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Una taza de té

Perla del rocío

que acoge y cuida

al pequeñito

Con mi padre

contemplo el amanecer

sobre verdes campos

Avecilla

miras aquí y allá

¿acaso te has perdido?

Hermoso mundo

las gotas de rocío

caen de una en una de dos en dos

El día primaveral

flota

sobre los estanques

¡Qué extraño!

Estar vivo

bajo los cerezos en flor

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El invitado se aproximará silencioso hasta el santuario; y si es un samurai dejará su sable en la percha bajo el alero, ya que el recinto del té es ante todo la casa de la paz. Después se inclinará y se arrastrará hasta la habitación por una pequeña puerta de sólo tres pies de alto. A este proceder debían ajustarse todos los invitados, nobles o plebeyos por igual, cualquiera que fuese su clase, y su finalidad era inculcar humildad. Habiendo llegado a un acuerdo en el orden de precedencia mientras descansaba en el machiai, los invitados entran uno por uno sin hacer ruidos y hacen primero una reverencia al cuadro o al arreglo floral que hay sobre el tokonoma.  El anfitrión no entrará hasta que todos los invitados se hayan sentado y reine la quietud sin que nada rompa el silencio salvo el sonido del agua hirviendo en la pava de hierro. La pava canta bien, porque en el fondo de ella han sido colocadas piezas de hierro de tal manera que producen una peculiar melodía dónde se puede escuchar el eco de una catarata ensordecida por nubes, del mar lejano rompiendo contra las rocas, de un aguacero barriendo a través de un bosque de bambú, o el susurro de los pinos en alguna colina lejana.
Aún durante el día la luz del cuarto es tenue porque los aleros bajos del techo sesgado sólo admiten algunos rayos de sol. Desde el techo al piso, todos los colores son sobrios, e incluso los invitados han elegido vestimentas de colores moderados. La pátina del tiempo envuelve todo.

En El libro del té, Okakura Kakuzo

Cuentan los taoístas, que en el gran comienzo del No Comienzo, Espíritu y  Materia se trabaron en mortal combate. Finalmente, el Emperador Amarillo, el Sol del Cielo, triunfó de Shuhyung, demonio de las tinieblas y de la tierra. El titán en su agonía golpeó su cabeza contra la bóveda solar e hizo estallar en fragmentos la cúpula de jade. Las estrellas perdieron sus nidos, la luna viajó a la ventura por los abismos salvajes de la noche. Desesperado, el Emperador Amarillo buscó  a diestra y siniestra a los rapadores de los cielos. Su búsqueda no fue vana. De las profundidades del Mar del Este surgió una Reina, la divina Niuka, coronada de cuernos y la cola de dragón, resplandeciente en su armadura de fuego. Soldó el arco iris de cinco colores en su caldero mágico y reedificó el cielo chino. Pero también se cuenta que Niuka se olvidó de llenar dos pequeñas grietas en el firmamento. Así empezó el dualismo del amor -dos almas rodando a través del espacio sin reposo hasta conseguir unirse y de esa manera completar el universoCada uno debe edificar nuevamente su cielo (…) Mientras, tomemos un sorbo de té. El resplandor del atardecer alumbra los bambúes, las fuentes burbujean placenteras, en la pava se escucha el susurro de los pinos. Permítasenos soñar con lo que se desvanece y demorarnos en la hermosa simplicidad de las cosas.

 

 

En El libro del té, Okakura Kakuzo

Té de manzanilla
Afuera el cielo está encendido de estrellas
un hueco bramido llega del mar
¡Y qué pena las pequeñas flores del almendro!
El viento estremece el almendro.

Nunca imaginé un año atrás
en aquella horrible casucha en la ladera
que Bogey y yo estaríamos sentados así
tomando una taza de té de manzanilla.

Leves como plumas vuelan las brujas
el cuerno de la luna es fácil de ver
sobre una luciérnaga debajo de un junquillo
un duende brinda con una abeja.

Podríamos tener cinco o cincuenta años
¡Estamos tan cómodos, juiciosos, cercanos!
Bajo la mesa de la cocina
la rodilla de Jack oprime la mía.

Pero los postigos están cerrados el fuego está bajo
gotea la canilla con suavidad
las sombras de la olla en la pared
son negras y redondas y fáciles de ver.