Matías sonrió nerviosamente; cada vez sentía más calor, y ese alcohol de miércoles.– A veces sale aliviada y otras no. Pero, ni bien la prenda, va a ver. Va a ver cómo anda.

Y tal vez fue por la desesperación que puso en el gesto de acercar el papel, o porque estaba de Dios, pero el alcohol se en­cendió. Primero lentamente, después decidido; por fin, triunfante.

Entonces Matías se dio cuenta de que el alcohol se había derramado sobre el banquito, porque el banquito empezó a arder.

–Pero, eso pierde –dijo el hombre gordo.

–Ponela en el suelo, querés –dijo la mujer.

–Dame un trapo –dijo Matías.

Se atropellaba. Al bajar la estufa se quemó los dedos y estu­vo a punto de soltarla. La mujer, con un trapo, apagó el fuego del banquito y echó una mirada de hielo a Matías. El hombre gordo volvió a decir:

–Pero pierde.

Matías, desordenadamente, trató de explicarle que no, que no perdía, sólo le había echado alcohol de más y eso era todo, ahora la taza era un poco más chica pero no tenía importancia, no había que ponerle alcohol una sola vez, sino dos.

–Sí, pero pierde.

Matías comenzó a dar bomba y repitió que no tenía impor­tancia. Dijo que él la había prendido antes y funcionaba perfecta­mente, ya va a ver. Y la mujer dijo:

–Por qué no esperas que se caliente.

Me va a enseñar a mí cómo se prende una estufa.

–Seguí con tus milanesas –dijo Matías.

Ella se dio vuelta, herida. El hombre trató de sonreír:

–Mire, me parece conveniente cambiarle nomás el cosito del alcohol, mejor la dejo –y se puso el sombrero.

–¡No! Si anda lo más bien. –Matías daba bomba como si se jugara la vida. –Va a ver, va a ver –porque era imprescindible que el hombre viese, porque para eso Matías Próspero Severino Goldoni había arreglado esta estufa y porque él le iba a demostrar, tenía que demostrarle, que la estufa andaba perfectamente–. Va a ver –y daba bomba como si se jugara la vida.

Pero el hombre gordo dijo:

–Yo se la dejo. Le creo que anda.

Matías negaba con la cabeza y seguía dando bomba. La mujer, como con lástima (o tal vez imperceptiblemente de otro modo ahora) lo miraba hacer. Cuando Matías abrió la roseta y pidió un papel, ella dijo en voz baja:

–Esa estufa está fría, viejo.

Y era cierto.

Llamas amarillas subían por los quemadores. Un desagra­dable olor a querosén crudo se confundía agriamente con el de las milanesas. Matías sintió un nudo en la garganta. Entonces perdió toda compostura:

–Le juro que andaba, yo la probé y andaba. ¡Vos, María Elisa, vos no me dejas mentir!

–Yo le creo –dijo el hombre–. Mire, mañana…

–Es que yo quería que usted la llevara ahora, ¿no en­tiende? La estufa anda bien; anda bien porque yo la arreglé. No es la primera que arreglo. ¡Usted cree que es la primera, pero no es la primera!

–Pero si yo no digo nada.

–Usted no lo dice, pero lo piensa. ¡Vieja! Decile que an­daba.

El hombre gordo ahora parecía realmente molesto. Se acer­có a la puerta y, mientras la abría, murmuró un apresurado buenas noches. Desde afuera agregó que mañana iba a volver. Mañana, sí, a la noche, o tal vez pasado mañana.

Matías lo siguió a todo lo largo del patio. Iba repitiendo que la estufa andaba, que tenía que creerle. Después, en la calle, y cuando el hombre ya estaba lejos, todavía lo repetía.

Abelardo Castillo, en Cuentos cureles

Una gloriosa mañana de abril del año 1981, caminando por el distrito Harajuku de Tokio, me cruzo con la chica ciento por ciento perfecta para mí. No es especialmente linda, nada en ella llama la atención, su pelo conserva todavía la marca de la almohada. Tampoco es joven (ha de andar por los treinta, o sea que ni siquiera califica del todo como chica, si hablamos con propiedad). Pero aun así, ya a cincuenta metros de distancia, sé que es la chica ciento por ciento perfecta para mí.

Cada uno tiene su tipo favorito de chica: las de tobillos finos, las de ojos grandes, las de manos hermosas. Yo también tengo mis preferencias: a veces me quedo mirando @do a una chica sólo por la forma de su nariz. Pero nadie puede garantizarnos que la chica ciento por ciento perfecta para nosotros responda a nuestros gustos. A pesar de mi confesa debilidad por cierta clase de nariz, no puedo recordar la forma que tenía la de ella. Lo único que recuerdo es que nada llamaba la atención. Sé que es extraño. Me imagino contándoselo a un amigo: “Ayer me crucé por la calle a la chica ciento por ciento perfecta para mí”. “¿Sí? ¿Era muy hermosa?” “No especialmente.” “¿Pero era tu tipo?” “No sé, no puedo recordar ni el color de sus ojos ni el tamaño de sus tetas.” “Qué cosa más rara”, diría mi amigo, ya aburrido. “¿Y qué hiciste? ¿Le hablaste? ¿La seguiste?” “No, sólo me la crucé por la calle.”

Ella viene caminando en dirección al oeste; yo voy hacia el este. Es una mañana gloriosa. Que se volvería doblemente gloriosa si me atreviera a hablarle cuando nos crucemos. Sólo unos minutos para explicarle las complejidades del destino que condujeron nuestros pasos hasta esta calle de Harajuku en esta gloriosa mañana de abril. Sería un monólogo hecho de detalles perfectamente encastrados entre sí, como esos relojes construidos en los tiempos en que la paz reinaba en el mundo. Después de esa conversación en la calle iríamos a almorzar, y después al cine o a un bar a tomar unos tragos, y con un poco de suerte terminaríamos en la cama. Así es como golpea el destino la puerta de nuestro corazón. Pero la distancia entre ella y yo se ha acortado ahora a menos de quince metros. ¿Cómo hacer para abordarla? ¿Qué decir?

“Buen día, preciosa. ¿Puedo robarte unos minutos de tu valiosísimo tiempo?” Ridículo; me consideraría un vendedor de seguros. “¿Podrías decirme dónde hay un lavadero cerca?” Igual de ridículo: no llevo ninguna bolsa de ropa sucia. Quizá lo mejor sería decirle la verdad: “¿Sabes que eres la chica ciento por ciento perfecta para mí?”. No, no me creería. Incluso si me creyera, no le interesaría hablar conmigo: “Lo lamento”, me diría, “puede que yo sea la chica ciento por ciento perfecta para ti, pero tú no eres el chico ciento por ciento perfecto para mí.” Y si ocurriera eso, me derrumbaría, nunca me recobraría del impacto. Ya tengo treinta y dos años, y ésa es la clase de cosas que vienen con la edad.

Cuando por fin nos cruzamos es justo delante de un puesto de flores. Una levísima masa de aire cálido toca mi piel. El asfalto está húmedo, el aroma de las flores también. Ella tiene puesto un suéter blanco y lleva en la mano derecha un sobre igual de inmaculado. Está yendo al correo a despachar esa carta. Que estuvo toda la noche escribiendo, a juzgar por el cansancio de su mirada y el estado de su peinado. Quizás ese sobre contiene todos sus secretos. Unos pasos después de cruzarme con ella me doy vuelta a mirarla, pero ya se ha esfumado entre la multitud. Y, como siempre sucede, recién ahora se me ocurre qué tendría que haberle dicho, aunque sea demasiado largo, y demasiado complicado de decir en la calle, a una desconocida. El monólogo habría empezado con “Había una vez” y terminado con “Qué historia triste, ¿no?”, porque así empiezan y terminan todas las historias.

Había una vez un chico y una chica. El chico tenía dieciocho años y la chica dieciséis. El no era especialmente atractivo y ella no era especialmente linda. Eran un chico y una chica como cualquier otro. Pero los dos creían con todo su corazón que en algún lugar del mundo había alguien ciento por ciento perfecto para ellos. Sí, los dos creían en milagros. Y el milagro ocurrió. Un día los dos se cruzaron por la calle. “Alucinante”, dijo él. “Te estuve buscando toda mi vida. Aunque no me creas, eres la chica ciento por ciento perfecta para mí.” “Y tú eres el chico ciento por ciento perfecto para mí”, dijo ella. “Eres tal como te imaginaba. Es como un sueño.” Se sentaron en el banco de una plaza, tomados de las manos, y se contaron la historia de sus vidas. Hablaron durante horas. Ya no habría soledad para ellos: habían encontrado a la persona ciento por ciento perfecta para el otro. Un milagro, un milagro cósmico. Sin embargo, mientras conversaban, un ínfimo matiz de duda fue asomando en sus corazones: ¿podía ser que los sueños se hicieran realidad tan fácilmente? En un silencio de la conversación, el chico le dijo a la chica: “Probémonos. Por una única vez. Si realmente somos ciento por ciento perfectos para el otro, volveremos a encontrarnos. Y cuando eso ocurra sabremos que somos el uno para el otro, y nos casaremos, ese mismo día. ¿Qué dices?”. Ella asintió: “Es lo que debemos hacer”. Así que se levantaron del banco y se alejaron por el parque, uno hacia el este y la otra hacia el oeste.

Pero el trato que habían convenido era por completo innecesario. De hecho, jamás debieron comprometerse a tal cosa, porque eran realmente el uno para el otro, y sólo un auténtico milagro había permitido que se encontraran. Pero, claro, cómo iban a saber tal cosa dos mocosos como ellos. Las caprichosas mareas del destino procedieron entonces a sacudirlos sin piedad. Un invierno, tanto él como ella pescaron una terrible gripe que atacó la ciudad. Luego de tenerlos más de una semana entre la vida y la muerte, el virus remitió, pero les borró la memoria. Cuando despertaron, ambos carecían de todo recuerdo de su vida previa a la enfermedad. Como eran dos jóvenes voluntariosos y decididos, lograron a través de esfuerzos incansables ir adquiriendo los recursos básicos para interactuar nuevamente en sociedad. Pudieron convertirse en buenos ciudadanos, que se orientaban perfectamente cuando tenían que hacer combinación de líneas en el metro o llamadas telefónicas de cobro revertido. Incluso fueron capaces de enamorarse de nuevo, llegando a veces a estar con la persona setenta y cinco por ciento, hasta ochenta por ciento perfecta para ellos. El tiempo pasó con asombrosa rapidez. Pronto él tuvo treinta y dos años y ella treinta. Y una mañana maravillosa de abril del año 1981, él andaba buscando un bar donde tomarse una taza de café y ella iba al correo a despachar una carta. Ella iba en dirección oeste y él en dirección este por la misma callecita de Harajuku. Cuando se vieron, un leve chispazo iluminó durante el más breve de los instantes los pasillos vacíos de sus memorias. Cada uno sintió un temblor en el pecho y supo:

Es la chica ciento por ciento perfecta para mí.

Es el chico ciento por ciento perfecto para mí.

Pero aquel destello de sus memorias fue demasiado leve y ni el uno ni el otro tuvo la claridad de pensamiento que había tenido catorce años antes. Se cruzaron sin decirse una palabra, frente a un puesto de flores, y cada uno siguió su rumbo, hasta perderse en la multitud, para siempre.

Qué historia triste, ¿no?

Sí, eso es exactamente lo que debería haberle dicho.

 

Traducción: Juan Forn.

En: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-250413-2014-07-10.html

De Cuentos orientales

El anciano pintor Wang-Fô y su dis­cípulo Ling erraban por los caminos del reino de Han.
Avanzaban lentamente pues Wang-Fô se detenía durante la noche a contemplar los astros y durante el día a mirar las libélulas. No iban muy cargados, ya que Wang-Fô amaba la imagen de las cosas y no las cosas en sí mismas, y ningún objeto del mundo le parecía digno de ser adquirido a no ser pinceles, tarros de laca y rollos de seda o de papel de arroz. Eran pobres, pues Wang-Fô trocaba sus pinturas por una ración de mijo y despreciaba las monedas de plata. Su dis­cípulo Ling, doblándose bajo el peso de un saco lleno de bocetos, encorvaba respetuosa­mente la espalda, como si llevara encima la bóveda celeste, ya que aquel saco, a los ojos de Ling, estaba lleno de montañas cubiertas de nieve, de ríos en primavera y del rostro de la luna de verano.
Ling no había nacido para correr los caminos al lado de un anciano que se apo­deraba de la aurora y apresaba el crepúscu­lo. Su padre era cambista de oro; su madre era la hija única de un comerciante de jade, que le había legado sus bienes maldiciéndola por no ser un hijo. Ling había crecido en una casa donde la riqueza abolía las in­seguridades. Aquella existencia, cuidadosa­mente resguardada, lo había vuelto tímido: tenía miedo de los insectos, de la tormenta y del rostro de los muertos. Cuando cum­plió quince años, su padre le escogió una es­posa, y la eligió muy bella, pues la idea de la felicidad que proporcionaba a su hijo lo con­solaba de haber llegado a la edad en que la noche sólo sirve para dormir. La esposa de Ling era frágil como un junco, infantil como la leche, dulce como la saliva, salada como las lágrimas. Después de la boda, los padres de Ling llevaron su discreción hasta el punto de morirse, y su hijo se quedó solo en su casa pintada de cinabrio, en compañía de su joven esposa, que sonreía sin cesar, y de un ciruelo que daba flores rosas cada primavera. Ling amó a aquella mujer de corazón límpido igual que se ama a un espejo que no se empaña nunca, o a un talismán que siempre nos pro­tege. Acudía a las casas de té para seguir la moda, y favorecía moderadamente a bailari­nas y acróbatas.
Una noche, en una taberna, tuvo por compañero de mesa a Wang-Fô. El anciano había bebido, para ponerse en un estado que le permitiera pintar con realismo a un borra­cho; su cabeza se inclinaba hacia un lado, como si se esforzara por medir la distancia que separaba su mano de la taza. El alcohol de arroz desataba la lengua de aquel arte­sano taciturno, y aquella noche, Wang habla­ba como si el silencio fuera una pared y las palabras unos colores destinados a embadur­narla. Gracias a él, Ling conoció la belleza que reflejaban las caras de los bebedores, difuminadas por el humo de las bebidas ca­lientes, el esplendor tostado de las carnes la­midas de una forma desigual por los lengüetazos del fuego, y el exquisito color de rosa de las manchas de vino esparcidas por el manteles como pétalos marchitos. Una ráfaga de viento abrió la ventana; el aguacero pe­netró en la habitación. Wang-Fô se agachó para que Ling admirase la lívida veta del rayo y Ling, maravillado, dejó de tener miedo a las tormentas.
Ling pagó la cuenta del viejo pintor; como Wang-Fô no tenía ni dinero ni mora­da, le ofreció humildemente un refugio. Hi­cieron juntos el camino; Ling llevaba un farol; su luz proyectaba en los charcos inesperados destellos. Aquella noche, Ling se enteró con sorpresa de que los muros de su casa no eran rojos, como él creía, sino que tenían el color de una naranja que se empieza a pudrir. En el patio, Wang-Fô advirtió la forma deli­cada de un arbusto, en el que nadie se había fijado hasta entonces, y lo comparó a una mujer joven que dejara secar sus cabellos. En el pasillo, siguió con arrobo el andar va­cilante de una hormiga a lo largo de las grietas de la pared, y el horror que Ling sen­tía por aquellos bichitos se desvaneció. Enton­ces, comprendiendo que Wang-Fô acababa de regalarle un alma y una percepción nuevas, Ling acostó respetuosamente al anciano en la habitación donde habían muerto sus padres.
Hacía años que Wang-Fô soñaba con hacer el retrato de una princesa de antaño tocando el laúd bajo un sauce. Ninguna mujer le parecía lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling podía serlo, pues­to que no era una mujer. Más tarde, Wang-Fô habló de pintar a un joven príncipe ten­sando el arco al pie de un alto cedro. Ningún joven de la época actual era lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling mandó posar a su mujer bajo el ciruelo del jardín. Después, Wang-Fô la pintó vestida de hada entre las nubes del poniente, y la joven lloró, pues aquello era un presagio de muerte. Des­de que Ling prefería los retratos que le hacía Wang-Fô a ella misma, su rostro se marchi­taba como la flor que lucha con el viento o con las lluvias de verano. Una mañana la en­contraron colgada de las ramas del ciruelo rosa: las puntas de la bufanda de seda que la estrangulaba flotaban al viento mezcladas con sus cabellos; parecía aún más esbelta que de costumbre, y tan pura como las beldades que cantan los poetas de tiempos pasados. Wang-Fô la pintó por última vez, pues le gustaba ese color verdoso que adquiere el rostro de los muertos. Su discípulo Ling desleía los colores y este trabajo exigía tanta aplicación que se olvidó de verter unas lágrimas.
Ling vendió sucesivamente sus escla­vos, sus jades y los peces de su estanque para proporcionar al maestro tarros de tinta púr­pura que venían de Occidente. Cuando la casa estuvo vacía, se marcharon y Ling cerró tras él la puerta de su pasado. Wang-Fô estaba cansado de una ciudad en donde ya las caras no podían enseñarle ningún secreto de belleza o de fealdad, y juntos ambos, maes­tro y discípulo, vagaron por los caminos del reino de Han.
Su reputación los precedía por los pue­blos, en el umbral de los castillos fortifica­dos y bajo el pórtico de los templos donde se refugian los peregrinos inquietos al llegar el crepúsculo. Se decía que Wang-Fô tenía el poder de dar vida a sus pinturas gracias a un último toque de color que añadía a los ojos. Los granjeros acudían a suplicarle que les pintase un perro guardián, y los señores que­rían que les hiciera imágenes de soldados. Los sacerdotes honraban a Wang-Fô como a un sabio; el pueblo lo temía como a un brujo.
Wang se alegraba de estas diferencias de opi­niones que le permitían estudiar a su alre­dedor las expresiones de gratitud, de miedo o de veneración.
Ling mendigaba la comida, velaba el sueño de su maestro y aprovechaba sus éxtasis para darle masaje en los pies. Al apuntar el día, mientras el anciano seguía durmiendo, salía en busca de paisajes tímidos, escondidos detrás de los bosquecillos de juncos. Por la noche, cuando el maestro, desanimado, tiraba sus pinceles al suelo, él los recogía. Cuando Wang-Fô estaba triste y hablaba de su avan­zada edad, Ling le mostraba sonriente el tronco sólido de un viejo roble; cuando Wang-Fô estaba alegre y soltaba sus chanzas, Ling fingía escucharlo humildemente.
Un día, al atardecer llegaron a los arrabales de la ciudad imperial, y Ling buscó para Wang-Fô un albergue donde pasar la noche. El anciano se envolvió en sus harapos y Ling se acostó junto a él para darle calor, pues la primavera acababa de llegar y el suelo de barro estaba helado aún. Al llegar el alba, unos pesados pasos resonaron por los pasi­llos de la posada; se oyeron los susurros amedrentados del posadero y unos gritos de mando proferidos en lengua bárbara. Ling se estremeció, recordando que el día anterior había robado un pastel de arroz para la comida del maestro. No puso en du­da que venían a arrestarlo y se preguntó quién ayudaría mañana a Wang-Fô a vadear el próximo río.
Entraron los soldados provistos de fa­roles. La llama, que se filtraba a través del papel de colores, ponía luces rojas y azules en sus cascos de cuero. La cuerda de un arco vibraba en su hombro, y, de repente, los más feroces rugían sin razón alguna. Pusieron su pesada mano en la nuca de Wang-Fô, quien no pudo evitar fijarse en que sus mangas no hacían juego con el color de sus abrigos.
Ayudado por su discípulo, Wang-Fô siguió a los soldados, tropezando por unos caminos desiguales. Los transeúntes, agrupa­dos, se mofaban de aquellos dos criminales a quienes probablemente iban a decapitar. A todas las preguntas que hacía Wang, los soldados contestaban con una mueca salvaje. Sus manos atadas le dolían y Ling, desespe­rado, miraba a su maestro sonriendo, lo que era para él una manera más tierna de llorar.
Llegaron a la puerta del palacio impe­rial, cuyos muros color violeta se erguían en pleno día como un trozo de crepúsculo. Los soldados obligaron a Wang-Fô a franquear innumerables salas cuadradas o circulares, cuya forma simbolizaba las estaciones, los puntos cardinales, lo masculino y lo femenino, la longevidad, las prerrogativas del poder. Las puertas giraban sobre sí mismas mientras emitían una nota de música, y su disposición era tal que podía recorrerse toda la gama al atravesar el palacio de Levante a Poniente. Todo se concertaba para dar idea de un poder y de una sutileza sobrehumanas y se percibía que las más ínfimas órdenes que allí se pro­nunciaban debían de ser definitivas y terribles, como la sabiduría de los antepasados. Final­mente, el aire se enrareció; el silencio se hizo tan profundo que ni un torturado se hubiera atrevido a gritar. Un eunuco levantó una cor­tina; los soldados temblaron como mujeres, y el grupito entró en la sala en donde se hallaba el Hijo del Cielo sentado en su trono.
Era una sala desprovista de paredes, sostenida por unas macizas columnas de piedra azul. Florecía un jardín al otro lado de los fustes de mármol y cada una de las flores que encerraban sus bosquecillos pertenecía a una exótica especie traída de allende los mares. Pero ninguna de ellas tenía perfume, por temor a que la meditación del Dragón Ce­leste se viera turbada por los buenos olores. Por respeto al silencio en que bañaban sus pensamientos, ningún pájaro había sido ad­mitido en el interior del recinto y hasta se había expulsado de allí a las abejas. Un alto muro separaba el jardín del resto del mundo, con el fin de que el viento, que pasa sobre los perros reventados y los cadáveres de los campos de batalla, no pudiera permitirse ni rozar siquiera la manga del Emperador.
El Maestro Celeste se hallaba sentado en un trono de jade y sus manos estaban arrugadas como las de un viejo, aunque ape­nas tuviera veinte años. Su traje era azul, para simular el invierno, y verde, para recordar la primavera. Su rostro era hermoso, pero im­pasible como un espejo colocado a demasiada altura y que no reflejara más que los astros y el implacable cielo. A su derecha tenía al Ministro de los Placeres Perfectos y a su iz­quierda al Consejero de los Tormentos Justos. Como sus cortesanos, alineados al pie de las columnas, aguzaban el oído para recoger la menor palabra que de sus labios se escapara, había adquirido la costumbre de hablar siempre en voz baja.
—Dragón Celeste —dijo Wang-Fô, prosternándose—, soy viejo, soy pobre y soy débil. Tú eres como el verano; yo soy como el invierno. Tú tienes Diez Mil Vidas; yo no ten­go más que una y pronto acabará. ¿Qué te he hecho yo? Han atado mis manos que jamás te hicieron daño alguno.
—¿Y tú me preguntas qué es lo que me has hecho, viejo Wang-Fô? —dijo el Em­perador.
Su voz era tan melodiosa que daban ganas de llorar. Levantó su mano derecha, que los reflejos del suelo de jade transforma­ban en glauca como una planta submarina, y Wang-Fô, maravillado por aquellos dedos tan largos y delgados, trató de hallar en sus recuerdos si alguna vez había hecho del Em­perador o de sus ascendientes un retrato tan mediocre que mereciese la muerte. Mas era poco probable, pues Wang-Fô hasta aquel momento, apenas había pisado la corte de los Emperadores, prefiriendo siempre las chozas de los granjeros o, en las ciudades, los arra­bales de las cortesanas y las tabernas del mue­lle en las que disputan los estibadores.
—¿Me preguntas lo que me has hecho, viejo Wang-Fô? —prosiguió el Emperador, in­clinando su cuello delgado hacia el anciano que lo escuchaba—. Voy a decírtelo. Pero como el veneno ajeno no puede entrar en nosotros, sino por nuestras nueve aberturas, para poner­te en presencia de tus culpas deberé recorrer los pasillos de mi memoria y contarte toda mi vida. Mi padre había reunido una colec­ción de tus pinturas en la estancia más es­condida del palacio, pues sustentaba la opi­nión de que los personajes de los cuadros deben ser sustraídos a las miradas de los pro­fanos, en cuya presencia no pueden bajar los ojos. En aquellas salas me educaron a mí, viejo Wang-Fô, ya que habían dispuesto una gran soledad a mi alrededor para permitirme crecer. Con objeto de evitarle a mi candor las salpicaduras humanas, habían alejado de mí las agitadas olas de mis futuros súbditos, y a nadie se le permitía pasar ante mi puerta, por miedo a que la sombra de aquel hombre o mujer se extendiera hasta mí. Los pocos y viejos servidores que se me habían concedido se mostraban lo menos posible; las horas daban vueltas en círculo; los colores de tus cuadros se reavivaban con el alba y palidecían con el crepúsculo. Por las noches, yo los contempla­ba, cuando no podía dormir, y durante diez años consecutivos estuve mirándolos todas las noches. Durante el día, sentado en una al­fombra cuyo dibujo me sabía de memoria, reposando la palma de mis manos vacías en mis rodillas de amarilla seda, soñaba con los goces que me proporcionaría el porvenir. Me imaginaba al mundo con el país de Han en medio, semejante al llano monótono y hueco de la mano surcada por las líneas fa­tales de los Cinco Ríos. A su alrededor, el mar donde nacen los monstruos y, más lejos aún, las montañas que sostienen el cielo Y para ayudarme a imaginar todas esas cosas, yo me valía de tus pinturas. Me hiciste creer que el mar se parecía a la vasta capa de agua extendida en tus telas, tan azul que una pie­dra al caer no puede por menos de con­vertirse en zafiro; que las mujeres se abrían y se cerraban como las flores, semejantes a las criaturas que avanzan, empujadas por el viento, por los senderos de tus jardines, y que los jóvenes guerreros de delgada cintura que velan en las fortalezas de las fronteras eran como flechas que podían traspasarnos el corazón. A los dieciséis años, vi abrirse las puer­tas que me separaban del mundo: subí a la terraza del palacio para mirar las nubes, pero eran menos hermosas que las de tus crepúsculos. Pedí mi litera: sacudido por los caminos, cuyo barro y piedras yo no había previsto, recorrí las provincias del imperio sin hallar tus jardines llenos de mujeres parecidas a lu­ciérnagas, aquellas mujeres que tú pintabas y cuyo cuerpo es como un jardín. Los guijarros de las orillas me asquearon de los océanos; la sangre de los ajusticiados es menos roja que la granada que se ve en tus cuadros; los parásitos que hay en los pueblos me im­piden ver la belleza de los arrozales; la carne de las mujeres vivas me repugna tanto como la carne muerta que cuelga de los ganchos en las carnicerías, y la risa soez de mis solda­dos me da náuseas. Me has mentido, Wang-Fô, viejo impostor: el mundo no es más que un amasijo de manchas confusas, lanzadas al vacío por un pintor insensato borradas sin cesar por nuestras lágrimas. El reino de Han no es el más hermoso de los reinos y yo no soy el Emperador. El único imperio sobre el que vale la pena reinar es aquel donde tú penetras, viejo Wang-Fô, por el camino de las Mil Cur­vas y de los Diez Mil Colores. Sólo tú reinas en paz sobre unas montañas cubiertas por una nieve que no puede derretirse y sobre unos campos de narcisos que nunca se marchitan. Y por eso, Wang-Fô, he buscado el suplicio que iba a reservarte, a ti cuyos sortilegios han hecho que me asquee de cuanto poseo y me han hecho desear lo que jamás podré poseer. Y para encerrarte en el único calabozo de donde no vas a poder salir he decidido que te quemen los ojos, ya que tus ojos, Wang-Fô, son las dos puertas mágicas que abren tu reino. Y puesto que tus manos son los dos caminos, divididos en diez bifurcaciones, que te llevan al corazón de tu imperio he dispues­to que te corten las manos. ¿Me has entendido, viejo Wang-Fô?
Al escuchar esta sentencia, el discípulo Ling se arrancó del cinturón un cuchillo mella­do y se precipitó sobre el Emperador. Dos guardias lo apresaron. El Hijo del Cielo sonrió y añadió con un suspiro:
—Y te odio también, viejo Wang-Fô, porque has sabido hacerte amar. Matad a ese perro.
Ling dio un salto para evitar que su sangre manchase el traje de su maestro. Uno de los soldados levantó el sable, y la cabeza de Ling se desprendió de su nuca, semejante a una flor tronchada. Los servidores se lleva­ron los restos y Wang-Fô, desesperado, admiró la hermosa mancha escarlata que la sangre de su discípulo dejaba en el pavimento de piedra verde.
El Emperador hizo una seña y dos eunucos limpiaron los ojos de Wang-Fô.
—Óyeme, viejo Wang-Fô —dijo el Emperador—, y seca tus lágrimas, pues no es el momento de llorar. Tus ojos deben per­manecer claros, con el fin de que la poca luz que aún les queda no se empañe con tu llanto.
Ya que no deseo tu muerte sólo por rencor, ni sólo por crueldad quiero verte sufrir. Tengo otros proyectos, viejo Wang-Fô. Poseo, entre la colección de tus obras, una pintura admi­rable en donde se reflejan las montañas, el estuario de los ríos y el mar, infinitamente reducidos, es verdad, pero con una evidencia que sobrepasa a la de los objetos mismos, como las figuras que se miran a través de una esfera. Pero esta pintura se halla inacabada, Wang-Fô, y tu obra maestra, no es más que un esbozo. Probablemente, en el momento en que la estabas pintando, sentado en un valle solitario, te fijaste en un pájaro que pa­saba, o en un niño que perseguía al pájaro. Y el pico del pájaro o las mejillas del niño te hicieron olvidar los párpados azules de las olas. No has terminado las franjas del manto del mar, ni los cabellos de algas de las rocas. Wang-Fô, quiero que dediques las horas de luz que aún te quedan a terminar esta pin­tura, que encerrará de esta suerte los últimos secretos acumulados durante tu larga vida. No me cabe duda de que tus manos, tan pró­ximas a caer, temblarán sobre la seda y el in­finito penetrará en tu obra por esos cortes de la desgracia. Ni me cabe duda de que tus ojos, tan cerca de ser aniquilados, descubrirán unas relaciones al límite de los sentidos hu­manos. Tal es mi proyecto, viejo Wang-Fô, y puedo obligarte a realizarlo. Si te niegas, antes de cegarte quemaré todas tus obras y entonces serás como un padre cuyos hijos han sido todos asesinados y destruidas sus espe­ranzas de posteridad. Piensa más bien, si quieres, que esta última orden es una conse­cuencia de mi bondad, pues sé que la tela es la única amante a quien tú has acariciado. Y ofrecerte unos pinceles, unos colores y tinta para ocupar tus últimas horas es lo mismo que darle una ramera como limosna a un hom­bre que va a morir.
A una seña del dedo meñique del Em­perador, dos eunucos trajeron respetuosamen­te la pintura inacabada donde Wang-Fô había trazado la imagen del cielo y del mar. Wang-Fô se secó las lágrimas y sonrió, pues aquel apunte le recordaba su juventud. Todo en él atestiguaba una frescura del alma a la que ya Wang-Fô no podía aspirar, pero le faltaba, no obstante, algo, pues en la época en que la había pintado Wang, todavía no había con­templado lo bastante las montañas, ni las rocas que bañan en el mar sus flancos des­nudos, ni tampoco se había empapado lo su­ficiente de la tristeza del crepúsculo. Wang-Fô eligió uno de los pinceles que le presentaba un esclavo y se puso a extender, sobre el mar inacabado, amplias pinceladas de azul. Un eunuco, en cuclillas a sus pies, desleía los colores; hacía esta tarea bastante mal, y más que nunca Wang-Fô echó de menos a su dis­cípulo Ling.
Wang empezó por teñir de rosa la punta del ala de una nube posada en una montaña. Luego añadió a la superficie del mar unas pequeñas arrugas que no hacían sino acentuar la impresión de su serenidad. El pavimento de jade se iba poniendo singu­larmente húmedo, pero Wang-Fô, absorto en su pintura, no advertía que estaba trabajando sentado en el agua.
La frágil embarcación, agrandada por las pinceladas del pintor, ocupaba ahora todo el primer plano del rollo de seda. El ruido acompasado de los remos se elevó de repente en la distancia, rápido y ágil como un batir de alas. El ruido se fue acercando, llenó sua­vemente toda la sala y luego cesó; unas gotas temblaban, inmóviles, suspendidas de los remos del barquero. Hacía mucho tiempo que el hierro al rojo vivo destinado a quemar los ojos de Wang se había apagado en el bra­sero del verdugo. Con el agua hasta los hom­bros, los cortesanos, inmovilizados por la eti­queta, se alzaban sobre la punta de los pies. El agua llegó por fin a nivel del corazón im­perial. El silencio era tan profundo que hu­biera podido oírse caer las lágrimas.
Era Ling, en efecto. Llevaba puesto su traje viejo de diario, y su manga derecha aún llevaba la huella de un enganchón que no había tenido tiempo de coser aquella ma­ñana, antes de la llegada de los soldados. Pero lucía alrededor del cuello una extraña bufanda roja.
Wang-Fô le dijo dulcemente, mientr­as continuaba pintando:
—Te creía muerto.
—Estando vos vivo —dijo respetuosa­mente Ling—, ¿cómo podría yo morir?
Y ayudó al maestro a subir a la barca. El techo de jade se reflejaba en el agua, de suerte que Ling parecía navegar por el in­terior de una gruta. Las trenzas de los cor­tesanos sumergidos ondulaban en la superficie como serpientes, y la cabeza pálida del Em­perador flotaba como un loto.
—Mira, discípulo mío —dijo melancó­licamente Wang-Fô—. Esos desventurados van a perecer si no lo han hecho ya. Yo no sabía que había bastante agua en el mar para ahogar a un Emperador. ¿Qué podemos hacer?
—No temas, Maestro— murmuró el discípulo. Pronto se hallarán a pie enjuto, y ni siquiera recordarán haberse mojado las mangas. Tan sólo el Empera­dor conservará en su corazón un poco de amargor marino. Estas gentes no están he­chas para perderse por el interior de una pintura. Y añadió:
—La mar está tranquila y el viento es favorable. Los pájaros marinos están haciendo sus nidos. Partamos, Maestro, al país de más allá de las olas.
—Partamos —dijo el viejo pintor.
Wang-Fô cogió el timón y Ling se in­clinó sobre los remos. La cadencia de los mis­mos llenó de nuevo toda la estancia, firme y regular como el latido de un corazón. El nivel del agua iba disminuyendo insensiblemente en torno a las grandes rocas verticales que volvían a ser columnas. Muy pronto, tan sólo unos cuantos charcos brillaron en las depresio­nes del pavimento de jade. Los trajes de los cortesanos estaban secos, pero el Emperador conservaba algunos copos de espuma en la orla de su manto.
El rollo de seda pintado por Wang-Fô permanecía sobre una mesita baja. Una barca ocupaba todo el primer término. Se alejaba poco a poco dejando tras ella un del­gado surco que volvía a cerrarse sobre el mar inmóvil. Ya no se distinguía el rostro de los dos hombres sentados en la barca, pero aún podía verse la bufanda roja de Ling y la barba de Wang-Fô, que flotaba al viento.
La pulsación de los remos fue debili­tándose y luego cesó, borrada por la distan­cia. El Emperador, inclinado hacia delante, con la mano a modo de visera delante de los ojos, contemplaba alejarse la barca de Wang-Fô, que ya no era más que una mancha im­perceptible en la palidez del crepúsculo. Un vaho de oro se elevó, desplegándose sobre el mar. Finalmente, la barca viró en derredor a una roca que cerraba la entrada a la alta mar; cayó sobre ella la sombra del acantilado; borrose el surco de la desierta superficie y el pintor Wang-Fô y su discípulo Ling desapare­cieron para siempre en aquel mar de jade azul que Wang-Fô acababa de inventar.

Marguerite Yourcenar, en Cuentos orientales

Inspirado de un cuento anónimo chino

Tomado de http://www.letropolis.com.ar/2007/08/yourcenar.wang.htm