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Caminar

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Juego:

cierro los ojos,

imagino que el mundo no existe:

decido inventarlo.

Elijo escuchar el eco de las cosas.

Vislumbro las cosas, la gente, los paisajes,

la vida,

kuxtal.

Percibo los lazos que unen y tocan y abrazan a las cosas

y a las personas:

las cosas que quieren

las cosas que necesitan

las cosas que inventan;

lo que olvidan

lo que sueñan,

ñuma’na.

Miro la tierra,

yu,

dondo habito.

A la mujeres y a la tierra donde caminan,

a los hombres y las casas que erigen

las lenguas que hablamos

los colors de nuestro cuerpo

las voces de nuestras almas

nuestros frutos

tuutú

el silencio de nuestros pasos

y

pienso

quiénes somos,

lo que nombra nuestra palabra.

Paseo la mirada por el mundo

tiento, abrazo,

reconozco

reinvento:

palabra por palabra

diidxa’.

Las palabras se dan la mano y trazan y traman

entre ellas

espacios

nuevas palabras

que penetran en la piel

dan fuego,

k’áak’;

al alma.

Palabras sonido

palabras olor

palabras tacto

palabras mirada

palabras agua

wawé

palabras dolor

palabras sentido

palabras alegría

pakillistli,

palabras guía, madre, hija, padre,

palabras fiesta.

Jugar a inventar el mundo.

Caminar:

un paso, otro más. Y el viento que golpea y la mirada que observa, y el agua que cubre por un momento los ojos porque ha entrado el aire, ese afuera que es también adentro. Y el pensamiento que persigue la hoja que cae del árbol, la banqueta rasgada, la mano que se extiende, el olor que llega sorpresivamente. Y caminar, por el mundo, y detenerse, y pensar que éste puede ser grande o pequeño; estar suspendido en el espacio o guardado en el fondo de la almohada. Que podemos verlo de colores, en blanco y negro o simplemente no verlo; también soñarlo, cultivarlo, andarlo: porque ahí vivimos, amamos, porque en él también morimos y lloramos. Y retomar el paso, detenerse una vez más, y volver a tejer las palabras con la liviandad del pie que renuncia al suelo: y el mundo es entonces, también pájaro, brillo, flor que germina, lluvia, granizo, golpe, abrazo, costra, y cosquilla. Eso que se calienta y se enfría, que está en las manos de la abuela, en los brazos de los padres, en el ladrido del perro. Y correr, con los pies simultáneamente suspendidos, con las ganas de llegar a ninguna parte. Y entonces el mundo es la palabra, el paso, el proyecto, la conquista y la derrota; es esa tinaja, esa figura de barro. Y también es el silencio. Porque el mundo es lo que decimos, y es tú, y es yo, y es nosotros: es norte y es sur, es wawé, y bej, ja’al xokotl, ñuu, haamiko, y ruyaa. Y detenerse por última vez, tocar papelito hecho bola que perdimos en el bolsillo y continuar.”

 

Fuentes Silva, Andrea, and Alejandro Cruz Atienza. Palabras Para Nombrar Al Mundo. Trans. Miriam Uitz May, Hermenegildo F. Lopez Castro, Demian Marin, Ana Paula Pintado, Felipa Perez Lopez, Julio Ramirez De La Curz, and Yasbil Mendoza. Mexico City: La Caja De Cerillos, 2013. Print.

En tiempos antiguos, cuando todo era uno, no había distancia. Por eso nadie viajaba sino dentro de sí. Tampoco había tiempo y nada transcurría. Pero una vez, un rayo cayó sobre una piedra y la partió, y un pedazo rodó cuesta abajo. Sucedió que las piedras se miraron, y se reconocieron. Dijeron: “estamos lejos”, y se pusieron a caminar. Y cuando se encontraron decidieron seguir viajando. Cada uno esconde lo que ama. Lo que es precioso. Así, la tierra guarda 5 en socavones sus riquezas. Los hombres buscan lo que la tierra oculta porque reciben poco de lo que ella ofrece bajo el sol, y se rebelan a su miseria. Cavan túneles agradecidos y temerosos, para que la tierra no se enoje y los sepulte con ella.
César Brie, en Las abarcas del tiempo

El maestro debería viajar. E invitar a viajar. Dejar pasar lo que ya sabe. Atravesar lo que no sabe. Pasar un signo, una palabra, que pueda atravesar a quien lo reciba. Salirse de sí. Irse de excursión al mundo. Dar un signo de ese mundo. Pasarlo. Pasearlo. Construir la travesía del educar. Que el tiempo no pase como pasa el tiempo. Educar es el tiempo de la detención, de lo que se detiene para escuchar, para mirar, para escribir, para leer, para pensar. Donde unos y otros salen a conocer y desconocer qué es lo que les pasa. Más allá de desde dónde venimos. Más allá de hacia dónde vamos.

 

 

En Travesías.

“La práctica del movimiento me llevó a descubrir al hombre humanamente.
Cuando sucede esto, se siente el verdadero amor.
La práctica de la expresión me permitió descubrir la necesidad que tenemos de liberarnos y el miedo que tenemos de que esto se produzca.
La práctica del ritmo me permitió conectarme con mi mundo emocional y a través de él, descubrir los ritmos de cada pueblo, desde el nuestro. (No confundir ritmo con coreografía o compás).
El Hatha Yoga me permitió descubrir el mundo en sus distintas dimensiones, mis resonadores y mi responsabilidad en la relación entre mi personalidad y mi ego, y entre mi esencia y mi sensibilidad y cómo estaba yo ubicada en todos estos aspectos y qué relación tengo Yo personalidad con todo esto.
La Plástica Griega me permitió conocer e identificar la expansión psicofísica y tener la experiencia de lo que realmente significa un instante armónico entre el cosmos y mi todo.
La información y la comunicación telepática me permitió sacar conclusiones y me ayudó a meterme a experimentar lo que intuía.
La intuición fue mi acicate para buscar informarme permanentemente.
Tenía miedo y no quería equivocarme. El miedo a equivocarme me llevó a informarme en todo lo que podía encontrar y como no encontré muchas explicaciones, me entregué a experimentar personalmente.
Como no podía ni puedo quedarme con lo que adquiero y necesito exteriorizarlo, comencé a contar lo que me acontecía. Contando, encontré quienes se interesaron en hacer la experiencia y así pude experimentar y comprobar. Descubrí las leyes.
Por suerte encontré muchas personas a quienes les interesaba lo que hacía y hago. Desde luego que cada uno sigue la experiencia mientras lo necesita y esté en el campo de su interés.
Lo que he descubierto no es nuevo. Es tan antiguo, bueno, como el hombre…”
Susana Rivara de Milderman del Libro: “Hacia el equilibrio entre la Ética y la Estética

El caminante es un hombre o una mujer del pasaje, del intervalo, va de un lugar a otro, a la vez afuera y adentro, ajeno y familiar. No toma los caminos comunes por donde pasan los autos sino los atajos, los senderos, los lugares destinados a la gratuidad, aquellos que no están legitimados por ninguna funcionalidad. Nada de lo que es humano le es ajeno.
Como cualquier hombre, el caminante no se basta a sí mismo, busca en los senderos lo que le falta, pero lo que le falta es lo que constituye su fervor. A cada instante espera encontrar lo que alimenta su búsqueda. Siempre tenemos la sensación de que al final del camino algo nos espera, algo que a nosotros estaba destinado. Una revelación está no lejos de aquí, a algunas horas de marcha, más allá de las colinas o del bosque. Y la vaguedad del paisaje sigue alimentando la convicción de que es inminente la manifestación de un secreto. Tomamos ciertas rutas en el deseo de que profundicen en la memoria una inscripción luminosa. Todo camino está primero sepultado en sí mismo antes de que se reproduzca bajo los pasos, conduce a sí mismo antes de llevar a un destino particular. Y en ocasiones abre por fin la puerta estrecha que desemboca en la transformación feliz de uno mismo.

En Caminar: elogios de los caminos y de la lentitud, David Le Breton.

Elogio del caminar

Una caminata se inscribe en los músculos, la piel, es física y remite a la condición corporal que es la de lo humano. Manera de recuperar la infancia en el júbilo del esfuerzo, de la tenacidad, del juego. Como un niño que juega y desaparece en su acción, el caminante se disuelve en su avance y recupera sensaciones, emociones elementales que el sedentarismo de nuestras sociedades ha vuelto escasas.

Lo que es importante en la caminata no es su punto de llegada sino lo que en ella se juega en todo momento, las sensaciones, los encuentros, la interioridad, la disponibilidad, el placer de vagabundear… muy simplemente existir, y sentirlo. Ella se encuentra lo más lejos posible de los imperativos contemporáneos donde toda actividad debe ser provechosa, rentable. La caminata es inútil, como todas las actividades esenciales. Superflua y gratuita, no conduce a nada de no ser a sí mismo tras innumerables desvíos. Nunca está subordinada a uno objetivo sino a una intención, la de recuperar su aliento, un poco de ligereza, unas ganas de salir de su casa. El destino no es más que un pretexto, ir más más allá que a otra parte, pero la próxima vez será a otra parte más que allá. En este sentido, la caminata es la irrupción del juego en la vida cotidiana, una actividad consagrada solamente a pasar algunas horas de paz antes de volver a casa con una provisión de imágenes, de sonidos, de sabores, de encuentros…

Caminar es un largo viaje a cielo abierto y al aire libre del mundo en la disponibilidad de lo que viene.

(Fragmentos extraídos de CAMINAR: ELOGIO DE LOS CAMINOS Y DE LA LENTITUD, de David Le Breton. Traducción: Víctor Goldstein. Waldhuter editores)