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He paseado con mi padre y mi madre
por todos los prostíbulos del mundo.
Mi madre con sus senos catedrálicos, vestida de negro
y mi padre con su abanico de tempestad
y su chaleco deslumbrante ceñido a su espantosa sotana.
Han sido muchos años de búsqueda.
Querían para mí la mujer de delirio,
la que devora relámpagos en su sexo infernal
y que con su resplandor sagrado
enceguece el dormitorio de los frutos prohibidos.

Mi padre opinaba
que era preferible una virginidad estremecedora
a que cualquier mujer cohabitara conmigo
entrégandome el paraíso de su vértigo.
Por eso, exigía de esa dama
un conocimiento exacto del cinturón de castidad,
la sabiduría del manejo de la cópula
y otros menesteres como lapidación y locura.
Mi madre, por el contrario
habituada a sus ritos conyugales,
consideraba sagrado de mi sexo,
y por lo tanto soñaba con una dondella
exactamente igual a la que encontró a Moisés en las
aguas.

Días y años, de país en país,
solicitaban turnos en las casas prohibidas,
y mujeres jóvenes y viejas,
vírgenes e infecundas,
mostraban sus negrísimass clepsidras ente mi desnudez.
Eran examinadas por mis progenitores,
se desvestían ante espejos vociferantes
y mostraban sus cualidades de amor.
Sus extrañas poses fatales,
sus trances y sus espasmos
sobre lechos del crimen, del pavor, del júbilo,
y de las revelaciones.
En sus cuerpos había extrañas inscripciones rituales
heridas y mordeduras
y en sus pieles acerbas y terribles, recuerdos de miles
de manos
que han partido de viaje hacia el olvido o la muerte.
Y de sus labios se desprendían vocablos oscuros,
comprensibles únicamente en los países del asco.
Algunas portaban en sus senos
guirnaldas de fuegos misteriosos y al principio o al final
de la jornada, siempre alguna de ellas, moría por mí,
en una comedia desagradable y estúpida.

De esta manera, he envejecido junto a mis adorables
padres.
Todas las noches, hay una extraña luna en mi aposento.
Una luna inmortal y atávica que sonríe como una
advertencia.
Y mi madre sigue con sus muertas historias
y sus pruebas de magia.
Y mi padre examinando su traición.

 

Romilio Ribero, en El libro de viaje de los varones prudentes

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Mi anciano hijo

Mi hijo es viejo y tiene eso raro
de sentarse nun banco la plaza
y estarse solitario hasta el amanecer.
No es por insomnio, me dijo,
sino en cómo hacer para dejar de pensar
y entrar directamente en el saber.
Algunos dirán que es estúpido
eso de dejar que el tiempo transcurra lúcido
por fuera del pensamiento propio;
pero allá él, mi hijo es así.

Tiene un impulso que lo alienta a correr
detrás de lo difícil,
pero como le falta agilidad en los pies
se siente en un banco de la plaza.

Para colmo aspira a ser alquimista
y quiere fabricar oro con la mente.
Tampoco entiende por qué se le corren los mocos
sin estar refriado y le brotan lágrimas
sin estar triste.

Le aconsejo m´hijito acuestesé,
descanse ´n la cama, ya todo está hecho;
pero él no me escucha,
va a la plaza y se amanece.

*en “Endeveras”, Ediciones en Danza, 2004.