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Escuchar

La rebelión de las cosas

¿Escuchaste a las cosas hablar?
¿murmurarte su calma
cuando entrás a tu casa?
vasijas, libros, piedras recogidas
una muchedumbre por los estantes
te interpela.
¿Las escuchás rebelarse?
¿decirte de tu alteración
al manipularlas?
se vuelca la sartén
se derrama el aceite y pudo
haber sido
una catástrofe.
¿Escuchaste a las cosas hablar?
a veces incluso dar lecciones,
de termodinámica con la vibración
que las desliza,
con el calor
que las hace intratables,
o de astronomía
cuando una planta te indica
por su palidez el exceso
de luz, las entradas
del sol, según las épocas.
Maestras silenciosas del azar
y los cambios, en la repetición:
es julio y ya están abriendo
los pimpollos de jazmín.
Limpiaste de hojas el cantero
y sin buscarlo creció un helecho.
Un círculo de irregularidades
a cada instante te convoca;
verdadera academia
socrática de la convivencia.
Cada perla hallada, un mundo
completo y orgánico.
Cada día afinar
la escucha.

Alicia Genovese
(de La línea del desierto, Gog y Magog 2018)

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El ruido del mar

Hay un tejido, una red luminosa
que tiembla en la arena, por abajo del agua.
Se ve a través del verde transparente
como una temblorosa trama.

Cuando la ola rompe su espuma
quedan burbujas sueltas, chiquitas
sobre la piel del agua:
brillan intensa, nítidamente
en seguida se apagan.

Por la suave curva de las olas
sobre su lento avance
sobre su amplio movimiento seguro
la luz resbala.
Se deslizan los resplandores
por los movedizos toboganes del agua.

Ruido del mar, qué golpe derramado
qué entreverada voz y qué sonido
tan confuso y oscuro
cuando todo en derredor está tan claro.

Todos los límites
firmes y recortados
todo con su color tan decidido
los colores tocándose
uno al lado del otro, sin mezclarse.

Y parece que cada uno: limpio
y liso azul, rojo tejado
verdor brillante
diera un sonido puro e inaudible
y todos un acorde fuerte y claro.
Pero el ruido del mar no se comprende,
se desploma continuamente, insiste
una y otra vez, con un cansancio
con una voz borrosa y desgranada…

Y no se sabe
qué es qué quiere o qué pide
el turbio ruido oscuro
cuando todo en derredor está tan claro.

Usar la propia mano como almohada.
El cielo lo hace con sus nubes,
la tierra con sus terrones
y el árbol que cae
con su propio follaje.
Sólo así puede escucharse
la canción sin distancia,
la canción que no entra en el oído
porque está en el oído,
la única canción que no se repite.
Todo hombre necesita
una canción intraducible.

El ruido del mar

Hay un tejido, una red luminosa
que tiembla en la arena, por abajo del agua.
Se ve a través del verde transparente
como una temblorosa trama.

Cuando la ola rompe su espuma
quedan burbujas sueltas, chiquitas
sobre la piel del agua:
brillan intensa, nítidamente
en seguida se apagan.

Por la suave curva de las olas
sobre su lento avance
sobre su amplio movimiento seguro
la luz resbala.
Se deslizan los resplandores
por los movedizos toboganes del agua.

Ruido del mar, qué golpe derramado
qué entreverada voz y qué sonido
tan confuso y oscuro
cuando todo en derredor está tan claro.

Todos los límites
firmes y recortados
todo con su color tan decidido
los colores tocándose
uno al lado del otro, sin mezclarse.

Y parece que cada uno: limpio
y liso azul, rojo tejado
verdor brillante
diera un sonido puro e inaudible
y todos un acorde fuerte y claro.
Pero el ruido del mar no se comprende,
se desploma continuamente, insiste
una y otra vez, con un cansancio
con una voz borrosa y desgranada…

Y no se sabe
qué es qué quiere o qué pide
el turbio ruido oscuro
cuando todo en derredor está tan claro.

Está pasando tiempo desde que nací.
La clase de ruidito o huella o cavadura
que el tiempo hace al pasar
puede arrullarme
una vez que comprendí que
la escuche o no
está sonando ahora.
Y todo lo que parece recortado, sólido
importante -en contra del tiempo-
se pierde y funde.
Voy a creer que el tiempo me acompaña
y que estoy enamorándome de él.

 

Patricia Sada, en Vivir acá, editorial Vox