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Guerra

Qué hijos de una tal por cual
qué bestias
cómo decirlo de otro modo
cómo
qué dedo acusador es suficiente
qué anatema
qué llanto
qué palabra que no sea un insulto
serviría
no para conmoverlos
ni para convencerlos
ni para detenerlos.
Sólo para decirlo.

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Incendios

Siempre hubo pobres, decimos. Siempre hubo
campamentos de refugiados, huérfanos, viejos, hombres
y mujeres y niños que se caen cuando llegan, por imprudencia
o pura mala suerte, al fin del mundo conocido, ese mundo
plano, sostenido sobre el caparazón de las tortugas,
sobre el lomo de los elefantes, el mundo que tiene un sol que gira
exclusivamente alrededor de él, para que obtengan
calor los que merezcan el calor y los demás
mueran de frío. No importa si es absurda,
si es horrible, la lógica del amo; los esclavos
la recibimos el mismo día del nacimiento
y la aplaudimos: si ganamos el favor del que decide
sobre la vida y la muerte, quizás también ganemos
la palmada en el cuero castigado, o hasta la fantasía
de ser él, de descargar la ira sobre otro
menos favorecido. Qué hicimos con la ira, qué hicimos
con el ansia rabiosa de justicia que nos crecía
como un río temible. Están dormidas
todas las fuerzas que nos defenderían del latigazo
que alguien soltó al aire
para que caiga sobre los cuerpos desvalidos. La infancia
es un cuchillo en la garganta al que es difícil
arrancar sin arrancar con él la vida. Yo crecí
dormida, una fiera mansa, anestesiada, que no respira
ni está muerta, está en un limbo. Quién es capaz de hablar
con las cuerdas vocales amenazadas por un filo
que se activa ante el menor movimiento, quién podría
decir no quiero esto, no quiero una amenaza
de por vida. El silencio es a veces la forma
en que un poder tremendo anida
en el lugar menos pensado. Todo seguirá igual:
el curso de las cosas, la injusticia, que es el orden
del mundo, nos circundará como si fuera nuestra madre,
tan hermosa su arbitrariedad que la admiramos,
nos quedamos conmovidos ante el modo implacable
y certero en que destroza a algunos y a otros
los bendice. Qué tenemos entonces,
qué sabemos. Entre las cosas
de las que estamos convencidos,
una sola es cierta, incontestable. El movimiento
que no cesa. Eso sabemos:
todo va a continuar su ciclo de fealdad
y violencia. Todo
va a seguir sucediendo de la misma manera,
hasta que no.

Siento que, al doblar,
nos encontraremos ahí,
como beduinos
incontenibles.

En los umbrales
de la civilización,
que espera
con vino
y zozobra.

Traspasaremos
con un canto arrollador
sus arcos de mármol
y muerte.

Niños hermosos,
orgullosos de su integridad,
no extraña que callen
ante el peligro.

Profundos cristales,
frías cavidades.
Muecas groseras
estafadas.

Enriquecidos
exégetas tecnocráticos,
que con tus costillas
alzan emporios.

¡Cómo olvidar
a esos cómplices del dolor
codificando su pupilaje!

Promiscua belleza
lacera tímidos cuerpos,
tu impertinencia
disuelve miedos.

¡Vive en vos!, amigo mío, ya lo sé.
La ciudad se abre a tus pasos…

Cuando el tiempo
era más que inmensidad,
tu sombra brillaba
junto al diablo.

Y en esa vigilia,
la perpetua llama
siempre arrojó luz
a otros caminos.

Si esta noche no tengo respuestas,
esta noche
te mataré.
A vos,
nene blanco sigiloso.

Ese reguero
de incontables farsas…
ya es tiempo
de expiarlas.

Me robaron el sol, pero yo lo encontraré.
He arreglado un encuentro secreto con él,
como quien va por un diario clandestino
o un material ilegal. Me llenaré el pecho
con grandes hojas de oro y lámparas para mi escondite.
Antes que hagan desaparecer mi alma la haré circular
de mano en mano en la noche.

Estoy desterrado de vos. Mis pies pisan otras tierras, y la cosa es que viva yo en otras tierras sin mentirme, sin mentir. Plantitas delicadas pueden sobrevivir. El aire amigo -aunque no entiende nada de nada- podrá abrigarlas, darles luz. Respirarán, plantitas.

Yo iré a verlas de noche, escucharé su respirar, miradas que me miran fijamente, fuegos que queman la madera de vos, tierra que arde en cada mundo, derramada de vos, dura, solísima.