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Cielo

Cuando miro el cielo y no hay nubes, sobre el celeste aparece algo que suele estar ahí pero no vemos. Acostado en un parque o playa mirando el cielo sin apuro, allí los descubrís. Pequeñísimos fragmentos movedizos, diminutas basuras que solamente se verían en un microscopio, navegando sobre la superficie del ojo. Tienen formas caprichosas, bailan alrededor, negándose a ser mirados. Pues si querés enfocar en ellos, se disparan, se deslizan rápido hacia otras aguas del ojo. Se van, zambullen o desaparecen momentáneamente para volver luego, cuando retornás al cielo. Siempre inasibles, en un idioma con letras que no reconocemos.

Fidel Sclavo, en Yo soy el que no está (p. 100)

Vuelvo a mi casa por la noche
recorriendo el camino del arroyo:
en el fondo, entre piedras, pasa el agua
negra, veteada de reflejos,
en un lento murmullo solitario,
mientras transcurren en lo alto
de la hilera de árboles,
más silenciosas, las constelaciones.
Aquí me quedaría
para siempre,
en esta calle oscura
de tierra apisonada,
asomado al susurro del arroyo
que dice hora tras hora su secreto
como el otro, callado, de los astros
indescifrable para siempre.

 

Pablo Anadón, en El trabajo de las horas

La tormenta

Giorgione se inspiraba en la tormenta
para exaltar la calma pensativa.
La atención hace igual: no se lamenta,

se vuelca en la mirada detenida,
como una fuente. Arriba,
el rayo, abajo el esplendor

de la tarde dorada, suspendida
como una flor.
La mujer amamanta, el caminante

respira resplandor.
Todo vibra sereno y delicado
sin límites precisos. Una ruina

es un único ahora del color,
como el árbol, el puente o la cortina
de nubes. La atención

es su fuente:
el mundo es diferente,
ahora o nunca.
Hugo Padeletti, en Guirnaldas para un luto