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Oráculo

LAS PREGUNTAS. Buenos Aires, 1998
¿si yo pregunto sabré?

pregunto como quien dispara una flecha
al corazón de la manzana: para claver el corazón

¿si arranco suave la heridora de la herida
sabré del corazón más que de la manzana?

¿la sangre que ella provoque derramar
es para mí?

pregunto como quien pregunta:
sólo por preguntar y oír la música

¿si el diapasón no suena bello a mis oídos
sabré más de la música que de los sonidos?

¿la felicidad que ella provoque escuchar
es para mí?

¿si yo pregunto sabré? ¿qué quiero preguntar?
¿si yo pregunto sabré qué quiero?
¿si yo pregunto sabré qué quiero preguntar?

 

Liliana Lukin

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Transpiração

(Alzira Espíndola e Itamar Assumpção)

A inspiração vem de onde?

Pergunta pra mim alguém

Respondo talvez de Londres

De avião, barco, bonde

Vem com meu bem de Belém

Vem com você nesse trem

Nas entrelinhas de um livro

Na morte de um ser vivo

Nas veias de um coração

Vem de um gesto preciso

Vem de um amor, vem do riso

Vem por alguma razão

Vem pelo sim, pelo não

Vem pelo mar gaivota

Vem pelos bichos da mata

Vem lá do céu, vem do chão

Vem da medida exata

De dentro da tua carta

Vem do Azerbaijão

Vem pela transpiração

A inspiração vem de onde?

De onde?

Vem da tristeza, alegria

Do canto da cotovia

Vem do luar do sertão

Vem de uma noite fria

Vem olha só quem diria

Vem pelo raio, trovão

No beijo dessa paixão

 

Transpiración

(Alzira Espíndola e Itamar Assumpção)

¿De dónde viene la inspiración?

me pregunta alguien.

Respondo: tal vez de Londres,

en avión, barco o bondi

o con mi amor de Belén

viene con vos en el tren.

En las entrelíneas de un libro,

en la muerte de un ser vivo,

en las venas de un corazón.

Viene de un gesto preciso

De un amor, de la risa,

y por alguna razón.

Por el sí, por el no.

Viene por el mar gaviota,

por los bichos del mato

viene del cielo, del suelo,

de la medida exacta,

dentro de tu carta,

viene de Azerbaiján.

Por la transpiración

¿De dónde viene la inspiración?

De la tristeza, alegría

del canto de una alondra

o del luar del sertón.

Viene de una noche fría

Viene, mirá vos, quién diría

por el rayo, el trueno

en el beso de esa pasión.

El cocinero

Podemos tomar la vida como un viaje y, mirando la forma en que la gente imagina que van a ser las cosas, descubrir que de vez en cuando hay intervenciones que cambian ese rumbo. Una vez cambiado, por supuesto, a ese destino se lo supone nuevamente lineal, y sigue su marcha hasta que otra intervención confunde una vez más el patrón. Entonces, mirando hacia atrás, la gente comienza el proceso una vez más, suponiendo que la forma lineal continuará.
La mejor ilustración de lo que ocurre y lo que la gente imagina que va a ocurrir resulta ser una historia, y podemos presentar aquí una que nos permitirá examinar qué es lo que está ocurriendo realmente.
Érase una vez una caravana de ricos y orgullosos mercaderes que partió de Siria para realizar el largo y peligroso viaje rumbo al sur hacia La Meca. Poco después de su salida, un hombre anciano y de aspecto seguro, cabalgando en un asno y acompañado por dos mulas cargadas, pidió unirse al grupo.
Mientras el guía de la caravana discutía con él esta posibilidad, algunos de los mercaderes objetaron la presencia del recién llegado. No tenía aspecto próspero; en vez de camellos tenía mulas y un asno. Además, no parecía suficientemente fuerte para llevar armas, lo cual podía haber sido una razón de su avecinarse ya que el desierto estaba infestado de bandidos.
El hombre, además, confesó que de profesión no era más que un cocinero… un maestro cocinero quizá, pero cocinero a fin de cuentas. Insistió en que, dado que estaba “protegido”, su acompañar a la caravana sólo podía ser beneficiosa. Finalmente, debido a que se estaba perdiendo tiempo, los mercaderes cesaron sus objeciones y se permitió al cocinero que les siguiese.
Cuando la caravana alcanzó una parte del desierto particularmente yerma, fue rodeada por salteadores. Bien organizados, manearon a los camellos y encerraron a los mercaderes en una zareba, un corral de espinos, mientras el jefe de los bandidos se sentaba rodeado por su hombres para planear el reparto del botín.
Llevaban unos minutos ocupados así cuando se dieron cuenta de que alguien había sido pasado por alto. El cocinero se encontraba fuera del corral, ocupado en extender en el suelo un largo trozo de tela blanca que había extraído de sus alforjas. Mientras los ladrones observaban, sacó de su equipaje numerosas empanadas de aspecto delicioso y las colocó sobre la tela.
“¿Qué estás haciendo?” rugió el jefe de los bandidos. “¿No te das cuenta de que eres un prisionero?”
“Prisionero o no, la gente tiene que comer, y yo soy un cocinero”, respondió el hombre y continuó sirviendo la comida.
Los bandidos, atraídos por los alimentos, se congregaron alrededor y apartaron con violencia al hombre de su camino. Se sentaron y engulleron todas las empanadas.
Al cabo de media hora, drogados por algo que contenía la comida, dormían profundamente…
El cocinero abrió la barrera de espinos y liberó a los prisioneros. Los bandidos fueron apresados para ser entregados a las autoridades, y así fue como el salvador menos probable resultó ser el medio para la salvación de la caravana.
Narré esta historia esta noche porque alguien me había mostrado el borrador de un artículo acerca de nosotros, el cual expresaba sorpresa de que una banda tal de personas pudiese estar implicada realmente en algo importante.
Sin embargo, resultó que entre las personas presentes se hallaban algunas que me habían enviado varias preguntas. Entre las preguntas se encontraban:
¿Hay algo más allá de lo que podemos ver en nuestras vidas?
¿Puede afectar a los acontecimientos el contenido invisible de algo?
¿Es un lastre el fracaso en ver la realidad?
En ciertos momentos parece como si nuestro destino fuese imposible de alcanzar. ¿Lo es?
Me pareció que la historia cubría cada una de estas preguntas, además de muchas otras.

 
En El yo dominante.

Desde que el hombre es hombre, la vida es su tema, el tema que trató sin cesar de tematizar, de abarcar con su comprensión, de nombrar con su escuchar.

La fuerza vital, su omnipresente travesía, permea desde la raíz a los filamentos de todo verdor, desde la piel a la sangre de cada animal, desde el ínfimo electrón a los vastos espacios siderales, la vida lo atraviesa todo sin ser formulada, sin devenir palabra: es sólo en el hombre donde ella se dice, se reflexiona, se vuelve voz.

(…)

Cuando la realidad se vive en su plenitud, cuando sabemos que lo sabido es tan solo sabido y no el saber, cuando osamos vivir sin negar la inagotabilidad de la vida, cuando osamos acoger lo improbable, entonces vivimos abiertos al misterio, al fundamento que todo fundamenta pero que nada, tampoco el pensamiento, puede fundamentar al fundamento, a su apertura, a su abismo, de lo cual toda posterior constatación, toda posterior manifestación son tan solo señas, tan solo sus llamadas. Cuando vivimos ante el misterio sin tratar de negarlo, es decir, cuando aprendemos a confiar, entonces vivimos abiertos a la totalidad de lo real, vivimos con reverencia, la reverencia que nos suscita aquello que se muestra inaccesible a  nuestra capacidad conceptualizadora, a nuestro dominar mediante delimitación, mediante nuestro encuadramiento de la realidad.

Misterio como lo abierto de la vida, y reverencia como la apertura humana hacia el abismo de la vida, actitud, acogida íntima y distante de la vida en su totalidad, en su donación infragmentada, en su voz y en su silencio.

En Camino de la palabra

Contemplad pues con humilde mirada

la pieza maestra de la eterna tejedora:

como anima mil hebras una sola pisada,

las lanzaderas disparan a un lado y a otro

y las hebras fluyen encontrándose

y un solo golpe sella mil uniones;

esto no lo reunió ella mendigando,

lo ha ido maquinando desde la eternidad

a fin de que el eterno gran maestro

pueda tranquilo urdir la trama.

 

 

Richard Wilhelm cita a Goethe en su versión del I-Ching.
Hexagrama 2. Lo receptivo.

El mensaje

 

La puerta que alguien abrió
La puerta que alguien cerró
La silla donde alguien se sentó
El gato que alguien acarició
La fruta que alguien mordió
La carta que alguien leyó
La silla que alguien volcó
La puerta que alguien abrió
La carretera por donde alguien corre todavía
El bosque que alguien atraviesa
El río al que alguien se tira
El hospital en que alguien ha muerto.

Las preguntas verdaderamente serias son aquéllas que pueden ser formuladas hasta por un niño. Sólo las preguntas más ingenuas son verdaderamente serias. Son preguntas que no tienen respuesta. Una pregunta que no tiene respuesta es una barrera que no puede atravesarse. Dicho de otro modo: precisamente las preguntas que no tienen respuesta son las que determinan las posibilidades del ser humano, son las que trazan las fronteras de la existencia del hombre.

Milan Kundera