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Furia

Y de ha haber lugares
donde ha de llover tan lindo…

Què ganas tengo
de estornudar el alma
y verla hacerse añicos
contra el agua.

 

Héctor Viel Temperley

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Mujer del barro

Todo sucedió en un pueblo de alfareros. Uno de esos pueblos que todavía sobreviven cuestionando al hombre cotidiano, a lo largo y a lo ancho de la cordillera andina.
Todos sus habitantes trabajaban el barro como si fueran pequeños dioses dando vida a las cosas. Porque el barro está ligado al hombre desde su origen, se reconozca o no su paternidad.
En este pueblo del que hablo, vivía una mujer que fabricaba los mejores cacharros, las mejores y mas cantarinas vasijas, una suerte de pájaros sonoros que parecían encerrar luz.
Como sucede en todas partes desde que el mundo es mundo y sinó que va a ser, otra alfarera envidiaba los cacharros que fabricaba la mujer del milagro.
Entonces resolvió adoptar una actitud acorde a sus sentimientos: se convirtió en espía, para saber si existía algún secreto, alguna forma especial en la obra de la mujer del barro.
Pacientemente, durante horas y horas, las mismas y pacientes horas que emplean los espías y delatores, vigiló el taller de su rival.
Nada: no pudo descubrir nada.
Porque el barro era el mismo y la mujer lo amasaba cantando, la mezcla era la misma y la mujer la trabajaba cantando; el cocido era el mismo y la mujer encendía la leña cantando.
Nada, ni los colores que semejaban sangre y oro y que la mujer pintaba cantando, tenía la mas mínima diferencia.
Desesperada, la otra alfarera envidiosa robó un cántaro de la mujer y lo llevó a su casa para descubrir el secreto.
Una vez sola, encerrada como se encierran los que carecen del sentido del homenaje a la vida, del diálogo, de semejanza y del humor, rompió la vasija de un solo golpe.
El hombre, en definitiva, no es tanto misterio.
Lo que sucede es que a veces no alcanza a comprender las cosas y se altera su forma de vivir. Un pensamiento es más fuerte que la historia, porque es capaz, precisamente, de torcer el curso. Y todo porque entonces, del interior de la vasija, de cada pedazo roto, salió el canto de la mujer que trabajaba cantando. Y ya sabemos, el amor a lo que se hace produce lo mejor de la vida. Eso lo conoce hasta mi tía vieja. Ella dice que cuando Dios hizo al hombre, seguramente aprendió a cantar.

Babilonia pretende declararse independiente y no hay en ello nada de extraño. Situada en el cruce de las rutas que unen Oriente con Occidente y el Norte con el Sur, es conocida como la mayor y la más dinámica ciudad del planeta. Es el centro de la cultura y la ciencia universales. Goza de especial fama como foco en que se concentran la matemática y la astronomía, la geometría y la arquitectura. Aún tendrá que pasar un siglo antes de que el papel de la ciudad-mundo lo herede la griega Atenas. De momento, los babilonios —sabiendo que desde hace tiempo en la corte persa reina un gran desbarajuste, que el imperio ha estado gobernado por unos magos impostores, los cuales, finalmente, han sido depuestos en un golpe de palacio perpetrado por un grupo de notables persas que justo acaban de nombrar rey a uno de ellos, Darío— preparan una sublevación antipersa y la declaración de independencia. Heródoto anota que muy de antemano se habían preparado los babilonios para lo que intentaban. A buen seguro, escribe, se proveyeron de todo lo necesario para sufrir un dilatado sitio, sin que se echara de ver lo que iban organizando. Y a renglón seguido aparece en el texto de Heródoto este pasaje: Cuando declaradamente se quisieron rebelar, tomaron una resolución más bárbara que extraña, como fue la de juntar en un lugar mismo a todas las mujeres y hacerlas morir estranguladas, exceptuando solamente a sus madres y reservándose cada cual una sola mujer, la que fuese más de su agrado: el motivo de reservarla no era otro sino el de tener panadera en casa, y el ahogar a las demás, el de no querer tantas bocas que consumieran su pan. No sé si Heródoto se da cuenta de lo que escribe. ¿Habrá reflexionado sobre sus palabras? La Babilonia de entonces, en el siglo VI, cuenta con al menos doscientos o trescientos mil habitantes. El cálculo más simple lleva a la conclusión de que fueron condenadas a morir por estrangulación decenas de miles de mujeres: esposas, hijas, hermanas, abuelas, primas, amadas… Nada más dice nuestro griego de esa masacre. ¿Quién tomó la decisión? ¿La Asamblea Popular? ¿El ayuntamiento de la ciudad? ¿El Comité de Defensa de Babilonia? ¿Hubo una discusión en torno a este asunto? ¿Protestó alguien? ¿Expuso otra opinión? ¿Quién decidió el método del exterminio de las mujeres? ¿Por qué precisamente por estrangulación? ¿No hubo otras propuestas? ¿Atravesarlas con lanzas? ¿Matarlas a sablazos? ¿Quemarlas en la hoguera? ¿Arrojarlas al Éufrates, que pasa por la ciudad? Hay muchas más preguntas. Las mujeres que esperan en casa a sus hombres, que precisamente acaban de volver de la reunión en la que se ha decidido su suerte, ¿pueden leer algo en sus rostros? ¿Perplejidad? ¿Vergüenza? ¿Dolor? ¿Locura? Las niñas pequeñas por supuesto no se dan cuenta de nada. Pero ¿y las mayores? ¿El instinto no les dicta nada? ¿Y los hombres? ¿Todos al unísono se han sometido a la ley del silencio? ¿No hay ni uno solo que sienta la voz de la conciencia? ¿A ninguno le da un ataque de histeria? ¿Ninguno empezará a correr por las calles gritando a voz en cuello? ¿Y luego? Luego las reunieron a todas y las estrangularon. Así que debió de existir un lugar de concentración en el cual tenían que comparecer todos y donde se llevaría a cabo la selección. A continuación, las que siguieran con vida se colocarían a un lado, ¿y las otras? ¿Había por allí guardias municipales que cogían a las niñas y las mujeres que les ponían delante y las estrangulaban una tras otra? ¿O tenían que hacerlo sus propios padres y maridos, sólo que vigilados por la atenta mirada de unos jueces destinados a supervisar la ejecución? ¿Reinaba el silencio? ¿Se oían gemidos? ¿Los gemidos de ellos? ¿Sus súplicas por la vida de las recién nacidas, de sus hijas, sus hermanas? ¿Qué se hizo después con los cuerpos? ¿Con las decenas de miles de cadáveres? Pues un entierro digno era condición de una vida ulterior tranquila, de lo contrario los espíritus de las víctimas volverían en plena noche para martirizar a sus verdugos. A partir de aquello, ¿las noches de Babilonia llenaban de pavor a los hombres? ¿Se despertaban? ¿Tenían pesadillas? ¿No podían conciliar el sueño? ¿Notaban que los espectros los cogían por la garganta?

 

Ryszard Kapuscinski, en  (Viajes Con Herodoto)

Quietud

Un silencio que tiembla apenas

por los silbidos esos y el rumor

de truenos empujando lejos

Se acerca

hasta que parte al cielo el tajo

de oro contra el gris pizarra, entonces

gotea, una a una nítidas primero

y luego

cepilla el susurro del agua

y suenta viento, rayo en remolino

silbos truncados pero intensos

Lamento

de un perro encadenado y otra

clase de silencio lleno. ¡Salud!

tormenta! Algo ahora se deshace

Veámoslo

mientras algo ya regenera

Nuestro problema es pasar de largo

desatados como si no fuéramos

aun parte

en la sobrecogedora escena

Adentro se ha vuelto negación

del afuera, no su contemplación

ni ruego,

dicha y ofrenda de tenernos

al resguardo deshaciendo algo que

luego si rehacemos se vuelve amor

Espíritu

gentil de la tormenta, lava

y a veces mata, la multitud pasa

sobre los puentes tras un tajo de oro

Y truena,

arrecian el viento y la tempestad

la cara llena del silencio. Furia

si lava, tan bendita si recuerda

por qué

 

Diana Bellessi, Mate cocido, Nuevohacer, Buenos Aires, 2002