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Árbol

El comercio no puede con los nísperos,

desde que son arrancados de la planta

hasta ser colocados en el mercado

se echan a perder. Los nísperos

frutos sin precio, reacios a las balanzas,

los he visto crecer en patios

con muros de rojos ladrillos

y verdes de un medicinal silencio

Plantar nísperos, observar su crecimiento,

probar sus frutos es un arte remoto

como vivir a orillas de un río

vivir un poco fuera del tiempo, o contemplar

las hojas a la hora de la puesta del sol.

 

Roberto Malatesta

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Algunos árboles que ya no tengo

me regresan en sueños:

el sauce llorón de mi infancia,

la línea oscura de ligustros,

las casuarinas y su aullido,

un limonero escala al techo,

una higuera que vio a mi madre crecer

y al sol de la siesta me oyó

conversar con mi abuela,

pesadas hojas que oigo caer desde el gomero.

Son tan nítidos,

como si los tocase tras andar un atajo

que avergonzara al tiempo.

A veces creo que de ellos algo

creció en mí,

que soy la suma de mis árboles.

 

Roberto Malatesta, en La estrella roja

Finalmente, el hombre apareció. Es en el seno del bosque/floresta que esta nueva forma animal se había preparado, es viviendo en los árboles que una sucesión de insectívoros, de lémures, de simios habían puesto a punto la supremacía de la vista sobre el olfato, la liberación de la mano, la recuperación de todo lo que era necesario para hacer posible nuestro cuerpo. Los árboles lo forjaron, y si el hombre prehistórico no podía haber conservado ningún recuerdo, al menos, de su aparición en la tierra, encontró en ellos, los árboles, sus primeros proveedores, sus primeros protectores. Imaginémoslo, perdido en el medio de la selva primordial, sin defensa, buscando su alimento por todos lados. Del fruto del árbol, baya, nuez o drupa, inmediatamente accesible, dependió durante mucho tiempo su supervivencia. Contra los peligros más graves, los árboles le ofrecían un mundo entre cielo y tierra, en el cual encontraba abrigo toda una sociedad de pequeños mamíferos, pájaros e insectos. Las ramas le suministraron sus primeras armas, su primer techo. Las brasas de un incendio forestal, encendido por un rayo, le dieron la idea de conservar el fuego, después de hacerlo, una vez que descubrió que el calor que emergía, cuando frotaba dos pedazos de madera uno contra el otro, podían hacer nacer una llama. El árbol, gracias al cual el hombre se procuraba sin pena casi todo lo que necesitaba en su miseria, no podía parecerle sino un ser sobrenatural. Es ahí, en el bosque intacto, que nació esta veneración espontánea que se transmitió de generación en generación hasta nosotros.

 

Jacques Brosse, en l’arbre

Para entrar en estado de árbol es necesario

partir de una indolencia animal de lagarto a las

3 de la tarde, en el mes de agosto.

En dos años la inercia y la selva van a crecer

en nuestra boca.

Sufriremos alguna descomposición lírica hasta

que la selva salga en la voz

Hoy deseo el aroma de los árboles.

..

 


Para entrar em estado de árvore é preciso
partir de um torpor animal de lagarto às
3 horas da tarde, no mês de agosto.
Em 2 anos a inércia e o mato vão crescer
em nossa boca.
Sofreremos alguma decomposição lírica até
o mato sair na voz .
Hoje eu desenho o cheiro das árvores

 

Cuarteto

(A Alejandro y Olbeth Rossi)

I

Paisaje familiar mas siempre extraño,
enigma de la palma de la mano.

El mar esculpe, terco, en cada ola,
el monumento en que se desmorona.

Contra el mar, voluntad petrificada,
la peña sin facciones se adelanta.

Nubes: inventan súbitas bahías
donde un avión es barca desleída.

Se disipa, impalpable abecedario,
la rápida escritura de los pájaros.

Camino entre la espuma y las arenas,
el sol posado sobre mi cabeza:

entre inmovilidad y movimiento
soy el teatro de los elementos.

II

Hay turistas también en esta playa,
hay la muerte en bikini y alhajada,

nalgas, vientres, cecinas, lomos, bofes,
la cornucopia de fofos horrores,

plétora derramada que anticipa
el gusano y su cena de cenizas.

Contiguos, separados por fronteras
rigurosas y tácitas, no expresas,
hay vendedores, puestos de fritangas,
alcahuetes, parásitos y parias:

el hueso, la bazofia, el pringue, el podre…
Bajo un sol imparcial, ricos y pobres.

No los ama su Dios y ellos tampoco:
como a sí mismos odian a su prójimo.

III

Se suelta el viento y junta la arboleda,
la nación de las nubes se dispersa.

Es frágil lo real y es inconstante;
también, su ley el cambio, infatigable:

gira la rueda de las apariencias
sobre el eje del tiempo, su fijeza.

La luz dibuja todo y todo incendia,
clava en el mar puñales que son teas,

hace del mundo pira de reflejos:
nosotros sólo somos cabrilleos.

No es la luz de Plotino, es luz terrestre,
luz de aquí, pero es luz inteligente.

Ella me reconcilia con mi exilio:
patria es su vacuidad, errante asilo.

IV

Para esperar la noche me he tendido
a la sombra de un árbol de latidos.

El árbol es mujer y en su follaje
oigo rodar el mar bajo la tarde.

Como sus frutos con sabor de tiempo,
frutos de olvido y de conocimiento.

Bajo el árbol se miran y se palpan
imágenes, ideas y palabras.

Por el cuerpo volvemos al comienzo,
espiral de quietud y movimiento.

Sabor, saber mortal, pausa finita,
tiene principio y fin -y es sin medida.

La noche entra y nos cubre su marea;
repite el mar sus sílabas, ya negras.

XV
Después de la lluvia,
el sol trasluce la nervadura de las hojas
y en la noche más cerrada de la tierra
se entibian las raíces
que nos dan de vivir y nos sostienen.
Aun la más cercada, apisonada, desaparecida y olvidada,
es una raíz que tiembla de amor
como un cuerpo agradecido
que agita en el viento nuestras huellas.

Alberto Szpunberg, de “El libro de Judith”, en Como solo la muerte es pasajera – Poesía reunida

El príncipe

El joven ciruelo
delgado como un junco
con las hojas
salpicadas de oro
me hace pensar
en un príncipe enfermo

si pudiera bailar
para él
como una concubina
y cantar con una boca
roja y tierna
las bodas floridas
de septiembre

y el verde traje
brillante de octubre
y los frutos redondos
y purpúreos de noviembre

si supiera
descorrer para él
los velos del futuro
y mostrarle
la blanca corona
que ceñirá su dulce frente
en un tiempo no lejano

con qué felicidad lo haría
aunque debiera
volverme yo misma
un engaño de la fiebre
una sombra danzante
en la tarde de otoño

 

Sonia Scarabelli, tomado de http://lamanzanaenelgusano.blogspot.com.ar/