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Mi anciano hijo

Mi hijo es viejo y tiene eso raro
de sentarse nun banco la plaza
y estarse solitario hasta el amanecer.
No es por insomnio, me dijo,
sino en cómo hacer para dejar de pensar
y entrar directamente en el saber.
Algunos dirán que es estúpido
eso de dejar que el tiempo transcurra lúcido
por fuera del pensamiento propio;
pero allá él, mi hijo es así.

Tiene un impulso que lo alienta a correr
detrás de lo difícil,
pero como le falta agilidad en los pies
se siente en un banco de la plaza.

Para colmo aspira a ser alquimista
y quiere fabricar oro con la mente.
Tampoco entiende por qué se le corren los mocos
sin estar refriado y le brotan lágrimas
sin estar triste.

Le aconsejo m´hijito acuestesé,
descanse ´n la cama, ya todo está hecho;
pero él no me escucha,
va a la plaza y se amanece.

*en “Endeveras”, Ediciones en Danza, 2004. 

No dejaremos de explorar
y el fin de nuestra búsqueda será
llegar adonde comenzamos
y conocer el lugar por primera vez.
Por la desconocida puerta
que recordamos, cuando lo único
que en la tierra quede por descubrir
sea lo que fue el principio; en la fuente
del río más largo la voz
de la cascada oculta y de los niños
en el manzano, no buscada
y así desconocida, pero oída,
oída a medias, en la calma
que reina entre las dos olas de la mar.
Aprisa, aquí, ahora, siempre…
Estado de perfecta sencillez
(que cuesta todo, nada menos)
y todo acabará bien y las cosas
todas se arreglarán cuando las lenguas
de llama se entrelacen
en el coronado nudo de fuego
y sean la rosa y el fuego uno.