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Invocación

TIKAL
¿Sería un guerrero en desgracia,
exiliado entre los dioses
quien me hablara?

¿O sacerdotes del templo V
tras un humo leve
un rosario de hojas y de agua?

¿Sería la mujer,
atado de leña al hombro, murmurando:
– Yo soy tú,
en delicados jeroglifos ideográficos?

Lo que sé,
es que la ciudad hablaba.

 

Diana Bellessi, en Crucero ecuatorial

Vendrá un viento del sur
a golpear en las puertas cerradas y en los vidrios
a golpear en los rostros de agrios gestos.

Vendrán alegres oleajes ruidosos
subiendo las veredas y calles silenciosas
por el barrio del puerto.

Que se lave la cara de la ciudad endurecida
sus piedras y maderas polvorientas, raídas
su corazón sombrío.

Que por lo menos haya asombro en las opacas
miradas taciturnas.
Y que muchos se asusten y los niños se rían
y el verdor de la luz del agua nos despierte
nos bañe, nos persiga.

Que nos de por correr y abrazarnos
que se abran las puertas de todas las casas
y salga la gente
por las escaleras, desde los balcones
llamándose…

¡Máscaras! ¡Oh máscaras!
Máscara negra, máscara roja,
máscaras blanquinegras.
Máscaras de todo horizonte
de donde sopla el Espíritu,
os saludo en silencio.
Y no a ti el último Antepasado
de cabeza de León.
Guardáis este lugar prohibido
a toda sonrisa de mujer,
a toda sonrisa que se marchita.
Destiláis ese aire de eternidad
en el que respiro el aliento de mis Padres.
Máscaras de rostros sin máscara,
despojados de todo hoyuelo y de toda arruga,
que habéis compuesto este retrato,
este rostro mío inclinado sobre el altar de blanco papel.
A vuestra imagen, ¡escuchadme!
Ya se muere el África de los imperios,
es la agonía de una princesa deplorable.
Y también Europa
a la que nos une el cordón umbilical.
Fijad vuestros ojos inmutables
en vuestros hijos dominados que dan su vida como el pobre su última ropa.
Que respondamos con nuestra presencia
al renacer del mundo,
como es necesaria la levadura a la harina blanca.
¿Pues quién enseñaría el ritmo de las máquinas
y de los cañones al mundo desaparecido?
¿Quién daría el grito de alegría para despertar
a muertos y a huérfanos al amanecer?
Decid, ¿quién devolvería el recuerdo de la vida
al hombre de esperanzas rotas?
Nos llaman los hombres del algodón,
del café, del aceite,
nos llaman los hombres de la muerte.
Somos los hombres de la danza,
cuyos pies recobran fuerza
al golpear el duro suelo.

 
Léopold Sédar Senghor

Cierta leyenda Guaraní nos cuenta que el Ñandutí, un tipo de tejido paraguayo, surgió de la mano de una joven y bella mujer que imitó el dibujo de una telaraña en honor a su novio muerto en el bosque. Hoy, siglos más tarde, en la ciudad de Itauguá en las cercanías de Asunción, el Ñandutí es una de las principales actividades de las mujeres, que tejen con mucha paciencia bellas figuras que formarán parte de una manta, una toalla o mismo una pieza de ropa.

http://tal.tv/es/video/nanduti/

Director: Osvaldo Santacruz

III

Poesía para acompañar la marcha de un recitado en honor de la Mar,
Poesía para asistir al canto de una marcha en el circuito de la Mar.
Como la empresa de dar vueltas altar y la gravitación del coro en el circuito de la estrofa.

Y este es un canto de mar como jamás fue cantado, y es la Mar en nosotros quien lo cantará:
La Mar que en nosotros llevamos, hasta la saciedad del soplo y la peroración del soplo,
La Mar, en nosotros llevando su ruido sedoso de alta mar y la dádiva de su gran frescura por el mundo.

Poesía para aplacar la fiebre de una velada en el periplo de mar. Poesía, para mejor vivir nuestra velada en la delicia de mar.
Y este es un sueño en mar como jamás fue soñado y es la Mar en nosotros quien lo soñará:
La Mar, en nosotros tejida, hasta sus zarzales de abismo, la Mar, en nosotros tejiendo sus grandes horas de luz y sus grandes pistas de tinieblas.-

Toda licencia, todo nacimiento, y todo arrepentimiento, ¡la Mar, la Mar! a su aflujo de mar,
En la afluencia de sus burbujas y la sabiduría infusa de su leche, en la ebullición sagrada, ¡ay!, de su vocales -¡las santas hijas! ¡las santas hijas!-
La Mar misma toda espuma, como Sibila en flor sobre su silla de hierro…

Cap. Invocación

Traducción Lisandro Galtier

Cuando te acuerdes de mi cuerpo
y no puedas dormir
y te levantes medio desnuda
y camines a tientas por tus habitaciones
borracha de estupor y de rabia

en algún lugar de la Tierra
yo andaré insomne por algún pasillo
careciendo de ti toda la noche
oyéndote ulular muy lejos y escribiendo
estos versos degenerados.

 

R.I.P. Félix Grande

Mamá Rosa canta y conversa con la tierra, arrodillada frente al hoyo: «Para que vuelva a los potreros el novillo perdido. Para que la nieve y las heladas no perjudiquen los pastos… Para que los changos sean grandes y buenos. Para que el tigre y la víbora no mermen el ganado en los montes. Para que ella, Mamá Rosa, vieja, enferma y casi ciega, pueda dirigir futuras corpachadas …

Eusebio Colque también tiene algo que decir a la tierra. Se arrodilla. Y mientras habla, va depositando en el hoyo, lentamente, hoja tras hoja, la coquita de su chuspa, y algún fleco de su poncho. Por el tajo breve de sus ojos penetra, el crepúsculo montañés con su frío, su niebla y su misterio, y alimenta el espíritu de ese hombre de los caminos.

Y Eusebio murmura apenas: «Para que mis burritos no se me lo mueran. Para que mis pieses no se cansen aunque yo esté viejo. Para que mi mujer se sane de ese mal que no la deja respirar. Para que mi hijo que está en Yavi, no sea ingrato, y me lo traiga a mi nieto, así lo puedo ver, y acariciar, y contarle muchas cosas que él debe saber . . .»

Y el hoyo simbólico sigue recibiendo las ofrendas de Mamá Rosa, de Eusebio Colque, de Mamerto Mamaní, de todos, hasta de las puesteritas y de los changos del fogón, hasta del maestro de la escuelita de Molulo, abajeño que asiste, entre curioso y conmovido, a la ceremonia de la corpachada.

Dirigidos por Mamá Rosa, todos cantan la copla ritual:

«Que la Pachamama los reciba,

 regalitos de la tierra …

Que la Pacha nos ampare,

que multiplique la hacienda …

 Aunque se agrande el corral,

que se güelva cielo y tierra…»

El aire se pone más helado. El nublado se asienta, sobre el abra. Está cerrando la noche y el alma de las piedras está dolorida de murmullos. Por los listones de los ponchos, ruedan hasta temblar en la punta de los flecos, las lágrimas del ocaso.

Atahualpa Yupanqui, en El canto del viento

Una diferencia capital entre la plegaria de los hindúes y la plegaria de los europeos es la siguiente: el hindú reza desnudo, lo más desnudo posible, sin taparse más que el pecho o el vientre cuando está delicado. No se trata aquí de decencia. El hindú reza solo en la oscuridad bajo el mundo inmóvil. No debe haber ningún intermediario, ningún vestido entre el Todo y el yo, ni división alguna de las regiones del cuerpo.También al hindú le gusta rezar en el agua, cuando se baña.

Un hindú que hizo, en mi presencia, su plegaria a Kali , se sacó toda la ropa salvo un cinturoncito y me dijo: «Cuando rezo solo, a la salida del sol, rezo desnudo, rezo con más facilidad».Siempre incomunica la ropa. En cambio, si el hombre está desnudo, estirado en la oscuridad, el Todo afluye a él y lo arrastra en su viento. Al cohabitar con su mujer el hindú piensa en Dios, del cual ella es expresión y partícula. Qué hermoso tener una mujer que lo entienda así, que despliegue la inmensidad sobre el pequeño pero tan turbador y decisivo sacudón del amor y sobre ese brusco y gran abandono.

Y esa comunión en lo inmenso en un momento tal de placer compartido, debe ser, en verdad, una experiencia que permite mirar la gente cara a cara, con un magnetismo que no puede retroceder, santo y lustral a la vez, insolente y sin miedo; hasta los animales deben comunicarse con Dios, dicen los hindúes, tan odiosa les es toda limitación. Conservo algunas tarjetas postales de los templos que visité y de sus estatuas. Los rostros son hermosos, contemplativos, perdidos en la beatitud. Lo cuerpos de sexos enormes, se juntan en posturas variadas y la masturbación no está excluida. Hay hindúes que se masturban pensando en Dios. Dicen que sería mucho peor acostarse con una mujer (como las europeas) que individualizan demasiado al hombre y ni siquiera saben pasar de la idea del amor a la idea del Todo.

 

 

 

En Un bárbaro en Asia, Henri Michaux. Traducción Jorge Luis Borges