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Asombro

Es fácil observar que un día comienza con lluvia, sólo para
volverse soleado por la tarde, que un pino permaneció en un
lugar en particular o anotar el nombre de un recodo del río.
Esto es lo que se escribe en los diarios para anotar el valor de
nada que no sea mirar con ojos inmediatos.

 

 

Matsuo Bashõ, Senda hacia el interior y otros escritos

Extraído de Diario del Delta, Alicia Genovese.

redacciones

 

alguna vez sentiste la fragilidad de las cosas
el hilo delgado
la trama invisible que sostiene lo visible?

alguna vez viste el océano de nubes
su oleaje desatado sobre el mundo?

alguna vez supiste algo absolutamente
sin saber por qué?

alguna vez deseaste cruzar el mar
ser extranjero
hablar en lenguas
despertarte y no ser ese
pasajero en trance de todos los espejos?

alguna vez te viste y no eras vos
sino extranjero de tu propia cara
en tu casa y en tu cuerpo?

alguna vez tus manos no te hicieron caso
aves ajenas alzándose en tu contra?

alguna vez
te viste desde afuera
y tuviste deseos intensos
de deshacerte como lluvia
disolverte como un eco en la montaña?

de esas cosas no se habla en los diarios

/// tres sujetos fuertemente armados

 

Jorge Spíndola, en Perro lamiendo luna

Los golpeadores

Un hombre sentado junto a la cama
de una mujer a quien golpeó,
cura sus heridas,
suavemente palpa los moretones.
La sangre forma un charco a su alrededor,
se oscurece.

Atónito, se da cuenta que ha comenzado
a quererla. Siente terror.
¿Por qué nunca había
visto, antes, lo que era?
¿Y si deja de respirar?

Tierra, ¿será que no podemos amarte
a menos que creamos que el fin se aproxima?
¿Que no creamos en tu vida
a menos que pensemos que agonizas?

Vendrá un viento del sur
a golpear en las puertas cerradas y en los vidrios
a golpear en los rostros de agrios gestos.

Vendrán alegres oleajes ruidosos
subiendo las veredas y calles silenciosas
por el barrio del puerto.

Que se lave la cara de la ciudad endurecida
sus piedras y maderas polvorientas, raídas
su corazón sombrío.

Que por lo menos haya asombro en las opacas
miradas taciturnas.
Y que muchos se asusten y los niños se rían
y el verdor de la luz del agua nos despierte
nos bañe, nos persiga.

Que nos de por correr y abrazarnos
que se abran las puertas de todas las casas
y salga la gente
por las escaleras, desde los balcones
llamándose…

Obligado o traicionado por mí mismo a decir cómo hago mis cuentos, recurriré a explicaciones exteriores a ellos.No son completamente naturales, en el sentido de no intervenir la conciencia. Eso me sería antipático. No son dominados por una teoría de la conciencia. Eso me sería extremadamente antipático. Preferiría decir que esa intervención es misteriosa. Mis cuentos no tienen estructuras lógicas. A pesar de la vigilancia constante y rigurosa de la conciencia, ésta también me es desconocida. En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podría tener porvenir artístico. Sería feliz si esta idea no fracasara del todo. Sin embargo, debo esperar un tiempo ignorado: no sé cómo hacer germinar la planta, ni cómo favorecer, ni cuidar su crecimiento; sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos. Debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté destinada a ser, y ayudarla a que lo sea. Al mismo tiempo ella crecerá de acuerdo a un contemplador al que no hará mucho caso si él quiere sugerirle demasiadas intenciones o grandezas. Si es una planta dueña de sí misma tendrá una poesía natural, desconocida por ella misma. Ella debe ser como una persona que vivirá no sabe cuánto, con necesidades propias, con un orgullo discreto, un poco torpe y que parezca improvisado. Ella misma no conocerá sus leyes, aunque profundamente las tenga y la conciencia no las alcance. No sabrá el grado y la manera en que la conciencia intervendrá, pero en última instancia impondrá su voluntad. Y enseñará a la conciencia a ser desinteresada.

Lo más seguro de todo es que yo no sé cómo hago mis cuentos, porque cada uno de ellos tiene su vida extraña y propia. Pero también sé que viven peleando con la conciencia para evitar los extranjeros que ella les recomienda.

 

Tomado de ciudadseva

Basura

Se encuentran en el área de servicio. Cada uno con su bolsa de basura. Es la primera vez que se hablan.
– Buenos días…
– Buenos días.
– La señora es del 610
– Y, el señor del 612
– Sí.
– Yo aún no lo conocía personalmente…
– De hecho…
– Disculpe mi atrevimiento, pero he visto su basura…
¿Mi qué?
– Su basura.
– Ah…
– Me he dado cuenta que nunca es mucha. Su familia debe ser pequeña…
– En realidad sólo soy yo.
– Mmmmmm. Me di cuenta también que usted usa mucha comida enlatada.
– Es que yo tengo que hacer mi propia comida. Y como no sé cocinar.
– Entiendo.
– Y usted también…
– Puede tutearme.
– También perdone mi atrevimiento, pero he visto algunos restos de comida en su basura. Champiñones, cosas así…
– Es que me gusta mucho cocinar. Hacer platos diferentes. Pero como vivo sola, a veces sobra…
– Usted… ¿Tú no tienes familia?
– Tengo, pero no son de aquí.
– Son de Espírito Santo.
¿Cómo lo sabe?
– Veo unos sobres en su basura. De Espírito Santo.
– Claro. Mi madre me escribe todas las semanas.
¿Ella es profesora?
¡Esto es increíble! ¿Cómo adivinó?
– Por la letra del sobre. Pensé que era letra de profesora.
– Usted no recibe muchas cartas. A juzgar por su basura.
– Así es.
– Pero, el otro día tenía un sobre de telegrama arrugado.
– Así fue.
¿Malas noticias?
– Mi padre. Murió.
– Lo siento mucho.
Él ya estaba viejito. Allá en el Sur. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.
¿Fue por eso que volviste a fumar?
¿Cómo es que sabes?
– De un día para otro comenzaron a aparecer paquetes de cigarrillos arrugados en su basura.
– Es cierto. Pero conseguí dejarlo de nuevo.
– Yo, gracias a Dios, nunca fumé.
– Ya lo sé. Pero he visto unos vidriecitos de pastillas en su basura…
– Tranquilizantes. Fue una fase. Ya pasó.
¿Peleaste con tu pololo, no es verdad?
¿Eso, también lo descubriste en la basura?
– Primero el buqué de flores, con la tarjetita, tirado en la basura. Después, muchos pañuelitos de papel.
– Es que lloré mucho, pero ya pasó.
– Pero incluso hoy vi unos pañuelitos…
– Es que estoy un poquito resfriada.
– Ah.
– Veo muchos crucigramas en tu basura.
– Claro. Sí. Bien. Me quedo solo en casa. No salgo mucho. Tú me entiendes.
¿Polola?
– No.
– Pero hace unos días tenías una fotografía de una mujer en tu basura. Parecía bonita.
– Estuve limpiando unos cajones. Cosa del pasado.
– No rasgaste la foto. Eso significa que, en el fondo, tú quieres que ella vuelva.
¡Tú estás analizando mi basura!
– No puedo negar que tu basura me interesó.
– Qué divertido. Cuando escudriñé tu basura, decidí que quería conocerte. Creo que fue la poesía.
¡No! ¿Viste mis poemas?
– Vi y me gustaron mucho.
– Pero, ¡si son tan malos!
– Si tú creías que eran realmente malos, los habrías rasgado. Y sólo estaban doblados.
– Si yo supiera que los ibas a leer…
– Sólo no los guardé porque, al final, los estaría robando. Si bien que, no sé: ¿la basura de la persona aún es propiedad de ella?
– Creo que no. Basura es de dominio público.
– Tienes razón. A través de la basura, lo particular se vuelve público. Lo que sobra de nuestra vida privada se integra con las sobras de los demás. La basura es comunitaria. Es nuestra parte más social. ¿Esto será así?
– Bueno, ahí estás yendo harto lejos con la basura. Creo que…
– Ayer, en tu basura…
¿Qué?
¿Me equivoqué o eran cáscaras de camarón?
– Acertaste. Compré unos camarones enormes y los descasqué.
¡Me encantan los camarones!
– Los descasqué, pero aún no los comí. Quien sabe, tal vez podamos…
¿Cenar juntos?
– Por qué no.
– No quiero darte trabajo.
– No es ningún trabajo.
– Pero vas a ensuciar tu cocina.
– Tonterías. En un instante limpio todo y pongo los restos en la basura.
¿En tu basura o en la mía?

 

Basura, título original “Lixo”, cuento de Luis Fernando Veríssimo, incluido en su libro de crónicas y cuentos O Analista de Bagé e, posteriormente, antologado en O Novo Conto Brasileiro por Malcolm Silverman (Rio de Janeiro, Nova Fronteira, 1985).

Traducción de Paula Vera.

En la antigua igua filosofía india budista existe un concepto llamado “Samadhi” que se refiere a un nivel concreto de concentración. Según y cómo se aborda, es una noción bastante sencilla de comprender. Cuando leemos un libro, estamos concentrados en leer el libro. Cuando vamos a pescar, nos concentramos únicamente en los movimientos y temblores del hilo de pesca. Cuando fregamos el suelo, no hacemos nada más que fregar el suelo.

En cuanto a la vida cotidiana, cuando emprendemos una acción sencilla, trataremos de concentrarnos completamente en lo que estamos haciendo. También trataremos de sentirnos envueltos y apoyados por toda la energía que despliega el universo. Normalmente, nuestros pensamientos están diseminados por todas partes. Fregamos el suelo pero nos “olvidamos” de lo que estamos haciendo y acabamos pensando en lo que pasó ayer, en los ruidos que hacen los vecinos, o en la deuda con la compañía del gas. En un estado semejante es imposible absorber la energía del universo. El objeto de nuestra concentración no es lo importante, sino la propia acción de concentrarse. Desarrollar esta capacidad de concentración nos ayuda a entrar en el estado de Samadhi. Una vez que lo hemos alcanzado empezaremos a sentir la existencia de “algo más” que nuestra energía personal.

(…)

Yo trato de aplicar esta práctica a mi vida cotidiana. Cuando me levanto por la mañana y me lavo los dientes, trato de concentrarme únicamente en “lavarme los dientes”. Desgraciadamente, siempre me distraigo, entonces intento poner toda la atención en la actividad de cepillar los dientes, pero resulta que me encuentro a mí mismo pensando en cosas como, por ejemplo: “Hoy no puedo dejar de ir al banco… después tengo que hacer una llamada… espero que hoy el metro no vaya muy lleno…” Es muy difícil concentrarse únicamente en lavarse los dientes.

 

Yoshi Oida, en El actor invisible