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Cuentos

Mi credo (Liliana Heker)

 

Las ganas de escribir vienen escribiendo. Es inútil esperar el momento en que los problemas del mundo exterior han desaparecido y solo existe el deseo compulsivo de escribir: ese instante de perfección es altamente improbable. Uno suele instalarse para la escritura venciendo cierta resistencia -salir del estado de ocio no es natural-, uno oficia ciertos ritos dilatorios, por fin, con cierta cautela, uno escribe. Y en algún momento descubre que está sumergido hasta los pelos, que los problemas del exterior han desaparecido, que en el mundo no existe otra cosa que el deseo compulsivo de escribir.

 

En literatura no existen sinónimos ni equivalencias: no es lo mismo un rostro, que una cara, que una jeta. “Dijo que estaba harto” no equivale a “Estoy harto-dijo”. Decidir cuál música, qué textura, cuánta carga de afecto o de violencia debe guardar una palabra, dar con una sintaxis, ir tanteando -ir sosteniendo- el ritmo interno de un relato, eso y no otra cosa es

el oficio de escribir.

 

Saber que un hombre vio algo que brillaba es conocer la historia que se está contando. Saber si lo que el hombre vio fue un resplandor, un relumbrón, o meramente algo que briIlaba, es conocer el arte de escribir historias.

 

La palabra justa no siempre -o casi nunca- acude por cuenta. Hay que rastrearla entre el montón, enamorarse a mera vista de ella, probarla en el texto. Y si no va, descartarla sin piedad aunque sea hermosa.

 

La primera versión de un texto es sólo un mal necesario. Suele estar bien lejos de aquello completo e intenso que uno difusamente ha concebido. Corregir no es otra cosa que ir encontrando a Moisés dentro del bloque de mármol.

 

Ni la espontaneidad ni la velocidad son valores en literatura. Tantear, tachar, descubrir nuevas posibilidades, equivocarse tantas veces como haga falta, ir acercándose paso a paso al texto buscado: ese es el verdadero acto creador. Lo otro es como estornudar.

 

Aferrarse a una frase o una palabra simplemente porque ha salido así del alma, es por lo menos un riesgo: el alma, a veces, dicta obviedades. En Filosofía de la composición, Poe cuenta que, durante la escritura de su poema El cuervo, decidió que necesitaba un animal parlante para que repitiera un leit motiv al final de cada estrofa. Y naturalmente el primer animal que se le cruzó fue el loro. A veces es bueno sacrificar al loro.

 

Cuando se escribe, no hay que tenerles miedo a los sentimientos, pero tampoco hay que tenerle miedo a la lucidez. Uno tiene tan pocas cualidades que no veo razón para que se despoje de alguna de ellas para hacer literatura.

 

No hay que empezar un cuento si no se sabe cómo va a terminar. Se corre el riesgo de ir de acá para allá, sin ton ni son esperando que el final caiga del cielo. Los buenos finales no suelen tener origen celestial: con disimulo, vienen mandados desde la primera frase.

 

Una novela requiere una escritura y una estructura igual de rigurosas que las de un cuento. Si tiene páginas grises, esos grises deben estar tan cargados de tensión como lo están en el Guernica de Picasso. Si no, son meramente un plomo.

 

La inspiración no existe; en eso se parece a las brujas. Aun así, cuando las palabras parecen cantarle a uno en la oreja, y siente que todo lo que está escribiendo tiene la música justa el ritmo exacto, la tensión precisa que debe tener, podrá mar a ese estado de privilegio como más le guste, pero lo mejor será que suelte el freno y deje rodar la locura. Es hermoso, solo que no hay que creer que es el único estado en que se hace literatura. Porque se corre el riesgo de no escribir más que una página en toda la vida.

 

Hay que nutrirse de los credos y hay que aprender a desconfiar de ellos. No existen reglas universales para el oficio de escribir. Es uno mismo quien a la larga, con verdades y mentiras propias y ajenas, va estableciendo sus propios ritos, va permitiéndose sus propias manías, va construyendo su propio credo.

 

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Convalecencia y fantasías
 
Me enfermo. La cuenta final dirá que han sido 12 días en cama, con dolores –de a ratos– insoportables. Lo más inquietante fueron los primeros días, con una fiebre altísima. Recuerdo solo tramos. Momentos en que un paño frío en la frente funcionaba como una especie de salvavidas; el aturdimiento; la sensación de estar atrapada bajo un piso de hielo, un hielo desconocido que quemaba y dejaba la boca seca.
La fiebre cedió y sólo quedó un dolor permanente en cada hueso, en cada articulación. Y la certeza de que alguien me había vaciado la cabeza. No es metáfora. Sobre el cuello sentía un globo lleno de aire turbio, repleto de palabras que no significaban.
Imposible leer. Imposible fijar la vista en algo. Como un modo de hacer correr ese tiempo detenido, un televisor al que apenas miro trae algunos sonidos a la pieza. La extraña cadena de sinsentidos que pasan por televisión. Todo mezclado en mi cabeza vacía. Un cocinero que grita frenéticamente. Un noticiero en el que hablan de animales y anécdotas familiares. Una publicidad con una cabra corriendo en una pileta, compitiendo con perros. Un panel de gente muy extraña que discute sobre una separación, los que acaban de separarse acusándose mutuamente, supuestos periodistas que hablan uno encima de otro. Una presencia amable se acerca hasta mi cama, acomoda las almohadas, me tapa, trae un té, un plato de sopa, pregunta algo, me abriga: todo lo contrario a la gente que sigue hablando en la pantalla.
Duermo. Más tarde (u otro día, no lo sé) en la televisión hay historias repetidas: aunque cambie de canal siempre es lo mismo: mujeres sometidas, forzadas a hacer cosas que no quieren. Una nena obligada a casarse con un desconocido. Una mujer obligada a casarse con el hermano de su esposo muerto. Una mujer agonizante obligada a atender a su marido. Novelas extranjeras que parecen filmadas hace cuarenta años; historias en las que un hombre, para seguir la tradición, debe asesinar a su hermana si ella deja de ser “virtuosa” pero en las que se pixela la imagen si alguien bebe una botella de alcohol. ¿Es la fiebre? No.  A la mujer agonizante la viene a ayudar la señora Ingalls. ¿La familia Ingalls? ¿Cuántos años tengo? Me duermo.
Trabajo
 
Cuando la fiebre bajó pude empezar a responder algunos de los mensajes que hacían vibrar el teléfono. Leer, sólo unos minutos. El dolor de cabeza seguía ahí. La sensación de una realidad distorsionada, algo familiar que se va transformando hasta lo desconocido o viceversa.
Agotamiento. Una amiga médica me explica que tengo muy pocas plaquetas, que los glóbulos blancos han bajado muchísimo. Todo lo que oigo y lo que veo se acomoda en una especie de cuarto acolchado y, a la vez, filoso: mi propia cabeza.
En uno de los mensajes que llegan, una amiga pregunta cómo estoy. Cuando menciono la fiebre, el aturdimiento, la sensación de alucinar, me dice que todo delirio puede ser creativo, que escriba, que aproveche.
Miro el portalápices que hay siempre al lado de mi cama. Miro el block de papel sobre la mesa de luz. La pila de libros. Suspiro. La sola idea de incorporarme y agarrar un lápiz me ha dejado exhausta. Duermo. De a ratos se meten en mis sueños todas esas mujeres brotadas de las novelas de la siesta. El resto de los sueños repiten siempre lo mismo; hago dormida lo que no puedo hacer despierta: doy clases, corrijo los prácticos de mis alumnos, elijo lecturas para los talleres, escribo reseñas sobre libros, pienso en preguntas para entrevistas en la radio, atiendo gente que llega a la biblioteca. Sueño que trabajo. Pienso en esa educación que me tocó en suerte. Trabajar, como sea. Sin quejarse. Caló tan hondo que incluso enferma parte de mí cumple con el mandato. Me duermo pensando en cuántos años puede llevarnos liberarnos de las prisiones construidas en la infancia.
Materia prima
 
Me siento un poco mejor. Eso quiere decir que no tengo energías para moverme pero que, al menos, la cabeza puede hilar algo. Cuento los días que llevo sin poder leer. Siete. Me quedo pensando en el mensaje de mi amiga. Aprovechar el delirio de la fiebre como materia creativa. Una escritora a la que admiro (¿Marguerite Duras? ¿Patricia Highsmith?) dijo alguna vez que para un escritor toda experiencia es valiosa. Siempre me dejó perpleja esa frase. ¿Por qué “para un escritor” y no para todos? Supongo que la idea base es que para un escritor (o para un actor) lo vivido puede convertirse en materia prima. No lo sé. Puede inferirse de esa frase que todo lo que uno escribe tiene un sustrato autobiográfico, una idea con la que estoy totalmente en desacuerdo.
Mi perplejidad no se basa sólo en el rechazo a enlazar autobiografía con escritura (la literatura sería mortalmente pobre si sólo escribiéramos sobre lo que hemos vivido) sino también en que la frase tiene una suerte de espíritu de abnegación: soportar algo desagradable en nombre de una supuesta productividad creativa.  “Por lo menos esto puede servirme para escribir después”.
Mi cabeza sigue moviéndose a los tumbos. Pienso en la pregunta más frecuente que recibe alguien que escribe: “¿De dónde saca sus ideas?” Infaltable en toda entrevista, en todo encuentro con los lectores, en toda charla.
Otros mundos posibles
 
Si cada uno de nosotros tuviera que asomarse a una experiencia real para poder escribir sobre ella, no escribiríamos. Salvo que la experiencia que quisiéramos  vivir fuera, justamente, la escritura.
Siempre ha habido gente que opone “vida” y “escritura”. Hace unos años, en una Feria del Libro, un escritor joven dijo que para él era muy sacrificado escribir porque tenía que renunciar a vivir las cosas que vivía la “gente común”. Alguien del público lo toreó preguntándole por qué, si era tan sacrificado, no abandonaba la literatura para dedicarse a hacer esas cosas a las que renunciaba con tristeza. Se armó una buena discusión.
Lo que quedó flotando era una pregunta: ¿a qué renunciamos para poder escribir? Hubo muchas respuestas. La mía era sencilla: a las mismas cosas que renunciamos para hacer cualquier otra actividad: jugar a las cartas o trabajar o cocinar o ir al campo. Y no me imagino a nadie parado al lado de una parrilla explicándole a sus amigos que tuvo que sacrificarse y renunciar a “otras cosas” para poder estar allí, comiendo un asado.
La escritura es parte de la vida. Una de las muchas posibles experiencias de la vida; una de las más ricas e intensas. ¿Por qué? Porque permite el ingreso del “hubiera”. De otros mundos posibles, de lo que no fue, de lo que habría podido ser. La escritura amplía las posibilidades. Eso, en mí, nunca puede leerse como sacrificio. Más bien es todo lo contrario.
¿De dónde saca sus ideas?
 
Y volvemos a la pregunta inicial. Todas mis ideas salen de pensar qué podría pasar ante determinada encrucijada; de preguntarme qué hubiera podido ser si las cosas hubieran sido de otro modo; de estar frente a una situación y continuarla, en la mente, por caminos que la realidad desechó pero que la literatura podría recuperar.
Algunos ejemplos:
Hace unos meses viajé a un encuentro literario. Los organizadores se ocuparon de comprar los pasajes de avión. Al llegar al aeropuerto de destino debía pedir un remís hasta la terminal y luego tomar un colectivo y viajar tres horas más.
Llego al aeropuerto. Busco la agencia de remís. Pago, me acompañan hasta un auto lujoso de vidrios polarizados. Le digo al chofer que vamos a la terminal, él pregunta por mi destino final, digo el nombre de una ciudad a 300 kilómetros, él se ofrece a llevarme en coche, le agradezco, le digo que mi pasaje ya está  comprado, miro los vidrios polarizados, miro una ciudad desconocida, me digo que no sé hacia dónde queda la terminal, veo casillas de chapa bordeando una ruta provincial, reconozco que este es uno de esos momentos en que las personas pueden desaparecer: grietas de tiempo en las que nadie sabe dónde estamos. Mi cabeza está escribiendo. Dos relatos. Opción uno: una mujer (de mi edad), en esta misma situación, decide atravesar esa fisura que acaba de descubrir: alejarse para siempre de lo que hasta ese día ha sido su vida. Opción dos: una mujer (muy joven) en esta misma situación. El chofer no la lleva a destino. La secuestra, la hace “desaparecer”.
Llegamos a la terminal. Faltan tres horas para que salga mi colectivo. Camino. Hay un changarín sentado sobre una bolsa de arpillera, comiendo su almuerzo. Lo veo mirar a unas chicas que están unos pasos más allá, vendiendo copias piratas de discos de cumbia. Muerde. Mastica. Detiene la mirada en una de las chicas. Vuelvo a escribir en la cabeza: ¿quién es ese changarín?¿Por qué mira a esa chica? ¿Está enamorado? ¿Es otra cosa? ¿La conoce? ¿Ella lo conoce? ¿Qué pasaría si él se acercara y le hablara? Opción uno: un reconocimiento, un gesto de alegría. O de estupor. Opción dos: ella no lo reconoce, él se enfurece, alguien saca un arma, hay una corrida. Si hubo amor ¿de dónde salió? Si hubo furia ¿cómo empezó?
El mundo sigue igual. El changarín mira a la chica, la chica mira a sus amigas, ninguno parece imaginar que yo estoy escribiendo una historia a partir de ciertos  gestos que ellos han producido. Si finalmente escribo una historia de crimen y sangre ¿sería justo decir que me he basado en ellos?
Subo al colectivo. La azafata controla los pasajes. Le cuenta a un pasajero que ayer hubo un coque en la ruta. Que una mujer policía incrustó su auto en la parte de atrás de un camión. Que seguramente se durmió, que debe haber estado de guardia y que cuando ya estaba volviendo a su casa se aflojó y se distrajo y se durmió y ahora está muerta, mirá, parece que tenía dos hijitos.
La escucho hablar y me pregunto si ella se da cuenta que está escribiendo una historia, aunque nunca la ponga sobre papel. Y pienso en todos los que, cada día, se lamentan o congratulan usando la palabra “hubiera”. También ellos escriben. Hacen ficción.
A principios de abril, en San Rafael, en Encuentro Literario Filba Nacional, el escritor Iván Moiseeff lo dijo perfectamente: “La literatura es una máquina de ampliar fronteras. Casi como una entidad a la que uno se acerca, entre otras cosas, para ser transformado.”
Eugenia Almeida
Ilustración de Juan Delfini
Publicado originalemnte en “Dias Contados”

Obligado o traicionado por mí mismo a decir cómo hago mis cuentos, recurriré a explicaciones exteriores a ellos.No son completamente naturales, en el sentido de no intervenir la conciencia. Eso me sería antipático. No son dominados por una teoría de la conciencia. Eso me sería extremadamente antipático. Preferiría decir que esa intervención es misteriosa. Mis cuentos no tienen estructuras lógicas. A pesar de la vigilancia constante y rigurosa de la conciencia, ésta también me es desconocida. En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podría tener porvenir artístico. Sería feliz si esta idea no fracasara del todo. Sin embargo, debo esperar un tiempo ignorado: no sé cómo hacer germinar la planta, ni cómo favorecer, ni cuidar su crecimiento; sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos. Debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté destinada a ser, y ayudarla a que lo sea. Al mismo tiempo ella crecerá de acuerdo a un contemplador al que no hará mucho caso si él quiere sugerirle demasiadas intenciones o grandezas. Si es una planta dueña de sí misma tendrá una poesía natural, desconocida por ella misma. Ella debe ser como una persona que vivirá no sabe cuánto, con necesidades propias, con un orgullo discreto, un poco torpe y que parezca improvisado. Ella misma no conocerá sus leyes, aunque profundamente las tenga y la conciencia no las alcance. No sabrá el grado y la manera en que la conciencia intervendrá, pero en última instancia impondrá su voluntad. Y enseñará a la conciencia a ser desinteresada.

Lo más seguro de todo es que yo no sé cómo hago mis cuentos, porque cada uno de ellos tiene su vida extraña y propia. Pero también sé que viven peleando con la conciencia para evitar los extranjeros que ella les recomienda.

 

Tomado de ciudadseva

Instrucciones para enseñar a leer a un niño

Conviene empezar cuanto antes, a ser posible en la habitación misma de la clínica de maternidad, ya que es aconsejable que el futuro lector esté desde que nace rodeado de palabras. No importa que, en esos primeros momentos, no las pueda entender, con tal de que formen parte de ese mundo de onomatopeyas, exclamaciones y susurros que le une a su madre y que tiene que ver con la dicha. Poco a poco irá descubriendo que las palabras, como el canto de los pájaros o las llamadas del celo de los animales, no son sólo manifestación de existencia sino que nos permiten relacionarnos con lo ausente. Así, muy pronto, si su madre no está a su lado echará mano de ellas para recuperarla en su pensamiento, o si vive en un pueblo rodeado de montañas les pedirá que le digan cómo es el mundo que le aguarda más allá de esas montañas y del que no sabe nada.

Palabras del día y de la noche
Por eso los adultos deben contarle cuentos, y sobre todo, leérselos. Es importante que el futuro lector aprenda a relacionar desde el principio el mundo de la oralidad y el de la escritura. Que descubra que la escritura es la memoria de las palabras, y que los libros son algo así como esas despensas donde se guarda todo cuanto de gustoso e indefinible hay a nuestro alrededor, ese lugar donde uno puede acudir por las noches, mientras todos duermen, a tomar lo que necesita. A estas alturas habrá hecho un descubrimiento esencial, que existen palabras del día y palabras de la noche. Las palabras del día tienen que ver con lo que somos, con nuestra razón, nuestras obligaciones y nuestra respetabilidad; las de la noche con la intimidad, con el mundo de nuestros deseos y nuestros sueños. Y ése es un mundo que necesariamente se relaciona con el secreto. Por eso, el adulto no debe hablar demasiado al niño de los libros, ni abrumarle con consejos acerca de lo importante que es leer, porque entonces éste desconfiará. La madre que guarda en la despensa los dulces que acaba de preparar, no lo proclama a los cuatro vientos, y así los vuelve más codiciables. Las palabras de la literatura tienen que ver con ese silencio, con lo que se guarda y tal vez hay que robar, nunca con lo que nos ofrecen a gritos, y mucho menos a la luz del día, donde todos puedan vernos. El futuro lector, en suma, debe ver libros a su alrededor, saber que estan ahí y que puede leerlos, pero nunca sentir que es eso lo que todos esperan que haga.

Sería aconsejable, si me apuran, que los padres no los tuvieran demasiado a la vista, sino que los guardaran dentro de grandes armarios, que a ser posible mantendrían cerrados con llave. Aunque de vez en cuando se olvidarían esa llave, o de cerrar esos armarios, dándole al niño la opción de llevarse los libros cuando nadie les viera. Pero lo más importante es que el niño vea a sus padres leer. Discretamente, sin ostentación, pero de una forma arrebatada y absurda. El rubor en las mejillas de una madre joven, mientras permanece absorta en el libro que tiene delante, es la mejor iniciación que ésta puede ofrecer a su niño al mundo de la lectura.

Jardín secreto
Pero los libros son como aquel jardín secreto del que hablara F. H. Burnett en su célebre novela homónima: No basta con saber que estan ahí, sino que hay que encontrar la puerta que nos permite entrar en su interior. Y la llave que abre esa puerta nos tiene que ser entregada azarosamente por alguien. En la novela de F.H. Burnett es un petirrojo quien lo hace, y gracias a ello la niña puede visitar el jardín escondido. El que ese petirrojo tarde en presentarse no quiere decir que no vaya a hacerlo nunca, pero incluso si así fuera tampoco se alarme demasiado, ni por supuesto llegue a pensar que su hijito es un caso perdido. Piense que la lectura no siempre nos hace más sabios, ni más inteligentes, ni siquiera más buenos o compasivos, y que bien pudiera ser que ese niño que adora fuera como los bosquimanos, que tampoco leyeron una sola línea y eso no les impidió concebir algunos de los cuentos más hermosos que se han escuchado jamás. No olvide, en definitiva, que el cuento más necesario, y por el que seremos juzgados, es el que contamos sin darnos cuenta con nuestra vida.

Artículo publicado el 17 de abril de 2003 por el suplemento Blanco y Negro Cultural del diario ABC
Extraído de FB: Michele Petit.

Estábamos sentados sobre el césped, bajo el frondoso tejo. Yo debía tener once o doce años. Era verano. Estábamos en mangas de camisa. Mi padre había dicho que aquélla mañana un hombre había venido a verlo desde muy lejos.
“¿Vino de América, Baba?”
“No, de más lejos.”
“¿Desde Canadá?”
“No, no desde Canadá. Realmente no importa de dónde vino, Tahir Jan. Lo que importa es que quería que lo ayudase, pero no pude.”
“¿Por qué no?”
“Porque él no estaba listo.” Mi padre se recostó sobre el pasto.
“En cierta manera, Occidente es como un niño sosteniendo una enciclopedia”, dijo. “Tiene un potencial extraordinario en sus manos, una enorme energía y la chance de aprender de mil generaciones que lo antecedieron. Pero no puede realmente beneficiarse de la sabiduría que sostiene hasta que haya aprendido a leer.”
“¿Estará listo alguna vez el hombre que vino a verte?”
“Eso espero.”
“¿Le hablaste, Baba?”
“Un poquito. Pero ni siquiera está listo para eso.”
“¿Entonces qué hiciste?”
“Le di un cuento, Tahir Jan,” dijo. “Y le dije que estudiara el cuento una y otra vez hasta que no lo entendiera más.”
“¿Baba?”
“¿Sí, Tahir Jan?”
“Me contarás el cuento que le contaste al hombre que vino hoy?”
Mi padre volvió a sentarse, sus piernas cruzadas. Inclinó su cabeza hacia atrás por un momento, y dijo: “Érase una vez un rey persa. Pasaba todo su tiempo comiendo cosas deliciosas. Con el transcurrir de los años, se volvía cada vez más y más gordo, hasta que apenas podía estar de pie; estaba forzado a rodar sobre almohadones. Nadie se atrevía a decir nada, hasta que, una mañana, el rey se quejó de mala circulación en sus piernas; la sangre se había retirado, dejándolas azules.
“Un doctor tras otro fue llamado a la corte. Pero cuantos más doctores veía, más el monarca comía. Y cuanto más comía, más gordo se volvía.
“Un día, un doctor muy sabio llegó al reino. Fue inmediatamente llevado ante el rey donde se le explicó la condición real. El doctor dijo, ‘Su Majestad, puedo reducir su peso en cuarenta días y luego salvar sus piernas. Si no lo logro, entonces podrá ejecutarme.’ ‘¿Qué medicinas especiales requiere?’ preguntó el rey. El doctor extendió su mano. ‘Nada, Su Majestad. No necesito nada en absoluto.’
“El rey sospechó que el médico lo tomaría por tonto. Preguntó a su gran visir qué hacer. ‘Enciérrelo durante cuarenta días’, dijo el asesor. ‘Luego, lo decapitaremos.’
“Un par de guardias reales dieron un paso adelante para arrastrar al doctor rumbo al calabozo. Antes de ser llevado, el rey le preguntó si había algo que deseaba decir. ‘Sí lo hay, Su Majestad.’ ‘¡Habla!’ gritó el rey. ‘Tengo que decirle que he visto el futuro, Su Magnificencia. Y he visto que usted caerá muerto dentro de exactamente cuarenta días. Y tenga por seguro que no hay nada que usted pueda hacer para impedirlo.’
“El doctor fue encerrado en la celda más oscura y húmeda. Los días comenzaron a transcurrir; mientras tanto, el rey se deshizo de sus almohadones y caminaba inquietamente de aquí para allá. Se preocupó y preocupó, y preocupó y preocupó, hasta que ninguno de sus cortesanos podía reconocerlo. Perdió su apetito, no se lavaba y, debido a la inquietud, apenas podía dormir.
“En la mañana del cuadragésimo día, el doctor fue sacado a rastras de su calabozo; lo llevaron ante el rey y le ordenaron que se explicara.
“’Su Majestad’, dijo con voz calma, ‘hace cuarenta días estaba en peligro de morir debido a su obesidad. Yo podía ver su condición, pero supe que una explicación no supondría una cura; y así fue que logré que soportara cuarenta días de angustia. Ahora que su peso ha sido reducido drásticamente, podemos administrar las medicinas que restablecerán su circulación y curarán su enfermedad.’”

En Noches Árabes

La niña de Guatemala

Quiero, a la sombra de un ala,
contar este cuento en flor:
la niña de Guatemala,
la que se murió de amor.

Eran de lirios los ramos;
y las orlas de reseda
y de jazmín; la enterramos
en una caja de seda…

Ella dio al desmemoriado
una almohadilla de olor;
él volvió, volvió casado;
ella se murió de amor.

Iban cargándola en andas
obispos y embajadores;
detrás iba el pueblo en tandas,
todo cargado de flores…

Ella, por volverlo a ver,
salió a verlo al mirador;
él volvió con su mujer,
ella se murió de amor.

Como de bronce candente,
al beso de despedida,
era su frente -¡la frente
que más he amado en mi vida!…

Se entró de tarde en el río,
la sacó muerta el doctor;
dicen que murió de frío,
yo sé que murió de amor.

Allí, en la bóveda helada,
la pusieron en dos bancos:
besé su mano afilada,
besé sus zapatos blancos.

Callado, al oscurecer,
me llamó el enterrador;
nunca más he vuelto a ver
a la que murió de amor.

 

Bailando, para no estar muerto

Una noche, mientras me estaba sirviendo, mi amigo camarero, Laurent, que trabaja en la Brasserie Champs du Mars cerca de la Torre Eiffel, me habló de su vida.
-Trabajo de diez a doce horas, a veces catorce- me dijo- y después a medianoche me voy a bailar, bailar, bailar hasta las cuatro o cinco de la mañana, y me acuesto y duermo hasta las diez y luego arriba a las once a trabajar diez o doce horas y a veces quince.
-¿Cómo consigue hacerlo? – le pregunté.
-Fácilmente- dijo-. Dormir es estar muerto. Es como la muerte. Así que bailamos, bailamos para no estar muertos. No queremos que eso ocurra.
-¿Qué edad tiene usted?- le pregunté.
– Veintitrés- me dijo.
– Ah – dije, y lo tomé gentilmente del codo-. Ah. Veintitrés, ¿no?
-Veintitrés- dijo sonriendo-. ¿Y usted?
-Setenta y seis- dije-. Y yo tampoco quiero estar muerto. Pero no tengo veintitrés. ¿Qué puedo hacer?
-Sí- dijo Laurent, inocente y todavía sonriendo-, ¿qué hace usted a las tres de la mañana?
-Escribir- dije al cabo de un momento.
-¿Escribir? – dijo Laurent, asombrado-. ¿Escribir?
-Para no estar muerto- dije-, como usted.
-¿Yo?
-Si- dije, sonriendo ahora-. A las tres de la mañana escribo, escribo, ¡escribo!
-Tiene mucha suerte- me dijo Laurent-. Es usted muy joven.
-Hasta ahora- dije y apuré mi cerveza y me fui a sentar delante de mi máquina de escribir, a terminar un cuento.
¿ Cuál es la verdad la coreografía con que engaño a la muerte?
Un cuento tras cuento, El Hombre Ilustrado esconde metáforas a punto de explotar.
En la mayoría de los casos ni siquiera sé qué metáforas esperan para imprimirse delante de mi retina. Teorizamos acerca de lo que ocurre en el cerebro, que es sobre todo un país desconocido. La tarea de un escritor es adueñarse de un tema y ver qué ocurre. La sorpresa, como he dicho a menudo, es todo. , por ejemplo. Una mañana de hace cuarenta y seis años decidí que un cohete estallase y arrojara a mis astronautas al espacio desconocido, para ver que ocurría. El resultado fue un cuento incluido en innumerables antologías y que apareció y reapareció como texto de colegios y escuelas. Estudiantes del otro extremo del país lo representaron en clase, para enseñarme una vez más que el teatro no necesita puestas en escena, luces, trajes o sonidos. Sólo actores en un colegio o en el garaje de alguien o delante de una tienda que reciten las palabras y sienten la pasión.
Los escenarios desnudos de Shakespeare serán siempre un buen ejemplo. Observando a los niños que interpretan en una brillante tarde de verano en San Fernando Valley, decidí escribir y montar mi propia versión. ¿Cómo mete usted un millón de millas de espacio interplanetario en un tablado de doce metros de largo y seis metros de ancho ante noventa y nueve espectadores? Uno simplemente lo hace. Y cuando el último meteoro humano cae ardiendo por el cielo, no hay un solo ojo seco en el auditorio. Todo espacio, Tiempo, y los corazones de siete hombres que laten atrapados en palabras, y que se liberan cuando las dicen.
Qué pasaría si es el término operativo para muchos de estos cuentos.
¿Qué pasaría si aterrizas en un mundo lejano justo el día en que Cristo se ha marchado a otra parte? ¿O si Él estuviera todavía allí, esperando? De ahí .
¿Qué pasaría si puedes crear un mundo dentro de un cuarto, que cuarenta años más tarde será llamado la primera Realidad Virtual, y meter a una familia en ese cuarto con paredes que operan sobre las psiques y desencadenan pesadillas? Construí el cuarto en mi máquina de escribir y puse allí a mi familia. Al mediodía los leones habían saltado desde las paredes y mis niños estaban tomando té como finale.
¿Qué pasaría si un hombre pudiera encargar un robot marioneta que fuera una réplica exacta de sí mismo? Y ¿qué pasaría si cuando sale de noche deja al robot con su mujer?
¿Qué pasaría si todos los autores favoritos de tu infancia vivieran escondidos en Marte porque los libros que han escrito están siendo quemados en la tierra? El principio de otros incendios que yo encendería con libros tres años más tarde: Fahrenheit 451.
¿Qué pasaría si la gente de color (así los llamaban cuando escribí en 1949) arribaran a Marte antes que nadie, echaran raíces, construyeran ciudades, y se prepararan para recibir a otros futuros colonos, los Blancos? ¿Qué ocurriría después? Escribí el cuento para descubrirlo. Luego no pude encontrar una revista norteamericana que quisiera publicarlo. Era mucho antes del movimiento en defensa de los derechos civiles, la guerra fría estaba creciendo, y Parnell Thomas del Comité de Actividades Antiamericanas estaba investigando (Joseph Mc Carthy llegaría más tarde). En ese clima ningún editor quería llegar a Marte con mis inmigrantes negros. Publiqué finalmente en New Story, una revista parisense dirigida por un hijo de Mrtha Foley, David.
Y de nuevo, ¿qué pasaría si tienes un acre de chatarra en el patio de atrás? ¿te tentaría juntarla y viajar a la Luna? Había un depósito así a una docena de metros de mi casa, en Tucson, Arizona, cuando yo tenía doce años. Desde allí yo viajaba a la Luna a la caída de la tarde y después corría hasta un cementerio de elefantes-locomotoras a dos manzanas donde yo trepaba a las abandonadas máquinas de vapor y el tren silbaba en camino hacia Kankakee, Oswego y la distante Rockaway. Entre la chatarra de cohetes y las perdidas locomotoras, nunca estaba en casa. De ahí, .
Los qué pasaría si daban vueltas alrededor de mi cabeza.
En otras palabras, el lado izquierdo de mi cerebro, si hay un lado izquierdo, propone. El lado derecho, si hay un lado derecho, dispone.
Las proposiciones del lado izquierdo son todas inútiles si no hay nada en el derecho. Tuve suerte con mis genes. Dios, el Cosmos, la Fuerza Vital, lo que sea, me dio un lado derecho capaz de atajar cualquier pelota que venga del lado izquierdo. Una mitad, la izquierda parece obvia. La otra mitad, la derecha, es siempre misteriosa, desafiándote a que la saques a la luz.
La sesión, es decir, la máquina de escribir, el ordenador, la pluma, el lápiz y el papel están ahí para echar mano a los fantasmas antes de que se desvanezcan en el aire.
Basta de comedias, hubiera refunfuñado mi padre. ¿Qué quiere decir todo eso en simples palabras? Lo que intento decir es que el proceso creativo se parece mucho al viejo método de sacar fotografías con una gran cámara y tú alrededor bajo una tela negra buscando imágenes en la oscuridad. Los sujetos de las fotos no se quedan quietos. Quizá haya demasiada luz. PO no la suficiente. Uno puede buscar a tientas, pero de prisa, esperando encontrarse con una instantánea revelada.
Éstas, pues, son instantáneas reveladas, que se alzan al alba, se posan en el desayuno y terminan al mediodía. Todas sin finales o desgraciados justo después del almuerzo, o con un café liviano o un brandy fuerte a las cuatro de la tarde.
Dando una oportunidad al amor, como dice una vieja canción.
O en las palabras de la canción de las doce sillas, de Mel Brooks:
Espera lo mejor,
espera lo peor,
tú puedes ser Tolstói
o también Fannie Hurst.
Espero encontrarme con H. G. Wells o tener la compañía de Jules Verne. Cuando trabajo en un espacio viviente entre los dos, entro en éxtasis.
Termino como comencé. Con un amigo camarero parisense, Laurent, bailando toda la noche, bailando, bailando.
Mis melodías y números están aquí. Han llenado mis años, los años en que rehusé morirme. Y para eso mismo escribo, escribo, escribo, al mediodía o a las tres de la mañana.
Para no estar muerto.

Ray Bradbury, 1997
Introducción al Hombre Ilustrado
Traducción de Francisco Abelenda
Ediciones Minotauro, S.A. 1954, 1977, 1998, 2002, 2009
Barcelona (España).