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Agua

Recojo una concha en forma de oreja. La acerco a la mía, dicen que se oyen las olas. No me da esa impresión. El efecto es el del eco de una cisterna, repite el murmullo que está dentro de mi oído, el tobogán de sonidos en un laberinto. Con la otra oreja oigo amplificado el enjuague de la ola en la grava. Es el sonido más antiguo del mundo, está aquí desde las edades de la tierra. Ya estaba cuando nadie podía oírlo. Pasaron millones de años antes de que pudiera meterse en un oído. Son pensamientos que ascienden desde los pies descalzos sobre la grava fronteriza entre la tierra y el mar. Si uno duerme cerca, a saber qué sueños tendrá. Dentro de los míos ruedan avalanchas, un rayo incendia un árbol, golpeo con un hacha un tronco que no cede, me enzarzo con un oso que sigue matándome. Debe de estribar en los sueños la diferencia entre quienes viven con los montes y quienes están cerca del mar. ¿Y los de las ciudades atestadas? Decido que se sueñan entre ellos.

Erri De Luca, en La natura expuesta

La mano debe estar vacía con el fin de no obstaculizar el influjo que le es comunicado. Debe estar lista para el menor impulso como para la mayor violencia. Soporte de efluvios, de influjos. …De una cierta manera semejante al agua, a lo que ella tiene de más fuerte y liviano, de menos perceptible, como son sus pliegues , que siempre fueron tema de estudio en China. Imagen del alejamiento: el agua que no se ata, siempre lista a instantáneamente partir de nuevo, agua que incluso antes de la llegada del budismo, hablaba al corazón del Chino. Agua, vacía de forma.

 

Henri Michaux, Ideogramas en China

Trece maneras de mirar un mirlo

 traducción de Yanina Audisio, tomada de Círculo de poesía

 

I

Entre veinte montañas de nieve,

La única cosa que se movía

Era el ojo del mirlo.

 

 

 

 

II

Yo era el de los tres sentires,

Como un árbol

Que contiene tres mirlos.

 

 

 

 

III

El mirlo giraba en los vientos de otoño.

Una parte pequeña de la comedia.

 

 

 

 

IV

Un hombre y una mujer

Son uno.

Un hombre y una mujer y un mirlo

Son uno.

 

 

 

 

V

No sé qué preferir,

La belleza de los acentos

O la belleza de las insinuaciones,

El mirlo silbando

O el instante después.

 

 

 

 

VI

El hielo ocupó la gran ventana

Con su vidrio bárbaro.

La sombra del mirlo

Lo atravesaba, una y otra vez.

El ánimo

Trazaba en la sombra

Una razón indescifrable.

 

 

 

 

VII

Oh, pobres hombres de Haddam,

¿Por qué imaginan pájaros dorados?

¿No ven cómo el mirlo

Vaga entre los pies

De sus mujeres?

 

 

 

 

VIII

Conozco tonos ilustres

Y ritmos lúcidos, ineludibles;

Pero conozco, también,

Que el mirlo pertenece

A lo que conozco.

 

 

 

 

IX

Cuando el mirlo se apartó de la vista,

Señaló el margen

De uno de los tantos círculos.

 

 

 

 

X

Ante la imagen de los mirlos

Volando en una luz verde,

Aun las madamas de la armonía

Gritarían agudamente.

 

XI

Él viajaba por Connecticut

En un coche de vidrio.

Una vez, el miedo lo atravesó,

Por confundir

La sombra de su equipaje

Con los mirlos.

 

 

 

 

XII

El río se estremece.

El mirlo estará volando.

 

 

 

 

XIII

Fue de noche toda la tarde.

Nevaba,

Iba a seguir nevando.

El mirlo se posó

En el cedro, en lo más alto.

 

 

 

 

 

 

Thirteen Ways of Looking at a Blackbird

 

 

 

I

Among twenty snowy mountains,

The only moving thing

Was the eye of the blackbird.

 

 

 

 

II

I was of three minds,

Like a tree

In which there are three blackbirds.

 

 

 

 

III

The blackbird whirled in the autumn winds.

It was a small part of the pantomime.

 

 

 

 

IV

A man and a woman

Are one.

A man and a woman and a blackbird

Are one.

 

 

 

 

V

I do not know which to prefer,

The beauty of inflections

Or the beauty of innuendoes,

The blackbird whistling

Or just after.

 

 

 

 

VI

Icicles filled the long window

With barbaric glass.

The shadow of the blackbird

Crossed it, to and fro.

The mood

Traced in the shadow

An indecipherable cause.

 

 

 

 

VII

O thin men of Haddam,

Why do you imagine golden birds?

Do you not see how the blackbird

Walks around the feet

Of the women about you?

 

 

 

 

VIII

I know noble accents

And lucid, inescapable rhythms;

But I know, too,

That the blackbird is involved

In what I know.

 

 

 

 

IX

When the blackbird flew out of sight,

It marked the edge

Of one of many circles.

 

 

 

 

X

At the sight of blackbirds

Flying in a green light,

Even the bawds of euphony

Would cry out sharply.

 

 

 

 

XI

He rode over Connecticut

In a glass coach.

Once, a fear pierced him,

In that he mistook

The shadow of his equipage

For blackbirds.

 

 

 

 

XII

The river is moving.

The blackbird must be flying.

 

 

 

 

XIII

It was evening all afternoon.

It was snowing

And it was going to snow.

The blackbird sat

In the cedar-limbs.

 

Este es un lugar, donde nosotras las antiguas mujeres del viento
guardábamos las piedras coralinas, lavadas con las plantas del desastre.

Oh, cuando el mar traía riñones de los unicornios
con el solo conjuro de la sal
y el aceite de iguana y el pan de los leprosos
eran los comestibles de nuestras grandes barcas, cuando
íbamos cantando, como ardientes tormentas de flores al crepúsculo,
al llegar La noche por las playas ansiosas con negros remadores.

Este era el lugar para los amuletos.
Lejos de los tumultos, de los hombres que ignoran su antípoda celeste,
de ciudades pobladas de banderas, letrinas, narradores,
con los ciegos orfebres de la magia,
los buscadores de árboles de niebla y de piedras alquímicas,
con niños que nacieron de las perlas
en ostrales de náufragos antiguos, acostumbrados a los sortilegios. ¿Acaso tú no guardas, junto a tu corazón, bajo calientes
ropas sudadas por los siglos,
esa piedra jerárquica que mudará tu sombra en ardiente perfume? ¿No llevas por ventura un anillo de hierbas
que te sofocará con su lujuria y gozarás la muerte? ¿No conoces acaso este lugar que cambia de mirada en un mar tembloroso?
¿Dónde está el ascendente del origen con lenguaje de cielos? ¡Tuya es la eternidad en un ramo de flores del azufre que comerás cantando! -Así dice el cronista del mar con amuletos, una raza
reciente que ignora sus augurios.

Romilio Ribero

Amenaza

Podés vivir por años al lado

de un gran pino, honrada de tener

un vecino tan venerable, aun cuando

suelta sus agujas encima de tus flores

o te despierta en medio de la noche

tirando grandes piñas en tu patio.

Y sólo cuando, antes de amanecer

durante el equinoccio vernal, un año, el viento

se levanta y se levanta, trayendo la imagen

de barcos arrojados como cáscaras de nuez

entre enormes murallas de olas que avanzan,

te das cuenta de que siempre,

debajo del respeto, debajo de tu fe

en la belleza del pino, está

el miedo de que un día se caiga

sobre tu casa, sobre tu cama,

sobre lo frágil de la segura

cotidianeidad a la que casi

te has acostumbrado.

 

Threat

 

You can live for years next door/ to a big pinetree, honored to have/ so venerable a neighbor, even/ when it sheds needles all over your flowers/ or wakes you, dropping big cones/ onto your deck at still of night./ Only when, before dawn one year/ at the vernal equinox, the wind/ rises and rises, raising images/ of cockleshell boats tossed among huge/ advancing walls of waves,/ do you become aware that always,/ under respect, under your faith/ in the pinetree’s beauty, there lies/ the fear it will crash some day/ down on your house, on you in your bed,/ on the fragility of the safe/ dailiness you have almost/ grown used to.

 

Traducción de Jacqui Behrend.

No es fácil encontrar una piedra

Había una vez una ciudad.
Y en la ciudad un hombre, un hombre triste.
Para escapar a su tristeza, el hombre huyó.
Cruzó el centro. Las veredas angostas. Las calles llenas de gente.
Dejo atrás letreros luminosos. Ruidos de bocinas. Chimeneas de fábricas. Semáforos. Atravesó los barrios. Las casas chatas. Los baldíos con paraísos. Las esquinas llenas de chicos. Sin detenerse ni una vez.
Y al atardecer llegó al campo, una llanura verde donde las vacas pastaban. En el campo el hombre buscó una piedra. No es fácil encontrar una piedra en la llanura, pero el hombre buscó y buscó hasta encontrarla. Y sobre ella se echó a llorar.
El brazo en ángulo sobre la piedra y sobre el brazo la cabeza del hombre que lloraba. Ese atardecer, cerca de esa piedra, pasó un chico.
Cuando el chico vió al hombre llorando, sintió el impulso de preguntarle cuál era la razón de su pena. Pero se contuvo.
Volvió a pasar junto a la piedra, unos días después y el hombre seguía llorando. Entonces el chico se animó: “Hace meses que estas sobre esa piedra llorando, ¿qué es lo que te pasa?”
El hombre que lloraba levantó la cabeza y como quien cuenta un sueño contó:

“Yo vivía en la ciudad. Y en la ciudad estaba triste. Para olvidar mi tristeza intenté escapar. Crucé el centro. Las veredas angostas. Las calles llenas de gente. Dejé atrás letreros luminosos. Ruidos de bocinas. Chimeneas de fábricas. Semáforos. Atravesé los barrios. Las casas chatas. Los baldíos con paraísos. Sin detenerme ni una sola vez. Al atardecer llegué al campo, a estas llanuras donde las vacas pastan. Quise encontrar una piedra.  No es fácil encontrar una piedra en la llanura, pero yo busqué y busqué hasta conseguirla. Y sobre ella me eché a llorar.
El brazo en ángulo sobre la piedra y sobre el brazo mi cabeza.
Lloré desconsoladamente, las lágrimas resbalaron por mi rostro.
Los rayos del sol se filtraron entre mi brazo y mi cabeza.
Y la luz tocó mis lágrimas.
Y el agua de mis lágrimas descompuso esa luz en mil colores.
Y era tan hermoso que tuve que seguir llorando para verlo.”

“Tenía yo unos seis años (todavía no iba a la escuela) y estaba sentado en el cordón de la vereda de mi casa, en mi pueblo natal, después de la lluvia, con los pies en el agua barrosa que corría por la cuneta. De pronto, un pedacito de papel blanco, rasgado o recortado, que contrastaba con el agua oscura, atrapó mi atención, y me deslumbró la belleza del contraste y de la forma. Por supuesto, yo no sabía nada de contrastes, de formas ni de belleza, pero perdí conciencia de mi cuerpo y floté, más allá del espacio y del tiempo, en un éxtasis de contemplación y de gozo, hasta que el papel desapareció de mi vista. Nunca olvidé esa experiencia aunque no tuvo frutos inmediatos. Sin embargo, todavía hoy, después de casi una vida, debo reconocer que lo que busco inconscientemente cuando dibujo, pinto o hago collage, es la repetición de aquella experiencia”.

Hugo Padeletti, en “Poesía y plástica en mi experiencia”

Hugo

Oye y no se oye. Sumida en una gota de resina, clava el hacha. Absorta la mirada en un junco, siembra y desmata. Se asoma a la ventana y no se ve.
Explora la exuberancia de líneas en el mapa como si fuera el diagrama de una selva remota, negra, ronca, inextricable. La ordena con el dedo. Descarta un ramal como quien descorre una cortina. La ausente de sí misma ha oído el llamado del mar.
Llega a un arenal implacable, un cielo gris. La bruma funde el borde de la isla. -Allá, detrás, no hay nada. Solo yo. Sola yo -se anima. Se descubre. Tienta con el pie la inmensidad. -Está fría -ríe. Y retrocede triunfante.
Llano de plomo. Vientre de cocodrilo. Canto monótono y sereno, siempre igual. La indiferencia la incluye. Bosteza y se amodorra. Sueña con un océano azul exacto, un pueblo blanco, antiguo, donde es el cura, el médico, el maestro, la anciana sentada en el portal, el chico que vela la única canoa, el enamorado, la puta y el pintor. Ella es el agua azul y el pueblo blanco, el sí y el no y el bien y el mal diáfanos -el bien muy grande, y como un grano de arroz el mal, de pequeñito.
Allá, detrás, un caserío, el barro, latas, la carcaza de un auto, cables, ruido, un charco, ropa vieja tendida, un surtidor, grafitti, una mendiga, una iglesia como un almacén, una casa como un barco hundido.
Se despereza la ausente y se incorpora. La inmensidad la despide agitando la mano. Ella le deja la huella de sus pies y una promesa falsa. Despliega el mapa y busca el paraíso.

 

Mercedes Roffé, en La noche y las palabras (de “Motivos para escribir”)