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Refugio

Me robaron el sol, pero yo lo encontraré.
He arreglado un encuentro secreto con él,
como quien va por un diario clandestino
o un material ilegal. Me llenaré el pecho
con grandes hojas de oro y lámparas para mi escondite.
Antes que hagan desaparecer mi alma la haré circular
de mano en mano en la noche.

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El desarrollo de la escritura arábiga y la difusión del islam  están necesariamente ligados. La prohibición de  representaciones figurativas,  desplaza ese arte sobre  la caligrafía que de ese modo se emparenta a las divinas palabras. Se llega entonces a la perfección,  la escritura cúfica, que es la única autorizada para escribir El Corán. La gente de la escritura, artistas de Allah, afilan sus cáñamos, sus qalam, sus plumas de caña, instrumentos  embebidos de tintas. Grafismos finos y bellos  no hacen más que confirmar la indisoluble alianza establecida entre el cielo y la tierra.
En tanto, los bereberes, nómades e infieles no conocen la escritura. Golpean con sus varas las piedras de las que brotan como arroyos, voces extraviadas.
Dicen que los hombres que llegaron desde Oriente  han construido una casa de palabras, un libro, una ciudad segura, un refugio para los creyentes.
Por las noches, temerosos del olvido, se reúnen en sus casas y  ruegan a sus hijos que guarden en sus corazones las historias del cielo, del mar y del desierto.
El silencio infinito.

Carlos Villalba, en Tánger