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Archivo de la etiqueta: fragmento de ensayo

Para mí la poesía es la lucha contra nuestro enemigo el tiempo, y un intento de integrarse a la muerte, de la cual tuve conciencia desde muy niño, a cuyo reino pertenezco desde muy niño, cuando sentía sus pasos subiendo la escalera que me llevaba a la torre de la casa donde me encerraba a leer. Sé que la mayoría de las personas que conozco y conocemos están muertas, que creo que la muerte no existe o existe sólo para los demás. Por eso en mis poemas está presente la infancia, porque –para mí– el tiempo más cercano a la muerte y en donde verdaderamente se entiende lo que significa. Por otra parte, yo no canto a una infancia boba, en donde está ausente el mal, a una infancia idealizada; yo sé muy bien que la infancia es un estado que debemos alcanzar, una recreación de los sentidos para recibir limpiamente la “admiración ante las maravillas del mundo”. Nostalgia sí, pero del futuro, de lo que no nos ha pasado, pero que debiera pasarnos.

 

Jorge Teillier, en “Sobre el mundo donde verdaderamente habito o la experiencia poética

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“Tenía yo unos seis años (todavía no iba a la escuela) y estaba sentado en el cordón de la vereda de mi casa, en mi pueblo natal, después de la lluvia, con los pies en el agua barrosa que corría por la cuneta. De pronto, un pedacito de papel blanco, rasgado o recortado, que contrastaba con el agua oscura, atrapó mi atención, y me deslumbró la belleza del contraste y de la forma. Por supuesto, yo no sabía nada de contrastes, de formas ni de belleza, pero perdí conciencia de mi cuerpo y floté, más allá del espacio y del tiempo, en un éxtasis de contemplación y de gozo, hasta que el papel desapareció de mi vista. Nunca olvidé esa experiencia aunque no tuvo frutos inmediatos. Sin embargo, todavía hoy, después de casi una vida, debo reconocer que lo que busco inconscientemente cuando dibujo, pinto o hago collage, es la repetición de aquella experiencia”.

Hugo Padeletti, en “Poesía y plástica en mi experiencia”

Hugo

¿Por qué razón plantear preguntas es el pasatiempo judío favorito? El hebreo bíblico no poseía signos de interrogación y, sin embargo, el Libro de los Libros está lleno de preguntas. No las hemos contado todas, pero a juzgar por la predominancia de los qué y cómo, y de los quién y por qué, puede muy bien ser el más inquisitivo de las Sagradas Escrituras. Bastantes de las preguntas, es cierto, son retóricas, al proclamar la gloria de Dios. El propio Dios es un gran interrogador. Las respuestas a algunas de sus preguntas pueden parecer evidentes, pero no lo son. Un lector moderno aún puede considerarlas como profundos enigmas inquietantes. Así son las primeras preguntas que alguna vez se plantearon: Dios a Adán: «¿Dónde estás?», y: «¿Quién te ha dicho que estás desnudo?». Dios a Eva, y luego a Caín: «¿Qué has hecho?». Dios a Caín: «¿Dónde está Abel tu hermano?».

(…)

«Lo que existe está muy lejos y terriblemente profundo, ¿quién puede encontrarlo?». «¿Acaso destruirás al justo junto con el inicuo?». «¿Qué beneficio obtiene el hombre que se afana en su labor bajo el sol?». «¿Qué provecho tiene el sabio frente al insensato?». «¿Por qué prospera el camino del malvado, y todos los traicioneros están a salvo?». Y la más encantadora de todas: «¿Cuál es el camino del viento?».

 

Amos Oz y Fania Oz-Salzberger, en Los judíos y las palabras

Casi todos [los nidos] se componen de un tejido o trama de plantas, ramitas flexibles o largos filamentos de vegetales; pero más que un tejido es una condensación, una especie de fieltro de materiales mezclados, metidos, ingeridos con esfuerzo y perseverancia uno dentro de otro, lo que demuestra un arte laborioso y un trabajo tan enérgico que para llevarlo a cabo serían insuficientes el pico y la garra. El utensilio real es el cuerpo del pájaro mismo, su pecho, con el que prensa y aprieta los materiales hasta volverlos absolutamente dúctiles para mezclarlos y sujetarlos a la obra general.
En el interior, el instrumento que imprime al nido la forma circular es también el cuerpo del pájaro, el cual gira constantemente apartando de todos lados la pared hasta conseguirlo.
Así, pues, el nido es el pájaro mismo, su forma y su esfuerzo más inmediato, podríamos decir su sufrimiento, y cuyo resultado no obtiene sino por medio de una presión de pecho constante. No existe en el nido brizna de hierba que para que tome y conserve la curva no haya sido mil y mil veces apretada con el pecho, con el corazón, con menoscabo de la respiración ciertamente, con palpitaciones.
(…)
El nido es una creación del amor.

Jules Michelet, en El pájaro

Finalmente, el hombre apareció. Es en el seno del bosque/floresta que esta nueva forma animal se había preparado, es viviendo en los árboles que una sucesión de insectívoros, de lémures, de simios habían puesto a punto la supremacía de la vista sobre el olfato, la liberación de la mano, la recuperación de todo lo que era necesario para hacer posible nuestro cuerpo. Los árboles lo forjaron, y si el hombre prehistórico no podía haber conservado ningún recuerdo, al menos, de su aparición en la tierra, encontró en ellos, los árboles, sus primeros proveedores, sus primeros protectores. Imaginémoslo, perdido en el medio de la selva primordial, sin defensa, buscando su alimento por todos lados. Del fruto del árbol, baya, nuez o drupa, inmediatamente accesible, dependió durante mucho tiempo su supervivencia. Contra los peligros más graves, los árboles le ofrecían un mundo entre cielo y tierra, en el cual encontraba abrigo toda una sociedad de pequeños mamíferos, pájaros e insectos. Las ramas le suministraron sus primeras armas, su primer techo. Las brasas de un incendio forestal, encendido por un rayo, le dieron la idea de conservar el fuego, después de hacerlo, una vez que descubrió que el calor que emergía, cuando frotaba dos pedazos de madera uno contra el otro, podían hacer nacer una llama. El árbol, gracias al cual el hombre se procuraba sin pena casi todo lo que necesitaba en su miseria, no podía parecerle sino un ser sobrenatural. Es ahí, en el bosque intacto, que nació esta veneración espontánea que se transmitió de generación en generación hasta nosotros.

 

Jacques Brosse, en l’arbre

Mi credo (Liliana Heker)

 

Las ganas de escribir vienen escribiendo. Es inútil esperar el momento en que los problemas del mundo exterior han desaparecido y solo existe el deseo compulsivo de escribir: ese instante de perfección es altamente improbable. Uno suele instalarse para la escritura venciendo cierta resistencia -salir del estado de ocio no es natural-, uno oficia ciertos ritos dilatorios, por fin, con cierta cautela, uno escribe. Y en algún momento descubre que está sumergido hasta los pelos, que los problemas del exterior han desaparecido, que en el mundo no existe otra cosa que el deseo compulsivo de escribir.

 

En literatura no existen sinónimos ni equivalencias: no es lo mismo un rostro, que una cara, que una jeta. “Dijo que estaba harto” no equivale a “Estoy harto-dijo”. Decidir cuál música, qué textura, cuánta carga de afecto o de violencia debe guardar una palabra, dar con una sintaxis, ir tanteando -ir sosteniendo- el ritmo interno de un relato, eso y no otra cosa es

el oficio de escribir.

 

Saber que un hombre vio algo que brillaba es conocer la historia que se está contando. Saber si lo que el hombre vio fue un resplandor, un relumbrón, o meramente algo que briIlaba, es conocer el arte de escribir historias.

 

La palabra justa no siempre -o casi nunca- acude por cuenta. Hay que rastrearla entre el montón, enamorarse a mera vista de ella, probarla en el texto. Y si no va, descartarla sin piedad aunque sea hermosa.

 

La primera versión de un texto es sólo un mal necesario. Suele estar bien lejos de aquello completo e intenso que uno difusamente ha concebido. Corregir no es otra cosa que ir encontrando a Moisés dentro del bloque de mármol.

 

Ni la espontaneidad ni la velocidad son valores en literatura. Tantear, tachar, descubrir nuevas posibilidades, equivocarse tantas veces como haga falta, ir acercándose paso a paso al texto buscado: ese es el verdadero acto creador. Lo otro es como estornudar.

 

Aferrarse a una frase o una palabra simplemente porque ha salido así del alma, es por lo menos un riesgo: el alma, a veces, dicta obviedades. En Filosofía de la composición, Poe cuenta que, durante la escritura de su poema El cuervo, decidió que necesitaba un animal parlante para que repitiera un leit motiv al final de cada estrofa. Y naturalmente el primer animal que se le cruzó fue el loro. A veces es bueno sacrificar al loro.

 

Cuando se escribe, no hay que tenerles miedo a los sentimientos, pero tampoco hay que tenerle miedo a la lucidez. Uno tiene tan pocas cualidades que no veo razón para que se despoje de alguna de ellas para hacer literatura.

 

No hay que empezar un cuento si no se sabe cómo va a terminar. Se corre el riesgo de ir de acá para allá, sin ton ni son esperando que el final caiga del cielo. Los buenos finales no suelen tener origen celestial: con disimulo, vienen mandados desde la primera frase.

 

Una novela requiere una escritura y una estructura igual de rigurosas que las de un cuento. Si tiene páginas grises, esos grises deben estar tan cargados de tensión como lo están en el Guernica de Picasso. Si no, son meramente un plomo.

 

La inspiración no existe; en eso se parece a las brujas. Aun así, cuando las palabras parecen cantarle a uno en la oreja, y siente que todo lo que está escribiendo tiene la música justa el ritmo exacto, la tensión precisa que debe tener, podrá mar a ese estado de privilegio como más le guste, pero lo mejor será que suelte el freno y deje rodar la locura. Es hermoso, solo que no hay que creer que es el único estado en que se hace literatura. Porque se corre el riesgo de no escribir más que una página en toda la vida.

 

Hay que nutrirse de los credos y hay que aprender a desconfiar de ellos. No existen reglas universales para el oficio de escribir. Es uno mismo quien a la larga, con verdades y mentiras propias y ajenas, va estableciendo sus propios ritos, va permitiéndose sus propias manías, va construyendo su propio credo.

 

FISIOLOGÍA

“El ritmo del poema es un pulso, un sistema nervioso armado con el lenguaje. Es movimiento y, como tal, una dinámica; el tono, en cambio, es una química, una densidad que permea las palabras, un aire, una atmósfera: un vapor o un fluido. El poema realizado logra crear un enlace muy difícil de modificar sin que se lo destruya. El ritmo es esa línea temporal que recorre su escritura cristalizada y que la lectura reproduce. El tono es la densidad de ese tempo. Tono y ritmo se asocian a una oscuridad inicial del poema que persiste en su realización”

[“Surfear en el oleaje del verso libre”, Alicia Genovese]