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Aire

“Porque todo tiene su kespic.
Los ruidos del mundo son palabras.
El que calla, empecinado,
echa su kespic del cuerpo.”

Malamí Kipa (poeta yámana)

 

Poco, muy poco, sé de lo que enseña
el Gran Libro del Mundo, ese texto infinito
cuyas palabras son las criaturas
de la tierra y el aire,
de la piedra y el agua.

Porque ellas dicen. Todas ellas dicen,
y nosotros tenemos que aprender con paciencia
a escuchar esas voces,
las que quizás un niño comprenda de inmediato,
o algunos hombres y mujeres logran
alcanzar y conservan cerca del corazón.

Debemos transitar esa senda olvidada,
y con tacto sutil
ir descubriendo
la propia sintonía con cada ser, o con cada
presencia: nube o pájaro,
manantial o racimo, mariposa o muchacha.

Me gusta ver amanecer. Cultivo
la amistad del lucero,
y en el limpio silencio que precede a la aurora
-si el ángel es propicio.,
suelo oír
ciertas voces…

Algunas llegan lerdas, desde tanta lejura como abarca el recuerdo,
y otras vienen del patio o de las calles
todavía en penumbras,
diciendo simplemente algo que no es tan simple:
“aquí estoy, aquí soy, aquí perduro”,
y el alma las acoge como el surco recibe a la semilla.

Azar o recompensa,
quién sabe de qué germen brotará,
conforme hagan su oficio
el sol, la lluvia, la matriz gredosa
de los valles del Sur, el libre viento sagrado de la vida.

 

Edgar Morisoli

 

 

Cuarteto

(A Alejandro y Olbeth Rossi)

I

Paisaje familiar mas siempre extraño,
enigma de la palma de la mano.

El mar esculpe, terco, en cada ola,
el monumento en que se desmorona.

Contra el mar, voluntad petrificada,
la peña sin facciones se adelanta.

Nubes: inventan súbitas bahías
donde un avión es barca desleída.

Se disipa, impalpable abecedario,
la rápida escritura de los pájaros.

Camino entre la espuma y las arenas,
el sol posado sobre mi cabeza:

entre inmovilidad y movimiento
soy el teatro de los elementos.

II

Hay turistas también en esta playa,
hay la muerte en bikini y alhajada,

nalgas, vientres, cecinas, lomos, bofes,
la cornucopia de fofos horrores,

plétora derramada que anticipa
el gusano y su cena de cenizas.

Contiguos, separados por fronteras
rigurosas y tácitas, no expresas,
hay vendedores, puestos de fritangas,
alcahuetes, parásitos y parias:

el hueso, la bazofia, el pringue, el podre…
Bajo un sol imparcial, ricos y pobres.

No los ama su Dios y ellos tampoco:
como a sí mismos odian a su prójimo.

III

Se suelta el viento y junta la arboleda,
la nación de las nubes se dispersa.

Es frágil lo real y es inconstante;
también, su ley el cambio, infatigable:

gira la rueda de las apariencias
sobre el eje del tiempo, su fijeza.

La luz dibuja todo y todo incendia,
clava en el mar puñales que son teas,

hace del mundo pira de reflejos:
nosotros sólo somos cabrilleos.

No es la luz de Plotino, es luz terrestre,
luz de aquí, pero es luz inteligente.

Ella me reconcilia con mi exilio:
patria es su vacuidad, errante asilo.

IV

Para esperar la noche me he tendido
a la sombra de un árbol de latidos.

El árbol es mujer y en su follaje
oigo rodar el mar bajo la tarde.

Como sus frutos con sabor de tiempo,
frutos de olvido y de conocimiento.

Bajo el árbol se miran y se palpan
imágenes, ideas y palabras.

Por el cuerpo volvemos al comienzo,
espiral de quietud y movimiento.

Sabor, saber mortal, pausa finita,
tiene principio y fin -y es sin medida.

La noche entra y nos cubre su marea;
repite el mar sus sílabas, ya negras.

Vendrá un viento del sur
a golpear en las puertas cerradas y en los vidrios
a golpear en los rostros de agrios gestos.

Vendrán alegres oleajes ruidosos
subiendo las veredas y calles silenciosas
por el barrio del puerto.

Que se lave la cara de la ciudad endurecida
sus piedras y maderas polvorientas, raídas
su corazón sombrío.

Que por lo menos haya asombro en las opacas
miradas taciturnas.
Y que muchos se asusten y los niños se rían
y el verdor de la luz del agua nos despierte
nos bañe, nos persiga.

Que nos de por correr y abrazarnos
que se abran las puertas de todas las casas
y salga la gente
por las escaleras, desde los balcones
llamándose…

Según el favor del viento
Según el favor del viento
va navegando el leñero,
atrás quedaron las rucas,
para dentrar en el puerto.
Corra sur o corra norte,
la barquichuela gimiendo
–llorando estoy–,
sea con hambre o con sueño
–me voy, me voy–.

Del monte viene el pellín
que colorea en cubierta.
Habrán de venderlo en Castro
aunque la lluvia esté abierta,
o queme el sol de lo alto
como un infierno sin puerta
–llorando estoy–,
o la mar esté revuelta
–me voy, me voy–.

En un rincón de la barca
está hirviendo la tetera.
A un la’o pelando papas
las manos de alguna isleña;
será la madre del indio,
la hermana o la compañera
–llorando estoy–.
Navegan lunas enteras
–me voy, me voy–.

Chupando su matecito
o bien su pesca’o seco,
acurruca’o en su lancha
va meditando el isleño.
No sabe que hay otro mundo
de raso y de terciopelo
–llorando estoy–
que se burla del invierno
–me voy, me voy–.

Con su carguita de leña
que viene a vender al puerto,
compra su kilo de azúcar
para endulzar sus tormentos.
Ya está su cabo de vela
para alumbrar sus recuerdos
–llorando estoy–,
según el favor del viento
–me voy, me voy–.

No es vida la del chilote,
no tiene letra ni pleito.
Tamango llevan sus pies,
milcao y ají su cuerpo;
pellín para calentarse
del frío de los gobiernos
–llorando estoy–
que le quebrantan los huesos
–me voy, me voy–.

Despierte el hombre, despierte,
despierte por un momento.
Despierte toda la Patria
antes que se abran los cielos
y venga el trueno furioso
con el clarín de San Pedro
–llorando estoy–
y barra los ministerios
–me voy, me voy–.

Quisiera morir cantando
sobre de un barco leñero,
y cultivar en sus aguas
un libro más justiciero
con letras de oro que diga:
«No hay padre para el isleño
–llorando estoy–,
ni viento pa’ su leñero»
–me voy, me voy–.

De negro van los chilotes,
más que por fuera, por dentro,
con su plato de esperanza
y su frazada de cielo
pidiéndole a la montaña
su pan amargo centeno
–llorando estoy–,
según el favor del viento
–me voy, me voy–.

 

 

 

Primera versión en Temas inéditos – Homenaje documental.