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azufre 

Ser cartógrafa de una casa implica conocer sus objetos
secretos: una red agujereada de pesca en el depósito
de las herramientas, señuelos con dibujos de peces
rojos y negros, el cuadrante roto de una brújula
que marca siempre el norte, olor a humedad que recuerda
imperfectamente el mar. Como si alguien de la familia
hubiera fallado en los preparativos de una travesía larguísima
y ahora te tocara reconstruir el itinerario de esa expedición
que nunca se hizo.
Se debería partir cuando el mapa esté completo,
cada ciudad en su sitio y de cada una los datos necesarios:
la velocidad máxima de sus vientos, la profundidad de sus ríos,
su época de tormentas. A veces pensaste en diseñar
un mapa deliberadamente errático, por la sola belleza
de extraviarte en dibujos que no llevan a ninguna parte.
O tal vez para obligarte a permanecer en el mismo sitio
preparando para siempre una partida,
tu propia vida el lugar donde aprender la palabra viaje.
Todas las cosas hermosas, al principio, son palabras.
¿Viste alguna vez cómo el sol atraviesa
el ala de un insecto en vuelo? ¿Con qué delicado
y fugaz dibujo la rellena? Así hubieras querido que se viera
tu cuerpo en la transparencia de la tarde:
una chispa de azufre, azulada. Materia inflamable
que al menor roce recuerda su pertenencia a los volcanes,
su ansia de desprenderse y arder en el aire.
¿Adivinaste ya que no es ese tu oficio? ¿Pudo tu cuerpo
amar lo que le ha sido encomendado? Que otros se vayan.
Lo tuyo es escribir la historia de ese viaje.
 
 
(de “Geologías”, Nusud, Buenos Aires, 2001.)

Soy el barco aquel, allá lejos, el pájaro que no se ve y todos los árboles.

Soy el que agujerea las medias en el dedo. El que no dejó las miguitas de pan e ignora el camino a casa. El que perdió la esperanza. El que reinventa la belleza cada vez que puede. El que sueña que empieza a volar cuando decide que el próximo paso no lo da y sigue más rápido con el envión. Y cuando quiere ver, está flotando ligero a pocos metros del suelo.

Soy el inconstante, el que se equivoca de hora y de calle, el que vive arriba, el lleno de luz, el que no pertenece a ninguna parte, el que permanece sentado, la ola que rompe antes de tiempo, el que no llega a nada, el que diseña tapas de libros que no se publicarán, el que otorga y calla, el dejado a un lado, el que será devorado por la casa.

(…)

Soy el que se abrió la mano con una piedra, el que plantó un carozo y se hizo árbol, el que aplaude bajo la lluvia, el que ve nítido en la niebla.

Soy el que encontró las mismas letras en otro lugar.

(…)

Soy el que no cierra las cortinas, el que mira por la ventana y ve el perro pasar, dos señoras que hablan, el hombre caminando apurado, las luces que cambian de color, las hojas caídas del árbol, las líneas blancas de la cebra.

Soy el que cuando no ve, inventa.

Soy el que al principio no lo pueden creer y luego olvidan. El sí como no, ahora, el dentro de un rato. El que sí por supuesto sí y mil veces sí, pero no. El inmejorable plan b. El secreto mejor guardado. El supremo oriental callado. La patria y la tumba. El no sé de dónde salió. El fóbico que se resiste. El que primero dice no y luego vemos, vamos viendo y dale, vamos, sí. El que viene de un lugar donde el himno nacional es el silencio. La estatua en la plaza es un canto rodado. Y la bandera, una rama. El eterno buscador de presencias donde aparentemente no hay nada. El que esconde perlas en la arena y dibuja retratos in absentia. El que huele la almohada de alguien que ya se fue. El que mira el hueco y no la materia. El que se va antes de que cierre la reja. El que no come torta de cumpleaños. El que mira para afuera cuando soplan las velas. El que no sale en las fotos. Yo soy el que no está.

 

Fidel Sclavo, en Yo soy el que no está (pp. 147-149)

He paseado con mi padre y mi madre
por todos los prostíbulos del mundo.
Mi madre con sus senos catedrálicos, vestida de negro
y mi padre con su abanico de tempestad
y su chaleco deslumbrante ceñido a su espantosa sotana.
Han sido muchos años de búsqueda.
Querían para mí la mujer de delirio,
la que devora relámpagos en su sexo infernal
y que con su resplandor sagrado
enceguece el dormitorio de los frutos prohibidos.

Mi padre opinaba
que era preferible una virginidad estremecedora
a que cualquier mujer cohabitara conmigo
entrégandome el paraíso de su vértigo.
Por eso, exigía de esa dama
un conocimiento exacto del cinturón de castidad,
la sabiduría del manejo de la cópula
y otros menesteres como lapidación y locura.
Mi madre, por el contrario
habituada a sus ritos conyugales,
consideraba sagrado de mi sexo,
y por lo tanto soñaba con una dondella
exactamente igual a la que encontró a Moisés en las
aguas.

Días y años, de país en país,
solicitaban turnos en las casas prohibidas,
y mujeres jóvenes y viejas,
vírgenes e infecundas,
mostraban sus negrísimass clepsidras ente mi desnudez.
Eran examinadas por mis progenitores,
se desvestían ante espejos vociferantes
y mostraban sus cualidades de amor.
Sus extrañas poses fatales,
sus trances y sus espasmos
sobre lechos del crimen, del pavor, del júbilo,
y de las revelaciones.
En sus cuerpos había extrañas inscripciones rituales
heridas y mordeduras
y en sus pieles acerbas y terribles, recuerdos de miles
de manos
que han partido de viaje hacia el olvido o la muerte.
Y de sus labios se desprendían vocablos oscuros,
comprensibles únicamente en los países del asco.
Algunas portaban en sus senos
guirnaldas de fuegos misteriosos y al principio o al final
de la jornada, siempre alguna de ellas, moría por mí,
en una comedia desagradable y estúpida.

De esta manera, he envejecido junto a mis adorables
padres.
Todas las noches, hay una extraña luna en mi aposento.
Una luna inmortal y atávica que sonríe como una
advertencia.
Y mi madre sigue con sus muertas historias
y sus pruebas de magia.
Y mi padre examinando su traición.

 

Romilio Ribero, en El libro de viaje de los varones prudentes

Mi anciano hijo

Mi hijo es viejo y tiene eso raro
de sentarse nun banco la plaza
y estarse solitario hasta el amanecer.
No es por insomnio, me dijo,
sino en cómo hacer para dejar de pensar
y entrar directamente en el saber.
Algunos dirán que es estúpido
eso de dejar que el tiempo transcurra lúcido
por fuera del pensamiento propio;
pero allá él, mi hijo es así.

Tiene un impulso que lo alienta a correr
detrás de lo difícil,
pero como le falta agilidad en los pies
se siente en un banco de la plaza.

Para colmo aspira a ser alquimista
y quiere fabricar oro con la mente.
Tampoco entiende por qué se le corren los mocos
sin estar refriado y le brotan lágrimas
sin estar triste.

Le aconsejo m´hijito acuestesé,
descanse ´n la cama, ya todo está hecho;
pero él no me escucha,
va a la plaza y se amanece.

*en “Endeveras”, Ediciones en Danza, 2004. 

No dejaremos de explorar
y el fin de nuestra búsqueda será
llegar adonde comenzamos
y conocer el lugar por primera vez.
Por la desconocida puerta
que recordamos, cuando lo único
que en la tierra quede por descubrir
sea lo que fue el principio; en la fuente
del río más largo la voz
de la cascada oculta y de los niños
en el manzano, no buscada
y así desconocida, pero oída,
oída a medias, en la calma
que reina entre las dos olas de la mar.
Aprisa, aquí, ahora, siempre…
Estado de perfecta sencillez
(que cuesta todo, nada menos)
y todo acabará bien y las cosas
todas se arreglarán cuando las lenguas
de llama se entrelacen
en el coronado nudo de fuego
y sean la rosa y el fuego uno.