archivo

Archivo de la etiqueta: fragmento de entrevista

¿Para qué creamos y nos jactamos de ser poetas? Para ser instrumentos de la luz.
(…)

La poesía siempre fue como un solo mensaje. Lo arruinaron después, con las escuelas del psicoanálisis, las modas. Entonces los inocentes creen que: “Ah, por ahí es” y se largan en tropel y no es así. Lo sencillo, eso es.
(…)
siempre los habitantes del misterio están ahí esperando que uno diga: “ah, vos sos mi amigo”. Siempre me atrajo el misterio. Pero no el misterio truculento, de novelón, sino el del ámbito, el misterio del acontecer.
(…)
el drama es uno solo. El drama de existir felizmente no se extingue ni se extinguirá nunca. Entonces cada uno lo aborda desde su puente, su puentecito. Eso es todo, nada más. Nada más, y es con la obligación de compartir eso que yo voy prodigando lo que sé con gran generosidad.
(…)
No somos seres extraordinarios porque nos decimos poetas, somos extraordinarios porque hemos tenido la suerte de nacer en este planeta, así como está, todo estropeado, pero con una historia de siglos y eso no se puede olvidar. Sucede como quien junta piedritas en la playa, “a ver”, dice, y junta las más simpáticas y las pone en una bolsita. Pero si uno se pone a ver y a dialogar con esa piedrita, esa piedrita tiene mucho que contar. Todo tiene mucho que contar.
(…)
Yo lo que más admiro en cualquier ser vivo es el respeto.
(…)
“la playa exalta mi sombra / en tanto el mar sea mar, no moriré”.
(…)
yo no creo en la muerte, yo creo que somos una vibración infinita. No soy de ninguna secta, no te asustes. Esa es la traducción verdadera, en mí, en otro será de otra forma, de las circunstancias del existir.
(…)
Lo “obvio”, un tema que le suele gustar a mi nieto: “obvio”, dice; bueno, lo obvio ponélo a un costado, y lo otro ya vendrá solito y descalzo.
(…)
Siempre te vas a encontrar con desconocidos, siempre es cuestión de no temerles, sino de averiguar a tiempo con qué intenciones vienen. Y que no se tergiversen mis palabras, que no se tergiverse el mensaje. Para mí, mi mensaje es la luz, ya con eso está bien, después cada uno le da el vuelo que cree. ¿Sabés lo que yo hago a veces? Caleidoscopios, mi padre me enseñó cuando era chica, viste que es una aparente ilusión. Así es la poesía, también.

 

En http://apuntesdeosvaldoaguirre.blogspot.com.ar/2007/04/que-late-late-late-late-entrevista.html

Toda escritura, así fueran unas cuantas líneas, es un tejido de planos diferentes, sostenido por una tensión entre la totalidad y el fragmento, lo dicho y lo no dicho

(…)

Escribir es también un intento de construir un Arca de Noé para salvar todo lo que amamos, para salvar cada vida. No sé qué color tenga este grácil y maltrecho barquito de papel que podemos construir con nuestras palabras; sabemos que está destinado a hundirse, pero no por eso dejamos de escribir. Y si se hunde, su escritura no será de color negro, que es ausencia de color, sino blanco, o sea la unión de todos los colores.

 

Claudio Magris, en nota de Página12 del 30/11, http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-34118-2014-11-30.html

Sí, estamos todos cansados, y nos olvidamos demasiado del oro del
otoño. Acaso la revolución consista en lo que el hombre por siglos ha
estado postergando: la necesidad del verdadero descanso, el que permite
ver cómo crecen, día a día, las florcitas salvajes… El hombre necesita
mirar las flores y mirar el cielo…

 

Juan L Ortiz, citado por Roberto Malatesta en Cuaderno del no hacer nada, Ediciones Sigamos enamoradas

Texto entero en:

http://es.scribd.com/doc/177934485/Vicente-Zito-Lema-Conversacion-Con-Juan-l-Ortiz

“Tenía sueño. El micro a Gualeguaychú, más destartalado que de costumbre. Cruzábamos el puente a Brazo Largo. El sol pegaba de mi lado. A veces me pregunto -recuerdo que esa mañana lo hice-: ‘Por qué demonios compro siempre el asiento de la ventanilla’. Si hace frío, se cuela el chiflete. El caño de la calefacción te quema los tobillos. Si llueve, gotea. Y siempre al lado alguien que duerme y al que hay que despertar una y diez veces para ir hasta el retrete, para servirse un cáustico vasito de café o sacar un libro del maletero. Y el sol. El sol que siempre pega de mi lado. Saque sobre la derecha o sobre la izquierda. No hay caso. Siempre me dará en la cara. Atrás había una voz. Un hombre. Acento entrerriano. ‘Si Dios y la Virgen lo permiten’. No paraba de hacer invocaciones. Inquieto el viaje. Fastidioso. Y yo con el compromiso de entregar en unos días un trabajo. Una adaptación de una pieza de Brecht que se me rebelaba, se resistía, desde el día mismo en que confirmé el contrato. Llevaba conmigo el cuaderno de notas y había intentado ya, infructuosamente redondear aunque fuese una idea, un par de parlamentos, algo que me tranquilizara, que me hiciera confiar en que efectivamente la adaptación se terminaría alguna vez. En que, el trabajar por encargo podía tener algún sentido. Pero no. Ni un bocadillo. Saqué, para evadirme en realidad, un libro recién comprado. Una novela de Skarmeta, el chileno. Un autor del que siempre supe disfrutar. Ni sospechaba -ingenuo como somos siempre- que en una imagen de sus primeros capítulos estaba el anzuelo. Ese módico explosivo, ese resplandor sorpresivo que suele iluminarnos fugazmente el campo de batalla de la pieza futura. Ese desafío. No sé si fue aquella imagen: -un borracho, un dúo de varieté, alguien que vuelve-, o ese deseo irreprimible de escribir otra cosa que me gana siempre que tengo que escribir una cosa, pero diez minutos después había encontrado a mis personajes, y tenía una imagen de rara nitidez sobre el ámbito de la pieza. Nunca escribí, claro, aquella adaptación de Brecht. Desde ese deseo, desde esa necesidad y ese azar concebí El partener. De ese viaje a Entre Ríos salió su espíritu criollo. Campana, la ciudad en la que transcurre, estaba a la vista desde lo alto del puente. Ese pasajero del asiento de atrás -a quien nunca vi la cara- le dio su voz a Pachequito. Por esos campos inundados, por esos esteros, imaginé aquel viaje de su última gira. De Urdinarrain, un pueblito cercano, la imagen del abandono de Carmen. Creo que la estética es el lugar donde de manera más obscena exhibimos los creadores los signos de nuestra identidad. Un lugar muy delator, buchón. Allí aparecen condensados todos los elementos que hacen al artista mismo: sus ideas, sus rollos, sus influencias. En pocas obras me he visto tan en exposición como en ésta. El partener está hecho de cosas que me conmueven hasta el alma. Las profesoras de folclore. Las peñas semanales. Un padre y un hijo varón, solos. Los artistas de cantina. Algunos pueblos de Buenos Aires. Construido, entre otras cosas, desde la emoción que desde siempre me han producido los versos gauchescos. Esas ganas de llorar contradictorias, vergonzantes, que siempre me agarran con los recitados de Fernando Ochoa: ‘Yo fui m’hijo el que maté… a su madre, disgraciada, porque en la cama abrazada a otro hombre la encontré. -Hizo bien tata querido gritó el hijo sin encono. Venga viejo lo perdono por lo tanto que ha sufrido, pero aura tata le pido que no la maldiga más y si fue mala y audaz, por mí perdónela padre, que una madre siempre es madre… déjela que duerma en paz…’. De eso está hecho El partener. De esos retazos. De esos jirones del imaginario. De mis discos de pasta, y la ropa vieja que me gusta usar hasta los flecos. Las fotos blanco y negro, y los álbumes de canciones. Del murmullo tristón de la radio portátil en la madrugada. De esas imágenes, bah -irremediablemente melancólicas-, con las que fantaseamos los artistas retener alguna vez el pasado”

 

Mauricio Kartun, en http://www.centrocultural.coop/revista/articulo/22/

Escribir sería eso: no plantearse de qué está hecho el vacío que nos horroriza e invita sino ocuparlo con nuestra propia estatua de sonido duradero. Ocuparlo con nuestros sistemas de músicas y de alas y sellarlo con seda de rana. Lo que queda es una cicatriz de potlatch, un derroche casi sacrificial, como sumas fabulosas de pequeñas cuentas de vidrios multicolores ofrecidas a un rival invisible para el pago del teléfono. El murmullo de un paso de un jinete cuya polvareda vemos después a lo lejos, y otra vez es la imagen. Cada partícula de polvo, una metáfora, entre miles y miles de metáforas que se agitan en esa luz de pesadilla.

 

Arturo Carrera, en El fantasma en la máquina – Entrevista a Arturo Carrera  (ustedleepoesia2.blogspot.com.ar)

Me gustan las huellas duras que dejan los caballos en el barro y que después se secan y permiten que unos pájaros pequeñísimos aniden en los huecos de los bordes: las cachilas, descriptas por Hudson. Y las huellas más blandas, las de los camellos, en la arena, como la de los Reyes Magos. Y las huellas insolentes que aparecen en Las Nubes de Aristófanes, cuando el Saber Justo refiere que los efebos atenienses, una vez terminada su gimnasia en la playa, eran obligados a borrar las huellas de sus sexos, para no perturbar a los guerreros que venían a hacer sus ejercicios después de ellos… Pero la más impresionante es la huella acuática de una hoja que pasa en la corriente, entre otras hojas, que en realidad es una ranita flotando panza arriba. Y la huella de la lagartija, lucífuga, en la arena de la siesta. Huellas que crean la misma sensación deceptiva: ¿Hemos sido engañados? ¿O estamos participando de un engaño “selectivo”, como una incertidumbre de la ilusión -su mezcla de misterio, del juego?

Arturo Carrera, en El fantasma en la máquina – Entrevista a Arturo Carrera  (ustedleepoesia2.blogspot.com.ar)