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Sagrado

Los evenk, antiguo pueblo del norte de Siberia, creían que el sol, la luna y el cielo eran sus antepasados y el origen de todo lo que existe en la tierra. Creían también que su reino abarcaba las vastas extensiones del Ugu Buga, él mundo de arriba, con sus taigas, sus ríos y sus mares, más allá de la inmensidad de los océanos de Lam Buldyar, dominio de Savaki, el hijo del cielo.
Dylachankur, el sol, señor de la luz y del calor, es la principal figura de la cosmogonía evenk. Todas las mañanas se levanta y ordena a su hijo Garpani que acerque una antorcha de corteza de abedul a la abertura de arriba para iluminar el mundo. A medida que Garpani se va aproximando a la abertura, la claridad invade la tierra y cuando pasa la antorcha a través del boquete despunta el día.
Dylachankur trabaja todo el día para dar calor a los hombres. Cuando corre la cortina que cierra su tienda y reaviva el fuego del hogar, es otoño en la tierra. Una vez que todo el calor queda aprisionado en su enorme bolsa de cuero, dentro de la luna no se ve, pues ha regresado a buscar su ollon, y en el preciso instante en que el sol se su tienda herméticamente cerrada, es invierno. Cuando Dylachankur y sus hijos pasan la bolsa a través de la abertura de arriba y esparcen el calor que estaba encerrado, se funde la nieve, los ríos corren nuevamente y vuelven los tibios días de primavera.

Al despertarse del largo sueño de invierno, el habitante de los cielos, saca chispas con su eslabón para reavivar el fuego de su hogar. Es durante esta época del año cuando se oye el canto del cuclillo, el pájaro chamán, que llega para celebrar el retorno del calor y de la luz y despertar a la primavera. Con el primer trueno y el primer grito del cuclillo, los evenk festejan el regreso de la primavera. Durante ocho días, cantan, bailan y veneran a Dylachankur, que derrama su calor sobre la tierra.
Hace mucho tiempo, Dylachankur tenía una esposa, Bega, la luna. Vivían juntos y sus hijos eran los rayos del sol. Un día que viajaban a través del cielo, Bega olvidó el ollon, el gancho del que colgaba su caldero. Aunque el utensilio era muy importante, Dylanchakur le aconsejó: “No vuelvas sobre tus pasos porque nunca podrás darme alcance.” “Sí” replicó la luna y regresó en busca de su ollon. Lamentablemente, nunca pudo reunirse con Dylachankur y sus hijos y desde entonces corre detrás de ellos. Cuando sale el sol, la luna no se ve, pues ha regresado a buscar su ollon, y en el preciso instante en que el sol se pone, se la ve reaparecer, tratando inútilmente de dar alcance a su esposo.

 

En el Correo de la UNESCO de mayo 1990, En los orígenes del mundo: de los primeros mitos a la ciencia actual

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Hemos llegado a una ciudad sagrada.
Preferimos ignorar su nombre:
así le podemos dar todos los nombres.
No encontramos a quién preguntar
por qué estamos solos en la ciudad sagrada.
No conocemos qué cultos se practican en ella.
Sólo vemos que aquí forman un solo filamento
el hilo que une toda la música del mundo
y el hilo que une todo el silencio.
No sabemos si la ciudad nos recibe o nos despide,
si es un alto o un final del camino.
Nadie nos ha dicho por qué no es un bosque o un desierto.
No figura en ninguna guía, en ningún mapa.
Las geografias han callado su ubicación o no la han visto.
Pero en el centro de la ciudad sagrada hay una plaza
donde se abre todo el amor callado
que hay adentro del mundo.
Y sólo eso comprendemos ahora:
lo sagrado
es todo el amor callado.